Ver versión completa : Homilía dominical
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23-12-04, 09:11:00
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Rafa Iglesias
24-12-04, 19:00:22
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Lorenzo Amigo, sacerdote marianista de la Provincia de Madrid, y actual rector del Seminario Chaminade en Roma, comienza a ofrecernos su homilía de los domingos y días de fiesta en la Iglesia de Vía Latina, 22 en la Casa General de los religiosos marianistas. Comenzamos ofreciendo la homilía de la Misa del Gallo, en esta noche de navidad.
HOY OS HA NACIDO UN SALVADOR
Son muchos los que esperan que la lotería o un golpe de suerte les cambie sus vidas. Otros, en cambio, decepcionados por las esperanzas no realizadas, ya no esperan nada estas Navidades. Tratan de disfrutar lo mejor posible el presente. Hay, sin embargo algunos, los verdaderos creyentes, que no se resignan a una felicidad basada únicamente en los bienes de consumo. Sueñan con una vida de mayor calidad, más humana, no sólo para ellos sino también para los demás.
Para todos los que mantienen viva la esperanza de un futuro mejor, el mensaje de la Navidad constituye la gran noticia, la buena noticia: hoy os ha nacido un Salvador. La Navidad no es, pues, un recuerdo nostálgico de algo que ocurrió una vez en el pasado y que ahora recordamos sentimentalmente poniendo el belén con el niño, los pastorcillos, los peces y las ovejitas. Todos, sin duda, llevamos con nosotros nuestro niño que necesita el calor familiar, ser amado y mimado. Pero la Navidad no puede ser sólo sentimentalismo de unos días. Tenemos que acercarnos al misterio de Dios a partir de la luz de la Pascua del Señor Resucitado, es decir, como creyentes que han visto sus vidas transformadas por el encuentro con el Señor. Por eso el P. Chaminade consideraba el misterio de la encarnación no como algo que ocurrió en el pasado, sino como una realidad actual. Hoy, en mí, Jesús tiene que nacer, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen. En efecto, no hay otro Jesús. A Jesús no lo podemos separar de la persona de María y del Espíritu. Son ellos los que forman a Jesús en nosotros, los que nos transforman en Jesús.
Aparentemente, hoy como ayer, la historia parece determinada por los poderosos de este mundo, que controlan la vida de todos y deciden sobre nuestro futuro. Los demás apenas contamos para poder expresar nuestros deseos. Los libros de historia que hemos estudiados hablaban de reyes, batallas, y personajes famosos en el mundo de la cultura y del arte. En ellos no hay lugar para el pueblo llano. El proyecto de Dios, en cambio, es muy distinto. Para El, son los sencillos, como José, María y los pastores, que no aparecen en nuestros libros de historia, los que hacen la historia, esta historia de salvación. Todos soñamos con una organización del mundo mucho más participativa, que respete los derechos de todos los pueblos. La salvación, la ruptura de nuestros límites y cadenas, nos ha venido, no de la fuerza de un héroe libertador, sino de la entrega de Jesús a favor de nosotros. Dios se hizo niño para tener un rostro de hombre, para compartir nuestra aventura humana, para amar como hombre, sufrir como hombre e indicarnos el verdadero camino de la felicidad y la salvación. La salvación nos viene a través de un niño que reposa en un pesebre. Es en la debilidad humana del niño, de los pastores, donde brilla la salvación de Dios. Dios no es un ser omnipotente, infinito e inmutable, alejado de todo lo humano, sino que es uno de nosotros, solidario con nuestra historia de sufrimiento, confiado a los cuidados de los hombres. Es el mendigo de amor que llama a nuestras puertas.
Dios se hace hombre para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Dios. La vida del hombre ha quedado transformada por la encarnación de Dios. Jesús es verdaderamente el centro y la meta de la historia humana. Una historia marcada sobre todo por la búsqueda de la libertad frente a todas las esclavitudes que no permiten realizar la vocación de hijos de Dios. La meta de la historia es el hombre en plenitud, el hombre tal como ha sido realizado en la persona de Jesús, es decir de manera divina. Dios toma mi debilidad para darme su gloria.
Acojamos con fe a Jesús. Como los pastores dejémonos inundar de alegría y vayamos al encuentro de Jesús. Lo encontraremos con María su Madre. Que la eucaristía nos lleve a realizar este encuentro con la carne de Jesús, que es la carne de María, una carne que él tomó para la vida del mundo.
Rafa Iglesias
25-12-04, 19:04:48
Domingo 26 de diciembre de 2004
LA FAMILIA DE NAZARET
Jesús tomó nuestra carne y puso su tienda entre nosotros. No es un ser venido de otra galaxia sino uno de los nuestros. Cuando proclamamos que Jesús vino de Dios no hacemos de él un ser extraño a nuestra realidad y condición. Dios es lo más humano que podemos imaginarnos, es un Dios de hombres, un Dios con rostro humano. El hombre es tanto más humano cuando más se acerca y vive el misterio de Dios. El hombre es tanto más divino cuanto más se introduce en el misterio del hombre. Es lo que vemos en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, hombre para Dios y para los demás.
El misterio de Dios y el misterio del hombre es el mismo, es el misterio del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu, que nos acoge en su intimidad. Dios no es una realidad cerrada en sí misma como tampoco el hombre es un ser aislado en sí mismo. Sólo existimos como un diálogo personal de amor. Por eso Jesús ha nacido en el seno de una familia humana. Como le gusta repetir al papa: la familia es la realidad donde somos amados por lo que somos y no por lo que hacemos o producimos. Somos amados incondicionalmente. Somos amados porque somos padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, hermano, hermana. Eso basta. El amor no necesita de otras razones o justificaciones.
Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida.
Jesús necesitó de José y María para crecer como hombre y aprender lo que significa ser hombre. Su familia fue la gran escuela de vida donde aprendió a conocer al Padre y a buscar su voluntad. Fue su pequeña iglesia doméstica. Con su familia, Jesús vivió la aventura humana, en realidad la aventura de toda la familia humana en busca de la gran liberación. Como la mayoría de las familias experimentó la pobreza, el rechazo, la necesidad de emigrar para escapar a las amenazas de los poderosos. De esta manera Jesús revivió toda la experiencia del pueblo de Dios, desde la esclavitud en Egipto hasta la entrada en la tierra prometida. Gracias a José y a María, Jesús pudo madurar y prepararse para su misión asimilando todos los grandes valores de su pueblo. También José y María maduraron en contacto con Jesús, aprendiendo a vivir para Él y abriéndose a los verdaderos valores evangélicos.
Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, a la Familia Marianista a la que pertenecemos, nuestras familias humanas y nuestras familias religiosas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino.
Estamos llamados como Familia Marianista a crear familia en torno a nosotros. Es la nueva manera de ser Iglesia, una Iglesia mariana. Una Iglesia que vive el misterio del amor de Dios como lo vivió María, como cercanía de Dios a ella a través de su maternidad divina, misterio de gracia y de salvación. Una Iglesia comunión, que une a los hombres con Dios y a los hombres entre sí. María acogió a Dios en su seno para darlo a toda la humanidad. Una Iglesia en estado de misión que engendra constantemente nuevos hermanos para su hijo primogénito. En la familia de Nazaret descubrimos el horizonte universal de la familia humana, ya que todos somos hijos del mismo Padre y de la misma Madre.
Ahora en la Eucaristía estamos reunidos como familia de Dios para celebrar la salvación que él nos da en Cristo nuestro hermano. Que Jesús siga siendo el centro de nuestras familias y las conserve en la fidelidad y en el amor. Que Él ayude a todas las familias, sobre todo a las más necesitadas de amor, de techo, de trabajo, de comprensión entre padres e hijos.
Lorenzo Amigo
31-12-04, 09:28:31
1 de Enero de 2005
Santa María, Madre de Dios
AÑO NUEVO 2005: SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
Hace una semana nos deseábamos ¡Felices Navidades!, algunos simplemente ¡Felices Fiestas! En realidad todos buscamos lo mismo: la Felicidad. A los que vivían simplemente unos días de fiestas y vacaciones, las alegrías les han durado poco. Yo confío que la Alegría de la Navidad siga iluminando nuestras vidas de creyentes en estos momentos de tinieblas a causa del maremoto que se ha cobrado la vida de tantos hermanos nuestros y ha sembrado tanta destrucción. A pesar de todo, yo os deseo Feliz y Santo Año 2005.
Todos queremos pasar rápidamente la página del calendario y olvidar el 2004 que ha terminado tan cruelmente y para los españoles ha quedado marcado por la tragedia del 11 de marzo ¿Podemos razonablemente esperar algo nuevo, algo mejor para este año que empieza? Desgraciadamente el nuevo milenio ha traído más de lo mismo, es decir de lo peor que ya conocíamos: guerras, terrorismo, miseria, tensiones internas de Iglesia-gobierno. Si una cosa ha mostrado el maremoto es que nuestra humanidad, a pesar de todos los adelantos técnicos, es incapaz de controlar la naturaleza. Estamos siempre en las manos de Dios. La felicidad no depende de nosotros sino que es siempre un regalo. Lo único que podemos hacer es extender nuestras manos para recibirlo.
Nos abre las puertas de este Año Nuevo Santa María, Madre de Dios. María, una de nuestra raza, nuestra hermana mayor, nos da a Jesús el Salvador. Fue la experiencia de los pastores que se sentían tan pobres y necesitados de salvación. También nosotros necesitamos esa salvación en los tiempos en que nos tocan vivir. Anhelamos la paz, la justicia, la felicidad, la fraternidad y desgraciadamente el panorama aparece cada vez más sombrío.
El Papa en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz nos recuerda que el objetivo de reducir a la mitad el nivel de la pobreza en el año 2015 no será posible alcanzarlo. Los recursos que debieran ser destinados a combatir la miseria se emplean para combatirse los pueblos entre sí ¿Qué hacer ante esta situación que crea en nosotros un sentimiento de impotencia? Ante todo no desanimarse, no cejar en el empeño, no dejarse vencer por el mal sino vencer el mal a fuerza de bien. La fuerza del mal está sobre todo en que hace más ruido que el bien y encuentra más audiencia en los medios de comunicación. Repasad los acontecimientos del 2004, que nos recordará la televisión. Apenas si se salvan las Olimpiadas. Y, sin embargo, yo sé que ha habido tantos millones de personas empeñadas en vencer el mal con el bien. Los acontecimientos vividos en España, en Ucrania, en el sudeste de Asia han movilizado a tantas personas creando una ola inmensa de solidaridad.
¿Cómo superar la visión pesimista de la realidad o la que expresaba aquella mujer superviviente del maremoto: ¿Qué le habremos hecho a Dios para que nos castigue así? No es Dios el que ha provocado el maremoto, pero sin duda nos habla a través de él. Es necesario tener la actitud de María que “conservaba todas estas cosas en el corazón y las meditaba”. ¿Qué nos quiere decir Dios a través de esta tragedia? Sin duda quiere sacudir nuestras conciencias tranquilas adormecidas por el suave bienestar del consumismo y abrir los ojos a la realidad del sufrimiento de tantos millones de hermanos nuestros. Lástima que tenga que ser una catástrofe de esta magnitud la que toque nuestros corazones para ir al encuentro de nuestros hermanos que sufren.
En la celebración de la Eucaristía María nos da a Jesús como alimento de nuestras vidas. Él crea la comunión con todos los hombres, sobre todo con los más pobres, que fueron los que le acogieron en la primera Navidad. Demos gracias por todo lo bueno vivido en el año 2004 y pongamos en las manos de Jesús y de María este año 2005 que empieza. Que María sea la puerta que nos abre a un futuro de alegría y de esperanza.
Lorenzo Amigo
01-01-05, 12:02:56
2 de enero de 2005
2º Domingo después de Navidad
PUSO SU TIENDA ENTRE NOSOTROS
La tragedia del maremoto ha sacudido las conciencias y de nuevo ha hecho que muchos se pregunten: “¿dónde está Dios?”. Dios está siempre entre las víctimas, entre los perdedores. Un turista que perdió todo durante el maremoto contaba “estas personas son las mejores del mundo. Me han dado las ropas y los zapatos que llevaban puestos”. Sin duda Dios se le hacía presente a través de las personas que son capaces de olvidarse de los propios problemas para pensar en los demás, en los que están en una situación más desesperada que uno, porque están fuera de su patria, porque no comprenden la lengua, porque no tienen a nadie junto a sí.
Dios ha estado siempre presente acompañando la historia del hombre desde el momento de la creación. Su Palabra creadora es la Vida y la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo de tinieblas. Los pueblos profundamente religiosos han descubierto siempre a Dios como la fuente de la Vida y de la Luz, es decir del sentido de la vida. Hoy muchas personas y pueblos continúan encontrando a Dios en las cosas bellas de nuestro mundo, de nuestra historia, en lo que llamamos experiencias cumbres. En ellas parece que los cielos se abren y casi podemos tocar a Dios o, como dice el poeta, experimentamos que ”el mundo está bien hecho”.
El problema está en cómo descubrir a Dios en los acontecimientos dolorosos, que ponen al descubierto la fragilidad humana. En esos momentos estamos tentados de pensar que Dios no quiere saber nada de nuestros sufrimientos. Sin embargo, la Encarnación proclama precisamente que Dios está en la debilidad humana: La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros. Proclama algo que aparentemente es absurdo y escandaloso: Dios, el Omnipotente, el Absoluto, la Vida y la Luz, se hace débil, relativo, sufriente. Toma sobre sí la miseria, el pecado y la muerte del hombre para transformarlos en fuente de vida y de felicidad. La debilidad del hombre, asumida por Dios, se convierte en salvación del hombre.
Dios ha puesto su tienda entre nosotros. Por eso la historia está siempre en movimiento. Si hubiera construido un palacio de roca resistente a los embates de las olas de la historia, ésta habría quedado petrificada. Pero no, Dios acompaña la peregrinación de la humanidad en su camino hacia la realización del futuro del hombre, cuya meta es el mismo Dios. Jesús es la tienda del encuentro del hombre con Dios. En Jesús Dios se nos manifiesta y Jesús nos lo revela tal como Dios es: un Padre de todos, llamados a vivir como hermanos.
A partir de la Encarnación, no sólo las experiencias felices nos revelan a Dios sino también las dolorosas. Dios está siempre presente en el sufrimiento de las víctimas como estuvo presente en la pasión de Jesús. Con Él, en los momentos de angustia, podemos clamar: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Quizás oiremos un hilillo de voz que dice en nosotros: “No temas, yo estoy contigo; no me abandones tú, que te necesito”.
Ése es precisamnte el escándalo de la encarnación. No soy yo el que tiene necesidad de Dios. Es Dios quien me necesita. Tengo que echarle una mano para vencer en este mundo el mal con el bien. Jesús no tiene hoy otros ojos para ver el sufrimiento del mundo que los tuyos. No tiene otros labios para proclamar la Buena Noticia y besar que los tuyos. No tiene otras manos para acariciar y ayudar que las tuyas. No tiene otro corazón con el que amar a las personas que el tuyo.
En la Eucaristía, Jesús nos alimenta con su palabra y con su cuerpo y su sangre. Es la Palabra hecha carne. Al acogerlo en nosotros, no soy yo el que lo asimilo y lo incorporo a mis células. Es Jesús el que me incorpora y transforma en Él. Dejémosle que a través de nosotros, Él siga viniendo a nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
05-01-05, 11:09:14
6 de enero de 2005
La Epifanía del Señor
ENCONTRARON A JESÚS CON MARIA, SU MADRE
La erosión constante de la religión en la sociedad actual ha ido corroyendo algunas de las experiencias religiosas más entrañables de nuestra infancia relacionadas con la Navidad, ante todo la de los Reyes Magos. Los regalos que recibíamos en esta celebración nos recordaban que Jesús es el gran regalo del Padre y de María; al mismo tiempo el mejor regalo que nosotros podíamos hacer a los demás es llevarlos al encuentro con Jesús. Ahora los regalos vienen de la mano de Santa Claus – San Nicolás- o de Papá Noel y así, sin darnos cuenta, nos van robando la Navidad, nos quedamos en unas puras fiestas de consumo y nos perdemos el encuentro con Dios.
Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática. Como creyentes debemos felicitarnos de que Dios esté a la vista y cuidarnos de no manipularlo según nuestros intereses. Dios se revela a aquellos que lo buscan, o como ponía san Agustín en la boca de Dios: “No me buscarías sino me hubieras ya encontrado”.
¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. El mismo Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.
Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista.
Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se perdieron la oportunidad de encontrarse con el Salvador.
Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.
En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.
Lorenzo Amigo
08-01-05, 10:02:18
9 de enero 2005
El Bautismo de Jesús
ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO
Al comienzo de nuestra juventud, cada uno se hace una imagen de lo que quiere ser en el futuro. Hoy día los jóvenes necesitan muchos años para lograr definir sus vidas. Tampoco Jesús al empezar su juventud tuvo muy claro lo que quería hacer. Sabía, en cambio, lo que no quería ser: un hombre casado, con una vida basada en la familia, en las propiedades o en la profesión que había que transmitir a los herederos. Sólo más tarde, hacia los treinta años, en la mitad de la vida, vio muy claro cuál era el nuevo estilo de vida que iba a abrazar e inaugurar. Vivió sin duda una crisis que le llevó a romper con el modo anterior de vida y a abrazar un estilo distinto.
Fue un acontecimiento imprevisto el que le provocó la crisis. La predicación y la vida de Juan el Bautista le hicieron tomar conciencia de la inminencia del Reino de Dios. Ambos se dieron cuenta de la crisis de su época, que los hizo entrar en crisis. Las manifestaciones de la crisis eran de carácter social, pero ambos comprendieron que la solución era de tipo religioso. Había que dejar unos valores y abrazar otros. No podía uno seguir tranquilo con la confianza que daba el saberse hijos de Abrahán.
Pero Juan y Jesús no interpretaron de la misma manera la venida del Reino de Dios. Para Juan se trataba del juicio de Dios que pondría fin a este mundo pecador y por eso había que convertirse. Jesús, en cambio, ve el Reino de Dios como un acontecimiento de salvación, sobre todo para los pobres, los marginados y en general todos los que no encontraban una respuesta humana para sus problemas. Una imagen distinta de Dios les lleva a posiciones diferentes. El Dios de Juan Bautista es el Dios Juez; el Dios de Jesús, es el Padre bueno, del que Jesús se siente hijo amado.
En tiempo de crisis hay que tomar decisiones para salir de la crisis y organizar de nuevo el significado de la vida. Jesús lo hará abriéndose a los valores del Reino. Es la meta del Reino la que permitió a Jesús orientarse en esa crisis y empezar a vivir en la transición. La crisis supone la desaparición de una forma de vida y la aparición de una nueva forma. En realidad es la novedad de vida la que hace desaparecer las formas anticuadas. Dos acontecimientos marcan la ruptura de Jesús, que se siente llamado a un estilo nuevo de vida: su bautismo y las tentaciones en el desierto.
El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Jesús aparece como el siervo de Yahvé, al que Dios confía una misión liberadora, que realizará a través de la no violencia. Así nos lo presenta la primera lectura de hoy. Queda ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza. Las revoluciones y cambios profundos tienen sus signos, sus banderas, sus claveles, sus himnos, sus ritos. El rito que escogió Jesús para marcar el cambio operado en él por el Espíritu de Dios fue el bautismo. A partir del bautismo, Jesús se siente como el Mesías ungido para hacer presente el Reino.
La venida del Reino abre un período de crisis que todavía no está cerrado. También nosotros estamos invitados a dejar los viejos valores de la cultura dominante, el poder, el tener, el consumismo, el placer, para abrirnos a los nuevos valores del Reino que Jesús formuló en las Bienaventuranzas. De hecho fue lo que prometieron nuestros padres por nosotros el día de nuestro bautismo. Hoy podemos nosotros hacer de manera libre y consciente esta opción. Así formamos parte de la comunidad de los salvados, reunidos en torno a la mesa del Señor, a la espera de participar un día en el banquete del Reino.
Lorenzo Amigo
14-01-05, 15:34:29
16 de enero de 2005
Segundo Domingo Ordinario
ESTE ES EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO
Ser cristiano no significa simplemente creerse una serie de verdades, respetar la moral cristiana, ir a misa los domingos y colaborar al sostenimiento económico de la Iglesia. Ser cristiano es ante todo creer en Jesús. Se trata por tanto de un encuentro personal con alguien que nos abre el camino hacia Dios. De esta manera ser cristiano es la realización de la vocación del hombre, llamado a entrar en la intimidad de Dios y tener unas relaciones personales con el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, con la Virgen María y los santos. Todo ello es posible gracias a la fe en Jesús.
La fe cristiana en Jesús se expresa también a través de lo que llamamos la “confesión de fe” o la “profesión de fe”, con la que la comunidad cristiana manifiesta ante los demás y ante sus fieles cómo Jesús es el centro de su vida. Ante todo la fe cristiana profesa que Jesús no es simplemente una persona del pasado, como las que estudiamos en los libros de historia: reyes, filósofos, artista y personajes famosos. Jesús es alguien vivo, hoy día, presente en la comunidad cristiana, animada por la fuerza del Espíritu
Las comunidades cristianas han ido expresando su fe a través de varias fórmulas, que en el fondo significan lo mismo y dan cohesión a la comunidad: Jesús es el Señor, Jesús es Dios. El evangelio de hoy nos presenta tres fórmulas de la comunidad primitiva que muestran algunos aspectos de la inagotable riqueza de la persona de Jesús.
La primera fórmula “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nos recuerda la misión de Jesús en la historia de la salvación. El se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. En su bautismo, Jesús, que era totalmente inocente, quiso solidarizarse con aquellas muchedumbres que se hacían bautizar por Juan Bautista y expresaban sus deseos de conversión. Jesús está dispuesto a solidarizarse con los pecadores, a tomar mi propio pecado sobre sí para suprimir ese pecado. En él tenemos la reconciliación con Dios y con los hermanos. Jesús ha destruido la enemistad existente con Dios a causa del pecado y en la cruz ha cargado con nuestros pecados y así nos ha hecho amigos de Dios.
Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre El. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una tal fuerza que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres. Jesús es una persona con carisma, con ese don de Dios que hace fácil lo que a nosotros nos parece casi imposible.
Los discípulos de Jesús vieron en él una afinidad tal con Dios Padre que no dudaron en proclamar que Jesús era el Hijo de Dios. Su relación con Dios es tan única y especial que en el evangelio se muestra a Jesús dirigiéndose al Padre con la expresión “papá” ( que sus discípulos nos han conservado en la lengua original “abbá”), que es la palabra que el niño usa para dirigirse a su padre. Lo maravilloso es que Jesús ha querido asociarnos a su condición de hijo y nos ha dado su Espíritu. Este clama también en nosotros “abbá, Padre”. En Jesús encontramos, pues, la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza.
La liturgia, que es la gran educadora del creyente, nos ha conservado esa confesión de fe que repetimos antes de acercarnos a la comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Que al proclamarlo expresemos toda nuestra confianza y todo nuestro agradecimiento a Jesús, que no sólo ha tomado sobre sí nuestros pecados, sino que los ha perdonado y quitado para que podamos vivir como hijos de Dios.
Lorenzo Amigo
22-01-05, 11:30:19
23 de enero de 2005
Tercer Domingo Ordinario
OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES
Los primeros discípulos de Jesús eran pescadores. Al seguir a Jesús, dejaron sus redes y sus familias y Jesús los hizo “pescadores de hombres”. Es decir, les cambió sus vidas, cosa que el evangelio indica con el cambio de nombre de alguno de ellos, como el caso de Simón, al que Jesús llamó “Pedro”. Sin duda lo que ellos sabían era pescar y Jesús aprovechó sus conocimientos, pero los orientó en otra dirección: ya no se trata de pescar peces sino de pescar hombres. Era una imagen conocida en el mundo judío, la cual hablaba de la venida del Reino de Dios, ese Reino que Jesús anuncia como inmediato.
La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres. Dios quiere traer el Reino y para eso tiene necesidad de la colaboración de los hombres. Jesús lo comprendió perfectamente e invitó a otros a colaborar consigo en esta misión. Tenemos ahí el germen de lo que será la Iglesia: la comunidad de los seguidores del Señor resucitado que han acogido el Reino en sus vidas. La Iglesia no es el Reino sino instrumento al servicio del Reino.
La Iglesia hace suya la causa de Jesús, la causa del Reino. Trabaja para que venga el Reino de Dios, un Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Lucha contra los poderes del Príncipe de este mundo, que mantiene hoy como ayer a los hombres bajo el yugo de la opresión y de la injusticia, sin dejarles realizar su dignidad humana de hijos de Dios y hermanos entre sí. El Príncipe de este mundo tiene también sus colaboradores a través de los cuales crea una cultura que enfrenta a los hombres, unos contra otros, impidiendo la realización de la fraternidad humana.
La Iglesia primitiva fue una iglesia de pescadores, de personas que vivían a la intemperie y tenían que salir cada día a evangelizar a los hombres para atraerlos hacia el Reino. De esa acción evangelizadora dependía su supervivencia y su extensión en un mundo que ansiaba la salvación, pero encontraba con dificultad el camino que lleva hacia ella. Muy pronto ya en el siglo II, la Iglesia se convirtió en una Iglesia de pastores. Hasta entonces todos eran protagonistas de la misión, todos daban testimonio de Jesús y trataban de atraer a los demás hacia Jesús. Con una Iglesia de pastores, ya no se sale a pescar cada día, sino que uno se dedica a administrar y cuidar el pequeño rebaño que uno posee. Como mucho, se sale a veces a buscar la oveja perdida para que vuelva al redil.
Así hemos llegado a la situación actual en la que son noventa y nueve las ovejas perdidas y nos queda sólo una en el redil. Nos quejamos de la falta de pastores, pero en realidad lo que faltan son las personas a las que pastorear. No nos queda más remedio que volver a empezar como Jesús y de la misma manera que Jesús: invitar a formar una nueva familia y ser todos pescadores de hombres.
El Beato Chaminade lo tuvo muy claro al final de la Revolución Francesa que había destruido las estructuras de una Iglesia de pastores. Era necesario que cada cristiano fuese un apóstol, cada comunidad una misión permanente. Los primeros jóvenes de las Congregaciones de Burdeos venían a cada reunión con nuevos compañeros hasta formar un grupo nutrido: la Familia Marianista. Es lo que intentamos vivir hoy para reconstruir no una Iglesia de pastores sino una iglesia de pescadores en la que todos somos protagonistas en la misión. Encontramos la fuerza en la celebración del misterio de Jesús que nos alimenta con su Palabra y con su cuerpo y nos envía como testigos suyos en el mundo.
Lorenzo Amigo
28-01-05, 09:21:49
30 de enero de 2005
Cuarto Domingo Ordinario
DICHOSOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE LA JUSTICIA
Estamos invitados a expresar, dentro de pocas semanas, la opinión sobre la Constitución de Europa. Es una obligación insoslayable que debemos ejercer con responsabilidad. Para ello es necesario una buena información sobre sus contenidos, información que, por desgracia, no está recibiendo el ciudadano, al que se le bombardea con una cierta retórica de tópicos, que sin duda consagran la situación actual.
Comparada esta citación con la de otros países no europeos o no pertenecientes a la Comunidad Europea, son muchos los que se sienten a gusto en esta sociedad neoliberal. La Constitución sanciona este modelo y excluye otras alternativas que pudieran mejorarlo en el futuro. Las víctimas actuales del sistema, las que ya están dentro y las que llegarán a través de la emigración, difícilmente podrán gozar de las bendiciones de este estilo de vida, pues sus intereses no son tenidos en cuenta.
La Constitución utiliza la retórica de la democracia, la libertad y los derechos humanos, herencia sin duda del cristianismo, pero no indica los medios para llevar a la práctica esos derechos para todos. Por eso es bueno el que en la Constitución no se hable del cristianismo pues podríamos pensar que representaría una manera cristiana de organizar la sociedad. Hay en ella sin duda elementos cristianos, pero hay también bastantes que reflejan una sociedad de la exclusión. No hay más que confrontarla con la carta magna del cristiano que son las bienaventuranzas.
Jesús anunció unos valores alternativos a los del imperio de su tiempo. Proclamó felices a los que el imperio consideraba unos desgraciados y proclamó desdichados a los que el imperio consideraba afortunados. Sin duda Jesús no pretendía consagrar la pobreza, el sufrimiento, el llanto, la persecución o el insulto. Desgraciadamente en su tiempo y en el nuestro son muchos los que vivían esas situaciones contra las que sin duda tenemos que luchar estimulados por el hambre y sed de la justicia. Jesús proclamó que son estas categorías de personas las que tienen futuro, precisamente porque no tienen presente. Son ellos los que cuentan a los ojos de Dios porque no cuentan a los ojos de los hombres. Jesús anuncia, pues, una gran transformación, una gran revolución, lo que alguno ha llamado la inversión de todos los valores.
El problema está en que hoy día, dos mil años después de esta proclama, los valores del imperio siguen siendo los valores dominantes, consagrados también en la Constitución Europea. Los valores de las bienaventuranzas aparecen como marginales, incluso en la vida de los que nos consideramos seguidores de Jesús. En la práctica son los valores de la cultura dominante los que dan sentido a nuestras vidas y a nuestros trabajos. Por eso necesitamos una conversión profunda, darnos cuenta que se puede vivir de otra manera, de que se puede ser feliz en una cultura distinta de la del consumismo. Cuando salimos de esta jaula de oro occidental y nos acercamos a nuestros hermanos de Africa, de América Latina, de Filipinas, descubrimos con estupor que ellos son felices sin los bienes de consumo que a nosotros nos parecen indispensables. Es verdad que la cultura del imperio intenta convencerles también a ellos de que aquí está el paraíso hacia el que ellos tienen que caminar. Nosotros sabemos que el paraíso del consumo es en realidad una esclavitud. Los que tienen mantienen esclavizados a los que no tienen.
El cristianismo, como nos lo recuerda san Pablo, arraigó entre las clases menos favorecidas. Entre los cristianos de la primera hora no había muchos sabios ni muchos poderosos ni muchos aristócratas. La composición de nuestras comunidades ciertamente ha cambiado, pero no podemos olvidar nuestros orígenes. No podemos olvidarlos sobre todo en estos momentos en que vemos a nuestro alrededor los pobres, los marginados, los que sufren, los que buscan que se les haga justicia y no encuentran una respuesta a sus peticiones. Nosotros sabemos que el Reino es para los pobres y son los pobres los que deben recibir los primeros la Buena Noticia del Reino.
En torno a la mesa de la fraternidad pongamos los cimientos de una civilización del amor, de una cultura de la solidaridad, que coloque en el centro la persona humana. Esta encuentra su felicidad en las relaciones interpersonales y no en el disfrute de los bienes de consumo. Jesús hizo de su vida un don a fin de que todos nosotros seamos capaces de continuar luchando por la paz, la justicia y la integridad de la creación.
Lorenzo Amigo
04-02-05, 09:33:25
6 de febrero de 2005
Quinto Domingo Ordinario
VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO
Las diferentes encuestas sobre la situación religiosa de España presentan un progresivo desenganche de la juventud respecto a la Iglesia. Basta simplemente mirar nuestras asambleas litúrgicas para darse cuenta que la mayoría de los participantes son personas más bien mayores. Pero lo más preocupante es que esas mismas encuestas muestran que muchos de los cristianos practicantes, tanto jóvenes como mayores, en sus opiniones y conductas, no siguen las orientaciones de la Iglesia. Parecen existir como dos iglesias paralelas. Son muchos los que piensan que la Iglesia jerárquica representa una voz del pasado, incapaz de iluminar las situaciones actuales.
Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Sospecho que son muchos los encuentran esa sal sosa y esa luz mortecina. La Iglesia, que durante tantos siglos fue un faro de referencia para el sentido de la vida de los hombres, a pesar de los esfuerzos de renovación del Vaticano II, o ha dejado apagarse la luz o la ha metido debajo del celemín. La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy tiene que entrar en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz, la integridad de la creación.
El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos. No podemos pretender tener una respuesta dogmática para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.
Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesia. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en los signos de los tiempos a través de los cuales el Espíritu de Dios habla a su Iglesia. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Por el momento da la impresión de que están volviendo a la escena las tradicionales posturas dogmáticas que el Vaticano II intentó superar. La Iglesia tiene la tentación de no ver en el mundo más que un cúmulo de errores y de tinieblas que ella tiene que iluminar con la verdad.
No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizar siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. No se trata por tanto de que venzamos nosotros o nuestra verdad sino que el hombre de hoy encuentre un sentido a su vida sin hundirse en la banalidad de la existencia. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.
Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Como decía el P. Chaminade debemos ofrecer el espectáculo de un pueblo de santos y mostrar que se puede vivir el evangelio hoy con todas las exigencias de la letra y del espíritu. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización de la plenitud del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro.
No podemos disipar la oscuridad del mundo, pero al menos podemos encender una pequeña lámpara que muestre el camino, que es Cristo. La celebración de la Eucaristía ilumina nuestras vidas con la escucha de la Palabra, y con el pan compartido crea una comunidad que discierne los signos de los tiempos de manera que no dejemos desvirtuarse ese gran tesoro que nos ha sido confiado: ser la luz del mundo y la sal de la tierra.
Lorenzo Amigo
10-02-05, 18:57:06
13 de febrero de 2005
Primer Domingo de Cuaresma
NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE
Nuestra cultura de masas, como la del final del imperio romano, parece tener como ideal el “pan y espectáculos”, por más que la boca se nos llene con palabras como cultura, libertad, realización de sí mismo, justicia, solidaridad, participación, democracia. La propaganda tiene tal capacidad de manipulación que para vender los productos apela a los instintos más vulnerables de la persona. La serpiente, que era una experta en publicidad, supo dorar la píldora hasta lograr vender el fruto del árbol. Es verdad que el fruto era apetitoso, atrayente y deseable, porque al parecer daba inteligencia, y con el saber el poder. Pero la serpiente prometía mucho más de lo que se veía: “seréis como Dios”. Desde entonces el saber humano, y con él el poder, no cesa de crecer, pero no siempre trae consigo una verdadera libertad que permita elegir entre el bien y el mal.
El primer paso para caminar hacia la libertad de elección es el ir al desierto, al lugar solitario. No es necesario que sea un desierto de arena, de nieve o un bosque donde uno se siente perdido. Se trata de la soledad interior que nos permite situarnos de nuevo ante Dios y descubrirnos como campo de batalla donde se afrontan las fuerzas del bien y del mal. En esa situación no hay más remedio que tomar partido. Jesús fue al desierto, al lugar tradicional donde entonces se afrontaba al espíritu del mal, para tomar una decisión radical sobre su vida, a sabiendas de lo que dejaba y de lo que elegía.
El tentador le ofreció convertir las piedras en pan para solucionar de una vez por todas el primer problema de la humanidad: el hambre. Pero, Jesús en oración ante Dios, se da cuenta de que, aunque comer sea una necesidad, el hombre no vive sólo de pan. Necesita de la Palabra y del diálogo amoroso con Dios en la oración para poder vivir. Una vida puramente unidimensional, que busca la satisfacción en los bienes de consumo, queda frustrada en su deseo más profundo de realización humana. El ayuno le permitió a Jesús tomar distancia de sus propias necesidades, algunas tan perentorias como el hambre o la sed. Cuando uno es capaz de distanciarse de las propias necesidades uno descubre las necesidades del otro. La cultura actual, no sólo no da respuesta a las verdaderas necesidades de la persona, sino que está creando constantemente necesidades artificiales para las cuales no tenemos suficientes recursos. Así que nunca podemos ver las necesidades del verdaderamente pobre, porque siempre consideramos que nosotros somos pobres, que no tenemos suficientes recursos para adquirir todo lo que la sociedad de consumo nos brinda como necesario para la felicidad. Si queremos recuperar la libertad es necesario un ayuno riguroso, no de pan y agua, sino de todas las adicciones que nos hemos creado.
Fracasó el tentador con Jesús con el primer producto, pero no se desanimó. Sacó uno mucho más atractivo: una vida espectacular, como la de los artistas, en este caso del circo, pero que en realidad comprende a todos los ídolos a los que admiramos y envidiamos, fruto de esta sociedad que necesita de ellos para vender sus productos. En esta sociedad del espectáculo se está dispuesto a vender la propia intimidad y persona en espectáculo para los demás, con tal que pague bien. Cada uno tiene su precio. El deseo de triunfar y ser famoso no es una tentación únicamente de las personas de fuera de la Iglesia. También la Iglesia busca tantas veces ser famosa, reconocida, numerosa, porque todo eso da un poder real sobre las personas, da una capacidad de fascinar y engañar para atraerse las multitudes. Pero Jesús, de nuevo, no se dejó deslumbrar por un mesianismo de relumbrón que le prometía llevarlo de triunfo en triunfo. El va a elegir se un hombre cualquiera para poder solidarizarse con los millones de personas que no cuentan y son sistématicamente ignoradas.
El tentador siguió con sus superofertas. Le quedaba todavía una carta en la manga: ofrecer todos los reinos del mundo y su esplendor a cambio de que lo adore a él como a Dios. Se ofrece un poder y un tener sin límites, que probablemente trae consigo también el sumo placer y vida excitante, pero a condición de que uno sea servidor del mal. Jesús en este caso cortó por lo sano. Hay que adorar y servir tan sólo al verdadero Dios. Sólo así se llega a la verdadera libertad, o mejor a la verdadera liberación. La cultura actual parece haber suprimido todos los dioses, y ha hecho de cada una de las personas un pequeño diosecillo absoluto. No es fácil el convivir tantos diosecillos absolutos. El hombre tiene que vivir como hombre, como imagen de Dios. Sólo así realiza su ser auténtico. Una imagen no tiene sentido sin el original al que se refiere. El hombre sin referencia a Dios puede tener la ilusión de que es un diosecillo, pero en realidad, como decía Pascal, “ el que juega a ser ángel, hace de bestia”.
Jesús es el verdaro pan que nos alimenta en la mesa de la palabra y en la mesa de la eucaristía. Al inicio de esta Cuaresma, en torno a la mesa del Señor Jesús, tomemos también nosotros su opción: romper con los falsos ídolos y valores de una cultura del consumo, para abrirnos a los demás en los que se nos hace presente Dios. Intentemos encontrar a Dios en la vida de cada día, teniendo ese espíritu de contemplación que nos permite descubrir a Dios en todo.
Lorenzo Amigo
18-02-05, 11:15:54
20 de febrero de 2005
Segundo Domingo de Cuaresma
JESÚS SE TRANSFIGURÓ DELANTE DE ELLOS
Nuestro mundo está experimentando cambios acelerados. En realidad estamos asistiendo a un cambio de época, cuyos resultados nos son todavía desconocidos. Es difícil saber qué producirá este parto doloroso de la humanidad. Hace todavía algunos años, llevados de un optimismo ingenuo, esperábamos ya el paraíso en la tierra. Hoy día, un poco desengañados, tememos estar a las puertas de un verdadero infierno. Las transformaciones están afectando no sólo al mundo sino también a la realidad del hombre. Éste está adquiriendo un saber y un poder sobre la naturaleza y sobre la sociedad, que parece no tener límites. Cada día la tecnología parece derribar las barreras que antes nos parecían infranqueables. Todos estos cambios están generando una angustia de si no desaparecerá la libertad del hombre y éste se convertirá en un robot manipulado por poderes ocultos. Alguno ha expresado la opinión pesimista de que el hombre se está convirtiendo en un motor, hecho con piezas de repuesto hasta que le llegue el tener que ir al desguace.
También el misterio pascual cristiano presenta el hombre como un ser en transformación profunda de sí mismo. Se trata nada menos que llegar a ser hombres nuevos en Cristo resucitado, dejando la vieja condición de hombres viejos a causa de las viejas estructuras del pecado. Consiste paradójicamente en morir para tener la vida. El horizonte de esa vida en plenitud, de esa vida eterna, es la vida misma de Dios. Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser Dios, decían los Padres de la Iglesia. Con palabras más actuales alguien definía esta realidad como la meta de todo el proceso de hominización, que empezó con la evolución de las especies. El hombre como ser inteligente está llamado a transformarse en Cristo y con Cristo entrar en la vida de Dios.
Esta visión grandiosa del hombre no es una pura fantasía, pues la encontramos realizada en la persona de Jesús, el Hijo del Hombre, el Hombre Perfecto. Por su resurrección Jesús ha entrado en la gloria de Dios, sentado a la derecha del Padre, con todo poder y majestad. Esa es la meta de nuestro camino cuaresmal, que no debemos perder de vista en nuestras prácticas de penitencia y de conversión de nuestro ser. Sabemos que no son esas prácticas las que nos transforman sino el don de Dios en Cristo Jesús, que hemos recibido en el bautismo. Nuestro ser nuevo está presente ya en germen. Tenemos que colaborar para que se desarrolle hasta la plena madurez de hijos de Dios.
Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentamos más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos. Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos y nada en él traducía que Dios estuviera presente en El. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en El, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguno percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.
La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual. Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder o su tener. Esa dimensión espiritual se cultiva a través de la contemplación como diálogo con Dios y con los hombres. La contemplación cristiana, o simplemente la oración personal, nos permite entrar en la intimidad de Dios y participar en su misterio de amor. Vemos la realidad con los ojos de Dios y acabamos descubriendo a Dios en todo de manera que en cualquier situación podremos decir: ¡qué hermoso es estar aquí, porque aquí está Dios! La actitud contemplativa ante el hombre nos lleva a reconocerlo como persona, a respetarlo, a acogerlo, a abrirle nuestra intimidad y acoger la suya. Sólo así se genera un proceso de transfiguración del hombre, haciéndolo salir de su voluntad de poder sobre el mundo y los demás para instaurar una verdadera civilización del amor.
En la eucaristía se produce, y nosotros la vivimos, la gran transfiguración de la realidad. Los elementos del pan y del vino son transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo como promesa de una creación nueva, no sometida a la manipulación del hombre. En torno a la Eucaristía, los creyentes somos transformados en un único cuerpo, porque comemos un solo pan. La fuerza de la eucaristía debe llevarnos a luchar por la transformación de nuestro mundo para que sea cada vez más humano y más fraterno.
Lorenzo Amigo
25-02-05, 09:30:50
27 de febrero de 2005
Tercer Domingo de Cuaresma
YA NO CREEMOS POR LO QUE TÚ DICES
La mayoría de nosotros hemos recibido nuestra fe cristiana de nuestros padres y crecimos en un país todavía cristiano, en el que maestros y catequistas nos formaron en la fe. Hoy día la situación ha cambiado radicalmente. Ya no se nace cristiano sino que hay que decidir personalmente ser cristiano. Aunque se sigue bautizando como siempre y en las escuelas todavía hay clase de religión, sin embargo los ambientes en que vivimos ya no son cristianos y por esto tenemos que optar cada día a favor de nuestra fe.
La mujer samaritana había heredado sus convicciones religiosas de sus padres. Entre ellas figuraba el que no se mantenía contacto con los judíos, que pretendían que únicamente en Jerusalén se podía dar culto a Dios. Pero el encuentro personal con Jesús, la experiencia de encontrarse con un judío que rompía con los prejuicios religiosos nacionales, le hizo descubrir una imagen distinta de Dios. Es el Dios que es Espíritu y al que hay que dar culto en espíritu y verdad. A ella eso le evoca los tiempos mesiánicos que iban a cambiar la situación del mundo. Pronto se dará cuenta de que el Mesías está allí hablando con ella, interesándose por su vida profunda, más allá del ajetreo diario de tener que ir a buscar agua al pozo. Jesús le promete el Espíritu, un agua que apagará definitivamente la sed insaciable del hombre.
La samaritana salió cambiada de aquel encuentro. Su alegría fue tal que fue inmediatamente a contárselo a la gente de su pueblo. Se convirtió en un apóstol que comparte con los demás su experiencia de vida. Y la experiencia de fe atrae a las personas e invita a hacer la misma experiencia. Como decía el P. Chaminade la fe se difunde como por contagio, a través del compartirla en las comunidades de fe. Sólo así se crea un clima cálido en el que la fe puede crecer en medio de la frialdad religiosa de nuestro mundo.
Los samaritanos tuvieron también su encuentro personal con Jesús y también ellos creerán en él. El anuncio hecho por la samaritana había sido importante para despertar en ellos el interés por la persona de Jesús. Pero la fe, al final, es una experiencia profundamente personal y al mismo tiempo profundamente comunitaria. Los samaritanos lo formularán diciendo: “Nosotros, como grupo, ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Hasta que uno no haya hecho la experiencia del encuentro personal con Jesús que cambia nuestras vidas, tenemos el riesgo de hacer de nuestra fe un sistema de creencias, de ritos vinculados a lugares, tiempos y prácticas sagradas, de una ciertas normas de moralidad. Todo esto es necesario pero es la consecuencia directa del encuentro personal con Jesús, que crea un nuevo estilo de vida.
¿Cómo podemos encontrarnos con Cristo hoy? Sin duda alguna de muchas maneras. Él está vivo y presente en nuestra historia, en cada uno de los acontecimientos, en cada persona que encontramos, sobre todo en los pobres. Pero los samaritanos proclaman que lo que ha cambiado sus vidas y les ha llevado a creer en Jesús ha sido escuchar su palabra. Palabra y sacramento es la manera como Jesús se hace presente en la vida de cada creyente y de las comunidades cristianas. La Palabra de Dios es siempre viva y eficaz y es capaz de tocar nuestros corazones y hacerlos arder como en el caso de los discípulos de Emaús. La fuerza de la Palabra viene ante todo del Espíritu del Resucitado que ha puesto el amor de Dios en nuestros corazones. Durante esta cuaresma la escucha cotidiana de la Palabra de Dios, acogida en el corazón y meditada como hacía María es la manera de que Jesús vaya tomando carne en nuestra existencia.
En la celebración de la Eucaristía, Cristo Palabra, ilumina nuestras vidas y conforta nuestros corazones. Con su cuerpo y sangre nos alimenta y así sacia nuestra hambre y sed de Dios. Que esta eucaristía sea una experiencia de encuentro personal con el Señor Resucitado que transforma nuestra vida y nos hace discípulos suyos, testigos de lo que hemos visto y oído.
Lorenzo Amigo
04-03-05, 12:29:48
6 de marzo de 2005
Cuarto Domingo de Cuaresma
CRISTO SERÁ TU LUZ
El saber y la información, sobre todo la información privilegiada, se han convertido en un instrumento de poder en nuestro mundo. Se busca el saber y la información, no por querer conocer la verdad de las cosas y de la propia existencia, sino para controlar las cosas, la propia existencia y la existencia de los demás. Cada vez la masa de conocimientos es mayor y cada vez sabemos menos. Conocemos miles de detalles sobre cada realidad, pero hemos perdido el sentido de la realidad, de la historia y de la vida del hombre.
Tradicionalmente era la Iglesia la que se sentía depositaria de la verdad del hombre porque había recibido ese mandato de Jesús, “luz de las naciones”. Éstas aceptaban más o menos esa misión de la Iglesia siempre que no se metiera en los temas que afectaban al hombre y la sociedad, sobre todo en el terreno de la política. La Iglesia era una luz que debía lucir en su sitio, en las iglesias y sacristías. Hoy día se rechaza el que la Iglesia pueda decir una palabra definitiva sobre el sentido de la vida y en particular sobre los problemas del hombre. Tal palabra definitiva ya no se espera ni de la Iglesia ni tan siquiera de la ciencia, dependiente también ella de la situación histórica concreta. ¿Estamos, pues, condenados a vivir en el relativismo moral y a no saber a qué atenernos en la vida? ¿Dependerá cada vez la verdad de lo que digan las encuestas o los votantes? ¿Debe renunciar el hombre a la ilusión de encontrar una verdad de la que pueda fiarse?
El cristiano, con toda humildad, proclama que a través del bautismo ha sido arrancado de las tinieblas y trasladado a la luz admirable de Cristo. Nuestro Dios es un Dios fiable. Nuestro Dios es un Dios de la luz y no un Dios de la oscuridad. Él ilumina nuestra oscuridad. La oscuridad existe, pero es efecto del pecado del hombre y no una realidad querida por Dios. « Dios dijo que la luz resplandeciese en las tinieblas; él mismo resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo» (2 Cor. 4, 6). Jesús es la luz del mundo y el que lo sigue no camina en tinieblas sino que tiene la luz de la vida.
La luz, la verdad que lleva consigo la Iglesia y cada uno de los creyentes, no es una luz propia. En ese sentido el no creyente tiene razón en decir que él no ve las cosas tan claras como dice el creyente. También el cristiano y la misma Iglesia, cuando creen que ven y no descubren la propia oscuridad, en realidad son un ciego que camina en las tinieblas. Todos, también la Iglesia, experimentamos la complejidad de la existencia actual para la que no tenemos respuestas automáticas. La Iglesia no debe olvidar que ella es como la luna, que no tiene una luz propia sino que la recibe del sol, que es Cristo. Tan sólo el encuentro personal con Cristo y la fe en él pueden iluminar la vida de los creyentes. Él es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y no sólo a los cristianos.
El gran desafío hoy día es el de mostrar que nuestras vidas han sido verdaderamente cambiadas e iluminadas por la fe que decimos profesar en Cristo Jesús. La piedra de toque será la realidad de la vida. La presencia del cristiano y de la Iglesia en el mundo ¿ayuda a iluminar los problemas actuales del hombre y de la sociedad o por el contrario creamos más confusión que la ya existente? La fe debiera ayudarnos a ver los acontecimientos con los ojos de Dios y saber leer en los signos de los tiempos los retos que Dios mismo nos está lanzando, tanto a creyentes como no creyentes. Para ello hay que ir más allá de las apariencias que no permiten ver claramente la realidad. Es necesario seguir unos criterios evangélicos de manera que no se busque el poder y el prestigio, como hacía Samuel cuando pasaba revista a los hermanos de David, sino estar dispuestos a querer lo que Dios quiere.
Es necesario que Dios limpie la oscuridad de nuestros ojos para saber descubrirlo presente y actuante en un mundo en el que parece estar ausente. Desgraciadamente los cristianos solemos dar razón a los no creyentes cuando dicen que Dios está ausente, que todo acontece como una lucha de poderes más o menos ocultos. El problema del mal y del sufrimiento interpela por igual a creyentes y no creyentes. Todos estamos en el mismo barco y tenemos un mismo destino. Pero ante el mal reaccionamos de manera diversa. No podemos seguir repitiendo buenamente con la tradición: “¿quién ha pecado él o sus padres? Sin duda en el mal existente hay mucha responsabilidad de nuestra generación y de la generación de nuestros padres. Responsabilidad que debemos asumir honradamente. También los cristianos y la Iglesia somos culpables de la realidad injusta de nuestro mundo, y somos culpables por acción y por omisión. Pero ello no debe cegarnos y pensar que el mal tiene la última palabra, sino descubrir que Dios en la persona de Cristo Jesús está luchando contra el mal de este mundo, porque Dios es un Dios de hombres, que quiere la felicidad del hombre. Él necesita nuestra colaboración para instaurar su Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.
En la celebración de la Eucaristía, los que hemos sido iluminados por la luz del bautismo entrevemos lo que puede ser la realidad del Reino, sentados todos juntos en torno a la mesa del Padre. Es un Reino que recibimos como regalo y que al mismo tiempo tenemos que construir con nuestro compromiso concreto junto con todos los hombres de buena voluntad que buscan la luz.
MARTABAD
08-03-05, 00:32:59
Mi querido Lorenzo y si añado Amigo, sin conocernos, te he llamado, así y sin querer por tu nombre completo: LORENZO AMIGO
Adjunto una HOMILIA del 5º y último domingo de Curesma. En la variedad uno se enriquece.
Si no entrara en esta sección de Homilía Dominical, no tienes más que eliminar este correo. Así de fácil.
Si juzgas se puede poner en otra sección, tienes todos mis parabienes para que lo hagas.
Si te llegara a gustar el estilo, tengo el comentario, mi buen AMIGO, de los evangelios del Lunes, Martes y Miércoles Santo, formando una unidad, sobre LA AMISTAD Y LA TRAICIÓN
Sirve para un retiro personal, o para leerlo en varios días, no solo en tres, en familia, entre amigos (con minúscula, claro) o solo.
Y solo adjunto la homilía con sus prolegómenos del 5º domingo cuaresma
Si crees puede ser útil y provechoso lo del "retiro" sobre la AMISTAD Y LA TRAICIÓN, te basta enviar un Emilio, dándome normas y directrices
edumartabad@escolapios.es
Saludo cordial mi buen AMIGO, Lorenzo
Edu (para los amigos)
Eduardo Martínez Abad, escolapio, coloborador del Ágora Universal Marianista
Lorenzo Amigo
11-03-05, 10:10:57
13 de marzo de 2005
Quinto Domingo de Cuaresma
YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
De nuevo el 11 de marzo ha actualizado para todos nosotros la tragedia vivida en Madrid el año pasado. De nuevo el pueblo español rinde memoria cariñosa y agradecida a esos hermanos nuestros. El silencio, pedido por los familiares, debe ayudarnos a todos a seguir profundizando el sentido de la vida y de la muerte. Como cristianos estamos llamados a dar razón de la esperanza que hay en nosotros. La realidad de la muerte, sobre todo de la muerte violenta, consecuencia del terrorismo irracional, pone siempre en cuestión nuestra fe en el Dios de la vida. Constantemente tenemos la impresión de que la muerte y el odio tienen la última palabra y que incluso la realidad de nuestros seres queridos difuntos puede ser manipulada por nuestros intereses partidistas.
Como cristianos es precisamente en estos momentos de dolor y de desesperación cuando debemos dar una palabra de aliento y de esperanza al que le han arrancado violentamente un ser querido, hundiéndole en la sensación de que nadie ni nada podrá reparar la injusticia que se les ha hecho. ¡Tantas personas buenas e inocentes que se han visto privadas de la vida antes de tiempo y de una manera tan terrible! Sus familias lloran desconsoladamente por sus seres queridos y también por su propio desconsuelo de no haber podido hacer nada por ellos. Sin duda también nuestro Padre bueno, lloró y llora por ellos, como Jesús por su amigo Lázaro.
Las lágrimas de Jesús nos consuelan a todos, pues son lágrimas de cariño y no simplemente de rabia, desesperación o impotencia. Las lágrimas de Jesús nos continúan repitiendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Es el Dios de la vida el que tiene la última palabra, una palabra de vida que triunfa sobre la muerte, una palabra de perdón que vence el odio. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios Padre ha cambiado el sentido de la historia, en especial del sufrimiento humano. El sufrimiento de Jesús fue en resumidas cuentas pasión por Dios, pasión por el hombre, pasión por la vida. El odio de sus enemigos no pudo contra el amor de Jesús y su deseo de hacer de su muerte un don de sí mismo a favor de la vida de sus hermanos.
Nadie podrá separar a nuestros seres queridos difuntos de la compañía del Señor de la vida, aunque hayan sido arrebatados violentamente de la vida antes de tiempo y de nuestra compañía. Para Dios todos viven siempre y nadie se sentirá frustrado en su deseo de una vida plena y feliz. Lo que cuenta, para ellos, es la felicidad absoluta de la que gozan con Dios, y ya no la muerte violenta que experimentaron. Lo que cuenta, para nosotros, no es su muerte sino su vida, la anterior a la muerte, y sobre todo la vida en plenitud que tienen ahora. Aunque físicamente nuestros seres queridos estén ausentes, su presencia entre nosotros es muy real. Más real e intensa que cuando estaban a nuestro lado, pues ahora ya no están sometidos a las limitaciones del espacio y el tiempo. Es una presencia activa y consoladora pues nos transmiten su felicidad y su vida si sabemos abrirnos al milagro de la vida que brota de la muerte.
¿Crees tú esto?, fue la pregunta de Jesús a Marta, y que ahora nos dirige a cada uno de nosotros. Tan sólo si reconocemos a Jesús como el Señor de la vida, en quien se ha manifestado la vida del mismo Dios, nosotros tendremos vida eterna. No en el último día, como pensaba al principio Marta, sino ya ahora. Será ya una vida sin fin, marcada por la eternidad de Dios que se hace presente en nuestro mundo. Los cristianos somos ya personas resucitadas. El desafío es cómo traducir esta realidad en la cotidianidad de la existencia en la que seguimos experimentando los zarpazos de la muerte. Nosotros sabemos que, aunque la muerte parezca ganar pequeñas batallas, en realidad tiene ya la guerra perdida o mejor, perdió ya la guerra. La vida y el amor han tenido la última palabra frente a las fuerzas del odio y de la muerte.
Ahora en la Eucaristía celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte. Con él hemos triunfado todos. El pan que recibimos es un pan de vida eterna. El que come de este pan no morirá. Tiene en sí un germen de vida e inmortalidad que le permite ser instrumento de vida al servicio de la transformación de este mundo, todavía amenazado por las fuerzas de la muerte.
Lorenzo Amigo
18-03-05, 09:22:10
20 de marzo de 2005
Domingo de Ramos
SE DESPOJÓ DE SU RANGO, VIVIENDO COMO UN HOMBRE CUALQUIERA
En democracia, en teoría todos somos iguales, pero algunos más iguales. No existen rangos por el hecho del nacimiento ni se admite que los puestos sean dados por enchufes sino que se debe considerar el mérito de las personas, su valer. Pero todos queremos tener buenos puestos y ser bien considerados. Para ello hemos sudado fuerte durante los años de estudios, hemos intentado estudiar carreras que merecieran la pena y tratamos de cumplir bien en el trabajo para poder ascender, para estar por encima de los demás.
La sociedad en que vivió Jesús no era igualitaria sino que justificaba las desigualdades en nombre del nacimiento o la adscripción a determinado grupo social. Lo llamativo de Jesús es su opción personal en esa sociedad injusta. En teoría, siendo Dios, podía haber vivido como Dios, sin experimentar los problemas comunes a todo hombre. Pero él decidió vivir como hombre, y no como un hombre privilegiado, que tiene la mitad de los problemas resueltos, sino como un hombre cualquiera, es decir como la masa de los mortales para los cuales la vida está llena de problemas. La realidad de la muerte los resume todos. Así pues, en vez de querer ascender como Adán y “ser como Dios”, él prefirió descender y colocarse en los últimos puestos.
Dispuesto a perderlo todo, se humilló hasta la muerte de cruz, que es una muerte infamante, una muerte de esclavos, es decir de seres a los que no se les reconocía jurídicamente su carácter de personas. Y en el imperio de su tiempo los esclavos eran multitudes frente a un número relativamente pequeño de ciudadanos privilegiados. Y esto Jesús lo vivió, no como destino trágico de haber nacido en un contexto social determinado, sino como opción personal que le brotaba de dentro. Por eso San Pablo puede animar a los creyentes a hacer lo mismo para “tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, sentimientos no de superioridad respecto a los demás, sino sentimientos propios de un servidor que da la situación por justificada y no se pregunta por qué la vida es así, tan injusta con algunos. Para Jesús era su manera de servir al hombre, al hombre ordinario, condenado a vivir tantas veces, sin quererlo, lo que Jesús llamó las bienaventuranzas.
Humanamente la vida de Jesús tiene poco relumbrón y atractivo. Da la impresión de que no pudo realizarse humanamente. Y, sin embargo, fue así como pudo hacer la admirable experiencia de Dios, que invierte los valores y planteamientos humanos. Dios, ante la obediencia amorosa y la humillación de Jesús, lo exaltó, lo sentó a su derecha con toda gloria y majestad, haciendo que los creyentes lo proclamemos como nuestro Señor y nuestro Dios. Sólo se llega a la resurrección y la exaltación pasando por la cruz y la humillación. Una vida de cruz y servicio lleva verdaderamente a la meta. Una vida tranquila, sin problemas, bien vista de los demás, que no se distingue en nada de la de los no creyentes que buscan realizar su vida a través del poder, del placer y del tener, ese tipo de vida no lleva a la resurrección y Vida eterna.
El misterio pascual tiene dos caras, la pasión y la resurrección. La una lleva a la otra. Son dos caras inseparables como las de una moneda. La una implica la otra. La Iglesia nunca ha anunciado la muerte de Jesús sin anunciar al mismo tiempo su triunfo. Sin la resurrección los cristianos cultivaríamos un cierto dolorismo masoquista. Sin el paso por la cruz, la Iglesia cae pronto en la tentación del triunfalismo, del poder y del querer dominar a los demás, olvidando su vocación de servicio.
Jesús el Domingo de Ramos vivió su entrada triunfal en Jerusalén. Este triunfo pasajero anticipa el triunfo de la Pascua, que será definitivo. Los creyentes vivimos estos días de la Semana Santa con los ojos puestos en la Vigilia Pascual. Es de la resurrección de donde brota la fuerza para acompañar a Jesús no sólo en su entrada triunfal en Jerusalén sino dispuestos a permanecer junto con María y el Discípulo Amado al pie de la cruz. En la eucaristía de hoy pidámosle a Jesús que la participación en su misterio pascual nos transforme interiormente en él, teniendo sus mismos sentimientos y su mismo estilo de vida de servicio.
Lorenzo Amigo
18-03-05, 12:26:26
24 de marzo de 2005
Jueves Santo
ESTO ES MI CUERPO, QUE SE ENTREGA POR VOSOTROS
Cuando uno se siente acosado y perseguido y presiente que está próximo el desenlace, no es fácil conservar la calma y buscar respuestas creativas. Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.
Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino. La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.
Jesús había anunciado que el Padre nos ama y por eso quiere establecer su Reino de justicia y amor. La manera de hacer visible ese amor fue el dar a su Hijo por nosotros. Jesús es el sacramento del amor del Padre que se nos revela totalmente en el Hijo. Jesús había utilizado ya en su vida las comidas con los pecadores para anunciar que también el Padre hace fiesta en el cielo cada vez que uno se convierte. Ahora, rodeado de pecadores, de apóstoles que seguirán discutiendo sobre quién es el más importante, de Pedro que lo negará y de Judas que lo entregará, Jesús toma la copa y brinda por la venida del Reino. Si Dios trae el Reino de felicidad, será también capaz de encontrar una salida para Jesús que se confía totalmente en sus manos.
Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que fluye por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres.
Jueves Santo, día del Amor fraterno, día del servicio concreto a los pobres. El sacramento del amor, expresado en el pan y el vino, tiene su correspondencia en el evangelio de San Juan en el lavatorio de los pies. Es el sacramento del hermano. “¿Cómo podemos decir que amamos a Dios al que no vemos, si no amamos a nuestros hermanos a los que vemos? Amemos no con buenas palabras sino con obras y verdad”. El servicio es la piedra de toque del amor. Sobre todo el servicio humilde que nadie aprecia y que a veces consideramos que es natural que lo haga quien lo está haciendo. Los discípulos, en cambio, se sorprendieron que el Maestro hiciera aquel trabajo de esclavo. A Pedro no le gustaba mucho aquello, pues la lección era evidente: “os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo”. La Iglesia, o es servidora o no sirve para nada.
No puedo menos que recordar que hoy es el 25 aniversario de la muerte violenta de Monseñor Romero, obispo del Salvador, cristiano que se tomó en serio el ejemplo de Cristo y no dudó de acompañarlo hasta el fin, derramando su sangre por él y por su pueblo. Que cada uno de nosotros, al participar hoy en el cuerpo y sangre de Cristo, nos convirtamos también en sacramento de su amor de manera que nuestros hermanos vean en nosotros testigos creíbles que seguimos el ejemplo de nuestro Maestro.
Lorenzo Amigo
18-03-05, 18:59:12
25 de marzo 2005
Viernes Santo
YO HE VENIDO AL MUNDO PARA SER TESTIGO DE LA VERDAD
La muerte de Jesús no fue una casualidad o consecuencia de la mala suerte; tampoco ocurrió porque Dios así lo quería. Dios es el Dios de la vida y está siempre contra la muerte y las fuerzas de muerte. Dios no quiso la muerte de Jesús. ¿Cómo va a querer Dios que haya verdugos? Los que condenaron a muerte a Jesús pudieron pensar que estaban dando culto a Dios al quitar de en medio un blasfemo y agitador peligroso para el orden público. Dios, en cambio, intervendrá con la resurrección para mostrar que era Jesús el que tenía razón y no los que lo condenaron. Dios aceptó complacido a su Hijo entregado a la muerte, pero no aceptó el que los hombres lo mataran. Dios vio que Jesús le confiaba su causa, porque Dios hace siempre justicia y es capaz de sacar bien del mal. Dios es capaz de cambiar totalmente el sentido de los acontecimientos sin que la rueda de la historia tenga que volver para atrás. El amor de Dios, el amor de Jesús, es más fuerte que el odio de los que lo crucificaron.
Tampoco Jesús quiso la muerte. No tuvo ningún interés en acabar así. Él amaba la vida y defendía la vida. ¿Por qué no se detuvo a tiempo? ¿Por qué no se quitó del medio? No fue por obstinación sino por fidelidad al Padre y fidelidad a los hombres. Jesús había anunciado la venida del Reino de Dios como el símbolo de la plenitud humana. Si Dios quiere la felicidad del hombre, también quiere la de Jesús: el Reino llegará también para Jesús, aunque no viera demasiado claro cómo ocurriría eso. De hecho Jesús en la última cena brindó por la venida del Reino en el que él mismo bebería el vino nuevo. Jesús no podía haber anunciado que el Reino de Dios llegaba para los pobres y los perseguidos y, llegado el momento de la prueba, dejar a todos ellos en la estacada, dándoles a entender que se había equivocado y que Dios no se interesaba por ellos.
La muerte de Jesús es una consecuencia de su vida, de un mensaje y estilo de vida que resultó conflictivo para las autoridades de su tiempo, el poder religioso-político judío y el poder ocupante, romano. Según Jesús, si llega el Reino de Dios, si Dios reina, los poderes de este mundo son puestos en cuestión por su manera de organizar injustamente la sociedad. Es Dios el que viene a hacer justicia. Esa es la verdad que él testimoniaba. Pero las verdades muchas veces escuecen y las autoridades se sintieron amenazadas y reaccionaron con violencia.
Aunque históricamente hay muchos puntos oscuros en la historia de la Pasión, cada vez es más claro que la condena de Jesús fue pronunciada por el procurador romano, que ejercía el poder ejecutivo y judicial. Materialmente fueron también los soldados romanos los que ejecutaron la sentencia. No hubo propiamente una sesión condenatoria del tribunal judío, probablemente porque desde el principio las autoridades querían eliminar a Jesús, pero no tenían competencia para dictar una condena a muerte. Ni el pueblo judío de hoy ni el de entonces tiene ninguna culpa en la muerte de Jesús, aunque los cristianos pronto empezaron a echarles las culpas y a ejercer sobre ellos una violencia sin límites por la que debemos pedir perdón.
Las autoridades judías creyeron que Jesús era un personaje peligroso para el orden público porque tenía una gran capacidad de convocatoria que podría derivar en disturbios y rebeliones. Y eso era peligroso estando bajo la ocupación romana. El sumo sacerdote lo vio muy claramente desde el punto de vista político: “es mejor que muera un hombre por todo el pueblo y que no perezca toda la nación”. Sin quererlo dijo la verdad profunda: Jesús murió inocentemente a favor del pueblo y de todos los hombres. Ese fue el sentido que Jesús dio a su vida: una entrega a favor de los demás. No para justificar el sufrimiento, como tantas veces hemos querido hacer, manipulando la cruz de Cristo. En realidad Jesús muere para que ya no haya más muertes de inocentes. Desgraciadamente los hombres seguimos dirigiendo nuestra violencia destructora contra los inocentes, muchas veces sin tan siquiera darnos cuenta.
Ante la cruz de Jesús, que hoy adoramos con amor, presentemos a las víctimas de nuestro mundo, de las cuales nosotros somos indirectamente culpables. Culpables ante todo por no decir la verdad, por no gritar que el mundo que hemos construido es un mundo profundamente injusto, que necesita de las víctimas y de la exclusión para poder vivir nosotros cómodamente. No nos lavemos las manos como Pilato sino que pidamos perdón a Jesús por nuestras cobardías y por no saber lo que hacemos, por no darnos cuenta que, para que nosotros vivamos en la abundancia, millones de personas pierden la vida sin tener lo necesario para vivir.
Lorenzo Amigo
25-03-05, 10:02:45
27 de marzo de 2005
Domingo de Pascua
NO ESTÁ AQUÍ: HA RESUCITADO
El éxito de la película “La Pasión” muestra que no es sólo el pueblo andaluz el que “todas las primaveras anda buscando escaleras para subir a la cruz” (Antonio Machado), sino que todos los pueblos, todos los hombres, nos conmovemos ante el espectáculo del inocente condenado a muerte. Vivimos con intensidad emotiva los acontecimientos de la pasión, pero el Domingo de Resurrección ya no sabemos qué hacer con nuestro Cristo.
Las cofradías del Resucitado y la procesión de Pascua no llegan tan hondamente a nuestros corazones. A pesar de los progresos de nuestro siglo seguimos siendo el hombre sufriente y doliente de siempre y nos sentimos retratados en la persona del Nazareno y de la Madre Dolorosa en su soledad. En ellos descubrimos la solidaridad de un Dios que asume nuestros dolores. Es sin duda una gran consolación saber que no estamos solos en nuestro dolor. Pero eso ¿en qué cambia nuestra condición? ¿Es posible transformar nuestros sufrimientos en fuente de vida?
Es lo que confesamos con la Resurrección de Jesús, pero nos es difícil experimentar ahí la solidaridad de Jesús y con Jesús. Da la impresión de que creemos que Dios resucitó a Jesús y transformó totalmente su persona, pero eso no nos afecta en nada a los cristianos. Nosotros continuamos siempre en nuestro Viernes Santo. Cuando las cosas nos van bien, ni nos acordamos de Dios. Parece que la alegría ha sido vista con desconfianza por la historia cristiana mucho más identificada con el sufrimiento. Sin duda que la aceptación del sufrimiento puede producir una gran fuerza de resistencia, pero existe el peligro de que paralice nuestra acción.
Necesitamos una película que evoque la epopeya del cristianismo desencadenada por la resurrección de Jesús, llevada a cabo por la misión de los apóstoles y por la historia de las misiones. Algo de eso se percibía en la película “Misión” y en la historia de tantos testigos de Jesús, anteayer recordábamos a Mons. Romero. Tan sólo personas nuevas, resucitadas, que experimentan en sí la fuerza del Señor que sigue vivo, son capaces de infundir una gran esperanza en nuestro mundo y tienen la fuerza de rodar la piedra de nuestros sepulcros en los que estamos encerrados paralizados por nuestros miedos.
La fuerza del Resucitado nos va abriendo camino en la Galilea de las gentes. Ya no se trata de ir en procesión detrás de los pasos desde la iglesia hasta la iglesia. Ahora hay que entrar en los grandes desfiles de masas que cada día a través de su esfuerzo intentan cambiar la situación de nuestro mundo impulsados por la energía del Resucitado que actúa en nosotros. Es en la movida de los pueblos, en la historia tantas veces turbulenta, donde el Señor se hace presente con la fuerza de su Espíritu que pone en el corazón de los hombres el deseo de vivir y de transformar la realidad en Reino de Dios.
La resurrección de Jesús ha transformado la historia y el universo entero. La energía del resucitado no sólo vivificó el cuerpo de Jesús sino que está animando unos cielos nuevos y una tierra nueva. Jesús continúa esa misión y necesita de nosotros para hacerla realidad en los diversos contextos vitales en los que movemos, de manera que su triunfo sobre la muerte transforme el panorama de nuestras vidas y nuestra historia. Todavía hay demasiado luto, demasiado sufrimiento, demasiada frustración. Pero la esperanza que ha encendido en nuestros corazones nos da la certeza de que lo que se ha realizado ya en Jesús se hará también realidad en cada uno de los creyentes. Todos hemos resucitado con Él, vivamos una vida digna de resucitados. Debiera notarse que los cristianos somos portadores de esa gran experiencia de la resurrección.
Nuestra eucaristía pascual es la acción de gracias de Jesús a Dios Padre por su resurrección. Nos sentimos unidos a Jesús porque en su resurrección tenemos la certeza de que el Padre ha perdonado nuestros pecados y ha hecho de nosotros personas nuevas por nuestro bautismo. Acojamos la fuerza de la resurrección en nuestras vidas para ser testigos del Resucitado en nuestro mundo, dando una esperanza a todos nuestros hermanos que sufren y a todos los que luchan a favor de un mundo nuevo.
Lorenzo Amigo
31-03-05, 11:58:07
3 de abril de 2005
Segundo Domingo de Pascua
EL SEÑOR IBA AGREGANDO AL GRUPO LOS QUE SE IBAN SALVANDO
La Iglesia de masas que conocimos todavía hace algunas décadas va disminuyendo y envejeciendo progresivamente por falta de incorporación significativa de las nuevas generaciones. Es verdad que en España se sigue bautizando a la mayoría de los niños y casi todos hacen la primera comunión, pero luego no hay una continuidad vital que permita una incorporación consciente y libre a la vida de la Iglesia en la edad adulta. Todo parece indicar que hemos vivido una revolución silenciosa, de la que casi no nos hemos enterado, que muestra el agotamiento de un modelo de Iglesia o cristianismo convencional. Estamos, pues, ante el reto de regenerar el tejido social de la Iglesia con una perspectiva nueva.
El Beato Chaminade, al final de la Revolución Francesa, se encontró con un panorama todavía más desolador en Francia. En vez de acobardarse, puso manos a la obra para reconstruir la Iglesia de su tiempo. Pero para ello no se inspiró en el modelo de la Iglesia que había desaparecido con el antiguo régimen, sino que buscó inspiración en la comunidad primitiva, porque nada hay más joven y nuevo que el evangelio. Intentó crear unas comunidades cristianas que ofrecieran el espectáculo de un pueblo de santos y mostraran que era posible hoy día vivir el evangelio con todas las exigencias de la letra y del espíritu. Sólo viviendo de nuevo el estilo del evangelio era posible fascinar a la gente y atraerla a la vida cristiana.
Ya no era posible vivir el cristianismo de manera aislada o individualista. Ya no existía una cultura cristiana ambiental que facilitara la experiencia del creyente. El Beato Chaminade se dio cuenta del ambiente religiosamente frío en el que le tocaba vivir, el cual impedía germinar y florecer la vida cristiana. En ese clima glacial, cualquier leño encendido aislado acaba apagándose. Sólo reuniendo muchos leños se podría hacer una hoguera que fuera capaz de caldear los corazones enfriados por escepticismo reinante. Era necesario recrear el tejido social cristiano para que la fe pudiera vivir. Era necesario crear comunidades de vida, de fe y de misión que transmitieran la fe como por ósmosis o contagio. La fe es ante todo una experiencia que cambia la vida de la persona, y no simplemente una transmisión de verdades.
Chaminade comprendió que las estructuras tradicionales de la Iglesia al servicio de la transmisión de la fe, familia, escuela, parroquia, ya no servían. La familia y la escuela, porque ya no eran cristianas; la parroquia, porque la gente no venía a ella. Lo mismo nos pasa hoy. Por eso hay que crear otra estructura que sea capaz de animar y evangelizar las estructuras recibidas, si queremos que sean de verdad evangelizadoras. Tan sólo unas comunidades de fe, formadas por personas que libremente abrazan la opción de vida cristiana, pueden formar cristianos adultos, comprometidos en la familia, en la escuela, en la parroquia, en la profesión, en los sindicatos, en la cultura, en la política.
Tan sólo en una comunidad de fe es posible hacer la experiencia del Señor Resucitado. La comunidad es ese espacio de gracia y perdón en el que experimentamos presente el Espíritu del Resucitado que hace de nosotros sus testigos. Tomás, por no estar con la comunidad, se perdió la oportunidad de encontrarse con el Resucitado el día mismo de Pascua. Refugiado en su individualismo y racionalismo, pidió pruebas palpables y evidentes de la resurrección y no le convenció lo que le contaron los demás.
Hizo bien Tomás en pedir una experiencia del resucitado, pues no bastan simplemente las palabras que nos cuentan lo que otros viven si no son capaces de suscitar en nosotros la misma experiencia. Necesitamos comunidades creíbles, pero al final cada uno tendrá que recibir la gracia del encuentro con el Señor. Y el Señor se dejó convencer por Tomás y se apareció también a él el domingo siguiente, pero cuando estaba reunido con la comunidad. Tomás ya no tuvo necesidad de tocar el misterio pues la presencia del Resucitado aleja toda duda.
En torno a la Eucaristía construyamos nuestra Iglesia como comunidad de comunidades. Una Iglesia mariana que sea como ese seno materno que nos forma a semejanza de Cristo de manera que seamos creyentes creíbles para los hombres de nuestro tiempo. El Señor, sin duda, seguirá llamando y agregando a la comunidad aquellos que se van salvando.
Lorenzo Amigo
08-04-05, 10:08:25
10 de abril de 2005
Tercer Domingo de Pascua
SE ACERCÓ A ELLOS Y SE PUSO A CAMINAR CON ELLOS
La muerte y funerales del Papa han provocado un increíble movimiento de multitudes humanas, que deseaban acompañarlo, para corresponder a las visitas que él había hecho a todos los rincones de la tierra. Han sido sobre todo los jóvenes los que se han sentido atraídos por la figura de este Pontífice. Ninguno como él, por más que algunos le tachen de tradicional, se ha saltado las barreras que tradicionalmente rodeaban al papado, en su deseo de hacerse cercano a la gente y caminar con ella. Era sin duda el camino de nuevo abierto por el Papa Juan y el Concilio Vaticano II: “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo”.
En ese caminar con los hombres, acompañando la movida de los pueblos promovida por el Espíritu en el cambio de milenio, Juan Pablo II se ha dejado no sólo la piel sino la vida. Ha sido una larga vida vivida a tope en el pontificado, desde los años de salud rebosante de una persona que amaba la montaña hasta los últimos de su existencia, enfermo y casi paralizado en los que su figura ya no sólo provocaba la admiración sino sobre todo la compasión. Aguantó hasta el final en su puesto porque tenía la conciencia de que pesaba sobre él una misión, que él no se había buscado sino que le había sido confiada. Y por eso él no podía quitársela de encima por las buenas.
En esa larga peregrinación, el Papa encontró todas las categorías de hombres y mujeres de nuestro tiempo, desde los poderosos hasta los mendigos de Roma, invitados a su mesa durante el Jubileo. Así pudo tocar de cerca los problemas y esperanzas del hombre de hoy y dirigirles una palabra de consuelo. La nueva evangelización que propuso como proyecto pastoral de la Iglesia no incluye sólo el anuncio de Jesús, sino también la actualización de sus acciones y gestos. La Palabra de vida, que ilumina la existencia del hombre, debe ir precedida, seguida y acompañada de aquellos gestos sacramentales de Jesús que transformaban la vida de los hombres.
Es necesario acercarse a las personas, superando los miedos y los orgullos. Hay que caminar codo a codo con ellas, adoptando muchas veces su paso cansado. Antes de soltar largos discursos, se necesita escuchar los lamentos y frustraciones del hombre moderno, pero también sus realizaciones y esperanzas. Pero sobre todo hay que aceptar su hospitalidad. Los hombres hoy día no vienen mucho a nuestras iglesias. Tenemos que inventar nuevos métodos , nuevos caminos, de evangelización en los que nuestro Papa fue verdaderamente genial. Fue un hombre comunicador porque tenía un mensaje que comunicar, una palabra de salvación. Es la Iglesia la que tiene que ir al encuentro del hombre, sin esperar que éste venga a llamar a sus puertas. Juan Pablo II aprovechó lo que él llamó todos los areópagos de nuestro tiempo, desde los que se puede hablar al hombre actual.
Tan sólo en el gesto de compartir el pan los discípulos reconocieron a Jesús. El Papa había declarado este último año el año de la Eucaristía. Tan sólo en la comunión con el Señor Resucitado y con todos los hombres de buena voluntad, construiremos una Iglesia creíble en la que descubramos verdaderamente el rostro de Cristo. No han sido fáciles estos años para la Iglesia. Hemos vivido no sólo una época de cambios sino un verdadero cambio de época. El Pontífice era consciente de ello y concentró todas sus energías en hacer consciente a toda la humanidad en los años en torno al Jubileo.
Juan Pablo II se nos ha ido, como Jesús desapareció de la vista de los discípulos cuando apenas lo habían reconocido. También los hombres estos días han caído en la cuenta de quién era el que había caminado con ellos y había compartido sus preocupaciones y esperanzas. Los discípulos se dieron cuenta que empezaba algo nuevo. Transformados volvieron de nuevo a Jerusalén a la vida de la comunidad naciente llevando en sus corazones el fuego que había encendido la palabra del acompañante. También los peregrinos que han acompañado al Papa, y cada uno de nosotros lo hemos hecho espiritualmente y lo hacemos de nuevo en esta Eucaristía, volveremos a nuestra vida cotidiana, con el corazón caldeado y animado para seguir anunciando que el Señor Jesús ha resucitado.
Lorenzo Amigo
15-04-05, 11:07:01
17 de abril de 2005
Cuarto Domingo de Pascua
HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA ABUNDANTE
El lunes 18 empezará el cónclave de los cardenales para elegir un nuevo Papa. No podemos menos que acompañarlos con nuestra oración para que el Espíritu del Señor los ilumine y podamos tener un pastor según el corazón de Dios, que haga presente la figura de Jesús en medio de nosotros. El futuro de la Iglesia durante estos próximos años dependerá en buena medida de esta elección. No tendrá las cosas fáciles el nuevo Papa, a causa de los tiempos difíciles en los que nos toca vivir y porque Juan Pablo II ha encarnado un tipo de Pastor en el que muchas personas, a pesar de las críticas a su pontificado, han descubierto el lado humano del sucesor de Pedro. Esto ha hecho de él una figura fascinante.
Es esa calidez humana la que se le pide a los pastores de la Iglesia. El pueblo los sigue cuando conocen la voz de uno de los suyos y no ven en él un extraño. Para ello el pastor tiene que ir delante de las ovejas, predicando con su ejemplo. Necesita que nosotros lo sigamos y le apoyemos con nuestra oración, nuestra colaboración y nuestra corrección fraterna. Solemos ser muy exigentes con nuestros pastores, olvidando a veces que también ellos son hombres, y situándonos dentro de la comunidad como meros espectadores críticos de sus fallos. Es necesario promover una verdadera comunidad humana. Ello supone que el pastor conoce a cada uno de sus fieles por su nombre, es decir conoce a cada uno personal y profundamente de manera que está al tanto de sus problemas y de sus esperanzas. La imagen de la comunidad de discípulos reunidos en torno a Jesús es la que debe orientar siempre a la comunidad eclesial.
Como Jesús, el pastor tiene que estar dispuesto a dar la vida por sus ovejas, para que éstas tengan vida y la tengan en abundancia. Sólo tendremos una Iglesia creíble cuando los pastores promueven el bien de la comunidad eclesial, de cada uno de los creyentes. Hoy día esto ya no es posible hacerlo de manera paternalista, situándose el pastor por encima de la comunidad o separado de la comunidad. Como Jesús, el pastor tiene que ser un hombre entre los hombres que comparte nuestra mesa humilde. La Iglesia, por voluntad de Cristo, tiene una estructura jerárquica, pero toda autoridad en la Iglesia es un servicio para que la comunidad tenga vida en abundancia. Es Jesús el que nos da pastores según su corazón para que nos ayuden a vivir intensamente el evangelio. En este sentido la autoridad es un carisma, pero no tiene el monopolio de los carismas. Es el carisma de la síntesis, pero no la síntesis de todos los carismas de la comunidad eclesial.
El pastor tiene como misión promover y armonizar los carismas y ministerios de todos los fieles de la comunidad de manera que ninguno se considere un miembro pasivo. Para ello el pastor tiene que conocer su comunidad y escuchar a su comunidad. Sólo conociendo los carismas y cualidades de cada uno podrá construir una comunidad orgánicamente organizada en la que cada uno es un don para los demás. El sacerdote es un don para su comunidad y la comunidad es un don para el sacerdote. El sacerdote y el laico son un don para el religioso y éste es un don para ellos. Sólo así se respeta la igualdad fundamental de todos los miembros del Pueblo de Dios.
El verdadero pastor intentará construir una comunidad orientada hacia la misión y no cerrada en sí misma, como un grupo de amigos que se lleva, bien y lo pasa, bien juntos. Somos comunidad al servicio del mundo, para que éste tenga vida. Ninguna de nuestras comunidades debe olvidar el horizonte universal de la Iglesia. Existe el peligro de creer que, porque en nuestra comunidad no existen necesidades urgentes, todo el mundo vive sin problemas. Es el pastor el que debe guiar siempre su comunidad hacia el desierto de los pueblos, hacia las fronteras de nuestro mundo, las fronteras de la guerra, del hambre, de la ignorancia, hacia esas fronteras invisibles en torno a los emigrantes en nuestras ciudades y pueblos.
El Buen Pastor nos alimenta con su Palabra y con su cuerpo. Pidamos que siga concediendo a su Iglesia santos pastores, que sepan dejarse la vida al servicio de la comunidad, y asumamos cada uno de nosotros nuestra parte en la construcción de la comunidad eclesial. Pidamos en especial por la persona que El ha escogido para presidir la caridad en su Iglesia de manera que ésta refleje cada vez más el rostro del Señor Resucitado.
Lorenzo Amigo
22-04-05, 10:06:10
24 de abril de 2005
Quinto Domingo de Pascua
YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
La elección de Benedicto XVI ha provocado las reacciones que cabía esperar. Su trayectoria como responsable de la Doctrina de la Fe es bien conocida. Aunque como Papa, tendrá que adoptar un nuevo estilo, no se puede esperar que ni él, ni los nuevos responsables de la ortodoxia cristiana, ni la Iglesia vayan a renunciar a la verdad de la fe ante el relativismo actual. Sin duda que habrá que dialogar con esta cultura, pero sólo manteniendo nuestra identidad cristiana ayudaremos al mundo a descubrir la verdad, en la que por el momento no cree.
Para posibilitar ese diálogo, sobre todo en torno a los problemas actuales de la bioética, del comienzo y del final de la vida, es necesario situarse en la noción bíblica de la verdad, que no se identifica con el pragmatismo y relativismo actual, pero tampoco se reduce a una especie de catálogo de verdades eternas, al estilo de las ideas de Platón. La perspectiva cristiana acerca de la verdad la enunció muy claramente Jesús cuando dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. La verdad tiene que ver con la persona de Jesús y con el sentido de la vida del hombre. Tan sólo si el hombre actual no renuncia a la búsqueda de sentido para su vida será posible un diálogo fecundo, que abra las posibilidades de acceso a la persona de Jesús.
Jesús es la verdad porque es la manifestación o revelación del Padre: “quien me ve, ve al Padre”. En Jesús es posible al hombre el encuentro con Dios, que da sentido a la vida del hombre creado por sus manos. En la actuación de Dios, liberando a su Hijo de la muerte, resucitándolo a la vida eterna, tenemos la revelación plena del amor de Dios al hombre y la verdad última del hombre. Tan sólo en Jesús se nos aclara el misterio de nuestra existencia. Esta verdad definitiva es realidad en la persona de Jesús resucitado, mientras para nosotros, que estamos en camino es todavía una realidad esperada, que vivimos en el “ya y todavía no”. Tan sólo al final, el hombre tendrá también la verdad absoluta y definitiva. Mientras tanto caminamos con los hombres de nuestro mundo, compartiendo con ellos la aventura de buscar la verdad con la esperanza de encontrarla. Por eso el diálogo es indispensable.
Por ser la revelación de Dios, por ser la verdad, Jesús es el camino hacia el Padre. El cristiano no puede renunciar a la centralidad de Jesús. Pero esa posición única e irrepetible de Jesús, no debemos interpretarla, y menos vivirla, en términos de exclusión, sino de inclusión. Sólo así será posible el diálogo religioso con otras religiones, tan necesario hoy. No se trata de relativizar el papel de Jesús, sino de tomarse en serio el que él es Dios. Tenemos que tomarnos en serio a Dios y meditar las palabras de Goethe: “De Dios es el oriente; de Dios es el occidente. Los países del norte y del sur están en sus manos. El es el único justo y quiere para todos el derecho”. Eso fue lo que hizo Jesús, defender los derechos, sobre todo de las personas que no podían defenderlos por sí mismos.
Jesús, revelación de Dios y camino hacia el Padre, es la vida. El tiene la vida plena a partir de la resurrección de entre los muertos y nos comunica esa vida por medio de su Espíritu. Existe una comunidad de vida entre él y nosotros. Es la vida misma de Dios la que fluye por nuestras venas. Para tener esa vida es necesario abrirse a Cristo, acogerlo con fe en nuestras vidas. Sólo así descubrimos el sentido la vida y tenemos vida, porque Él vino para que tengamos vida en abundancia. Los innumerables peregrinos que vinieron a Roma con motivo de la muerte de Juan Pablo II intuyeron ese sentido de la vida que les llevó a afrontar las incomodidades para testimoniar que la vida es mucho más que lo que nos ofrece esta civilización del consumo.
Los cristianos debiéramos ser testigos de esa Vida con mayúscula. Pero para ello tenemos que mostrarnos más resucitados, más alegres, más llenos de esperanza. Es éste el mensaje que espera nuestro mundo del nuevo Papa y de toda la Iglesia. Esa esperanza nos ayuda a superar la tentación de ser profetas de desgracias, que tan sólo ven mal en el mundo (Juan XXIII).
En la Eucaristía acogemos a Jesús, camino, verdad y vida y le pedimos que también nuestras vidas resucitadas sean una señal que atraiga los hombres hacia El. Que él haga de nosotros testigos creíbles que indican la dirección que lleva hacia su persona.
Lorenzo Amigo
29-04-05, 10:40:21
1 de mayo de 2005
Sexto Domingo de Pascua
ESTAD SIEMPRE PRONTOS PARA DAR RAZON DE VUESTRA ESPERANZA
A TODO EL QUE OS LA PIDIERE
Desde hace siglos la Iglesia y el mundo parecen tener un diálogo de sordos. Es la impresión que uno tiene también cuando ve en la tele las tertulias en las que participan representantes de la cultura actual y algún eclesiástico. Mérito del filósofo José Antonio Marina es el haber dado una explicación sencilla de esa incomprensión mutua. Imaginémonos dos amigos que van a visitar la catedral de León. Uno entra dentro mientras el otro se queda fuera. Con su celular el de dentro empieza a hablarle del maravilloso espectáculo de las vidrieras. El de afuera dirige su mirada hacia las ventanas y dice que no ve nada de particular. La conversación podría acalorarse sin que uno pueda convencer al otro, pues en realidad los dos están diciendo la verdad de lo que ven. Si el de fuera quiere admirar el colorido tiene que entrar dentro y contemplar la vidriera atravesada por el sol. Si el de dentro sale fuera, la visión fantástica que ha contemplado desaparece. Existe, pues, una perspectiva sobre la realidad, como diría Ortega, y sólo la suma de las perspectivas nos podría dar algo así como la verdad plena. Sólo Dios tiene ese punto de vista total sobre la realidad mientras que nuestras perspectivas con siempre parciales condicionadas por nuestra circunstancia.
En el diálogo de la Iglesia y el mundo, ninguno de los dos tiene mala voluntad, aunque exista siempre la tentación de echarle las culpas al otro. No, los dos dicen sinceramente lo que ven y lo que les parece que es la verdad. El problema está en el punto de vista que cada uno adopta ante la realidad. Si queremos superar ese diálogo de sordos, es necesaria la acción y no sólo la argumentación teórica. Es necesario caminar juntos, ver juntos las vidrieras desde el exterior y desde el interior de la catedral.
Tenemos que emprender un diálogo de la vida, viviendo con apertura, compartiendo los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestro tiempo. Hay que derribar las barreras que separan a la Iglesia del mundo. Se necesita un diálogo de las acciones, colaborando en el desarrollo de la liberación, que da credibilidad a nuestra imagen pública. El voluntariado es hoy día la gran oportunidad para colaborar con los no creyentes en la transformación del mundo. No olvidemos que hoy es el día del trabajador, el día de San José obrero. Tan sólo redimiendo el mundo del trabajo haremos creíble nuestro cristianismo. Debemos también promover un diálogo de las experiencias religiosas pues en todo hombre hay ese fondo religioso abierto a los verdaderos valores que ennoblecen la existencia humana. Y habrá que continuar dialogando mediante la reflexión y la discusión. Se trata de hacer una lectura de la realidad que contribuya al patrimonio general de las ideas. Si los cristianos no somos capaces de crear cultura, si el cristianismo no se encarna en la cultura, será muy difícil entendernos con el mundo actual. Ya no sólo por la diferencia de punto de vista, sino por la diferencia de lenguajes. El lenguaje eclesiástico es incomprensible para la mayoría de las personas, incluso para los creyentes.
El Señor nos ha prometido el Espíritu de la verdad. Este Espíritu no nos va a ahorrar la búsqueda laboriosa de la verdad, pero nos asistirá en ese camino hacia la verdad de manera que no aceptemos soluciones demasiado simplistas heredadas de otros siglos en los que la realidad era menos compleja que la nuestra. Este Espíritu nos hará descubrir que el “mundo” que se opone a la verdad no está sólo fuera de nosotros sino también dentro de mí. Por eso puedo comprender al no creyente. Yo veo las vidrieras desde dentro, pero muchas veces me quedo fuera de la catedral. No se trata por tanto de invitar al no creyente a que entre dentro de la catedral sino a través de las vidrieras vistas desde fuera mostrarle el horizonte de infinito que está presente en aquella misma vidriera cuando uno la contempla desde dentro iluminada por el sol. Y quizás hay muchos días en los que no hay sol y la experiencia maravillosa no es posible aunque uno entre dentro de la catedral.
Es el Espíritu el que nos ayudará a dar razón de nuestra esperanza. Ésta no se funda en los cálculos puramente humanos sino en la acción de Dios manifestada en Cristo Jesús. “La esperanza no engaña porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). Ahora en la celebración de la eucaristía hacemos la experiencia maravillosa del encuentro con el resucitado que nos da su Espíritu. Que salgamos transformados deseosos de compartir nuestra alegría con todas las personas que encontraremos a lo largo de esta semana.
Lorenzo Amigo
02-05-05, 15:02:11
8 de mayo de 2005
Ascensión del Señor
PARA QUE COMPRENDÁIS CUÁL ES LA ESPERANZA A LA QUE OS LLAMA
Por más que la cultura posmoderna nos quiera sumergir en la banalidad de la existencia, negando las grandes cuestiones, el hombre no puede evitar de hacerse las preguntas decisivas, que un pensador formulaba de esta manera: ¿Qué puedo saber?, ¿Qué debo hacer?, ¿Qué puedo esperar?, ¿Qué es el hombre?. En realidad la última, ¿qué es el hombre? engloba las anteriores, pero recibe de ellas ya una cierta respuesta en la línea de la finitud. Hay cosas que puedo saber y otras que no puedo saber, algo que debo hacer y algo que no debo hacer, algo que puedo esperar y algo que no puedo esperar.
La fiesta de la Ascensión ilumina la visión cristiana del hombre contemplando la figura de Cristo en el que el misterio del hombre viene revelado. El hombre no es una pasión inútil, como alguno ha afirmado sino una criatura de Dios destinada a gozar de la vida misma de Dios. Ese es el horizonte de nuestra esperanza. Es una esperanza que no engaña porque en Cristo se ha hecho ya realidad. En Él la humanidad está sentada ya a la derecha del Padre con todo poder y majestad. El Cristo crucificado es ahora el Señor de la historia. Pero el caso de Cristo no es un caso aislado. Él es la primicia y la garantía de que también nosotros, miembros de su cuerpo, experimentaremos un día una transformación total de nuestras pobres vidas. En Cristo vemos claramente cómo lo finito es capaz de lo infinito, cómo el hombre es capaz de Dios. Los Padres explicaban así el misterio de la Encarnación: Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.
La celebración de la Ascensión no puede menos que provocar una alegría en todos nosotros por el triunfo de Cristo, nuestro hermano, que ha coronado ya la existencia. Sin duda, su partida entristeció a los apóstoles como se entristece la familia que ve que el hijo tiene que ir a otra ciudad porque ha obtenido allí un buen puesto. Pero al mismo tiempo se alegra por él y con él. Es lo que hacemos nosotros. Nos alegramos con Cristo y por Cristo, sobre todo en este caso porque El no se ha ausentado de nosotros. En realidad Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. No se trata de una presencia puramente estática, como la del espectador que contempla impasible la historia humana. Se trata de una presencia dinámica comprometida con el futuro de la historia del hombre. Es la misma presencia de Dios que dijo: “yo soy el que soy”. Es una presencia que se muestra actuante en la historia, colaborando con el hombre, para llevarla a su plenitud.
Por eso la esperanza cristiana no nos evade de las realidades terrenas. No podemos quedarnos plantados mirando al cielo, como hacían los apóstoles. El hombre tiene que estar bien plantado con los pies en la tierra, pero con la mirada fija en el cielo, esperando el retorno del Señor. No podemos quedarnos cruzados de brazos porque Jesús nos ha confiado a cada uno unos talentos de los que somos responsables en la transformación del mundo en Reino de Dios. No podemos tampoco absolutizar esta realidad porque esta realidad es relativa a la realidad absoluta de Dios. Con todos los hombres de buena voluntad colaboraremos en la construcción de la ciudad terrena, pero orientándola siempre hacia la ciudad definitiva que el Señor ha ido a prepararnos. Esta ciudad definitiva no quita nada a la ciudad terrena sino que por el contrario le da su verdadera plenitud y orientación. Nada de bello, auténtico y bueno que hemos amado y construido aquí quedará perdido sino que todo está llamado a perdurar.
El horizonte de esperanza, abierto por la ascensión de Jesús, nos sostiene en los momentos de la prueba y la dificultad porque no es fácil transformar este mundo en la línea del Reino. Hay muchas fuerzas que se oponen y hacen de nuestro mundo un anti-Reino, en el que el hambre, la guerra y la injusticia parecen desmentir esa presencia actuante del Señor. Ante la pregunta ¿dónde está Dios?, alguno, después de repetirla muchas veces, respondió con otra pregunta: ¿dónde no está Dios?. En realidad la respuesta podría haber sido: ¿dónde estás tú?. Dios se hará presente si nosotros somos capaces de estar a la altura de las circunstancias. Si nosotros fallamos, alguien pensará que es Dios el que está ausente, pero en realidad Él es siempre fiel porque no puede negarse a sí mismo.
En esta eucaristía demos gracias a Dios Padre que ha glorificado a su Hijo y ha abierto para nosotros un horizonte de esperanza. Vivamos esta esperanza cada día colaborando con el Señor a la transformación de nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
13-05-05, 09:41:27
15 de mayo de 2005
Domingo de Pentecostés
RECIBID EL ESPÍRITU SANTO
Alguien dijo ya hace años que el Espíritu Santo era “el gran desconocido”. Y continúa siendo verdad a pesar de los movimientos pentecostales y la renovación carismática. Tenemos gran dificultad para conocer el Espíritu. Al Padre y al Hijo es fácil ponerles un rostro. El Espíritu se manifiesta a través de símbolos: la paloma, el soplo del aire, la lengua de fuego, el agua que brota hasta la vida eterna. Es como si Él no nos quisiera manifestar su rostro y tan sólo pudiéramos percibir los efectos de su paso por el mundo y por nuestra vida. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que el Padre trabaja en el mundo. Como en el cuadro del Hijo Pródigo de Rembrandt, el Padre tiene una mano masculina (la del Hijo) y una femenina (la del Espíritu, que en hebreo es femenino). Para poder descubrir el paso del Espíritu hay que tener una sensibilidad especial, la del sentido de las cosas espirituales, de las cosas del Espíritu. Como el Espíritu es el Espíritu del Señor Resucitado, hay que tener el sentido de Jesús y de su Evangelio.
En realidad es muy fácil descubrir la presencia y la acción del Espíritu que habita en nosotros una vez que somos conscientes de ese sentido y sensibilidad especial que hemos recibido en el momento de nuestro bautismo. Piensa simplemente en algunas de las acciones o decisiones que has tomado durante esta semana. ¿Qué es lo que te ha movido a hacerlo? ¿Era simplemente tus cálculos humanos, tus intereses, tu búsqueda de una vida cómoda, o había una fuerza especial que se te imponía suavemente desde dentro y te llevaba a obrar? Cuando has sido capaz de perdonar a alguien que te ha ofendido, cuando te has acercado a un pobre, cuando has renunciado a aprovecharte de los demás, era el Espíritu de Jesús el que te estaba moviendo interiormente. En cambio, cuando cedes a la venganza o al rencor, cuando te aíslas en ti mismo, cuando no quieres saber nada de los problemas de los demás, eres juguete de tu propio espíritu, de tus inclinaciones y pasiones.
La Palabra de Dios de esta fiesta nos muestra los efectos típicos de la presencia del Espíritu. Éste da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús. Él abre el corazón y los oídos de los presentes para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz.
En la comunidad eclesial todos somos protagonistas, porque todos hemos recibido el don del Espíritu, es decir, sus carismas. No tenemos que pensar sólo en dones extraordinarios, como el hablar lenguas extranjeras sin estudiarlas o hacer curaciones. Todos los dones y talentos que tenemos, sean de salud, de inteligencia, de arte y de bondad son dones del Espíritu. Cuando los reconocemos y los empleamos al servicio de la construcción del cuerpo de Cristo y de la comunidad humana, esas cualidades son verdaderos carismas. Cuando, por el contrario, las utilizamos para el provecho propio, para imponernos a los demás, las cualidades siguen siendo dones de Dios, pero no las usamos como Dios quiere.
Es el Espíritu el que nos permite hacer nuestra confesión de fe: “Jesús es el Señor”. La fe es un don del Espíritu. Muchos dicen que no tienen fe y debemos pensar que es así. No han acogido el don del Espíritu y por eso no pueden reconocer a Jesús de Nazaret como el Señor Resucitado. Lo consideran simplemente un personaje importante de la historia, del pasado, que quizás sigue sirviéndonos de modelo con su vida y enseñanzas, pero que no está vivo entre nosotros. La religión para ellos, en vez de ser una relación personal con el Resucitado, es simplemente una moral.
Nosotros experimentamos que el Espíritu está presente en nosotros porque sabemos que nuestros pecados han sido perdonados ya en nuestro bautismo, antes de que nosotros pudiéramos hacer nada de bueno. El perdón de Dios ha sido gratuito y ha tenido lugar con el don del Espíritu que derrama en nuestros corazones el amor de Dios, porque el Espíritu es el lazo de unión y de amor del Padre y del Hijo.
Abramos nuestros corazones a la acción del Espíritu en la celebración de esta Eucaristía en la que Él es el verdadero protagonista. Antes de la consagración invocaremos su presencia para que con su fuerza transforme nuestras pobres ofrendas de pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Después de la consagración será su acción la que reúna a su Iglesia dispersa por el mundo. Y antes de irnos a nuestras casas le pediremos ser testigos de Jesús ante los hombres nuestros hermanos.
Lorenzo Amigo
21-05-05, 16:56:28
22 de mayo de 2005
La Santísima Trinidad
TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE ENTREGÓ A SU HIJO UNICO
Desgraciadamente para muchos cristianos el misterio de la Santísima Trinidad sigue siendo eso, un misterio, no en el sentido de la fe sino más bien como se utiliza en la literatura. El misterio es algo intrincado que hay que descubrir. En este caso no hay ninguna esperanza de explicar ese misterio de un solo Dios y tres personas. En realidad el misterio de la Trinidad no es otra cosa que el misterio del amor de Dios, que nos envuelve y acompaña, que se nos manifiesta y se nos da a lo largo de la historia de la salvación.
Dios no es un ser aislado encerrado en sí mismo. Es una comunidad de personas que mantienen entre ellas una serie de relaciones de amor, que traducimos con nuestras experiencias humanas de Padre, Hijo y Espíritu. La persona es apertura, es relación y se constituye y realiza sólo en la relación. El Padre se da totalmente al Hijo. El Hijo acoge este don y lo devuelve al Padre. Y en ese dar y recibir se constituye el Espíritu como el lazo de amor entre el Padre y el Hijo.
Es el misterio de la Trinidad el que ilumina el misterio que somos cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Tampoco el hombre es un ser aislado, cerrado en sí mismo, sino que somos una apertura a los demás. Nos constituimos y realizamos como personas, precisamente en relación con los demás, sobre todo en esa relación privilegiada que es el amor y que consiste en dar y recibir. Todos nosotros tenemos la capacidad de dar vida y amor, de salir de nosotros mismos para buscar el bien de los demás porque estamos hechos a imagen del Padre. Pero también somos capaces, como el Hijo, de acoger el don de los demás, su intimidad. Y en ese compartir nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, se constituye la comunidad humana y eclesial, verdadera familia de Dios. En ella el Espíritu anima la misión, haciendo que no nos quedemos encerrados en nosotros mismos como Iglesia sino que sea siempre una Iglesia misionera abierta y orientada hacia el mundo para salvarlo, para convertirlo en Reino de Dios.
Hemos vivido durante esta primera mitad del año el misterio de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección con el envío del Espíritu. En este domingo queremos celebrar la realidad que está al origen del misterio de Jesús: la Santísima Trinidad. Ella es el origen y la meta de la historia humana. Dios, que nos creó para compartir con nosotros su plenitud de vida y de felicidad, nos ha ido dando a lo largo de la historia un anticipo del don definitivo de sí mismo en el envío del Hijo y del Espíritu. En ellos nos hemos encontrado verdaderamente con el Padre y hemos experimentado que el Padre es amor y que está empeñado en salvar al mundo. Nosotros queremos hacer nuestra la causa de Dios y colaborar con Él en esta misión. Ha sido Jesús el que a través de sus palabras, de sus hechos y de su persona nos ha revelado el misterio de la Trinidad. La razón humana nunca hubiera podido imaginarse esa riqueza de vida divina que el Señor ha querido manifestarnos para hacernos participantes de esa vida.
En la Eucaristía damos gracias al Padre por Jesucristo en el Espíritu. Son ellos los grandes protagonistas de la acción eucarística, a la que es asociada la Iglesia. A través de la participación en la Eucaristía entramos verdaderamente en el misterio de Dios y nos sentimos transformados por ese amor que nos circunda. Experimentamos que la Trinidad no es una realidad exterior a nosotros sino que está en lo más íntimo de nosotros. Dios está en nosotros y nosotros en Dios. De esa manera la vida del hombre encuentra su dignidad y fundamento. Dios no es el rival del hombre, el que le hace la competencia, el que le roba espacio de libertad, sino por el contrario su amigo y colaborador en esta aventura de liberación humana en la que está empeñado también y sobre todo Dios.
Lorenzo Amigo
27-05-05, 09:28:45
29 de mayo de 2005
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
FORMAMOS UN SOLO CUERPO PORQUE COMEMOS UN MISMO PAN
Una vez más el Señor en la Eucaristía recorrerá nuestros pueblos y ciudades. Encontrará los contrastes de siempre, de riqueza y pobreza, de alegría y tristeza, de esperanza y de falta de futuro. Verá también este año un pueblo frustrado y crispado por el reciente atentado terrorista que nos trae a la memoria los sufrimientos pasados y nos sigue haciendo temer por el futuro. La presencia del Señor entre nosotros, caminando delante de nosotros por los caminos de la vida, puede abrir para nosotros una perspectiva de esperanza y de trabajo a favor de la paz, la justicia y la reconciliación.
La Eucaristía es ante todo sacramento de comunión y de reconciliación. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros. De esa manera todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios. Por eso la eucaristía es germen de resurrección y de vida eterna.
En mí hay una vida natural, sometida a los avatares de la historia y de la biología, y que está destinada a morir. Es ley de vida, por más que intentemos prolongarla y disimular los efectos del paso del tiempo en nuestros cuerpos. Pero la vida de Dios que está en nosotros y que recibimos a través de la Eucaristía, que nos hace entrar en comunión con Cristo y a través de Él con el Padre, es una vida eterna, una vida sin principio ni final. Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.
Esta fuerza de vida encuentra todavía la oposición de las fuerzas de muerte que hay en nuestro mundo y que producen esos zarpazos terribles, sobre todo a través de las guerras y la violencia terrorista. Pero nosotros sabemos que el Señor ha triunfado y también nosotros venceremos en este empeño de transformar nuestro mundo en el Reino de Dios. Por eso, llenos de esperanza, nos comprometemos, cada uno en su situación concreta, a hacer presente la vida de Dios en el mundo, como germen de esperanza y amor, como promesa de una civilización del amor y de una creación renovada. En ese mundo nuevo, viviremos la com-unión, la unión de todos en Cristo a través del pan de vida, en la diversidad de dones, de culturas, de pueblos, de razas y de lenguas. Ningún pueblo querrá imponer a los demás su visión sino que respetará la originalidad de cada uno. Los conflictos se resolverán siempre por el diálogo y nunca a través de las bombas.
El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano. En una cultura de la abundancia, como la nuestra, sentimos la tentación de olvidarnos de Dios, de quien recibimos y al que pedimos “el pan de cada día”. Se produce la ilusión de que nosotros, con nuestras fuerzas,podemos forjarnos un futuro puramente humano de progreso técnico y felicidad material. Por eso es el momento de hacer memoria, de recordar que quizás en determinados momentos hemos sido más felices, a pesar de tener menos cosas. Porque la felicidad del hombre está, no en la riqueza de bienes sino en la abundancia de relaciones de amistad.
Eso es lo que queremos vivir cuando participamos en la Eucaristía, crear lazos de unión con todos y con todas las cosas, dejándolas ser y no simplemente convirtiéndolas en objetos de “usar y tirar”. En el mundo nuevo, todas las cosas serán símbolos que nos hablen del amor de Dios. Ahora en la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino son ya esa garantía de que nuestro mundo puede llegar a ser una acción de gracias a Dios porque su amor no tiene fin.
Lorenzo Amigo
02-06-05, 17:37:46
5 de junio de 2005
Décimo Domingo Ordinario
ÉL SE LEVANTÓ Y LO SIGUIÓ
Supongo que sois muchos los que conocéis la pintura de Caravaggio, la vocación de San Mateo que se encuentra en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma. A algunos os resulta familiar porque habéis leído el libro de Antonio González Paz, marianista. Merece la pena que contempléis de nuevo la imagen en internet.
http://www.marianistas.org/sm/imagenes/vocacion-mateo.jpg
En verdad en este caso, una imagen vale más que mil palabras. Mateo, sentado al mostrador de los impuestos junto con algunos compañero, ve cómo irrumpen en su habitación oscura Jesús y Pedro. Y con ellos entra la luz en aquellos negocios turbios. La sorpresa aparece en el rostro de todos, pero Mateo, apuntando con la mano hacia sí mismo, no puede salir del estupor de sentirse llamado.
Sin duda nuestra sorpresa es todavía mayor, pues conocemos la continuación del relato. Mateo dejó su oficina de impuestos y se fue con Jesús. Cambió de mesa, aunque no de compañía. Pronto lo veremos sentado con Jesús, pero también con los publicanos y pecadores. Jesús, que entró en su oficina, sin temor al qué dirán, celebra un banquete cada vez que algún pecador se convierte. Es lo que también hace, según Jesús, el Padre en el cielo. ¿Qué es lo que le llevó a Mateo a abandonar su profesión tan lucrativa para hacerse discípulo de aquel vagabundo, sin oficio ni beneficio? Sin duda la propia persona de Jesús y su palabra todopoderosa. Esa palabra que abre para el hombre un futuro de alegría y de esperanza. Era ese futuro el que estaba bloqueado para Mateo a causa de la profesión que practicaba. Podría enriquecerse, pero sería siempre una persona mal vista en la sociedad, nunca aceptada por la gente bien. El que Jesús se haya saltado a la torera la moral establecida debió impresionarle a Mateo, que lo siguió y ha dejado constancia de este hecho en su evangelio.
Ahora, como discípulo de Jesús, puede contar tranquilamente su pasado, porque es un pasado redimido, con el que se ha reconciliado. Es un pasado que muestra la increíble misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús. Éste, no sólo le ha perdonado y olvidado su pasado de pecador, sino que lo ha elegido para ser evangelista suyo. En vez de escribir cuentas y recibos, escribirá palabras de vida, que todavía nos hacen estremecer a nosotros. Es lo que también Caravaggio pintará en otro cuadro, el evangelista recibiendo la inspiración del cielo por medio de un ángel, que ilumina con su resplandor la habitación y la mesa en que trabaja. Mateo es un testimonio fehaciente de que Jesús ha venido a llamar a los pecadores y no a los justos. Es sin duda la experiencia de cada uno de nosotros.
La llamada de Dios irrumpe en la cotidianidad de nuestras vidas, en medio de nuestros turbios negocios de cada día. El problema, como decía un amigo mío, es que no damos el paso para empezar a seguir a Jesús. Es lo que nos pasa constantemente en la vida. Nuestros ojos ven las necesidades de las personas, que constituyen constantes llamadas a nuestras puertas. Incluso nuestros corazones se conmueven al ver tanta miseria en las imágenes del mundo que nos muestra la televisión. Pero nuestros pies no se mueven, nuestras manos permanecen cruzadas. Es necesario alzarse y empezar a caminar detrás de Jesús, viviendo como Él vivió.
¿Quién nos puede mover en la tranquilidad tan cómoda en la que estamos instalados? Tan sólo la fuerza de la Palabra de Dios. Ella fue la que hizo salir de su casa y de su país a Abrahán y partir hacia lo desconocido. Ahora nosotros sabemos bien a quién seguimos y adónde vamos. Esa palabra constituye una promesa de futuro, a la que debemos agarrarnos contra toda esperanza. Es lo que hizo Abrahán cuando se vio viejo y sin descendencia, creer en el Dios de la vida y de la resurrección. Es esa palabra creadora la que está poniendo en movimiento constantemente la historia, la pequeña historia de cada uno y la gran historia que Dios está escribiendo en el mundo, una historia de salvación. Esa historia es ante toda la historia de ese caminar siguiendo las huellas de Jesús.
Después de haber celebrado todo el ciclo de la vida, pasión y resurrección de Jesús, de haber adorado la Trinidad y la Eucaristía, estamos de nuevo en el tiempo ordinario. Este tiempo es el tiempo del seguimiento en la cotidianidad de nuestros negocios, en los que constantemente está irrumpiendo la presencia del resucitado a través de las personas que encontramos en nuestra vida. Es lo que Caravaggio ha traducido de manera genial, no sólo pintando a Mateo y sus compañeros como contemporáneos del tiempo del autor, sino sobre todo colocando a Pedro al lado de Jesús, pero más cerca del espectador, también él con el brazo extendido hacia Mateo para llamarlo. Que esta Eucaristía, en la que estamos invitados a la mesa de Jesús con sus amigos, renueve en nosotros la conciencia de tantas llamadas que hemos experimentado y nos dé la fuerza para levantarnos y ponernos en camino.
Lorenzo Amigo
10-06-05, 17:08:51
12 de junio de 2005
Undécimo Domingo Ordinario
HABÉIS RECIBIDO GRATIS, DAD GRATIS
En nuestro mundo del consumo, todo se compra y todo se vende, y sobre todo, todo se paga. Lo gratuito es sinónimo de sin valor. Las firmas comerciales hacen regalos, pero siempre que compres las mercancías ofrecidas. En general las personas desconfían de las invitaciones a presentaciones de ciertos artículos, en las cuales te ofrecen un regalo para ver si picas. Jesús ofreció gratuitamente el evangelio y pide a sus discípulos que lo continúen ofreciendo gratis. No sé si por eso muchos de nuestros contemporáneos lo consideran sin valor, como un objeto viejo del que uno quiere deshacerse. El evangelio es, sin embargo, la gran aportación de la Iglesia a la construcción del mundo.
Anunciar la Buena Noticia del Reino fue la pasión de Jesús, la que dio sentido a toda su vida y a su muerte y resurrección. Proclamar que el Reino de Dios está cerca es también la misión de la Iglesia. La Iglesia se construye como Iglesia en cuanto anuncia el Evangelio. No es primero la Iglesia y luego anuncia el Evangelio, sino que la Iglesia existe en cuanto anuncia el Evangelio de Jesús. Sin ello la Iglesia queda reducida a una simple organización humana. La venida del Reino de Dios, como noticia de que Dios viene a instaurar la justicia, la paz, la libertad y la fraternidad, concierne a todo hombre. Se dirige de manera especial a los pobres, que se ven privados de sus derechos y de la posibilidad de vivir esos valores evangélicos que dan sentido a dignidad humana.
El anuncio del Reino va acompañado de los signos que hacen creíbles la presencia del Reino y el inicio del cambio de las situaciones humanas. La Iglesia debe anunciar el Evangelio con palabras y obras. La palabra de la Buena Noticia de la salvación en Cristo Jesús es importante en una cultura en que se quieren resolver los problemas a través de la palabra y del diálogo, y no a través de la violencia. Nos sentimos cómodos en esta cultura pues fue ya el camino que inició Jesús en su tiempo. Jesús no se presentó como un revolucionario violento sino que confió en la fuerza de transformación presente en la palabra, que revela la verdad de cada hombre y denuncia la falsedad de las situaciones de opresión. Jesús no cambió el mundo convirtiendo las piedras en pan o implantando otros sistemas políticos más justos, sino que invitó a todos, a través de pequeños gestos, a colaborar en la transformación de la sociedad. Invitó a crear un nuevo tipo de cultura al servicio del hombre y de la comunidad humana.
Esos pequeños gestos indican en el fondo un programa para la Iglesia, pero un programa que puede ser compartido y realizado con todos los hombres de buena voluntad. Donde se cura a los enfermos y se cuida de los ancianos, está presente el Reino de Dios. Cuando un desesperado redescubre el sentido de la vida y encuentra razones para vivir, está viniendo el Reino de Dios. Si limpiamos las lepras de la corrupción que afligen a nuestras sociedades modernas, estaremos dando un paso para la venida del Reino de Dios. Si expulsamos los demonios de la cultura moderna que seducen las personas para llevarlas hacia lo más fácil, hacia el egoísmo y el desprecio de los demás, hacia el ansia de tener y poder sin límites, hacia una vida facilona de placer, entonces podrá irrumpir el Reino de Dios. Se creará una humanidad nueva, con una cultura nueva y una civilización del amor, donde los derechos de todos serán respetados, una civilización del amor donde lo importante serán las relaciones humanas y no el acaparar los bienes.
La Iglesia anuncia a los demás el Reino, pero también ella trata de acogerlo en su vida y organización de manera que los pobres y desfavorecidos se encuentren a gusto en ella porque pueden vivir en un espacio de gracia y de comunión. Sensible a los valores del Reino, la Iglesia intenta descubrirlos allí donde están presentes, incluso cuando son vividos por personas que aparentemente no son de los nuestros.
En la celebración de la eucaristía, la Iglesia toma conciencia de su misión de crear comunión entre los hombres. Participar en la eucaristía es actualizar la venida del Reino que irrumpió ya en la vida de Jesús, que se entregó por todos nosotros para hacer una comunidad de hermanos, en la que caben todos. Eso fue lo que Jesús hizo al elegir el colegio apostólico, llamar a personas de todas las tendencias para que también en su Iglesia hubiera puesto para todos.
Lorenzo Amigo
17-06-05, 08:31:10
19 de junio de 2005
Duodécimo Domingo
NO TENGÁIS MIEDO
Fueron muchos los cristianos españoles los que al inicio de la transición política experimentaron un complejo de culpabilidad o de inferioridad y desaparecieron de la escena pública. Se sentían avergonzados de lo que habían vivido durante el régimen anterior. Ha costado mucho el que sobre todo los intelectuales sean capaces de nuevo de dar la cara por el cristianismo. En aquellas fechas, Juan Pablo II iniciaba su pontificado con la invitación: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”. También el papa Benedicto XVI ha hecho suyas aquellas palabras, que brotan directamente del evangelio.
Sin duda que no todo en el cristianismo es pasado glorioso, y Juan Pablo II tuvo el coraje, durante el año del Jubileo, de pedir perdón por los pecados y atrocidades cometidas en nombre de la religión cristiana. Sin embargo la convicción profunda que anima la Iglesia es que el evangelio es la revelación de la verdad de Dios al hombre. Por eso la Iglesia y el cristiano no tienen nada que ocultar. El mensaje de Jesús está en consonancia con las exigencias profundas de la naturaleza humana y lleva a cumplimiento la vocación profunda del hombre. Tan sólo en Cristo Jesús se nos desvela el misterio que somos cada uno de nosotros. Es verdad que la cultura moderna, con su relativismo, rechaza esa pretensión de verdad que muestra el cristianismo. Pero, al renunciar a la búsqueda de la verdad, esta cultura sumerge al hombre en la banalidad de una existencia puramente material, en la que se olvida el verdadero sentido de la vida.
A pesar de las tensiones existentes con la cultura actual y sus formas de vida, los cristianos tenemos que vivir con los hombres de hoy y participar en los debates que afectan al futuro de la humanidad y de la vida del hombre. Debemos buscar honradamente la verdad en el diálogo, evitando la tentación fácil de creer que ya tenemos soluciones para todos problemas nuevos que está afrontando la sociedad en este momento de transición cultural. No hay que desanimarse ante las formas de rechazo sutil que se pueden experimentar en este cultura que mira sólo a una libertad sin límites aunque resulte muchas veces destructora de la vida y de la convivencia humana. Gracias a Dios, podemos vivir en paz, sin persecuciones, y manifestar públicamente nuestras creencias. Son muchos los puntos del globo donde nuestros hermanos no gozan de esa libertad religiosa y se ven condenados a las catacumbas.
La tentación actual sigue siendo la del respeto humano y la de no manifestar públicamente nuestras creencias para no molestar a los demás. En realidad, eso es lo que pretende la ideología moderna, que el cristianismo quede reducido a las conciencias o a las sacristías. Pero nosotros sabemos que la fe cristiana fue desde el principio una religión pública, que cuestionó la realidad social de su tiempo, ya desde la época de Jesús. Ese cuestionamiento de la cultura de cada época es lo mejor que los cristianos podemos ofrecer a la sociedad. No puede ser, sin embargo, un postura meramente de crítica negativa. Debemos hacer un discernimiento que nos permite descubrir los verdaderos valores existentes y la manera de consolidarlos y elevarlos mediante el evangelio. Éste, como fuerza de salvación, contribuirá también a sanar y purificar todo aquello que en nuestra cultura es negativo o limitado.
Vivimos en unos tiempos recios en los que hay que mostrar nuestra fidelidad al evangelio, evitando la tentación de adaptarse a las modas pasajeras del momento presente. En la medida que nuestra cultura reniega de Cristo y del evangelio, está adoptando una postura suicida. Son sus raíces cristianas las que han permitido a la cultura moderna descubrir y realizar los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Es verdad que muchas veces ha habido que sacarlos adelante contra la oposición de la iglesia oficial. Pero olvidar nuestro pasado sería cortar las raíces de nuestro árbol y querer vivir flotando en el aire, en la nada.
En la celebración de la eucaristía los cristianos confesamos y manifestamos públicamente nuestra fe en Cristo Jesús. Que el encuentro con Él nos ayude a no renegarlo en nuestra vida cotidiana, allí donde se trata de hacer presente los valores evangélicos para construir la justicia y la paz.
Lorenzo Amigo
22-06-05, 09:51:04
26 de junio de 2005
Decimotercer Domingo Ordinario
EL QUE PIERDA SU VIDA POR MÍ, LA ENCONTRARÁ
Darse la buena vida es la máxima aspiración de muchas personas. La vida, en efecto, es el primero de los bienes que hemos recibido de Dios y sin duda de los más importantes. Para algunos incluso parece ser el mayor bien, un bien absoluto, al que no se puede renunciar, pues sin él los demás no sirven para nada. Para mantener esa vida, y sobre todo la salud, las personas gastan increíbles sumas de dinero. El evangelio confirma la importancia del bien de la vida, una vida que debe ser respetada y protegida desde su concepción hasta su muerte, pero no es el valor absoluto. Ya el salmista decía “tu gracia vale más que la vida” (Sal 63,4). A veces, habrá que estar dispuesto a renunciar a la vida, cuando está en juego la fidelidad al Señor. Lo mismo se puede decir de otro de los grandes valores, el de la familia y el amor a los miembros de la familia. El único absoluto es Dios.
Pero sobre todo el evangelio nos pone en guardia contra ciertas maneras de vivir, hoy día de moda, que parecen ser la expresión de una vida a tope, cuando en realidad llevan a arruinar la propia existencia. No se consigue la vida queriéndola simplemente disfrutar y consumir egoístamente. En la medida en que uno se cierra en sí mismo y en sus propios intereses, la vida acaba corrompiéndose como el agua encharcada. De nada sirve ganar el mundo si echamos a perder la propia vida. No se puede identificar la vida plena simplemente con las experiencias placenteras excitantes o con el conseguir un buen puesto, que nos permita ganar mucho dinero. Tan sólo pasando y difundiéndose por el circuito de la vida, la vida adquiere esa plenitud que Cristo quiso para cada uno de nosotros: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Ese circuito de vida eterna tiene su fuente en el Padre que da la vida a su Hijo Jesús y, a través de Él, en su Espíritu, nos llega también a nosotros la vida misma de Dios. Esta es la gran maravilla de la fe cristiana: revelarnos que Dios vive en nosotros y nosotros en Dios. La vida es pues un don y está para ser dada. Es lo que habéis experimentado, vosotros, padres cristianos que os desvivís por vuestros hijos.
Jesús nos recuerda algo de lo que el P. Chaminade se hacía muchas veces eco. En la vida hay que jugar al gana-pierde. Cuando el P. Chaminade formaba los jóvenes congregantes de Burdeos, muchos empezaron a irse al seminario o a diversas congregaciones religiosas. Algunos lo lamentaban porque los grupos se quedaban sin los mejores. Pero el P. Chaminade vio en ello una encarnación del evangelio: cada vez que sus grupos “perdían” algunos de estos jóvenes, era la Iglesia la que salía ganando.
Jesús, sin duda amó la vida y no buscó la muerte violenta. Tampoco el Padre quiso la muerte de Jesús. Pero éste fue capaz de hacer don de su vida para manifestar su amor al Padre y su amor a los hombres. Es lo que también han hecho y hacen los mártires cristianos. No son personas masoquistas que no amen la vida. Nadie quiere ser mártir, decían los trapenses asesinados en Argelia, pues eso supone querer que haya verdugos. Pero, si las circunstancias llevan al martirio, el mártir dará su vida por Dios y por sus hermanos, perdonando a los verdugos y pidiendo que también ellos encuentren la verdadera vida.
El don de la propia vida no se refiere sólo a las circunstancias extremas. En realidad se trata de ir dando la vida en el día a día para que, cuando llegue la muerte, hayamos hecho ya de la vida un don total. Ese don de la vida se traduce en tomar la cruz y seguir a Jesús. Lo más importante es seguir a Jesús, caminar con él, estar en el grupo de sus discípulos. La cruz vendrá por añadidura. Cuando se quiere ser discípulo de Jesús y vivir el evangelio en todas sus exigencias de la letra y del espíritu, que decía el P. Chaminade, la cruz se va presentando sin necesidad de buscarla. Pero llevada en compañía de Jesús, será una cruz que no nos romperá sino que de ella brotará la vida.
Las palabras de Jesús parecen contener tan sólo una exigencia de renuncia. No es ése el contenido fundamental de su mensaje. Por eso el Señor hace la promesa de que encontraremos en Él la vida. Todos nuestros pequeños gestos de dar la vida, de acoger a los enviados de Jesús y a todas las personas en las que Él viene a nuestro encuentro no quedarán sin recompensa. Dios mismo será nuestra recompensa.
Ahora en la celebración de la eucaristía vivimos con Jesús el don de la vida para la salvación del mundo. Es de ese don del que brota la vida nueva que nosotros creyentes debemos vivir, testimoniar e infundir en el mundo. Nos sentimos unidos a Rafa Iglesias que será ordenado sacerdote el día 25 y celebrará su primera misa este domingo. ¡Enhorabuena!
Lorenzo Amigo
05-07-05, 18:43:19
10 de julio de 2005
Decimoquinto Domingo Ordinario
CONOCER LOS SECRETOS DEL REINO
Los alumnos se lamentan a menudo de que algunos profesores saben mucho, pero no saben enseñar. De algún profesor incluso dicen que tiene la virtud de hacer difícil lo fácil. Jesús, por el contrario, era un maestro, con una pedagogía extraordinaria, que era capaz de hacer comprensibles las cuestiones más difíciles. Nada menos que nos ha enseñado los secretos del Reino de Dios, tarea nada fácil. Su método era ya conocido en la Biblia y en el mundo judío. Se trata de las parábolas. Estas son unas comparaciones que nos permiten ir de lo conocido a lo desconocido. El maestro se adapta a sus oyentes y trata de elevarlos hasta los conocimientos más sublimes.
¿Qué es pues el Reino de Dios? ¿Qué ocurre cuando Dios Reina? Seguro que hay cambios en la manera de vivir y organizarse los hombres. Para que lo entendamos, Jesús parte de la experiencia del sembrador. Un sembrador un tanto especial, que no le importa sembrar la simiente en el camino, entre las piedras y entre las zarzas. Lo importante es el resultado final. La tierra buena produjo hasta el ciento por uno. Cualquiera de nuestros agricultores firmaría ya para tener simplemente ese treinta por uno.
La enseñanza parece clara y no debemos desorientarnos por la pregunta de los discípulos de porqué habla en parábolas, dando la impresión de que nadie se entera de nada. También nosotros hoy día decimos que “habla en parábolas” para expresar que es una enseñanza oscura. Jesús quería ser claro y no complicar las cosas. El sentido de la parábola reside en el texto mismo, y es diferente incluso de la explicación que la Iglesia posterior pone en los labios de Jesús, haciendo que a cada tipo de terreno corresponda un tipo de persona. Esto es ya un intento de actualizar la parábola a una situación distinta. Es un intento legítimo que nos muestra que también nosotros tenemos que descubrir qué nos quiere decir, o mejor, qué me quiere decir Jesús a través de esta parábola en mi situación actual concreta.
No cabe duda que el que siembra y anuncia la palabra del Reino es el mismo Jesús. Jesús dirige su predicación a todos sin excepción. Entre sus oyentes hay de todo: escribas, fariseos, sacerdotes, publicanos, pecadores, gente rica, gente sencilla. El anuncio del Reino no dejó indiferente a ninguno de ellos. Poco a poco se produjo una división en el auditorio. Las gentes más cualificadas de su tiempo se fueron endureciendo y se cerraron a la Buena Noticia del Reino. Eso no desanimó a Jesús sino que siguió anunciando el Reino. Y con un gran optimismo considera que el puñado de personas que están en torno a él, sus discípulos, es un fruto del ciento por uno, que justifica y da sentido a su trabajo. A pesar de todas las oposiciones, Jesús está convencido que el Reino de Dios va a venir. Su venida no depende de que los hombres sean buenos o se conviertan, sino sencillamente de la voluntad del Padre que quiere la felicidad de sus hijos.
Lógicamente también la Iglesia es una gran pedagoga. Su pedagogía litúrgica comporta una cierta repetición de las mismas cosas todos los años, como hacían los maestros antiguos: repetían y repetían hasta que uno llegaba a aprender de memoria. La Iglesia pone delante de nosotros un espejo para que nos veamos y descubramos si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.
Esta parábola me ha acompañado a lo largo de mi sacerdocio en mi ministerio de la palabra, no sólo en la Iglesia, y me ha dado siempre una gran confianza y optimismo. Ha sido gracias a tantas personas que me han dicho: “la palabra que tú dijiste en tal ocasión me ha hecho mucho bien”. Yo intento hacer memoria y no recuerdo nada. No cabe duda de que Dios se ha servido de mí para tocar el corazón de aquellas personas. Que esta eucaristía nos ayude a hacer fructificar en nosotros la Palabra que recibimos
Lorenzo Amigo
13-07-05, 11:56:58
17 de julio de 2005
Decimosexto Domingo Ordinario
EL TRIGO Y LA CIZAÑA
La existencia del mal en el mundo sigue siendo la roca fuerte de algunos ateos. Considerarán siempre imposible que Dios exista y permita la existencia de tantos sufrimientos inocentes. También al creyente le interpela esta mezcla de bien y mal, de trigo y de cizaña que descubre por todas partes. A veces se tiene la impresión de que es el mismo bien el que de alguna manera trae consigo adherido el mal. Tantos progresos nos ayudan a una vida mejor, pero de rebote traen consigo también consecuencias funestas. Ante muchas situaciones de la vida y de la sociedad, la tentación es dividir entre buenos y malos y recomendar cortar por lo sano, eliminar todo lo que aparece como una amenaza individual o colectiva.
Jesús es más prudente y se toma las cosas con más calma. No es un ingenuo que no distinga el bien del mal. Él llama las cosas por su nombre. El mal existe, pero no viene de Dios sino del Enemigo. Pero en la propuesta de arrancar el mal de raíz el mal, ve el peligro de extirpar también al mismo tiempo el bien. Esto quiere decir que el mal nunca es absoluto, más aun, la fe cristiana dice que el bien es siempre mayor que el mal, de lo contrario nuestro mundo se hundiría en la perdición. La persona humana es en sí misma buena, creada a imagen y semejanza de Dios. Nunca podemos identificar al pecador con su pecado, al criminal con su crimen. Por eso hay que condenar el crimen, pero salvar la persona que lo ha cometido. En el fondo, todos descubrimos que en nosotros mismos conviven el bien y el mal. Esto no debe desesperarnos. Jesús ha venido para liberarnos del mal. Esa liberación está ya presente en nuestras vidas pero todavía no se ha realizado de manera definitiva. Hay que tener paciencia, convivir con los malvados, con el mal que hay en cada uno de nosotros, luchar contra él, y esperar que el Señor nos libere definitivamente.
La visión de Jesús respecto a la realidad es optimista, no porque el mundo sea una especie de paraíso sino porque el Reino de Dios está irrumpiendo en él y echando fuera al Malvado y sus obras funestas. Por eso Jesús no identifica de manera simplista los males de este mundo con el pecado. De muchos males ninguno es culpable. La existencia del mal en el mundo es la ocasión para que se manifieste la acción de Dios. Dicho así podría sonar un poco cínico, como si Dios necesitara que existiera el mal en el mundo para luchar contra él y así manifestar su amor por nosotros. No. Los responsables del mal, sobre todo del mal moral, somos nosotros. Hoy otros males y sufrimientos que forman parte del misterio de la existencia y que nosotros no podremos nunca explicar racionalmente. Pero debemos estar convencidos que Dios no es el causante del mal ni quiere el mal, sino que está luchando constantemente contra el mal y necesita que le echemos una mano, como hizo Jesús.
Si Dios no extirpa de raíz el mal es porque quiere dar también una oportunidad al malvado para que se convierta. Tan sólo al final de los tiempos se separará el trigo de la cizaña, los buenos de los malos. Mientras tanto, como dice un proverbio, cada santo merece tener a su lado un diablillo para hacerse más santo. Por eso el amor cristiano está llamado a ir hasta el extremo, como hizo Jesús, amar al enemigo. El amor cristiano va más allá de la meramente razonable o proporcional. No hay que devolver mal por mal, sino vencer el mal a fuerza del bien. Ante las situaciones difíciles, como la de ser atacado, no hay que combatir la violencia con la violencia. La violencia engendra solamente violencia. Tan sólo el perdón cristiano puede hacer que la cizaña se transforme en trigo limpio. Dios es capaz de hacer esas maravillas. Nuestra convicción es que la última palabra pertenece a Dios y a su amor. Él triunfará sobre nuestro pecado. En la persona de María, vemos cómo la gracia de Dios ha sobreabundado preservándola de todo pecado.
En la eucaristía celebramos el triunfo del amor y del bien sobre las fuerzas de la destrucción y del mal. En torno a su mesa, Jesús nos congrega a todos, justos y pecadores, para que nos comprometamos a luchar contra el mal en el mundo, tratando de salvar siempre las personas.
Lorenzo Amigo
22-07-05, 09:43:03
24 de julio de 2005
Decimoséptimo Domingo Ordinario
ENCONTRAR EL TESORO
En tiempos de devaluación y de pérdida de valor del dinero, los ricos suelen comprar oro y obras de arte. Por algún cuadro se han pagado sumas astronómicas. Sin duda cuando uno se encapricha con una cosa y se hace de ella el absoluto, uno está dispuesto a dar por ella lo que sea necesario. Jesús se dio cuenta que el Reino de Dios era el único valor absoluto y que para conseguirlo era necesario dejar todo lo que se tenía y dedicarse totalmente al Reino. El Reino fue su gran pasión, lo que dio sentido a su vida, lo que le movió a abrazar un tipo de vida tan poco razonable según la cultura de su tiempo. En vez de fundar una familia y ejercer una profesión se dedicó a ser predicador ambulante del Reino de Dios. Era eso lo que le llenaba, lo que le hacía feliz, la única cosa necesaria. Y supo contagiar su entusiasmo a sus discípulos, que, como Él, dejaron la familia y la profesión y le acompañaron durante su vida y muerte continuaron su misión de anunciar el Reino. Podemos decir que Jesús y sus discípulos eran personas centradas, que sabían lo que querían y que encontraron en lo que hacían la verdadera felicidad.
El Reino de Dios es el gran tesoro, la perla de gran valor, pero no se puede adquirir a precio de saldo. Exige la renuncia total a todo lo que la gente considera tesoro o cosas de valor. En comparación con el Reino, todo lo demás es relativo. Todas las cosas e instituciones humanas tienen su valor, pero un valor relativo que les viene de su relación con el Reino. El peligro de las cosas y realidades humanas está en su absolutización, en el peligro de convertirse en ídolos o pequeños dioses que nos roban el corazón y la libertad.
Durante muchos siglos la fe cristiana ha sido el gran tesoro que hemos heredado de nuestros mayores. Hoy día ese fe es vista por muchos como una realidad anticuada que no tiene valor en nuestra cultura. Son otros valores los que se han apoderado de la escena social. Probablemente son los valores vitales, más que los económicos, los que hoy tienen la primacía. Las personas buscan realizarse, aunque ya no existan los ideales de otros tiempos. Probablemente se trata de ideales a más corto alcance, que tienen que ver con la satisfacción inmediata de nuestros deseos. La utopía del Reino, que todavía movilizaba hace cincuenta años, parece ir perdiendo terreno ante la realidad del estado del bienestar, un bienestar que experimentamos cada día como más precario. Pero parece que una vez que uno ha saboreado ese bienestar, o ve cómo otros disfrutan de él, es difícil resignarse a vivir con otro tipo de valores, más espirituales.
La crisis que estamos viviendo es una crisis de vida cristiana, que no sólo está despoblando las Iglesias sino que al mismo tiempo está corroyendo la esencia de la fe cristiana. La pérdida de valor del cristianismo a los ojos de nuestros contemporáneos no viene de la devaluación del evangelio en sí, sino de la manera como los cristianos lo estamos viviendo. Esa desaparición de los valores evangélicos, no sólo de la vida pública, sino también de la acción personal era ya perceptible hace dos siglos. Los valores cristianos fueron siendo desplazados por los valores materiales y los valores vitales, que son los que predominan hoy, incluso en los cristianos practicantes. La fe cristiana en el Reino de Dios ha dejado de ser ese tesoro y perla fina por la que merece la pena venderlo todo.
La desaparición de los valores cristianos ha dejado sin fundamento los demás valores, incluidos los vitales. Por eso la crisis que padece nuestro mundo occidental es una crisis del valor de la vida humana. Nuestro viejo continente no cree en el futuro y por eso ha desaparecido la vitalidad en las familias. No se tienen hijos porque vemos un panorama sombrío para ellos. Curiosamente los pueblos que viven en la pobreza son los que siguen apostando por la vida. Entre nosotros, aunque parece cultivarse los valores vitales, en realidad se ha perdido el sentido de la vida. Esa pérdida sumerge a muchos en la desesperación y los lleva al suicidio. Antes la vida valía por sí misma. Ahora sólo vale si es una vida cómoda y sin sufrimiento, de lo contrario es mejor la eutanasia. Tan sólo el redescubrimiento del Dios de la vida podrá sacarnos de este callejón sin salida adonde hemos llegado.
La celebración de la eucaristía es un acto de fe en el valor de la vida, en el valor del Reino por el que Jesús fue capaz de dar la vida, para que nosotros tengamos vida en abundancia y así dar vida al mundo.
Lorenzo Amigo
04-08-05, 10:38:04
7 de agosto de 2005
Decimonoveno domingo ordinario
MÁNDAME IR HACIA TI ANDANDO SOBRE EL AGUA
Son muchos los que piensan que la Iglesia está viviendo en nuestro país un momento particularmente difícil, sacudida por las olas y por el viento contrario. Fácilmente olvidan que rara vez los vientos han sido favorables. Las situaciones de sintonía entre Iglesia y estado eran en realidad un uso interesado de la religión por parte de la política. Nunca ha sido un crucero de placer la travesía en la pequeña y destartalada la barca de Pedro, en unos mares cada vez más encrespados. Pero la historia nos muestra que esta barquilla ha superado las peores tempestades, sin irse a pique, sino saliendo siempre airosa. Él mérito no es de ella ni del timonel humano sino del Espíritu de Dios que la guía siempre.
Los discípulos de Jesús pasaron los mismos miedos cuando estaban solos de noche en la barca, sacudida por las olas y con viento contrario. En esas situaciones, cualquier cosa te puede asustar. Incluso la presencia de Jesús que venía a su encuentro andando sobre las aguas les resultó inquietante. Ni por un momento se les pudo pasar por la cabeza que fuera Él. Era mucho más fácil imaginar fantasmas. Pero son precisamente esas situaciones desesperadas las que te permiten encontrarte con Dios y escuchar su voz: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! Así se presentaba Dios a su pueblo y se revelaba como la presencia amorosa que es capaz de transformar la historia. Es verdad que, de forma irónica, en el encuentro de Elías con Dios, ya no se le manifiesta en el viento huracanado ni en el terremoto ni en el fuego. Era así como se había revelado a Moisés y al pueblo en el Sinaí. Pero ahora se presenta como un susurro de suave brisa. El Señor viene a poner calma en el corazón agitado de los hombres.
Pedro tuvo el coraje de encontrarse con el Señor en el lago. Para ello tuvo que echarse al agua y mojarse. La barca, aunque amenazada y frágil, era en aquel momento el único medio de salvación. Sin embargo Pedro es capaz de arriesgarlo todo para ir al encuentro del Maestro. Lástima que al sentir que perdía fondo empezó a tener miedo y tuvo que pedir socorro a Jesús. Le perdió su poca fe. Si hubiera tenido fe, hubiera caminado sobre las aguas, porque la fe mueve montañas y Dios es siempre el que abre caminos en el mar. La presencia de Jesús con sus discípulos en la barca hace desaparecer los miedos y amainar el viento. Entonces sí que todos lo reconocen como el Hijo de Dios.
Así es la historia de la Iglesia y nuestra historia. Cada vez que Jesús está ausente o creemos que lo está, o lo consideramos un fantasma y no una presencia real y vital en nuestras vidas, nuestros corazones empiezan a temblar, nos hundimos y por todas partes vemos peligros. Todo ello traduce simplemente nuestra falta de fe. La fe, en sentido bíblico, es fiarse totalmente de Dios porque Él es un fundamento sólido, que no falla. La fe genera una confianza fundamental en nuestras vidas que nos permite asumir la aventura de la existencia con sus riesgos y angustias. Sabemos que nuestras vidas están en buenas manos, en las manos de Dios. Así podemos lanzarnos a caminar por el agua, a lo imposible, porque para Dios nada hay imposible.
Tenemos que dejar nuestras pequeñas seguridades humanas para poner nuestra confianza tan sólo en el Señor. Hay que tocar fondo para poder cobrar nuevo impulso y salir desde debajo del agua a la superficie. Buscar el apoyo de la política para llevar adelante la obra de la evangelización es caer en la peor de las trampas. El Evangelio será siempre una denuncia de las políticas humanas, que están al servicio de los intereses del grupo de turno que se ha hecho con el poder.
En la celebración de la Eucaristía nos encontramos con el Señor resucitado como presencia amorosa que calma todas nuestras angustias y miedos. Reconozcámoslo como Hijo de Dios y acojámoslo en nuestra casa para que acompañe nuestra singladura por este mundo.
Lorenzo Amigo
11-08-05, 09:40:52
14 de agosto de 2005
Vigésimo Domingo Ordinario
LAS MIGAJAS QUE CAEN DE LA MESA DE LOS AMOS
En los veinte últimos años se ha intensificado la presencia de extranjeros entre nosotros de tal manera que a ciertas horas en el metro uno tiene la impresión de no estar en su propio país. Uno ve un colorido de caras, al que no estábamos habituados antes. Detrás de esos rostros diferentes tememos que se escondan almas diferentes a la nuestra. En pocos años hemos pasado de ser un país de emigrantes a Europa a ser nosotros los que recibimos a los emigrantes de los otros continentes. Los problemas vividos en torno a la legalización de los emigrantes ponen al descubierto la necesidad que tenemos de ellos para que nuestra economía siga funcionando y el miedo que experimentamos ante ellos, como personas de unas culturas diferentes. En especial algunos no piensan integrarse en nuestra cultura y manera de vivir sino que simplemente quieren tener una manera de ganarse la vida.
La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. San Juan Crisóstomo podía decir: “el cristiano de Roma sabe que el cristiano de India es su hermano”.
En cierto sentido estos emigrantes extranjeros, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos. Éstos son normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. La Iglesia se ha comprometido y debe seguir comprometiéndose en la defensa de los derechos de los extranjeros y ayudarles a prepararse para poder integrarse plenamente en nuestra sociedad. No se trata de que renuncien a sus raíces sino de integrar los valores que traen consigo en la nueva situación en la que les toca vivir. Sólo así habrá un diálogo fecundo de culturas que puede contribuir a renovar la nuestra ya un tanto agotada y cansada. El futuro de la cultura será mestizo (Mayor Zaragoza). Habrá algunos nostálgicos que lamentarán el destino de la raza blanca, pero sin duda el futuro tendrá más colorido y atractivo.
El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar. Desgraciadamente en todas las sociedades europeas surgen de vez en cuando brotes de racismo que se traducen sobre todo en echar las culpas a los extranjeros de todo lo que va mal en el país. Son ellos los que provocan el paro, los que cometen los robos y los crímenes, los causantes de todos nuestros males.
Como la cananea del evangelio, es necesario que los extranjeros tengan fe en sí mismos, en sus valores, y también en el país que los acoge. También nosotros necesitamos creer en ellos, en su dignidad humana de hijos de Dios. El único pecado que han cometido es el de haber nacido pobres en un país pobre. No puede menos que recordar la situación de tantos españoles que encontré en Suiza en los años setenta. La situación era parecida a la que hora vivimos en España. Desgraciadamente los últimos atentados del terrorismo internacional hacen que cada vez miremos con más desconfianza a las personas de color oscuro.
Que la celebración de esta eucaristía nos dé una una mirada, como la de Jesús, que vea el corazón y no las apariencias. Sólo así la comunidad que formamos durante la eucaristía se irá haciendo realidad en la vida cotidiana de nuestros barrios.
Lorenzo Amigo
12-08-05, 17:44:22
15 de agosto de 2005
Asunción de la Virgen María
¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO!
El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles se consideran creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.
Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos en 1950 quería recordarle a sus contemporáneos, ya sumergidos en el materialismo, la realidad de la vida eterna. Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en este último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente. Y efectivamente la Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.
La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad. María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.
María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente. María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.
Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino, sino que nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el antirreino del dragón que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros. Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes. La propia historia de María nos lo confirma.
En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza de esa creación renovada que hacemos presentes en los humildes signos del pan y del vino.
Lorenzo Amigo
17-08-05, 12:26:46
21 de agosto de 2005
Vigésimo primer domingo ordinario
Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?
Para muchos, ser cristiano continúa significando estar bautizado, asistir a misa los domingos, hacer mal a nadie. En realidad, como la palabra lo indica, ser cristiano tiene que ver con la persona de Jesús, seguirlo después de haberse encontrado personalmente con Él y haber descubierto que Él es el sentido de nuestra vida pues en Él se nos hace presente Dios Padre.
La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas. Pero este interés no pasa de ser anecdótico y representa una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas, como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis. Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos.
La confesión de Pedro le valió a éste la promesa de ser la piedra sobre la que Jesús edificará su Iglesia, la comunidad de sus seguidores. La Iglesia está siempre fundada sobre la confesión de la divinidad de Jesús. Sin esta dimensión, la Iglesia corre el peligro de convertirse en una institución más de este mundo. La fuerza de la Iglesia viene de la confesión de su fe en el Señor y del evangelio que anuncia. Como prueba de la fe y de la confianza de Jesús en su Iglesia, Él le ha confiado el poder de interpretar la voluntad de Dios, de lo que está prohibido y de lo que está permitido, y sobre todo el poder de perdonar los pecados. De esa manera la Iglesia se convierte en instrumento al servicio del Reino, haciendo realidad la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.
Cada uno de nosotros es interrogado también por Jesús para que demos una respuesta respecto a su persona. Las fórmulas son importantes porque nos ayudan a dar nombre y a tomar conciencia de lo que creemos, a veces un tanto confusamente como le sucedía a Pedro. Tenemos que hacer nuestras las fórmulas del evangelio y del credo porque en ellas se expresa la fe de la Iglesia que confiesa y celebra su fe de manera comunitaria y no como individuos aislados. Pero esas fórmulas no significarán nada sino no nos hacen entrar en comunión con Jesús y experimentarlo vivo entre nosotros, sosteniendo a su Iglesia de manera que las fuerzas del infierno no la venzan. Mientras la Iglesia y cada uno de nosotros permanezcamos unidos a Cristo, no tenemos nada que temer de todos los enemigos de la fe cristiana. Si nos olvidamos de Jesús y empezamos a seguir los ídolos de moda de nuestro mundo, la Iglesia, y cada uno de sus miembros, corre el peligro de sucumbir.
Confesar a Jesús como el sentido de nuestra vida significa querer vivir con Él y como Él en una nueva familia de los discípulos que buscan hacer la voluntad del Padre. Implica tomar parte en su misión de anunciar el Reino y de hacerlo presente a través de la vida, con palabras y obras. Sobre todo comporta participar en su destino de muerte y resurrección. Sólo seremos verdaderamente creyentes cuando no pensemos que la fe es algo que se tiene o no se tiene. La fe es una manera de vivir, una manera de ser. Es la manera de vivir y ser como Jesús. Cuando las palabras que confiesan nuestra fe corresponden a la realidad que vivimos, es Dios mismo el que nos está atrayendo hacia Jesús e inspirándonos las palabras justas.
En la Eucaristía celebramos nuestra fe y la confesamos como comunidad. Que esta adhesión al Señor resucitado transforme nuestras vidas y nos haga testigos suyos creíbles entre los hombres que buscan un sentido para su vida.
Lorenzo Amigo
23-08-05, 11:04:48
28 de agosto de 2005
22 Domingo Ordinario
CARGAR CON LA CRUZ Y SEGUIR A JESÚS
Ni siquiera la pasión de Jesús ha escapado al interés de puro espectáculo cinematográfico, a pesar del horror de la inacabable flagelación en la película de Mel Gibson. La cultura actual convierte todo en espectáculo más o menos sentimental pero que no cambia en nada la vida de las personas. Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente. Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.
Desde el principio la muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándalo que echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso. Sin embargo la locura de la cruz se manifestó como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. Es posible que en nuestra historia la presencia del crucificado, al menos como espectáculo de Semana Santa, haya podido consolar a muchos y ayudarles a llevar su cruz. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos en compañía de Jesús. Pero son muchos los que hoy sienten dificultad para cantar a ese Jesús del madero. Nuestra cultura esquiva la realidad del sufrimiento y de la muerte.
La cruz, sin embargo, como resumen de todas nuestras debilidades, como el lado oscuro de nuestra existencia, nos acompaña constantemente. Todos queremos mostrar siempre a los demás el lado de luz de nuestras personas, nuestras capacidades y nuestros logros. Intentamos, en cambio, esconder nuestras sombras porque nos hacen vulnerables. El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolor y de la opresión existentes en nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo.
El P. Chaminade intuyó perfectamente esta dinámica del evangelio que él comparaba al juego del “gana pierde”. En vez de buscar los éxitos personales, miraba siempre al bien de la Iglesia. No le importaba que los mejores de sus jóvenes congregantes se le fueran al seminario o a diversas congregaciones religiosas. Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Es lo que experimentan sobre todo los esposos cristianos, pero también multitud de personas que tratan de vivir para los demás en vez de estar siempre centrados egoístamente en sí mismos.
Cada vez que celebramos la Eucaristía actualizamos el destino de Jesús, de muerte y resurrección, y lo hacemos nuestro. Así vamos transformando nuestras debilidades y heridas en fuente de vida y de salvación para nosotros y para nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
31-08-05, 11:09:55
4 septiembre de 2005
23 Domingo Ordinario
AMAR ES CUMPLIR LA LEY ENTERA
Todo en el cristiano está orientado hacia la persona de Jesús y al cultivo de una relación personal con Él. Jesús no nos sitúa ante la Ley y los mandamientos sino ante Dios. La búsqueda de la voluntad de Dios, el preguntarnos qué quiere Dios de mí, es lo que cuenta. Eso supone estar atento a su palabra, como expresaba nuestro joven Faustino: “Tal vez me hable Dios”. En ese descubrir lo que Dios quiere, Jesús intentó resumir todos los mandamientos de Dios en el amor, amor a Dios y amor al prójimo. Aunque el fundamento de todo está en el amor de Dios, que nos amó primero, sin embargo en la realidad práctica, lo importante es el amor al prójimo. Jesús lo formuló en la llamada regla de oro: todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos. En eso se resume toda la Ley y los profetas (Mt 7,12). San Agustín dará esta fórmula provocativa: “Ama y haz lo que quieras”.
Ese amor cristiano exige un discernimiento para no hacer pasar por amor lo que puede ser puro egoísmo. La primera exigencia de ese amor es no hacer daño al prójimo. En cada una de nuestras acciones tenemos que preguntarnos por las consecuencias que pueden tener, no sólo para nosotros sino también para los demás. No se trata tan sólo de una ética pública en el terreno de la economía, de la política y de la vida, sino también en lo que tantas veces consideramos nuestra vida privada, que parece que no afecta a los demás. En realidad no somos islas y todas nuestras acciones, incluso las más íntimas, pueden tener una repercusión en los demás, para el bien y para el mal.
Hoy día, en nombre de una tolerancia mal entendida, no queremos que nadie se meta en nuestras vidas ni nosotros queremos meternos en la vida de los demás. Todos denunciamos la corrupción existente, pero estamos tentados de pescar a río revuelto. La actitud cristiana, basada en el amor, es la de la corrección fraterna. El amor cristiano no sólo implica no hacer mal al otro, sino que pide de nosotros el buscar el bien de los demás. Cuando uno ve que una persona no vive de acuerdo con las exigencias cristianas que ha abrazado, con toda humildad, se le debe corregir. Uno de los problemas actuales, que urge abordar, es la de la educación de los niños y jóvenes. Si la familia y la escuela dimiten de sus responsabilidades, se corre el peligro de continuar teniendo grandes grupos de personas totalmente desorientadas en la vida.
En nombre del amor cristiano, debemos intervenir en la vida pública y contribuir a crear una cultura que posibilite una civilización del amor. Nuestra condición de profetas, que han hecho la experiencia de Dios, nos lleva a ser centinelas que advierten de los peligros que amenazan a nuestros contemporáneos. El evangelio denuncia las falsas salvaciones que nos fabricamos los hombres buscando nuestros intereses. Al mismo tiempo el evangelio hace presente en nuestro mundo la salvación de Dios. Como creyentes, no tenemos más remedio que intervenir en el gran debate de nuestra civilización en el que están en juego los derechos humanos, la vida y el futuro de la humanidad. Pero debemos hacerlo con ese talante del amor cristiano, de buscar el bien de todos y no simplemente el querer imponer a los demás nuestra manera de vivir y ver las cosas.
En la Eucaristía construimos esa comunidad de hermanos en la que todos nos preocupamos por el bien de todos. Que nuestro amor se inspire en el ejemplo del mismo Jesús, que entrega su vida para la salvación del mundo.
Lorenzo Amigo
07-09-05, 11:12:13
11 de septiembre de 2005
24 Domingo Ordinario
PERDONAR DE CORAZÓN AL HERMANO
En esta fecha, 11 de septiembre, que ha cambiado el rumbo del mundo, y a la cual han seguido un 11 de marzo y un siete de junio, la palabra de Dios es siempre viva y eficaz. La actual escalada terrorista mundial está generando una cadena interminable de venganzas, de golpes y contragolpes. No se le ve salida a esta situación y probablemente durante todo este siglo habrá que vivir bajo la amenaza permanente de los atentados. Hemos vuelto así a la ley de la jungla donde cada cual se tomaba la justicia por su mano. El Papa Juan Pablo II en el mensaje de la Jornada de la Paz, poco después del 11 de septiembre, dio un salto cualitativo en la propuesta sobre cómo construir la paz. Al ya tradicional “no hay paz sin justicia”, añadió, “no hay justicia sin perdón”. De nada sirvió su exhortación pues pocos meses después empezaba la ya anunciada invasión de Irak.
Parece que es de justicia el dar a cada uno lo suyo. Si me han hecho el bien, debo devolver el bien. Si me han hecho el mal, debo pagar con la misma moneda. Así se justifica nuestro sistema penitenciario para que los criminales paguen lo que han hecho. En la lógica humana, el que me la ha hecho me la debe pagar, de lo contrario parece que queda por encima de mí y que yo soy el que sale perdiendo. Y, en el plano económico, sería así si no se pagasen las deudas. El que perdonara se quedaría sin su dinero.
Por el contrario, en la lógica de Jesús y del evangelio, siempre se ofrece el perdón, no sólo de las ofensas sino también de las deudas. Jesús, desde luego no valía para contable. Con su manera de administrar el dinero llevaría a la bancarrota a cualquier banco. Él perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o una millonada. El fundamento del perdón es siempre el amor de Dios, que nos ha perdonado primero una deuda que supera toda posibilidad de ser pagada. Desgraciadamente el siervo malvado, que había sido perdonado, no es capaz de hacer lo mismo con su compañero (Mt 18,21-35).
Jesús nos invita a superar la cadena de acción y reacción. Es una ilusión el creer que se va a vencer el mal con el mal. Constatamos, en cambio, que la violencia engendra siempre violencia. El evangelio nos invita, en cambio, a vencer el mal a fuerza de bien, al estilo de Dios que hizo que donde abundó el pecado sobreabundase la gracia. Nos quejamos tantas veces de lo mal que va el mundo. Habría que hacer lo que recomendaba San Juan de la Cruz: “pon amor donde no hay amor y sacarás amor”. Uno recogerá lo que siembra. El sembrar amor es siempre productivo pues la simiente del amor no se pierde aunque ese amor parezca no correspondido.
Claro está que todo esto sólo es posible en la perspectiva cristiana del amor a los enemigos. Somos nosotros los que fabricamos los enemigos para poder justificar nuestras tendencias destructoras. El amor cristiano sabe distinguir entre la persona y sus actos, entre el pecador y su pecado. Dios condenó el pecado en Cristo Jesús, para salvar a los pecadores. La persona humana, a pesar de sus yerros y crímenes, sigue siendo objeto del amor de Dios y sujeto de dignidad humana. Por eso Dios nos da siempre una nueva oportunidad, como pidió el siervo malvado. Lo llamativo es cómo nosotros, a la primera de cambio, tachamos de la lista al que nos ha hecho algo que no nos ha gustado.
En el fondo, tenemos que decir como Jesús en la cruz: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Si el hombre comete el mal, no es porque sea malo o porque le satisfaga hacer el mal. En realidad hace el mal, creyendo que hace un bien que le puede proporcionar una cierta felicidad, aunque sea pasajera. A veces será simplemente el placer de la venganza. Pero está en el error y no sabe lo que hace. Lo hace porque es un desgraciado y un infeliz.
En esta eucaristía acojamos el perdón de Dios en Cristo Jesús y salgamos dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos y a todos los que nos hayan ofendido.
Lorenzo Amigo
15-09-05, 21:48:36
18 de septiembre de 2005
25 Domingo Ordinario
ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA
En unos tiempos de empleo cada vez más escaso y paro generalizado, en un mundo del trabajo en el que sobra un tercio de la población, resuena como palabra confortante la invitación a trabajar que nos dirige el dueño de la viña (Mt 20,1-16). La verdad es que las cosas parecen haber cambiado poco desde entonces. También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo.
El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros empresarios, que buscan el lucro y estimulan el trabajo a base de incentivos económicos.
Lo llamativo hoy día es que en medio de ese panorama sombrío del paro, en la Iglesia de Dios, no existe paro, al contrario, hay demasiados lugares vacíos por llenar. Sin duda que nuestro mundo está viviendo una profunda crisis vocacional, no sólo en el ámbito religioso sino también humano. La llamada del dueño de la viña nos confirma que todos somos necesarios en la Iglesia del Señor, que cada uno tiene una tarea única e irrepetible, debido a su vocación, que ningún otro podrá realizar.
Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que preguntarnos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.
No es fácil sentirse hoy llamado. O quizás uno experimenta hoy tantas llamadas que es difícil discernir su proveniencia e importancia. A veces seguimos las que nos parecen más placenteras o que halagan más nuestras ambiciones. La voz del dueño de la viña corre el riesgo de pasar desapercibida entre tantos griteríos existentes en nuestras plazas. ¿Qué hubiera pasado si el dueño de la viña no hubiera encontrado obreros que escucharon su voz? Sin duda que la cosecha se hubiera echado a perder. El Señor supo interpelar a aquellos ociosos poniendo el dedo en la llaga.
Quizás tenemos que confrontarnos con los jóvenes, y menos jóvenes, y preguntarles por qué se pasan la vida ociosos, en una cultura del bienestar que crea una especie de aturdimiento y de ensueño. Quizás también ellos nos respondan que nadie los ha contratado, que nadie les ha dicho que son necesarios en la viña del Señor. Y es que muchas veces, muchos jóvenes tienen la impresión de estar de más, de que sobran, de que nadie quiere contar con ellos. Hemos creado tantos estereotipos a propósito de los jóvenes que al final llegan a creerse lo que decimos de ellos: que son jóvenes, que tienen que crecer, que todavía no sirven para nada. Y les creamos un ambiente algodonoso, en el que tienen resueltos todos los problemas y en el que nunca serán capaces de asumir las responsabilidades ante la vida. Tengamos el coraje de decirles que tenemos necesidad de ellos para construir la Iglesia, que queremos sus ideas y propuestas para no repetir siempre las mismas cosas. ¿Qué les prometeremos? Que el Señor de la viña les sabrá dar lo que sea justo, lo que se merezcan y mucho más de lo que se merezcan, porque en la contabilidad del Señor no existen privilegios y los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
En la Eucaristía construimos nuestra comunidad eclesial con el aporte de cada uno de nosotros, acogiendo la invitación de Cristo a trabajar en su viña. No permanezcamos sordos a su llamada.
Lorenzo Amigo
22-09-05, 19:45:35
25 de septiembre de 2005
26 Domingo Ordinario
¿QUIÉN DE LOS DOS HIJOS HIZO LO QUE EL PADRE QUERÍA?
Palabras y buenas intenciones no faltan en nuestra Iglesia ni en nuestros políticos. Las personas de Iglesia recomendamos muchas veces, ante las graves situaciones de nuestro mundo, rezar y no perder la calma. A veces aconsejamos actuar, pero como los doctores de la ley decimos y no hacemos. Se nos queda todo en buenas palabras, como los políticos en los períodos electorales.
Decir o hacer es la alternativa ante la que nos pone el evangelio (Mt 21,28-32). Nos presenta una parábola, que, para ser más clara, divide el mundo entre buenos y malos, entre los obedecen de palabra y los que obedecen de hecho, aunque con sus palabras se habían negado a hacerlo. Esta presentación en blanco y negro permite que podamos fácilmente identificarnos con uno de los dos hijos de la parábola. En realidad en nuestra vida habrá de todo, pero, al tener que elegir uno de los personajes, podemos ver cuál es la orientación fundamental de nuestra existencia.
Se trata de buscar siempre hacer la voluntad del Padre, lo que Él quiere, lo que a Él le agrada. El amor hay que mostrarlo sobre todo con obras y no quedarnos en meras palabras. Eso es lo que hizo Jesús, que dio un sí incondicional al Padre: “Vengo, Padre, a hacer tu voluntad” (Hb 10,9). Por amor al Padre, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura ( Filp 2,1-11), Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres. Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz.
Para poder realizar la voluntad del Padre, hay que buscarla, hay que ponerse a la escucha de lo que Dios nos dice, no sólo a través de los mandamientos, que ha dado para todos los hombres, sino tratando de descubrir cuál es la manera particular como yo debo responder a la llamada de Dios. Cada uno tiene una vocación personal, inscrita ya en el código genético, que expresa el proyecto de Dios sobre mí. Dios normalmente revela su voluntad a través de su palabra, que resuena en el interior de nuestro corazón y que debemos escuchar en el silencio y la oración. Pero a veces habla a gritos a través de las provocaciones de la historia que vivimos, ante la que no podemos quedar insensibles. Hay que saber interpretar los signos de los tiempos. A través de los acontecimientos de la vida diaria, sobre todo del encuentro con las personas, Dios me está constantemente interpelando.
Yo puedo acoger el proyecto de Dios y realizar mi vida orientada hacia Dios, o por el contrario puedo negarme a ello y querer definir yo mismo mi propio proyecto. Dios nos ha dado la libertad, que nos permite hacer con nuestra vida lo que nos da la gana: realizarla o echarla a perder. Para hacer un buen uso de esa libertad que hemos recibido, es necesario discernir constantemente los valores que están en juego en cada una de las decisiones que tomamos. Aparentemente parece que estamos eligiendo realidades ajenas a nosotros, en realidad es siempre nuestra vida la que estamos eligiendo y estamos modelando poco a poco.
Todo va a depender de nuestras acciones, como nos recuerda el profeta Ezequiel ( Ez 18,25-28). Tener la vida o la muerte está en tus manos. No le puedes echar la culpa de lo que te pasa ni a tu familia, ni a tu país. Esa libertad hace que seas siempre un proyecto abierto, que siempre puedes corregir y, desgraciadamente también, echar a perder. Por eso el Señor te invita siempre a la conversión, a transformar tu vida según el ejemplo de Jesús. Siempre estás a tiempo de poder enmendar tus negativas para aceptar plenamente el plan de Dios sobre ti.
Nuestra participación en esta Eucaristía es sin duda una manifestación de nuestro sí al Señor y de que queremos que se traduzca en nuestra vida, una vez que salgamos de nuestra celebración y tengamos que hacer frente a las llamadas de Dios, que experimentamos en el día a día. Que el Señor nos conceda ser fieles a su voluntad y colaborar con Él en la venida de su Reino.
Lorenzo Amigo
30-09-05, 08:43:01
2 de octubre de 2005
27 Domingo Ordinario
NOS QUEDAMOS CON SU HERENCIA
El respeto de la vida humana y de la creación se ve seriamente amenazado por una mentalidad en la que ha desaparecido la dimensión sagrada de la existencia. La vida y las cosas creadas ya no son un don de Dios sino algo propiedad del hombre, que dispone de ellas a su antojo. Algunos dicen: con mi cuerpo, con mi vida puedo hacer lo que quiero. Han olvidado que la vida es un don que nos ha sido confiado, y no algo que me pertenece y de lo cual soy propietario. Tampoco somos dueños del mundo ni de la naturaleza. El Señor nos la ha confiado para que podamos realizar nuestra existencia en solidaridad con ella. En realidad, somos nosotros los que pertenecemos a este mundo que hemos recibido de nuestros mayores y que debemos transmitir a las generaciones futuras.
Las cosas creadas no son simples instrumentos para que nosotros las usemos o las consumamos. Tienen su ser propio, expresión del ser de Dios, que nosotros debemos respeta y dejar ser. La idea moderna de que el hombre está en el mundo para transformarlo y explotarlo para vivir mejor no responde a la idea del creador. Dios creó al hombre como centro de la creación y como responsable de ella para que construya su existencia en comunión con las demás criaturas. Poco a poco nos vamos dando cuenta cómo el hombre se ha convertido en un ser depredador, peligroso para toda la creación. Y ésta muchas veces reacciona defendiéndose. Los cambios climáticos, que está experimentando nuestro planeta son debido a esa manipulación humana de todo lo existente. Hoy día se cree que se debe hacer todo lo que se puede hacer y que no se deben poner límites a la intervención humana en el misterio de la vida y de las cosas. Pero con esta actitud el hombre está cavando su propia fosa.
La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado a él. Nuestro mundo en cierto sentido a llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).
El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Dios. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Dependerá de nosotros el adoptar una postura responsable ante la vida y ante la creación. La vida no está simplemente para vivirla, disfrutarla y consumirla hasta que la agotemos y la liquidemos. La vida es para darla, ya que es el primer don que recibimos. El mundo fue creado como la morada del hombre y estamos llamados a construir un mundo en el que quepamos todos. Para ello tenemos que producir los frutos que el dueño de la vida espera de nosotros. San Pablo nos lo recuerda: “ todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).
Tratemos la creación con el cariño de Jesús de Nazaret, extasiado ante los pájaros del cielo, los lirios del campo y la simiente que va germinando. Para Él todas las cosas eran sacramento del amor del Padre. Por eso hizo del pan y del vino los signos de su presencia resucitada entre nosotros. Acojamos en esta Eucaristía el don de Dios y demos los frutos que Él espera de nosotros.
Lorenzo Amigo
07-10-05, 10:36:11
9 de octubre de 2005
28 Domingo Ordinario
EL BANQUETE DE LA VIDA
Somos ya casi 6500 millones los invitados por Dios nuestro Padre al banquete de la vida, al banquete del Reino que ha inaugurado en Cristo su Hijo. Son muchos los que Dios Padre había invitado a vivir, pero que los hombres no les hemos dado esa oportunidad. Son pocos los que creen que no tiene nada de gracia eso del banquete de la vida y preguntan a sus padres: ¿por qué me habéis traído al mundo sin preguntármelo? La inmensa mayoría es feliz de poder vivir, aunque la vida no siempre sea un banquete sino que tengo mucho de tinieblas, de lamento y de rechinar de dientes. Pero siempre dirán: la vida vale la pena.
El banquete de la vida tiene dos partes, como a veces ocurre en las bodas: los que asisten únicamente a la celebración religiosa en la Iglesia, que en mi pueblo era casi siempre todas las personas, y los que están invitados también al banquete. En este caso todos se sienten llamados a vivir, pero son pocos los que se sienten llamados y elegidos a vivir la vida misma de Dios, la vida del Reino. Es lo que nos dice la parábola que hemos escuchado (Mt 22,1-14). Los invitados de la parábola tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos.
Jesús, en esta parábola, como en las de los anteriores domingos, interpreta la historia de Israel. Pero esta palabra es siempre viva y eficaz e interpreta también nuestra historia. Nuestro mundo actual pasa de la religión, al menos de la religión vivida en comunidad eclesial. Le resulta aburrida y encuentra mucho más atractivo en sus negocios y diversiones. De esa manera nos centramos cada vez más en las cosas e instrumentos y olvidamos las relaciones personales. Cada vez nos cuesta más dedicar tiempo a las personas, aunque se trate de ir a una celebración festiva. Y desde luego, casi nunca tenemos tiempo para prestar atención a nuestra vida y situarla ante Dios. El encuentro con las personas nos desinstala y nos hace salir de nosotros mismos.
Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad.
Cuando uno ha decidido aceptar la invitación a las bodas del Reino, uno tiene que asumir la responsabilidad y las exigencias que comporta. No se puede vivir de cualquiera manera. No se puede presentar uno sin el traje de bodas. Es ahí donde el evangelio pone el dedo en la llaga. La mayoría de nosotros hemos aceptado esa invitación en nuestro bautismo y tratamos de ser coherentes con lo que significa. Pero nos damos cuenta de que no estamos a la altura de las circunstancias y de que tenemos necesidad de una conversión continua.
Jesús dirige su invitación sobre todo a los pecadores; les invita a convertirse, a cambiar de vida. En el fondo todos nosotros necesitamos ese cambio continuo para no dedicarnos tan sólo a nuestros negocios y a nuestras tierras sino a poner nuestras vidas al servicio del Reino, al servicio del banquete de la vida. Estamos llamados a trabajar al servicio de la vida, de toda vida, sobre todo de aquella que se ve más amenazada y excluida. El mundo actual está montado sobre la exclusión de la mitad de la humanidad. Hagamos en torno al banquete de Jesús una gran mesa a la que puedan sentarse todos nuestros hermanos para poder celebrar la salvación de nuestro Dios.
Antonio Gascón
08-10-05, 21:26:40
Hola Lorenzo. Soy Antonio Gascón.
Te escribo para decirte que has escrito una bonita homilía. Gracias. Me siento muy impactado por las imágenes de la televisión española sobre los muchachos negros que Marruecos ha abandonado en mitad del desierto. Excluidos del banquete de la vida. Es desolador. Nosotros estamos invitados. Hemos de vestir el traje blanco de la alegría, agradecimiento y el amor. Gracias, una vez más.
A. P. Madrid. 8 de octubre de 2005
Lorenzo Amigo
12-10-05, 11:07:58
16 de octubre de 2005
29 Domingo Ordinario
O DIOS O EL CÉSAR
La condena y muerte de Jesús tienen un componente político, que hoy día no podemos ignorar. Es verdad que en aquel tiempo política y religión formaban un entramado difícil de diferenciar. Las autoridades religiosas judías eran al mismo tiempo los jefes políticos puestos por los romanos. Las autoridades romanas, en particular el emperador, tenían una dimensión religiosa y a veces divina que legitimaba su poder. Los enemigos de Jesús hicieron lo posible por comprometerlo ante los romanos. Al final le acusarán de pretender ser el rey de los judíos, como acto de insurrección contra el poder ocupante.
En la cuestión de los impuestos, Jesús no se dejó atrapar en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender. Probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos. Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.
Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Poder romano y poder judío estaban de acuerdo en explotar al pueblo para sus propios intereses. Jesús denunciará a los fariseos, a los herodianos, a los sacerdotes y su feudo el templo, convertido en una especie de banco de transacciones económicas. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.
Jesús cuestiona a fondo el poder político, sobre todo en la medida en que este poder se erige en el absoluto frente a Dios. Eso ocurre ciertamente en algunos totalitarismos ateos que intentan suprimir a Dios del horizonte de la vida social y privada. El Beato Santiago Gapp dio su vida por denunciar las pretensiones totalitarias del nazismo. En esos casos una ideología de la raza o de la nación ocupa el puesto de Dios. Muchos de los fanatismos terroristas actuales son puramente fanatismos políticos, aunque pretendan matar en nombre de Dios o de la patria oprimida. Pero también la democracia a veces corre el riesgo de convertirse en una especie de ideología religiosa que ocupa el puesto de Dios. En nombre de la democracia se invaden países y en el altar de la democracia son inmoladas millares de víctimas. Todo ello con la aureola de la libertad, la democracia y la civilización occidental. En el fondo se trata del colonialismo cultural y económico que siguen experimentando tantos países aunque hayan logrado su independencia. Muchas veces la manera de realizar el estado lo que suele llamar misión civilizadora no es más que una máscara de la defensa de los intereses de grupo que en cierto momento tiene el poder. Esa ideología asoma la oreja muchas veces, sobre todo cuando pretende imponer al pueblo un determinado tipo de cultura o educación y excluye del financiamiento otras alternativas culturales.
¿Qué debe hacer el cristiano frente al poder político? El cristiano tiene que velar para que el poder político esté verdaderamente al servicio del pueblo y sea verdaderamente democrático. Debe exigirle que respete y promueva los valores humanos, uno de ellos la libertad religiosa. En esa búsqueda del bien de todos los ciudadanos, sobre todo de los más desfavorecidos, el cristiano colaborará lealmente con el estado y pagará religiosamente sus impuestos. Exigirá, sí, que ese dinero sea empleado responsablemente. Misión de los laicos cristianos es hacerse presente en la vida política para transformar las estructuras. Que Jesús nos dé a todos esa libertad de espíritu con la que Él abordaba estas cuestiones espinosas, yendo con la verdad por delante.
Lorenzo Amigo
19-10-05, 17:43:28
23 de octubre de 2005
30 Domingo Ordinario
AMAR A DIOS Y AMAR AL PRÓJIMO
Jesús fue un maestro muy original. Lo reconoció fácilmente la gente sencilla de entonces. Enseñaba con autoridad y no como los doctores de la ley. Éstos, en realidad, transmitían y adaptaban las doctrinas tradicionales recibidas de sus maestros. Jesús, en cambio, no recurre a ninguna autoridad doctrinal del pasado para justificar su enseñanza. Incluso algunas veces contrapone expresamente lo que Él dice a lo que han dicho en el pasado, incluida la Ley de Moisés.
En realidad a Jesús le interesó poco el discutir la interpretación de la Ley. El no hablaba de la Ley sino del Reino de Dios. Y hablaba de una manera pedagógica original, que se diferenciaba de los demás maestros, aunque todos utilizaban algunas veces lo que llamamos parábolas. Pero al ir tomando posturas originales, no tuvo más remedio que algunas veces discutir también de la Ley y de sus mandamientos. La pregunta de cuál es el mandamiento principal de la Ley puede parecer una cuestión bizantina (Mt 22,34-40). No lo es. Estamos obligados a obedecer todos los mandamientos de Dios, pero para orientar nuestra vida, tenemos necesidad de situarnos bien ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos.
Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto. Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la situación de Alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. Por esta alianza de amor Dios y el pueblo se pertenecen mutuamente. “Tú eres mi pueblo, yo soy tu Dios” es la fórmula resumida de la alianza.
Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La Alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre.
En esas relaciones de amor, hay también un sitio para amarse a sí mismo sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo comentaba alguien significa: amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo.
Asistimos a discusiones entre doctores. En realidad Jesús no expresó aquí toda la originalidad de su posición. Él formulará su mandamiento nuevo de una manera inaudita: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,14). La medida y la forma de amar ya no es puramente humana sino que se inspira en Jesús. El cristiano está dispuesto a renunciar a su propia vida y su propio bien a favor del otro, como Jesús. Incluso a favor del enemigo. Pero entonces el cristianismo ya no significa cumplir unos mandamientos. Significa, más bien, seguir a una persona, la de Jesús, que nos ha precedido en el camino de la vida.
Ahora en la eucaristía acojamos el amor de Jesús para poder hacerlo presente en nuestro mundo y crear una verdadera civilización del amor.
Lorenzo Amigo
26-10-05, 09:25:23
30 de octubre de 2005
31 Domingo Ordinario
TODOS VOSOTROS SOIS HERMANOS
El deseo de igualdad y fraternidad tiene sus raíces en Jesús y en el cristianismo primitivo. Hundido el comunismo, que creó las peores opresiones y desigualdades, hemos quedado en una cultura neoliberal que consagra la libertad absoluta en forma de un permisivismo total. Sólo triunfan los más dotados y con menos escrúpulos. De nuevo estamos en una cultura de la desigualdad y la discriminación, que es vista como lo más natural. El que no triunfa es porque no quiere o porque es un vago.
Jesús fustigó a las autoridades políticas, religiosas y doctrinales de su tiempo porque se aprovechaban del pueblo para sus propios intereses. Hacían incluso de la religión un medio para medrar en la sociedad, ganarse títulos y reverencias. Imponían fardos pesados a los demás y no estaban dispuestos a mover un dedo para ayudar a la pobre gente. Daban leyes y normas para los otros y ellos no las respetaban. Por eso Jesús recomendará: “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” ( Mt 23,1-12).
Jesús reunió en torno a sí una comunidad de discípulos que debía ser la alternativa a como estaba organizada la sociedad de su tiempo que consagraba la desigualdad. Es una comunidad en la que también tienen lugar las mujeres, con las que nunca un rabino habría perdido el tiempo en enseñarles la doctrina de Moisés. En esa comunidad, no es la ley o la tradición aprendida de memoria la que ocupa el centro. El centro es siempre la persona de Jesús, el único maestro. Los demás siempre seremos discípulos, y por eso todos iguales como hermanos.
Ese ideal de igualdad y fraternidad venía ya, como lo muestra el profeta, de la vivencia de la alianza con Dios y de la realidad de la creación. Sólo hay un único creador que nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, lo que excluye toda discriminación. En la alianza todos somos su pueblo y formamos una comunidad de hermanos, la familia de los hijos de Dios que es la Iglesia.
Desgraciadamente pronto se nos colaron en la comunidad cristiana las estructuras de desigualdad existentes en la sociedad civil. El clero se constituyó en una clase aparte, por encima del Pueblo de Dios y en vez de estar al servicio del pueblo, utilizó muchas veces su autoridad como un poder para sus intereses. La Iglesia muchas veces no ha escapado a las tentaciones denunciadas por Jesús en este evangelio. Los recientes escándalos sexuales de los sacerdotes ha puesto de manifiesto cuánta hipocresía existe en la manera de vivir la doctrina que se predica desde los púlpitos.
El Vaticano II ha hecho un esfuerzo sincero por recuperar la imagen evangélica de la Iglesia. No una Iglesia- sociedad, copiada de los estados políticos, sino una Iglesia- comunión: comunión de los hombres con Dios y comunión entre sí. En este momento en que en nuestras sociedades experimentamos tanto discriminación social, e incluso legal, la Iglesia, como Jesús, debe estar siempre del lado de los marginados y excluidos.
Jesús en la eucaristía nos invita a sentarnos a la misma mesa del mundo como hermanos para celebrar su banquete de fraternidad que anticipa la realidad del Reino. Salgamos de esta eucaristía decididos a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.
Lorenzo Amigo
29-10-05, 19:21:02
1 de noviembre de 2005
Todos los Santos
DICHOSOS, FELICES...
Estamos tan acostumbrados a ver a los santos de madera en las hornacinas de las iglesias o en las pinturas de los retablos que nos cuesta trabajo imaginárnoslos de carne y hueso como nosotros. Los santos más populares son de hace siglos, cuando la cultura era cristiana y debía ser fácil vivir la fe. Hoy día nos parece casi imposible que existan santos. Cuando hace diez años beatificaron a los mártires marianistas, Carlos, Fidel y Jesús, y poco después al P. Santiago Gapp, sentí un estremecimiento especial al recorrer los colegios donde ellos habían vivido y enseñado, al encontrar religiosos marianistas que los habían conocido. Parecía mentira, pero era así. Los santos son de los nuestros, nuestros hermanos de peregrinación hacia Dios.
La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que hay toda una multitud de santos que no figuran en el calendario de la Iglesia, que no son venerados como tales, que probablemente son recordados tan sólo de contadas personas que los conocieron. Hoy nos damos cuenta de que la santidad no está hecha de milagros y cosas extraordinarias sino de vivir con toda intensidad de fe la realidad de la vida cotidiana.
No somos nosotros los que llegamos a ser santos sino que es Dios el que nos hace santos, nos santifica. Sólo Dios es santo, el único, el totalmente otro que ha querido hacerse cercano al hombre haciéndonos hijos suyos. Es su Espíritu Santo el que nos hace santos desde el momento de nuestro bautismo. Él pone en nosotros su propia vida, su santidad que es amor. Por eso san Pablo llamaba santos a los cristianos de sus comunidades que no tenían nada de santurrones. Porque la santidad no consiste en ser personas buenecitas que no hacen daño a nadie. Consiste en dejarse transformar por Dios e intentar vivir conforme a la nueva situación. Por eso san Pablo exhortará siempre: sois santos, vivid como santos.
¿Hay un programa para llegar a la santidad? Son tantos los libros espirituales que se han escrito a lo largo de los siglos para ayudar a ser santos. En realidad el único programa es vivir seriamente el evangelio. Éste se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Como el mismo Dios, como la santidad, las Bienaventuranzas son al mismo tiempo algo tremendo y algo fascinante. Cuando vemos una persona como Jesús, que encarna a la perfección esas bienaventuranzas, nos sentimos fascinados de que un hombre como nosotros pueda comportarse así, encontrar la felicidad en ese estilo de vida. Y al mismo tiempo experimentamos respeto y miedo. Nos faltan las fuerzas para poder vivir cerca de Dios, que es un fuego devorador que nos purifica pero que también puede aniquilarnos. Lo maravilloso es que finalmente Dios se ha mostrado como un padre amoroso que nos da su misma santidad para que no sintamos miedo ante Él. Por eso los santos son los amigos de Dios.
Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación. Ser santo no está reservado a unos pocos privilegiados sino que es la vocación normal de todo cristiano. Todos estamos llamados a la santidad, a dejarnos transformar por el amor de Dios. Es el amor lo único que puede transformar nuestras vidas y hacernos salir de nuestro egoísmo. Con amenazas o puro voluntarismo y esfuerzo de puños no se consigue la santidad ni vencer nuestro egoísmo. Sin duda hay que colaborar con la acción del Espíritu de Dios en nosotros, pero es Él el que tiene el mando y el protagonismo.
Demos gracias a Dios por esa nube de testigos que nos contempla y que nos anima a vivir con empeño las Bienaventuranzas para transformar nuestro mundo en el Reino de Dios, viviendo una civilización del amor.
Lorenzo Amigo
07-11-05, 10:53:40
13 de noviembre de 2005
33 Domingo Ordinario
ERES UN EMPLEADO FIEL Y CUMPLIDOR
Hoy, como ya en los tiempos bíblicos, una cierta ideología religiosa ve en el éxito personal y la riqueza una prueba del favor de Dios. De esta manera la ideología neocapitalista intenta justificarse también en el evangelio, en particular en esta parábola de los talentos (Mt 25,14-30) y considera que los pobres son pobres porque no quieren trabajar. Desde el campo comunista, Bertold Brecht acusaba a Jesús de haber mentido diciendo que todos recibían un dinero. La realidad, según él, desmiente esa afirmación. La mayoría de las personas no tienen nada, salvo su vida y sus hijos, su prole. Desde luego Jesús no intentó bendecir el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero ya también importante en su tiempo. La verdad es que describe la situación con una gran agudeza, que hoy día es evidente para nosotros. Los que tienen tienen cada vez más y los que no tienen se ven despojado de lo que tienen, a beneficio de los que han ganado más.
Jesús, sin duda, afirma que todos recibimos de Dios dones, cualidades, talentos, que no se reducen al dinero. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. En el sentido de la parábola, la vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. No se la puede enterrar bajo tierra. Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida.
En la perspectiva de la fe, todos hemos recibido dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo, es decir para el bien de la comunidad. El carisma tiene que ver con los dones y cualidades humanas. El recibir o no recibir cualidades físicas, intelectuales artísticas y morales no depende del poder del hombre. Las cualidades son gracia. El hombre puede mostrarse responsable o irresponsable con su talento recibido. Es bien empleado cuando se sitúa en el horizonte de la gratuidad. El don es gracia. Es verdadero cuando se es reconocido como un don del que se es responsable. Si se olvida que lo ha recibido de Dios, el don o cualidad sigue existiendo pero de un modo deshumanizador. Se le usa como autopromoción y como medio de sojuzgar a los otros o vencer a los competidores. A pesar de eso las cualidades no dejan de tener un origen gratuito, pero se pervierten.
El carisma es ese don, pero vivido en el permanente recuerdo de su origen divino, de que es algo recibido. Por eso dotes naturales y gracia no se oponen. Son la misma realidad aunque vivida por el hombre de diferentes formas. Si uno lo vive como don de Dios, se llama carisma. Si se vive como logro propio es dote natural. Esta segunda manera de ver las cualidades propias no transforma la estructura del don sino la estructura del hombre que vive entonces en una falsa conciencia. Se hace la ilusión de que las cualidades y dones son algo que él ha logrado, cuando en realidad los ha recibido.
A veces los carismas y dones quedan baldíos, enterrados en tierra, porque no se les da una oportunidad: “cuántos Mozarts asesinados” (Saint-Exupéry). No sólo en la sociedad sino también en la Iglesia. El Vaticano II redescubrió una Iglesia toda ella carismática y ministerial, en el sentido de que todos tenemos carismas y por tanto podemos y debemos ejercer ministerios o servicios en la Iglesia. La traducción en la práctica va lenta y los cristianos descubren con dificultad su puesto en la Iglesia y en el mundo.
Demos gracias a Dios en esta eucaristía por los dones y talentos recibidos. Pongámoslos al servicio de los demás para construir el cuerpo de Cristo y el Reino de Dios.
Lorenzo Amigo
16-11-05, 10:00:58
20 de noviembre de 2005
Jesucristo, Rey del Universo
FUI FORASTERO Y ME HOSPEDASTEIS
Los disturbios en Francia y en varios países europeos son un aviso también para nosotros. Las campanas están doblando por todos los países que no hacen un esfuerzo serio por integrar la creciente población emigrante que está llegando a nosotros. De nada vale decir que la situación nuestra es diferente, que entre nosotros no existen ghettos y bolsas de miseria que pueden arder de un momento a otro. Existen ya, y existirán mucho más si no tomamos las medidas adecuadas. El peligro no está en que los emigrantes habiten en los mismos barrios por afinidad cultural. El peligro está en que esos barrios sean inhabitables. Es la miseria la que los hace inhabitables y no el hecho de que las personas sean de otro color, de otra cultura o de otra religión.
Sin duda la primera generación de emigrantes está dispuesta a aceptar cualquier trabajo con tal de sobrevivir. La segunda y tercera generación, nacida en el país y que habrá estudiado en nuestras escuelas, tiene unas expectativas distintas y no aceptará los trabajos que hicieron sus padres y abuelos. Si se les bloquea el futuro a esas generaciones, estallará también entre nosotros la revuelta.
El ideal de igualdad y fraternidad, profundamente arraigados en el evangelio y utilizados como propaganda política, está lejos de encarnarse en la realidad. Los acontecimientos de Francia muestran cómo el laicismo puro no es capaz de integrar a unas masas de población profundamente religiosas que ven cómo nos burlamos de su fe y organizamos el mundo según los criterios del máximo lucro para unos grupos privilegiados. Somos los países cristianos los que decepcionamos profundamente a esos hermanos nuestros que vienen a nosotros buscando una tabla de salvación.
La escena del juicio final pone al descubierto las mentiras de nuestra civilización y de nuestra historia (Mt 25,31-46). En cierto sentido ese juicio se va anticipando ya en la historia concreta del mundo. Al ir excluyendo a los pobres, a los emigrantes, a los ancianos, a los que sufren y están solos, somos nosotros mismos los que nos vamos excluyendo del Reino de Dios. No hace falta que Dios o Jesús pronuncien una palabra de condenación sobre nuestras vidas. Somos nosotros los que con nuestro egoísmo y cerrazón nos excluimos del Reino del amor, de la verdad, de la justicia y de la paz.
Nuestro pecado, como el de los condenados, es el de no haber visto, o mejor de no querer ver, a nuestros hermanos pobres y desamparados. Ellos afean la foto de nuestras ciudades bonitas. Muchas veces, ante ellos, simplemente desviamos la mirada hacia otra parte, para ver si así no existieran. Vivimos en las apariencias, sin ser capaces de penetrar el velo de la realidad. No nos damos cuenta de que en el rostro desfigurado de tantos hermanos nuestros es la figura de Jesús sufriente el que está mendigando nuestro amor.
“A la tarde te examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz). Será un examen práctico y no teórico. No se aprueba con un trabajo escrito o unas respuestas aprendidas de memoria. Habrá que mostrar los ejercicios prácticos que uno ha realizado. Habrá que demostrar que uno ha aprendido ya a vivir en el Reino. El amor cristiano sigue siendo la asignatura pendiente del cristianismo burgués que estamos viviendo. La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, colocada en el último Domingo del año litúrgico, nos recuerda que sólo podremos formar parte del Reino de Dios si tenemos un corazón compasivo y misericordioso como el de Jesús.
Nuestra civilización puede gloriarse de muchos progresos técnicos pero, si sigue sin aprobar la asignatura del amor cristiano, no nos llevará a un progreso auténticamente humano. Pidamos en esta eucaristía ser capaces de construir una verdadera civilización del amor para que nuestro mundo se vaya transformando en el Reino de Dios que llegará un día a la plenitud.
Lorenzo Amigo
23-11-05, 09:30:53
27 de noviembre de 2005
Primer Domingo de Adviento
VIGILAD PARA QUE NO OS ENCUENTRE DORMIDOS
Los comercios llevan ya casi un mes anunciando las Navidades mientras nosotros los cristianos comenzamos este domingo nuestra preparación con el Adviento. El mundo del consumo crea un suave ambiente de bienestar, que nos adormece y nos incita a gastar y consumir con la promesa de la felicidad. La alegría ruidosa exterior muchas veces contribuye simplemente a aturdirnos y a no darnos cuenta del momento en que estamos viviendo.
El Adviento intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Fue la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Confirman lo que llevamos viviendo desde varias décadas: los ricos son cada vez más ricos, los pobres son cada vez más pobres. Pero precisamente el Evangelio es una Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran consuelo en las políticas humanas.
La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre (Is 63,16-17; 64,1-8). Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los muertos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios. La vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.
La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos.
Dos grandes figuras nos acompañarán a lo largo del Adviento para prepararnos al encuentro del Señor en la Navidad. Ante todo la persona de María. Ella, la primera de los creyentes, nos enseña a estar atentos a los “Anuncios” de Dios, a las Buenas Noticias, al Evangelio. Como Ella, seremos felices porque las promesas de Dios se cumplirán también en nosotros. La segunda persona es la de Juan Bautista, el último profeta que anuncia la salvación definitiva de Dios en Cristo Jesús y nos invita a la conversión. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso.
En la eucaristía hacemos memoria de Jesús hasta que vuelva. En realidad, Él está viniendo a nosotros en cada persona, en cada acontecimiento. Que este encuentro con Él en la eucaristía nos haga desear su venida definitiva.
Lorenzo Amigo
30-11-05, 09:56:47
4 de diciembre de 2005
Segundo Domingo de Adviento
EN EL DESIERTO PREPARADLE UN CAMINO AL SEÑOR
Cada verano al volver a mi pueblo de montaña constato cómo los senderos existentes se han ido cerrando a causa de la ausencia de personas que los recorran el resto el año. Lo mismo pasa con los caminos que llevan a Dios. Si durante mucho tiempo no los transita uno, acaban desapareciendo. Así nuestros contemporáneos un día descubren, sin sorpresa, que no saben ya cómo ponerse en relación con Dios, que no saben ni siquiera pronunciar una palabra de oración, menos aún responder en la misa. Es verdad que Dios es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar, y de llegar a rostros a través de los aires, pero nosotros, para ir hacia él, necesitamos caminos más o menos frecuentados por los demás y por la tradición religiosa.
Ya en el siglo pasado Nietzsche anunciaba: «el desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!». La civilización actual ha ido creando un desierto espiritual en torno a nosotros en el que sopla un frío glacial y la que Dios no cuenta a la hora de hacer nuestros proyectos humanos y sociales. Han ido desapareciendo de nuestra cultura los caminos tradicionales que posibilitaban el encuentro con Dios. Uno de los caminos era el de la oración que permitía hablar con Él como con un amigo. De esa manera uno no quedaba nunca atrapado en la soledad del desierto. A través de la oración uno entraba en el corazón de Dios y podía descubrir su proyecto de amor sobre el mundo y colaborar con Él en la realización del Reino. Ahora Dios no entra en los proyectos del hombre. Se busca un tipo de progreso material que no comporta un crecimiento humanizador sino al contrario, la creación de un hombre unidimensional, reducido a unas necesidades creadas artificialmente.
Un segundo camino que han seguido todos los que han querido encontrar a Dios pasaba por la realidad del hombre, por responsabilizarse del prójimo considerado como un hermano. Sobre todo el rostro sufriente era la manifestación de Dios y de Jesucristo, que mendigaba nuestro amor. Hoy día muchas veces no queremos ni mirar a esas personas que yacen tiradas en nuestras calles, mendigando una limosna. Cada uno se ha encerrado en su propio egoísmo y se aprovecha de los demás para sus propios intereses. Por eso el profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar (Is 40,1-5). El contraste entre pobreza y riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando resuena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.
¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Tan sólo Él puede avivar el verdadero deseo de Dios que existe en el corazón de cada persona de manera que no nos perdamos en una multitud de deseos, excitados por la cultura del consumismo. Sólo Él puede llevarnos a la verdadera conversión, al verdadero cambio de vida. Sólo así podremos abrir un camino que nos lleve hacia Dios y que pasa siempre por la realidad del hermano que vive a nuestro lado. Fue el camino que siguió Jesús.
Abramos las puertas al Señor Resucitado. Él es el camino que nos conduce al Padre. Que nuestro encuentro con Jesús en esta eucaristía transforme nuestras vidas y nos vaya preparando a su Nacimiento en nosotros.
Lorenzo Amigo
04-12-05, 19:10:55
8 de diciembre de 2005
INMACULADA CONCEPCION DE SANTA MARIA VIRGEN
ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA
La realidad del pecado acompaña de tal manera nuestra vida que no podemos ni siquiera imaginarnos qué tipo de vida puede ser la de una persona sin pecado. Nos parece una especie de cuento de hadas. Muchos, al oír hablar de María Inmaculada, libre de todo pecado, se imaginan una persona de otro planeta y no una de carne y hueso como nosotros. Nosotros somos pecadores y Ella es tan santa, que parece inmensamente alejada de nuestra realidad y de nuestros problemas. Sin embargo, María, pertenece a nuestra raza, es nuestra hermana mayor. Ella no vivió en un paraíso idílico, en un mundo sin pecado, poblado de personas inocentes. Vivió en un mundo como el nuestro, en un mundo de pecado, resultado del pecado original de toda la humanidad anterior. Ese mundo habitado por pecadores acabaría liquidando a su hijo Jesús. Sin duda la vida de María fue un milagro de la gracia de Dios, pero esa gracia, como en el caso de Jesús, hizo que fuera semejante en todo a nosotros menos en el pecado.
La santidad de María, desde el primer momento de su existencia, indica su total sintonía con Dios y con el Espíritu Santo. Nosotros estamos tan habituados a seguir nuestros propios caminos que no podemos imaginarnos qué sería nuestra vida si nos abriéramos totalmente a Dios y dejáramos al Espíritu el volante de nuestra existencia para que Él nos introduzca en la intimidad de Dios. María se arriesgó a dejarse llevar por el Espíritu que la convirtió en Madre de Dios. María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación de amor inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús.
Sin duda ha sido un gran privilegio el que Dios dio a María, precisamente para que pudiera ser una digna Madre del Redentor. Si Jesús es la salvación, María era la primera que tenía que ser totalmente salvada. Y así fue redimida en virtud de los méritos de Jesús, incluso antes de que éste existiera en su seno. Porque el plan de Dios de salvar al hombre es un plan eterno. Antes de crear el mundo nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra de pecado, será también realidad un día en nosotros. También un día la salvación de Dios será plena en nosotros y triunfará sobre nuestro pecado. Mientras tanto María aparece como el gran signo de esperanza para toda la Iglesia que intenta purificarse para ser fiel a su Señor.
La santidad de María es ante todo, como también la nuestra, gracia y don de Dios. Pero Ella colaboró con su respuesta de fe, abriéndose totalmente a la voluntad de Dios expresada mediante la palabra transmitida por el ángel. Así quedó asociada a Cristo en sus misterios. También nosotros tenemos que cultivar intensamente la fe para vencer el pecado. El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. Así la proponía a sus congregantes que la tenían por Patrona. Hoy día también las Religiosas Marianistas celebran la Inmaculada como su fiesta patronal. El P. Chaminade encontró en la Inmaculada la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. En vez de construirse sobre los valores del evangelio, el mundo actual se construye sobre otros valores, muchas veces antievangélicos y antihumanos. Pero esta situación no nos desanima pues sabemos que María saldrá triunfante también en este desafío y continuará aplastando siempre la cabeza de la serpiente ( Gen 3,9-15).
Celebremos con gozo el triunfo de María y pidámosle que ella sea siempre nuestra guía y nuestra inspiración en el camino del seguimiento de Jesús.
Lorenzo Amigo
08-12-05, 19:14:43
11 de Diciembre 2005
Tercer Domingo de Adviento
EN MEDIO DE VOSOTROS HAY UNO QUE NO CONOCÉIS
En tiempo de crisis, cuando surgen movimientos populares nuevos y empiezan a hacer gestos llamativos, las gentes y las autoridades se inquietan y empiezan a investigar. Es lo que pasó cuando apareció Juan Bautista predicando y bautizando en Palestina. El bautismo era practicado por un grupo disidente que se había retirado al desierto, convencido de que el sacerdocio estaba corrompido y de que había que buscar otras vías para renovar la religión judía. Los de Jerusalén no se inquietaron demasiado mientras este grupo estuviera simplemente en el desierto. Pero Juan Bautista empezó a atraer las masas hacia sí y eso ya era peligroso pues podía derivar en un movimiento mesiánico revolucionario. Por eso las autoridades de Jerusalén, antes de que intervenga Herodes o los romanos, tomaron cartas en el asunto y empezaron a interrogarlo ( Jn 1,19-28).
La sospecha es siempre la misma: bajo la capa de un movimiento religioso, había el peligro de que se hiciera una proclama política mesiánica de tipo revolucionario, como había ocurrido ya varias recientemente. ¿Será Juan el Mesías, el pretendido liberador de Israel? La triple pregunta respecto a su identidad como posible Mesías, Elías o el Profeta, intentaba descubrir un pretendido liberador enviado por Dios. Se trataba siempre del Mesías esperado por algunos grupos y que era presentado bajo diferentes figuras: un Mesías real, descendiente del Rey David, un Mesías sacerdote, un Mesías profeta. Juan niega cualquier identificación con esos personajes. Esos títulos corresponden a Jesús, al cual él anuncia. Entonces la pregunta es “¿Quién eres tú?”. Juan se presenta, sin duda, como un profeta, pero no como el Profeta Definitivo que está ya en medio de la gente, pero que no se ha manifestado. Es un testigo de la luz que quiera ayudar a reconocer la verdadera Luz.
Desgraciadamente las autoridades no quieren oír hablar de ese tema y de hecho se cerrarán en banda ante Jesús y su mensaje. Preocupadas por hacer su investigación, siguen preguntando por qué, pues, Juan se dedica a bautizar al pueblo, rito no presente en la Ley de Moisés. El bautismo para Juan era el gesto que marcaba la ruptura en la vida de una persona, indicaba un antes y un después. Juan anunciaba la venida del Reino como un fuego devorador y había que convertirse para poder superar la prueba. El hacerse bautizar era la señal de que uno empezaba esa conversión. Pero su bautismo, era un simple bautismo de agua que anuncia el verdadero bautismo de Jesús con el Espíritu.
Jesús está convencido, como Juan, de que el Reino de Dios está a la puerta y exige la conversión. Pero con un pequeño cambio genial indicó que el Reino de Dios no era una realidad amenazante como lo veía Juan, sino al contrario era la oferta definitiva de la misericordia y del amor de Dios para todos los que se convierten. Su bautismo va a ser el bautismo del Espíritu como fuerza divina que cambia el corazón del hombre. Tan sólo Jesús tiene el poder de dar el Espíritu precisamente porque Él es el portador del Espíritu (Is 61,1-2). Es ese Espíritu el que lo ha ungido y constituido Rey, Sacerdote y Profeta. Es la fuerza del Espíritu la que le permite realizar la misión que Dios le ha confiado. Se trata del anuncio del Evangelio como Buena Noticia de liberación para los que sufren, los que tienen el corazón desgarrado, los cautivos y los prisioneros. Se proclama en resumen el año de gracia del Señor, el año jubilar del perdón. Dios no viene con un juicio de condenación sino de perdón para su pueblo. Por el momento las autoridades no están demasiado interesadas por conocer al Mesías que Juan anuncia y se atienen a lo que ven. Pero cuando Jesús empiece a anunciar el Reino lo procesarán y lo condenarán.
Nosotros sabemos que Jesús está en medio de nosotros pero nos cuesta trabajo reconocerlo como nuestro Señor y Salvador. Que el encuentro con Él en esta eucaristía nos lo haga experimentar más cercano como la manifestación del amor del Padre que hemos acogido en nuestro bautismo.
Lorenzo Amigo
14-12-05, 11:40:00
18 de diciembre de 2005
Cuarto Domingo de Adviento
LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS
Los hombres y mujeres de todos los tiempos, agobiados por el peso de la vida, han soñado siempre un mundo distinto. Todavía hoy esperamos la gran noticia: “¡No habrá más guerras, no habrá más hambre, no habrá más pobreza! ¡Por fin, la paz y la felicidad!” Sin duda todo eso nos parece un sueño. Si algún día aparece esa noticia en los periódicos nos cercioraremos bien que no se trata del día de los Inocentes. Mientras tanto todos continuamos soñando para poder soportar la existencia.
Pero hubo unos grandes soñadores, los profetas, que no se contentaban con soñar con la paz, la felicidad y la justicia. Llegaron a soñar que Dios mismo venía a establecerla en la tierra. Y un día se produjo la gran noticia: ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Ni Ella misma se lo creía y por eso el mensajero divino tuvo que explicarle: Para Dios nada hay imposible (Lc 1,26-38). Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón el hombre. Esa noticia tiene un nombre: Jesús. Él es la Buena Noticia. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios que nos es ofrecida a todos los que creen en Él.
Esa Buena Noticia fue confiada al principio tan sólo a María. Ella fue la depositaria de la promesa y su persona está asociada a esa Buena Noticia. El Hijo de Dios se fue gestando en su seno. En Ella surgió ese mundo nuevo esperado por nuestros padres en la fe. María representa la Iglesia que acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas.
La Buena Noticia se fue difundiendo poco a poco a partir del nacimiento de Jesús. La conocieron muchos judíos, aunque la mayoría permaneció escéptica ante tal anuncio. Llegó más tarde a los gentiles que se fueron abriendo a la fe cristiana que acogieron con toda alegría. Los primeros cristianos vivieron una vida que llamaba la atención de los demás. Exteriormente nada parecía haber cambiado. Las personas seguían en la miseria y el dolor y, sin embargo, los pequeños gestos que Jesús de Nazaret había realizado habían cambiado el corazón de sus seguidores que seguían repitiendo sus pequeños gestos. Había sido inventada una lengua nueva que todos entendían, el lenguaje del amor, de la misericordia, de la acogida, del perdón, de la ayuda mutua, de la solidaridad y la fraternidad. Irrumpía así un lenguaje que daba gusto aprenderlo y practicarlo.
La encarnación de Dios ponía en el centro la preocupación por el hombre, por todo hombre, por todo el hombre. En Jesús Dios se nos hacía cercano con un rostro humano. Los dioses, también desgraciadamente el Dios cristiano muchas veces, han adoptado una imagen amenazadora para la existencia del hombre. No hay que extrañarse si los hombres de hoy rechazan creer en un Dios que no está a la altura de las circunstancias humanas. No se puede creer en un Dios que sea un obstáculo para el desarrollo del hombre y de los derechos humanos de todas las personas. Ahora bien, ese Dios amenazador de lo humano no es más que una caricatura del Dios de Jesús de Nazaret. El Dios que se ha manifestado en Jesús de tal manera respeta, venera y ama lo humano que ha querido Él mismo compartir nuestro destino para que nosotros podamos compartir el suyo. El hombre está llamado a entrar en la intimidad de la vida misma de Dios, no en el otro mundo, sino ya en nuestra existencia cotidiana.
Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.
Lorenzo Amigo
21-12-05, 18:26:39
25 de Diciembre de 2005
Natividad del Señor
OS TRAIGO LA BUENA NOTICIA,
LA GRAN ALEGRÍA PARA TODO EL PUEBLO
Durante más de dos mil años se viene repitiendo la gran noticia: “ Hoy os ha nacido un Salvador”. Al celebrar de nuevo la Navidad a la que nos hemos venido preparando durante todo el Adviento, experimentamos sin duda esa alegría que es don del Espíritu. Pero quizás no sea capaz de alejar todos los interrogantes que de vez en cuando nos asaltan. ¿Ha cambiado nuestro mundo con la venida de Jesús? ¿No sigue todo igual? Nuestra fe en Él no es un sol que pueda disipar todas las tinieblas, pero al menos nos indica el camino a seguir.
Algo parecido debieron vivir María y José en aquella primera Navidad (Lc 2,1-20). Todo parecía desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.
Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que le contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.
Y María y José con toda humildad recibieron de los pastores la primera lección de teología. María no preguntaba nada pero no perdía palabra. Las conservaba todas y las meditaba en su corazón. Es lo que continúa haciendo la Iglesia y cada uno de nosotros. Todo empezó con la acogida de la Palabra por parte de María, Palabra que se si hizo carne y puso su tienda entre nosotros. También nosotros intentamos dar carne a la Palabra para que siga presente en nuestro mundo. En realidad Jesús no dispone hoy día de otros medios distintos de nuestros labios, nuestras manos, nuestro corazón para seguir actuando y amando este mundo cada vez más fascinante desde su venida.
Los cristianos recordamos la venida de Jesús, la traemos al corazón para que nuestro corazón se llene de Él y de la abundancia del corazón hable la boca. Cada uno de nosotros está llamado, como los pastores, a ser anunciadores de Jesús. Nuestras palabras serán creíbles si vienen cargadas de la Palabra, del Verbo hecho carne en el seno de María. Son nuestras vidas las que tienen que ser hoy día Evangelio, Buena Noticia, porque el único lenguaje que entienden los hombres hoy día es el lenguaje de la caridad, del amor.
Contemplando el nacimiento de Jesús, comprendemos las palabras del apóstol: “Ha aparecido la gracia de Dios” (Tit 2,11-14). Dios se nos ha manifestado como el amor, como alguien que necesita de nuestro amor y de nuestros cuidados. Mendigo de amor llamó a la puerta del corazón de María y fue acogido con amor. Llamó a puerta de la posada y la encontró ya llena. Pero Ël sigue creyendo en los hombres y sigue llamando a nuestras puertas. Ojalá haya todavía un poco de espacio en nuestros corazones para hacerle un hueco.
En esta eucaristía Jesús se hace presente de nuevo entre nosotros como nuestro Salvador. Alegrémonos y démosle gracias a Dios por tanto amor. A todos Felices Navidades.
Lorenzo Amigo
21-12-05, 18:30:14
25 de Diciembre de 2005
Natividad del Señor
OS TRAIGO LA BUENA NOTICIA,
LA GRAN ALEGRÍA PARA TODO EL PUEBLO
Durante más de dos mil años se viene repitiendo la gran noticia: “ Hoy os ha nacido un Salvador”. Al celebrar de nuevo la Navidad a la que nos hemos venido preparando durante todo el Adviento, experimentamos sin duda esa alegría que es don del Espíritu. Pero quizás no sea capaz de alejar todos los interrogantes que de vez en cuando nos asaltan. ¿Ha cambiado nuestro mundo con la venida de Jesús? ¿No sigue todo igual? Nuestra fe en Él no es un sol que pueda disipar todas las tinieblas, pero al menos nos indica el camino a seguir.
Algo parecido debieron vivir María y José en aquella primera Navidad (Lc 2,1-20). Todo parecía desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.
Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que le contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.
Y María y José con toda humildad recibieron de los pastores la primera lección de teología. María no preguntaba nada pero no perdía palabra. Las conservaba todas y las meditaba en su corazón. Es lo que continúa haciendo la Iglesia y cada uno de nosotros. Todo empezó con la acogida de la Palabra por parte de María, Palabra que se si hizo carne y puso su tienda entre nosotros. También nosotros intentamos dar carne a la Palabra para que siga presente en nuestro mundo. En realidad Jesús no dispone hoy día de otros medios distintos de nuestros labios, nuestras manos, nuestro corazón para seguir actuando y amando este mundo cada vez más fascinante desde su venida.
Los cristianos recordamos la venida de Jesús, la traemos al corazón para que nuestro corazón se llene de Él y de la abundancia del corazón hable la boca. Cada uno de nosotros está llamado, como los pastores, a ser anunciadores de Jesús. Nuestras palabras serán creíbles si vienen cargadas de la Palabra, del Verbo hecho carne en el seno de María. Son nuestras vidas las que tienen que ser hoy día Evangelio, Buena Noticia, porque el único lenguaje que entienden los hombres hoy día es el lenguaje de la caridad, del amor.
Contemplando el nacimiento de Jesús, comprendemos las palabras del apóstol: “Ha aparecido la gracia de Dios” (Tit 2,11-14). Dios se nos ha manifestado como el amor, como alguien que necesita de nuestro amor y de nuestros cuidados. Mendigo de amor llamó a la puerta del corazón de María y fue acogido con amor. Llamó a puerta de la posada y la encontró ya llena. Pero Ël sigue creyendo en los hombres y sigue llamando a nuestras puertas. Ojalá haya todavía un poco de espacio en nuestros corazones para hacerle un hueco.
En esta eucaristía Jesús se hace presente de nuevo entre nosotros como nuestro Salvador. Alegrémonos y démosle gracias a Dios por tanto amor. A todos Felices Navidades.
Lorenzo Amigo
21-12-05, 18:37:41
25 de Diciembre de 2005
Natividad del Señor
OS TRAIGO LA BUENA NOTICIA, LA GRAN ALEGRÍA, PARA TODO EL PUEBLO
Durante más de dos mil años se viene repitiendo la gran noticia: “ Hoy os ha nacido un Salvador”. Al celebrar de nuevo la Navidad a la que nos hemos venido preparando durante todo el Adviento, experimentamos sin duda esa alegría que es don del Espíritu. Pero quizás no sea capaz de alejar todos los interrogantes que de vez en cuando nos asaltan. ¿Ha cambiado nuestro mundo con la venida de Jesús? ¿No sigue todo igual? Nuestra fe en Él no es un sol que pueda disipar todas las tinieblas, pero al menos nos indica el camino a seguir.
Algo parecido debieron vivir María y José en aquella primera Navidad (Lc 2,1-20). Todo parecía desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.
Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que le contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.
Y María y José con toda humildad recibieron de los pastores la primera lección de teología. María no preguntaba nada pero no perdía palabra. Las conservaba todas y las meditaba en su corazón. Es lo que continúa haciendo la Iglesia y cada uno de nosotros. Todo empezó con la acogida de la Palabra por parte de María, Palabra que se si hizo carne y puso su tienda entre nosotros. También nosotros intentamos dar carne a la Palabra para que siga presente en nuestro mundo. En realidad Jesús no dispone hoy día de otros medios distintos de nuestros labios, nuestras manos, nuestro corazón para seguir actuando y amando este mundo cada vez más fascinante desde su venida.
Los cristianos recordamos la venida de Jesús, la traemos al corazón para que nuestro corazón se llene de Él y de la abundancia del corazón hable la boca. Cada uno de nosotros está llamado, como los pastores, a ser anunciadores de Jesús. Nuestras palabras serán creíbles si vienen cargadas de la Palabra, del Verbo hecho carne en el seno de María. Son nuestras vidas las que tienen que ser hoy día Evangelio, Buena Noticia, porque el único lenguaje que entienden los hombres hoy día es el lenguaje de la caridad, del amor.
Contemplando el nacimiento de Jesús, comprendemos las palabras del apóstol: “Ha aparecido la gracia de Dios” (Tit 2,11-14). Dios se nos ha manifestado como el amor, como alguien que necesita de nuestro amor y de nuestros cuidados. Mendigo de amor llamó a la puerta del corazón de María y fue acogido con amor. Llamó a puerta de la posada y la encontró ya llena. Pero Ël sigue creyendo en los hombres y sigue llamando a nuestras puertas. Ojalá haya todavía un poco de espacio en nuestros corazones para hacerle un hueco.
En esta eucaristía Jesús se hace presente de nuevo entre nosotros como nuestro Salvador. Alegrémonos y démosle gracias a Dios por tanto amor. A todos Felices Navidades.
Lorenzo Amigo
28-12-05, 12:19:17
1 de enero de 2006
Santa María, Madre de Dios
YA NO ERES ESCLAVO, SINO HIJO
Os deseo a todos un Feliz Año 2006, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad. El año 2005 ha sido un año intenso para todos los católicos. Ha estado marcado por la muerte del inolvidable Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI. Al elegir este nombre quería expresar su compromiso a favor de la paz, como su predecesor Benedicto XV, que calificó la primera Guerra Mundial de “matanza inútil”.
Las guerras y el terrorismo siguen causando matanzas inútiles en diversos puntos de la tierra. Por eso el Papa en su mensaje para la actual Jornada Mundial de la Paz ha dado como consigna “en la verdad, la paz”. La paz verdadera sólo es posible si se reconoce la verdad del hombre, que implica la verdad de Dios. Tan sólo el reconocimiento de que todos somos hijos de Dios puede llevarnos a una paz duradera. Si consideramos que esa dignidad es monopolio de unos pocos, seguiremos tratando con todo desprecio, hasta la esclavitud, a aquellos que consideramos diferentes por su raza, religión, lengua o cultura. Tan sólo el reconocimiento de Dios como Padre de todos puede llevarnos a integrar de manera positiva la diversidad dentro de la unidad de origen y destino. La legítima defensa de las diversidades no debe llevar a olvidarnos el patrimonio común de toda la humanidad.
En el orden práctico sigue siendo preocupante la carrera de armamentos que acapara los recursos que los hombres podrían y deberían destinar al desarrollo humano. La exclusión sistemática de algunos continentes como África, muestra cuán lejos estamos del ideal evangélico de justicia y fraternidad. Somos una única familia porque tenemos a Dios por Padre, a María por Madre y a Jesús por hermano, que nos permitido compartir su condición de Hijo de Dios y de María Virgen.
La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida. Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas. María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación.
Construir la paz significa luchar contra las causas de la guerra, contra las estructuras injustas de un mundo que globaliza la miseria. Los cristianos debemos de ser constructores de una globalización del amor y de la compasión. Para ello hay que acercarse al hombre concreto, que está a nuestro lado, aceptarlo en su diversidad e invitarlo a caminar juntos hacia el ideal de comunión cristiana, que es la de formar la Familia de los hijos de Dios. Sólo así será posible el ideal bíblico de la paz, es decir de la realización de las personas, las comunidades y los pueblos, la prosperidad y felicidad, y no simplemente una paz armada que está hundiendo el mundo en la miseria.
María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.
Lorenzo Amigo
02-01-06, 10:24:20
6 de enero de 2006
Epifanía del Señor
¿DÓNDE ESTÁ EL REY DE LOS JUDÍOS QUE HA NACIDO?
Después de varias décadas de fuerte secularización que llegaba al agnosticismo y ateísmo en algunos países, de nuevo vuelve a surgir la pregunta sobre Dios. No tanto si existe o no existe sino ante todo: ¿dónde está Dios, dónde lo podemos encontrar? Como los Magos del evangelio (Mt 2,1-12), el hombre de hoy, de vez en cuando ve aparecer una estrella en el horizonte de su vida que lo guía, aunque sea de manera confusa, hacia Dios. Son esas experiencias de plenitud y de sentido que nos confirman que no estamos solos, que nuestra vida está abrazada por el misterio del amor.
Esas experiencias apuntan en dirección al misterio de Dios, pero no nos permiten adueñarnos de Él. Más bien nos indican los pasos a dar para poder algún día encontrarlo. Ante todo hay que ponerse en camino, dispuestos a cruzar fronteras. El encuentro con Dios nos desinstala constantemente y nos constituye en eternos buscadores de Dios. En vez de apagar nuestro deseo, como ocurre con los deseos humanos una vez satisfechos, el encuentro con Dios provoca de nuevo el deseo de buscarlo y encontrarlo.
Pero hay que estar bien atentos en esta búsqueda para no dejarse desorientar por los signos de la presencia misteriosa del Señor. Los Magos pensaron ingenuamente que el Rey de los judíos habría nacido en la capital, en el palacio del Rey. Por eso se fueron directamente a Jerusalén a ver a Herodes. Esto pudo costarles caro. No es de extrañarse que la estrella no vuelva a salir hasta se pusieron de nuevo en camino, marchándose de Jerusalén.
Nuestra búsqueda de Dios se mueve en la ambigüedad de la existencia. Fácilmente nos dejamos engañar por las respuestas fáciles porque queremos ver saciado inmediatamente nuestro deseo. Para poder discernir los signos de su presencia, el Señor nos ha dejado su Palabra, que es como una lámpara que alumbra nuestro camino. Es la Palabra de Dios la que nos da la verdadera perspectiva sobre la realidad y los acontecimientos, y la que llevó al evangelista a reinterpretar una profecía antigua y le lleva a exclamar: “Belén no es ni mucho menos la última de las ciudades de Judá”. Aunque no sea la capital, es en ella donde ha nacido el Rey de los judíos.
A veces proyectamos sobre Dios simplemente nuestros deseos insatisfechos y lo imaginamos poseyendo todas las virtudes y grandezas que nosotros no tenemos. Creemos que Él es omnipotente, absoluto, inmutable, totalmente feliz y olvidamos que Él es uno de nosotros, que se ha manifestado en Jesús, nacido de una familia pobre, en una aldea perdida, en la periferia del imperio. ¿Dónde está Dios? Está en ti mismo, en tu fragilidad, en las heridas que llevas contigo, en tus frustraciones, en tu búsqueda de amor, en tu pobreza y sufrimiento, en tus ansias de liberación.
Al P. Chaminade le gustaba repetir que “vieron al Niño con María, su madre”. Dios está donde está María. La Familia Marianista quiere ser una realidad eclesial mariana en la que sea fácil encontrar a Dios, porque en ella se viven las actitudes que agradan a Dios y hacen que Él se encuentre a gusto: la cordialidad, la hospitalidad, la acogida, la fe que asume riesgos, la cercanía a los pobres y necesitados. La Familia Marianista será un signo de la presencia del Señor si cambia nuestras vidas. Los Magos volvieron a sus países de origen, pero por un camino distinto. El encuentro con el Señor no cambiará las circunstancias externas en las que vivimos, pero sí cambiará nuestro corazón de manera que vivirá transformado por el amor de Dios. En esta eucaristía presentemos al Señor nuestras vidas como el mejor regalo que podemos ofrecerle, para que Él las transforme y nos haga testigos de su presencia en el mundo.
Lorenzo Amigo
05-01-06, 10:16:05
8 de enero de 2006
EL BAUTISMO DE JESÚS
ÉL OS BAUTIZARÁ CON ESPÍRITU SANTO
La Iglesia siempre ha puesto como condición del bautismo la existencia de la fe en Cristo Jesús, ya sea en la persona que pide el bautismo o en los padres que lo piden para su hijo con el compromiso formal de educarlo en la fe cristiana. Al inicio de la Iglesia el bautismo suponía la entrada en un grupo especial que vivía unos valores distintos a los del imperio. Con la cristiandad, se empezó a bautizar a los niños pues se suponía que vivían en un ambiente de fe cristiana, animado por los valores del Evangelio. Hoy día ya no existe ese ambiente de cristiandad sino que la fe cristiana es una alternativa a la cultura dominante de nuestro mundo.
Todo la teología del bautismo está concentrada en el gesto y las palabras que lo acompañan. Pero no siempre el mensaje es claro para los oyentes. Reducido muchas veces a fiesta familiar, la incorporación a la Iglesia del nuevo miembro apenas cala en la conciencia de las personas. Y de hecho muchos padres no aparecen por la Iglesia de nuevo hasta el momento de preparar la primera comunión. Uno pertenece a una asociación en la que apenas participa de su vida. Y, sin embargo, el bautismo, desde el inicio de la Iglesia, era el signo de incorporación y de comunión con la vida y los valores de esa comunidad, tan distinta de otras del imperio, en la que uno quería realizar la existencia.
Por el bautismo participamos de la muerte y resurrección de Cristo y somos transformados en una criatura nueva, hijos de Dios, constructores del Reino. Al principio el bautismo se hacía en una piscina por inmersión. Hoy día el gesto ha quedado reducido a derramar un poco de agua sobre la cabeza de manera que no aparece claro lo que queremos expresar con ese signo sacramental. La mayoría piensa en lavar el pecado original y cree que el pecado es simplemente una mancha. Algunos más enterados verán en el agua el origen de la vida. Muy pocos serán conscientes del drama que se representa en el signo bautismal: nada menos que la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo. Es del misterio Pascual del que brota la nueva vida, la nueva creación.
Jesús en su bautismo inaugura la irrupción del Reino de Dios y anticipa su Pascua, su éxodo, su ruptura con un mundo viejo y de pecado, para abrirse a la novedad del Reino (Mc 1,6-11). Hasta entonces Jesús había vivido tranquilamente junto a su madre en Nazaret. Pero el anuncio del Reino de Dios proclamado por Juan Bautista le hizo entrar en crisis y buscar una vida nueva. Dejó los valores tradicionales de la familia y la propiedad y se abrió a los valores del Reino que Él proclamará en las bienaventuranzas. Dejó una familia humana para crear en torno a Él una nueva familia de los que hacen la voluntad del Padre.
Jesús indicó esa ruptura con su bautismo. Se hizo solidario con toda la masa de pecadores que se hacía bautizar para prepararse a la venida del Reino. Tomó sobre sí el pecado del mundo para sepultarlo en su muerte y sepultura. El meterse en el agua hasta por encima de la cabeza representaba la muerte y sepultura. En cambio el salir del agua representa la resurrección. Por eso es al salir del agua cuando se produce esa revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos. Es introducido así en el mundo nuevo del Reino en el que todos somos hijos en el Hijo.
¿Qué ha sido de nuestro bautismo? Quizás todavía no hemos sido del todo conscientes de su significado. Nunca es tarde para enterarse y descubrir la maravilla que llevamos en nosotros. No podemos seguir viviendo en un mundo anticuado, con unos valores ya caducos, sino que debemos vivir como ciudadanos del Reino, que dan sentido a sus vidas mediante los valores evangélicos.
Lorenzo Amigo
11-01-06, 19:19:01
15 de enero de 2006
Segundo Domingo Ordinario
VENID Y LO VERÉIS
Hay acontecimientos en nuestra vida que nos han quedado grabados de forma imborrable en nuestra memoria de manera que se puede recordar hasta los mínimos detalles. Se trata sobre todo de experiencias que han marcado nuestra vida, que han hecho historia. Comportaron, sin duda, decisiones que han condicionado el devenir de nuestra existencia y que nos han cambiado. No hay que confundir estas acciones importantes simplemente con las experiencias intensamente excitantes, como hoy día tiende a hacerse. Muchas de estas experiencias, pasado un cierto tiempo, no significan nada para nosotros y no nos han transformado.
La vocación, al matrimonio, a la vida religiosa o al sacerdocio, suele comportar varios acontecimientos y experiencias de este tipo. Se trata de realidades vividas y no simplemente pensadas o deseadas. A través de ellas hemos salido de nosotros mismos y nos hemos abierto al futuro de Dios. Para poder abrirse a la novedad es necesario estar en una actitud de búsqueda y no cómodamente instalados en la realidad.
Dos de los primeros discípulos de Jesús tuvieron ese encuentro inolvidable que les marcará para el futuro. Abandonaron a su antiguo maestro, Juan Bautista, y se fueron con Jesús una vez que convivieron con él apenas unas horas (Jn 1,35-42). Curiosamente fue el mismo Juan Bautista el que les orientó hacia Jesús, sin querer retenerlos egoístamente junto a sí, sino buscando el bien de ellos.
Fue tal el impacto que causó Jesús en ellos, que Andrés inmediatamente se lo comunicó a su hermano Simón Pedro. El encuentro con el Mesías llenó de tal alegría su vida que no se lo pudo callar. Quiso compartirlo con el más cercano y hizo que Pedro viniera a encontrarse con Jesús. Curiosamente Pedro no dijo nada ni sabemos qué es lo que experimentó, simplemente se quedó con el grupo. Pero Jesús lo empezó a considerar ya como la Piedra o fundamento de la futura comunidad de los discípulos una vez que Jesús haya desaparecido de entre ellos.
Hoy día nos interrogamos no sólo sobre la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas sino simplemente de cristianos. ¿Qué está pasando? Probablemente es la ausencia de invitación a “venid y veréis” o la pobreza de experiencia de fe de nuestras comunidades la causa del poco tirón que tenemos entre los jóvenes. La cultura actual es una cultura de la experiencia. Sólo cuenta aquello que se puede experimentar, ver, tocar, manipular y hacer interactivo. Sólo el compartir experiencias suscita la experiencia. ¿Tenemos alguna experiencia bella que compartir de encuentro con el Señor?
Las personas buscan encontrar al Señor, hacer una auténtica experiencia de Dios, pero una experiencia religiosa encarnada en la realidad de nuestro mundo, que no huya de los problemas en los que todos estamos inmersos. ¿Dónde existen esos laboratorios de experiencia cristiana en los que uno puede experimentar que el Señor sigue vivo entre nosotros?
En este mundo de la experiencia religiosa se necesitan guías, testigos y no tanto maestros. Los primeros discípulos se encontraron con Jesús porque en sus vidas hubo personas que los orientaron hacia Él. Hoy día necesitamos no tanto maestros sino testigos que nos inicien y acompañen en ese proceso de encuentro con el Señor. La Familia Marianista quiere ser uno de esos laboratorios de experiencia de Dios, de un Dios descubierto actuando en el mundo, que lucha por establecer su Reino y que tiene necesidad de nosotros para conseguirlo. En esta escuela de María no se aprenden ideas sino que se practica el seguimiento de Jesús, acompañados por aquella que fue la primera creyente, que vivió con tal intensidad el encuentro con Jesús que Este se hizo carne en sus entrañas. Experiencia intensa, pero sobre todo creadora de vida y de historia. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía nos transforme y haga de nosotros testigos creíbles que son capaces de decir a los demás: “venid y veréis”.
Lorenzo Amigo
18-01-06, 18:18:46
22 de enero de 2006
Tercer Domingo Ordinario
VENID CONMIGO Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES
¡Estamos en un mundo tan nuevo! Estoy en Francia como en una tierra extranjera. No sé casi qué decir ni qué hacer; por mi parte aguardo a que los acontecimientos me lleguen en vez de ir por delante de los acontecimientos. No tengo otra política que la de recurrir todos los días a la Santísima Virgen.
Fácilmente os habréis dado cuenta que el que habla no es un español de los de mi generación, que ha ido contemplando con estupefacción cómo ha ido cambiando el país en estos años de manera que casi resulta irreconocible. No. Se trata simplemente del Beato Chaminade, cuya fiesta celebramos hoy. Y no escríbía esto precisamente a la vuelta del exilio en 1800, después de la Revolución Francesa, sino al año siguiente de la revolución liberal de 1831. Probablemente las personas de edad tenemos la impresión de que los cambios se han acelerado de tal manera que es difícil seguirlos.
También Jesús tuvo la impresión de que el tiempo se había acelerado y que se había cumplido el plazo. La historia había salido de su letargo y de pronto el Reino de Dios, que había animado la esperanza del pueblo durante siglos, estaba finalmente cerca. De la noche a la mañana todos los valores anteriores que habían sostenido la vida de los hombres, y también la de Jesús, se habían vuelto viejos y pasados de moda porque había irrumpido otro tipo de valores acordes con los nuevos tiempos del Reino. Para estar a la altura de las circunstancias, no bastaba cambiar de manera de vivir externamente. Era necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. Hacía falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenazaba con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío y sin fundamentos. Pero no había alternativa. Para vivir la novedad de Dios había que morir a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.
El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en el Evangelio. Pero no se trata de una fe puramente doctrinal. En realidad el Evangelio es la Buena Noticia sobre la persona de Jesús, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Es sobre ese nuevo fundamento sobre el que el hombre va a construir su vida personal y comunitariamente. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos en estructuras nuevas. Ya no va a ser la Ley y las obras el sistema de referencia de la vida de las personas, sino la persona misma de Jesús, como revelación del amor de Dios que llama a construir una civilización del amor. Este va a ser el valor supremo. La nueva civilización no se basa ya en la propiedad privada, en el trabajo y en el sistema familiar cerrado, como sucedía en a sociedad de su tiempo, sino que crea un nuevo tipo de familia de los que hacen la voluntad de Dios y están dispuestos a compartir sus bienes.
Jesús invitó a sus discípulos a vivir con El y a ser pescadores de hombres (Mc 1,14-20). La relación fundamental de la persona no es la del trabajo, aunque éste sea necesario para vivir. No se trata de someter y transformar la naturaleza al servicio del hombre, se trata de construir un nuevo tipo de relaciones humanas entre los hombres. La red reúne los peces y los saca fuera del agua, lo cual supone su muerte. No así la misión que Jesús encarga a sus discípulos. Ciertamente se convoca y reúne los hombres, para que puedan tener vida. Son las relaciones humanas las que nos hacen personas.
El Beato Chaminade se dio cuenta de que los tiempos nuevos piden respuestas nuevas. En una civilización cada vez más individualista, centrada en la producción y consumo de bienes, la persona se pierde si no creamos una comunidad que pueda animar su fe. Por eso creó la Familia Marianista, para que fuera una comunidad en estado de misión permanente, que invitará a los hombres a reunirse para construir el Reino. Que el Señor y la Santísima Virgen nos hagan fieles al carisma de nuestro Beato Fundador.
Lorenzo Amigo
25-01-06, 18:40:14
29 de enero de 2006
Cuarto Domingo Ordinario
HASTA LOS ESPÍRITUS INMUNDOS LOS MANDA Y LE OBEDECEN
Vivo en el seminario marianista de Roma. En muchas de las conversaciones siento el lamento y las quejas sobre algunos profesores. También yo en mi tiempo de estudiante hacía lo mismo. Supongo que ahora mis alumnos se quejan de mí. La cantinela más repetida es que son aburridos, que son desordenados, que no dicen nada verdaderamente personal. Son simples repetidores de lo que han dicho otros. Algo parecido decían los contemporáneos de Jesús respecto a la mayoría de los maestros. En cambio de Jesús hacen una gran alabanza: “enseña con autoridad” (Mc 1,21-28). Los maestros de Israel se dedicaban a transmitir las opiniones existentes desde que Moisés recibió la Ley escrita y la ley oral en el Sinaí. Jesús en cambio se interesaba poco por esas cuestiones. Situaba al hombre ante Dios y no ante la Ley.
Jesús apela a la experiencia personal de cada uno en la que se muestran las grandes evidencias de la vida sobre la que hay que reflexionar y de la que hay que aprender. Mediante sencillas comparaciones o parábolas las personas cobraban conciencia del momento presente en el que está irrumpiendo el Reino de Dios: una lámpara no se coloca debajo de la cama sino en un candelero, una ciudad situada en el monte no se la puede esconder, el vino nuevo se vierte en odres nuevos, a un pantalón viejo no se le echa un remiendo nuevo. No hace falta estudiar mucho para percibir esas verdades. El Reino es como esa semilla que se siembra en tierra y que, sin saber uno cómo, va germinando hasta que de pronto se le ve echar un tallo y crecer. La gente estaba admirada y encantada con ese tipo de enseñanza.
Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. Jesús hacía las dos a la vez. Anunciaba la venida del Reino de Dios y lo hacía presente mediante sus acciones proféticas, que llamamos milagros. El Reino de Dios, el que Dios reine, supone la felicidad de las personas. Por eso tienen que desaparecer las enfermedades que impiden al hombre vivir en plenitud. Si Dios reina, ningún otro poder puede usurpar el señorío de Dios. Pero de hecho existen muchos poderes que mantienen al hombre esclavo. Unos son poderes más fáciles de ver, otros son más oscuros y no se dejan señalar fácilmente. Los antiguos creían que todas las fuerzas del mal eran manejadas por el demonio. Él es el poder fáctico en la sombra, que mueve los hilos de todos lo poderes enemigos del hombre. Algunas veces el demonio daba claramente la cara. Jesús combatió contra todos los poderes que esclavizan al hombre y expulsó también los demonios.
¿Cuáles son los demonios que mueven hoy día desde la sombra las cuerdas de las estructuras de pecado existentes que hacen infelices a los hombres? El mayor éxito del demonio es habernos hecho creer que no existe. Hemos interiorizado hasta tal punto este tipo de sociedad y de cultura en que vivimos que ya no somos capaces de salir de este círculo infernal, ni tan siquiera de darnos cuenta que somos sus prisioneros. Incluso cuando queremos romper con ella, ella sigue actuando en nosotros en las soluciones que proponemos como alternativas. Hace falta verdaderamente un exorcista venido de otro planeta que nos muestre la irracionalidad de la cultura en que vivimos, nos libere de su fascinación y nos haga libres para construir otra civilización, una civilización del amor.
¿Quién me liberará de esta cultura de muerte y de esta mentalidad contra la vida? Tan sólo el que venció la muerte y las fuerzas que la producen, y nos dio la vida. Tan sólo Jesús, que tuvo el coraje de poner en cuestión radical la cultura de su tiempo y ofrecer una alternativa viable, puede liberarnos. Los primeros cristianos lo entendieron así y intentaron ser comunidades alternativas y de contraste. Desgraciadamente la cultura dominante se coló de nuevo en el cristianismo y cada uno es hijo de su cultura. Al menos seamos lúcidos e intentemos vivir de manera profética denunciando la injusticia y anunciando siempre la esperanza del Reino. Es esa esperanza la que celebramos en la Eucaristía, pues el Señor es capaz de salvarnos de todos los poderes de muerte y hacer de nosotros signos de vida nueva.
Lorenzo Amigo
01-02-06, 20:53:49
5 de febrero de 2006
Quinto Domingo Ordinario
AL SERVICIO DE LA MISIÓN
Cuando a uno le encargan una misión delicada, se le da prioridad absoluta, y se dedica uno de cuerpo y alma a ella. Uno se la estudia y se la prepara a conciencia. No se deja distraer por otras tareas. Intenta realizarla a la perfección. Jesús tiene conciencia de haber sido enviado por el Padre con la misión de anunciar el Reino y hacerlo presente con sus palabras y con sus obras (Mc 1,29-39).
Jesús de Nazaret tenía una agenda con programa siempre apretado. Por la mañana en la sinagoga, en donde cura un leproso, después comida en casa de Pedro. Pero ahí viene la sorpresa, la cocinera, la suegra de Pedro, está en cama con fiebre. Se corre el riesgo de no comer. Jesús, mensajero del Reino y de la felicidad, interviene a su favor. Simplemente cogiéndola de la mano la levanta. Jesús es uno que levanta a todos los que están postrados y deprimidos incapaces de ser útiles. La suegra se levantó y los servía, preparándoles la comida. Así es la venida del Reino. Cambia totalmente la situación de las personas. Personas, que antes no servían para nada, ahora sirven a los demás.
A la puesta del sol, al empezar el nuevo día, la gente que se ha enterado del milagro, trae todos los enfermos y poseídos del demonio. Jesús curó a muchos, pues reparte a manos llenas lo que ha recibido del Padre. Todos contentos de ver los progresos del Reino, sobre todo los enfermos que estaban imposibilitados de disfrutar de la vida.
Jesús podía irse tranquilo a dormir. Pero en realidad durmió poco. De madrugada se marchó a un descampado y allí se puso a orar. Sólo orando se puede entrar en el corazón de Dios y ver las cosas como Él las ve: con un corazón amoroso de Padre, que sufre al ver las desgracias de sus hijos. Jesús hace suyo ese sufrimiento de Dios y el sufrimiento de los hombres. Pero no se lanza frenéticamente a hacer curaciones para solucionar los problemas de todos los hombres. Dedica tiempo a la oración para descubrir su misión e identificarse con ella. Sólo así se liberará de la tentación del activismo y de querer vivir en olor de multitudes.
Sus discípulos, en cambio, vienen a por él porque la gente se había puesto a buscarlo. Había encontrado una persona milagrera y no se la podían dejar escapar. Ella tenía la solución de todos sus problemas, sin tener que hacer ningún esfuerzo ni El ni ellos. La verdad es que las personas buscan a aquél que saben que busca a Dios en la oración. Saben que uno que busca a Dios se encuentra con el hombre necesitado. Pero Jesús no se deja atrapar por deseo de curar a todos. Sabe que la misión que el Padre le ha confiado es más compleja y difícil. Hay que anunciar la Buena Noticia también en los demás pueblos. El evangelio no puede ser la solución sólo para unos grupitos de personas. Tiene un alcance universal. Lo primero que tiene que hacer es anunciarlo.
Es llamativo lo bien que Pablo asimiló esa conciencia misionera (1 Cor 9,16-23). También él está en misión, no por propia iniciativa, ni por el gusto de viajar por el mundo, sino simplemente porque le han confiado un encargo. Por eso tiene que realizarlo, incluso sin gusto y a pesar suyo. Es simplemente la conciencia de la responsabilidad y de la palabra dada. Bueno, y ¿cuál va a ser la paga? Ninguna. El anuncio del evangelio es un trabajo impuesto como el de un esclavo que no puede reclamar un salario a su Señor. Ni tan siquiera puede pedir que se lo agradezcan. Ha hecho lo que tenía que hacer. ¿Cuál es pues su recompensa? De manera provocativa Pablo dice que consiste en anunciar el evangelio gratuitamente renunciando a sus derechos.
Una persona libre como él se ha hecho esclavo, adaptándose a los demás. Así ha visto su vida transformada por ese evangelio que anuncia gratuitamente a los demás viviéndolo él mismo. Sí, la recompensa de anunciar el evangelio es darse cuenta que uno tiene que predicar con el ejemplo, y esa vivencia del evangelio te transforma, te hace ver la vida de otra manera. La libertad ya no es llevar uno la iniciativa en la vida sino estar disponible a lo que Dios y los demás pidan de uno.
Lorenzo Amigo
08-02-06, 09:23:40
12 febrero de 2006
Sexto Domingo Ordinario
SE ACERCÓ A JESÚS UN LEPROSO
Hasta 1990, para mí los leprosos eran la película de Molokai y el P. Damián. Es verdad que los novicios marianistas me hablaban de sus experiencias veraniegas en Fontilles. Pero aquel año mi querido P. Buenaventura Barrón, mi hermano maestro de noviciado en mi juventud, me llevó a la leprosería de Aimores en Brasil. Él los visitaba cada semana, hablaba con ellos y celebraba la eucaristía en el corredor del hospital para que muchos pudieran seguirla desde sus camas manteniendo la puerta abierta. Viendo los besos y abrazos que prodigaban al P. Buenaventura, recordé el beso de San Francisco al leproso y también yo empecé a besar aquellos cuerpos mutilados.
Diez años más tarde repetiría la misma experiencia en la India junto con los jóvenes prenovicios marianistas. Como primera experiencia se les ponía a trabajar un mes entre los leprosos. Lo pasaban muy mal y era importante que perdieran el miedo viendo también a los marianistas adultos cercanos a estos enfermos. Allí el riesgo del contagio es mayor y por eso me dijeron que simplemente les saludara.
No puede uno menos de admirar la libertad con que Jesús se mueve entre las personas marcadas por la enfermedad o por la vida (Mc 1,40-45). Ni él tiene miedo de acercarse a los leprosos, ni los leprosos respetan la prohibición de acercarse a los hombres. Algo importante está ocurriendo con la venida del Reino de Dios, como algo importante sucedió cuando los médicos y enfermeras se atrevieron a tratar el sida y todos nosotros le perdimos el miedo. Ser excluido de la sociedad de los hombres como el leproso era ser condenado ya a muerte. ¿Cómo curarte si no te dejan ir al encuentro de los que te pueden curar? Desgraciadamente en la vida social empleamos demasiadas veces la terminología médica: extirpar, arrancar de raíz. Todo ello se traduce en la terrible exclusión que experimentan muchos hermanos nuestros.
Son nuestros miedos irracionales los que tantas veces no nos permiten vivir en paz juntos. Imaginamos al otro como una amenaza para nuestra vida, para nuestro bienestar. Unas veces la amenaza viene de los enfermos, otras de los pobres, otras de los emigrantes, otras de los que tienen otra religión. Todos son miedos que no nos dejan ser felices y que colocan al hombre contra el hombre.
Las personas en la antigüedad veían en esas enfermedades el castigo de Dios por los pecados.
Jesús, en cambio, se solidariza con todos los que sufren y hace suyo el sufrimiento de los demás. Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros pecados. A la petición del leproso, no le pone ninguna condición ni exigencia previa. Jesús lo cura porque ve que el leproso quiere ser curado y tiene confianza en el poder de Jesús. Luego sí, le recomienda que siga los pasos marcados por la Ley para poder de nuevo reintegrarse plenamente a la comunidad humana.
Son nuestros miedos personales los que tantas veces nos paralizan en nuestra vida y nos impiden integrarnos totalmente en la familia, en la comunidad, en la sociedad. A veces nos refugiamos en nuestra madriguera a rascar nuestras heridas. Necesitamos que alguien nos libere de esa lepra interior y nos integre de nuevo en la comunidad de los salvados. Es nuestro pecado el que no nos permite estar en comunión con los demás y con Dios. Pidámosle a Jesús en esta Eucaristía que nos sane de nuestras enfermedades y nos ayude a ser instrumentos de paz y reconciliación en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
15-02-06, 09:58:16
19 de febrero de 2006
Séptimo Domingo Ordinario
TUS PECADOS QUEDAN PERDONADOS
Cada vez nos damos más cuenta que la salud es una realidad integral, que afecta al cuerpo y al espíritu, a esa unidad inseparable que es la persona humana. Más aun, también la realidad ambiental y social condicionan nuestra salud y nuestra enfermedad. Hay ambientes malsanos y muchas veces tenemos la impresión de que es la sociedad la que está enferma y hace que nosotros enfermemos. El hombre antiguo y Jesús intuían esas realidades de manera más o menos confusa.
Jesús aparece continuamente curando enfermos. Las personas buscan ser liberadas de sus enfermedades, sin importarle mucho qué tipo de remedios se les da. Lo importante es sanar. Pero Jesús no se queda simplemente en el tratamiento de los síntomas. Va directamente a las causas. La mentalidad primitiva pone la enfermedad en relación con el pecado. En el fondo hay la convicción de que Dios quiere que el hombre sea feliz. Si hay alguno que sufre, es porque existe el pecado. Jesús tendrá que luchar contra esta concepción simplista y descubrirá un sentido más profundo en la enfermedad: es la ocasión para que las obras de Dios se manifiesten, para que a través de su persona aparezca claro que Dios está luchando constantemente contra el mal.
En el evangelio de hoy Jesús cura un paralítico (Mc 2,1-12). Pero curiosamente comienza perdonándole los pecados, porque en una concepción integral del hombre, la enfermedad no afecta sólo al cuerpo sino también al espíritu. Y la peor enfermedad espiritual es el alejamiento y enfrentamiento contra Dios. Al perdonar los pecados, Jesús va más allá de lo que cualquier otro curandero hubiera osado hacer. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Era lo que los profetas anunciaban para los tiempos mesiánicos, cuando Dios derramaría su Espíritu sobre los hombres. Lo maravilloso, la cosa nueva que anunciaba el profeta (Is 43,18-19) ha tenido lugar en Cristo Jesús. En Él Dios ha manifestado su “sí” incondicional al hombre. En Jesús, todas las promesas de Dios han tenido su cumplimiento. Eso no lo pueden admitir los letrados de Israel.
Jesús perdona los pecados al ver la fe que tenía aquel grupo de compañeros del paralítico que hacen lo imposible para colocar el enfermo ante Jesús. Hay entornos sociales que salvan, que producen vida. La Iglesia es esta comunidad de los que han sido perdonados y, por tanto, salvados. Tiene como misión hacer presente en el mundo esta reconciliación del hombre con Dios y del hombre con los demás hombres. Un cristiano cabal, Adolfo Suárez, ante el obispo que venía a visitarle en la enfermedad, dijo: yo estoy siempre dispuesto a perdonar y a pedir perdón. Es en esta línea en la que Juan Pablo II situó la Iglesia durante el gran Jubileo del año 2000. Sólo pidiendo perdón por las culpas y pecados cometidos durante el pasado y durante el presente, la Iglesia puede invitar al perdón y dar el perdón.
El mismo Juan Pablo II vinculó el problema de la paz al perdón. Es el perdón el que puede romper esa cadena de venganza con la que nos ha atado el terrorismo. Sólo superando la tendencia al “me la has hecho, me la pagarás”, es posible avanzar hacia la construcción de una sociedad en paz. En esta sociedad multicultural en la que estamos viviendo, las ofensas mutuas, contra la religión o contra la libertad, van a ser continuas. Tan sólo con una disposición incondicional a pedir perdón y a perdonar podremos vivir en paz juntos.
Curado el hombre en su raíz, en su espíritu, es fácil hacer que el paralítico se levante y ande. Esta humanidad postrada que encontramos tantas veces por nuestros caminos sigue necesitando, como decía el poeta “una mano piadosa, que le diga: levántate y anda”. Que la celebración de esta eucaristía nos dé la fuerza para seguir adelante en la búsqueda de caminos de reconciliación y curación de nuestros resentimientos y enfrentamientos.
Lorenzo Amigo
22-02-06, 09:01:23
26 de febrero de 2006
Octavo Domingo Ordinario
A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS
Durante los últimos cuarenta años, a partir del Vaticano II, la Iglesia está haciendo un esfuerzo de serio de renovación. No se trata de una simple puesta al día para adaptarse a la situación de un mundo siempre cambiante al que hay que anunciar el Evangelio. Está más bien en juego la fidelidad a la misión que el Señor le ha confiado: ser sacramento de salvación, hacer presente en el mundo de manera creíble el amor de Dios. El papa nos lo ha recordado en su encíclica “Dios es amor”. Aunque el camino ha sido difícil y queda mucho por andar, nos damos cuenta que la Iglesia se ha renovado en el Espíritu y que cosas que hace cincuenta años parecían impensables, no sólo en nuestro país, hoy día son una realidad vivida por los creyentes, por los fieles y por sus pastores.
De manera especial el evangelio de hoy (Mc 2,18-22) nos sigue invitando a esta renovación de la vida eclesial y de sus estructuras. El papa recordaba las tres dimensiones de la vida de la Iglesia: comunión vital y servicial, anuncio del Señor Resucitado, celebración litúrgica de la salvación. El concilio no tuvo tiempo para pastoral renovada, pero indicó las líneas generales. Probablemente es imposible hacer un proyecto pastoral para toda la Iglesia, dada la diversidad de situaciones. Algo, sin embargo, intentó formular Juan Pablo II con motivo del nuevo milenio, invitando a toda la Iglesia a contemplar el rostro de Cristo y lánzándola a la nueva evangelización.
Como dice el Evangelio, el vino nuevo pide odres nuevos. La nueva concepción de la Iglesia comunión exige que se traduzca en la práctica esa realidad. Debe ser toda la comunidad eclesial la protagonista de esa evangelización y no sólo un grupo de selectos, sacerdotes, religiosos o movimientos eclesiales. Es necesario ante todo construir la comunidad eclesial, la comunidad parroquial de manera que como soñaba el P. Chaminade “ofrezcamos el testimonio de un pueblo de santos”.
A pesar de tantos esfuerzos y búsquedas, no acabamos de traducir en la práctica esa nueva evangelización como un proceso catequético continuo. Desgraciadamente la catequesis sigue siendo demasiado dependiente de los sacramentos de la iniciación cristiana. Tan sólo en la medida en que seamos capaces de crear una parroquia, “comunidad de comunidades”, en las que se vive, se comparte y se forma continuamente en la fe, podremos resituar los sacramentos dentro de ese proceso de fe. Por eso son tan importantes las Comunidades Laicas Marianistas. Ayudan a formar creyentes y no simplemente a tener feligreses que consumen semanalmente sacramentos. Un cristianismo basado en el precepto de oír misa los domingos, tomado a la letra, no nos va a llevar muy lejos. Es necesario abrirse a la acción del Espíritu. Tan sólo así tendremos unas comunidades creíbles, que son nuestra mejor carta de presentación (2 Cor 3,1-6).
A la hora de evangelizar el mundo, la carta a jugar es la de la caridad servicial. El papa recuerda que hasta el emperador Juliano el Apóstata captó esta novedad cristiana. Era ese nuevo sistema social basado en el amor y en la comunicación cristiana de bienes el que atraía los paganos hacia el cristianismo. En nuestro mundo de la abundancia, la realidad de la miseria crece cada día más. Por eso la caridad cristiana que impulsa a luchar por la justicia, pero al mismo tiempo da respuestas concretas a las necesidaes urgentes, es la manera de testimoniar el amor de Dios: “nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16). Lo experimentamos en los gestos concretos de las personas que Él pone a nuestro lado, en las palabras que El habla a nuestro corazón (Os 2,14-20).
Que la celebración de la Eucaristía nos abra al amor, porque como dice la canción: “amando, el mundo se renueva, la vida siempre es nueva, siempre es nuevo el amor”.
Lorenzo Amigo
01-03-06, 17:48:20
5 de marzo de 2006
Primer Domingo de Cuaresma
CONVERTÍOS Y CREED EN LA BUENA NOTICIA
Cuando hay que realizar una misión importante, uno se toma unos días tranquilos para ir programando los objetivos y los medios que hay que emplear para lograrlos. Jesús asumió en el momento de su bautismo la misión de anunciar el Reino de Dios e inmediatamente se retiró al desierto para poder estar a solas y pensar bien esa misión. Desgraciadamente no pudo gozar de mucha tranquilidad a causa de las alimañas, de los ángeles y del demonio. Sobre todo éste se pasó el tiempo tentándolo (Mc 1,12-15).
El evangelio de Marcos, que leemos este año, no nos dice en qué consistían las tentaciones que le proponía el demonio. En cambio, Mateo y Lucas nos describen las tres tentaciones de Jesús: convertir las piedras en pan, echarse del pináculo del templo, sin pasarle nada, adorar a Satanás que le dará todos los reinos de la tierra (Mt 4,1-11). Éstas pueden ser tentaciones que todos experimentamos, y otras tantas más. Durante cuarenta días hay tiempo para que a uno le asalten un montón de tentaciones. Por eso Marcos prefiere no detallar ninguna. En una ocasión Jesús mandó a paseo a Pedro y le llamó “Satanás, porque tus miras no son las de Dios, sino las de los hombres” (Mc 8,33). Jesús acababa de anunciar su pasión y Pedro, que lo había reconocido poco antes como Mesías, no quería oír hablar de fracaso. Las personas queremos tener éxito en las misiones que nos encomiendan.
Jesús durante su estancia en el desierto debió debatirse entre dos alternativas mesiánicas, liberadoras de los hombres. Una era simplemente política y humana, la que le proponía Satanás, otra, la de Mesías sufriente, según el plan de Dios, a cuyo servicio están sus mensajeros los ángeles. Jesús se pasó un tiempo discerniendo y finalmente tomó la decisión de ponerse al servicio del Reino de Dios, invitando a la conversión y a creer en el evangelio. Rechazó las realizaciones espectaculares demasiado humanas y aceptó que su fracaso, a los ojos de los hombres, fuera el triunfo de Dios, que salvaba el mundo.
Los cristianos hemos tomado la misma decisión que Jesús en nuestro bautismo. La carta de Pedro (1 Ped 3,18-22) hace alusión a ello. En el bautismo hemos renunciado a Satanás y hemos proclamado nuestra fe en Jesús. La conversión, a la que invita Jesús, implica esa ruptura con la vida anterior basada en miras puramente humanas. Creer en el evangelio significa creer en Jesús, pues Él es la Buena Noticia. Durante la cuaresma, una vez más la Iglesia nos propone el seguimiento de Jesús a través de las diversas fases de su vida pública, que comienza con el bautismo y las tentaciones y concluye en Jerusalén con su muerte y su resurrección.
Para andar ese camino, la Iglesia nos ofrece tres ayudas para centrar nuestras vidas en ese seguimiento: la oración, la limosna y el ayuno. Las tres son necesarias y no se pueden separar unas de otras. El miércoles de ceniza hemos escuchado el evangelio que nos las recuerda (Mt 6,1-6.16-18). Las tres nos sitúan ante Dios y no ante la galería de los hombres, para ser unos comediantes hipócritas. Es decir, estas tres ayudas funcionan si buscamos la conversión. Si no queremos convertirnos, no sirven para nada. En realidad a Dios se le encuentra tanto en la tristeza del ayuno como en la alegría de la fiesta
La oración nos permite entrar en el corazón de Dios y ver la vida, las personas y las situaciones del mundo como Él las ve. Así podemos acoger el proyecto de Dios sobre nosotros, la misión que Él nos confía. La limosna nos abre a los demás. A través del don material queremos dar nuestra propia vida como Jesús. Por eso hay que dar de lo necesario para la vida y no simplemente de lo superfluo. El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de nuestra libertad, a darnos cuenta que no somos nuestras necesidades, sobre todo ese montón de necesidades que la cultura actual ha creado artificialmente. Sólo desde una libertad que se ofrece al servicio de los demás podemos encontrarnos verdaderamente con Dios.
Que la celebración de esta eucaristía nos conceda la gracia de saber discernir bien en nuestras vidas en seguimiento de Cristo.
Lorenzo Amigo
09-03-06, 08:27:19
12 de marzo de 2006
Segundo Domingo de Cuaresma
QUÉ SIGNIFICA RESUCITAR DE ENTRE LOS MUERTOS
No deja de ser llamativo el que en las encuestas sobre la fe de los españoles, aunque una gran mayoría se confiesa creyente, sin embargo, tan sólo la mitad cree en la resurrección de los muertos. Son muchos los que creen que después de la muerte no hay nada o que existe la reencarnación y uno vuelve a vivir otra existencia en la tierra.
La fe bíblica en la resurrección de los muertos proclama que viviremos con Dios, una vez transformada nuestra realidad corporal. La corrupción de la tumba no es la última palabra sobre nuestro destino. La vida después de la muerte pertenece al patrimonio de la humanidad. Lo específicamente cristiano es presentar esa transformación como una resurrección, como una nueva creación. Al principio no fue fácil, para los cristianos de cultura griega, aceptar esa fe. En la discusión de los discípulos, después de la transfiguración de Jesús, sobre “qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos” (Mc 9,1-9) afloran las dificultades que tuvieron los primeros cristianos.
Curiosamente los discípulos acababan de ver a Jesús transfigurado, transformado, es decir resucitado de manera anticipada, pero no habían comprendido nada. De nada les había servido contemplar la gloria radiante del Señor. Habían estado en el mundo de los amigos de Dios, Moisés y Elías, e incluso habían escuchado la voz del Padre declarando solemnemente que Jesús era su Hijo amado, al que había que escuchar, pero no se habían enterado de nada. Habían experimentado, sí, que allí se estaba muy bien, que aquello era el cielo, pero habían sentido un cierto miedo, el de estar demasiado cerca de lo divino.
Cuando Jesús decidió ir a Jerusalén a confrontarse con las autoridades, sabía a lo que se exponía. Los discípulos creían ingenuamente que iba a hacerse con el poder. Jesús previendo el escándalo de su fracaso quiso manifestarles que aquel fracaso era precisamente el camino para el triunfo de la resurrección. La maldad humana no puede hacer fracasar el plan de amor de Dios Padre respecto al mundo (Rm 8,31-34). Ese amor Dios manifestado en la entrega de su Hijo es causa de vida y de resurrección. No entenderemos nunca muy bien qué significa ese resucitar de entre los muertos, pero confiamos en la promesa de Dios Padre que resucitó a Jesús. En Él todos hemos resucitado. Todos hemos vencido el miedo a la muerte. Todos hemos triunfado sobre el pecado y el odio. Todavía estamos expuestos a sus zarpazos, pero sabemos que nada nos puede separar del amor de Dios.
También Abrahán venció el miedo a la muerte, cuando Dios le pidió que sacrificara a su único hijo (Gn 22,1-18). Su obediencia a Dios hasta la muerte se basa en la fe en que Dios es capaz de resucitar a los muertos. Dios es el Dios de la vida que un día llamó al mundo a la existencia, cuando no existía nada. Por eso le resulta todavía mucho más fácil resucitar a los muertos. Ese Dios del amor, que ha hecho una alianza de amor con el hombre, no se complace en la muerte del hombre sino en que tenga vida plena. Él sometió a prueba la fe de Abrahán para ver si verdaderamente amaba a Dios por sí mismo o si lo amaba porque en la vejez le había dado un hijo. Abrahán estuvo a la altura de las circunstancias y mostró que para él el único absoluto es Dios.
Fue la obediencia filial de Jesús la que permitió que el Padre lo entregara por nosotros. Pero aquí Dios no le ahorró la muerte como en el caso de Isaac. Jesús afrontó su muerte confiado totalmente en el Padre. A causa de esa obediencia amorosa, Jesús es la persona a la que debemos escuchar, a la que debemos obedecer, porque es Él el que nos enseña a abrirnos al Padre. Nuestra vida así se va transformando, se va transfigurando. Vamos dejando que la fuerza del resucitado se despliegue en nosotros. Que la celebración de esta eucaristía nos dé fuerza para seguir adelante en nuestro camino cuaresmal.
Lorenzo Amigo
15-03-06, 12:30:21
19 de marzo de 2006
Tercer Domingo de Cuaresma
JESÚS HABLABA DEL TEMPLO DE SU CUERPO
La Iglesia en el Vaticano II aceptó la autonomía de las realidades temporales y renunció a toda pretensión de imposición y de poder temporal. Durante años vivimos una situación de secularización exacerbada, que ingenuamente creía que la religión iba a desaparecer con la generalización de la mentalidad científica y técnica. Gracias a Dios las aguas están volviendo a sus cauces. No se trata de volver a situaciones pasadas sino de situar la experiencia religiosa y cristiana en un nuevo contexto. La secularización ha producido una purificación de nuestra fe, purificación que era necesaria, pues se nos habían adherido tantos elementos extraños e incluso habíamos identificado nuestra fe con formas de vivirla que tienen poco de cristiano.
Esa gran purificación de la fe había sido el centro de la vida de Jesús, continuando la obra emprendida hacía siglos por los profetas. Éstos habían criticado un culto puramente exterior y habían insistido en la necesidad de vivir la alianza con Dios, siendo fieles a sus exigencias formuladas en el Decálogo (Ex 20,1-17). En tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén era el símbolo de la presencia de Dios entre su pueblo. La realidad de Dios y la relación con Él se habían materializado excesivamente, encarnándose en unos lugares, espacios y prácticas, que sin duda son necesarias, pero que no deben ocupar el puesto de Dios. Cuando el templo ocupa el puesto de Dios, el hombre lo manipula para sus intereses y llega a hacer de la casa de Dios un mercado (Jn 2,13-25).
Jesús afirmará que Dios es espíritu y que los verdaderos adoradores han de adorar a Dios en espíritu y verdad (Jn 4,23). El lugar del encuentro con Dios ya no es un templo de piedras, sino el cuerpo de Jesús, entregado a la muerte y resucitado. Es ahí donde Dios se nos hace presente y nos convoca. Los cristianos ya no tendrán templos sino que ellos mismos serán Iglesia, es decir, reunión de los convocados por la Palabra de Dios, que anuncia la Buena Noticia del Resucitado. Por eso se reunían en las casas particulares para celebrar la cena del Señor. Con el tiempo también los cristianos hemos construido iglesias, no para aprisionar a Dios en ellas, sino para reunirnos, sentirnos comunidad y celebrar el memorial de Jesús.
Jesús muerto y resucitado el centro de la fe cristiana. No podemos sorprendernos del escándalo de judíos y gentiles ante la nueva imagen de Dios revelada en Cristo Jesús (1 Cor 1,22-25). La fuerza y la sabiduría de Dios quedaban puestas en entredicho por el hecho de la cruz de Cristo. Sin embargo, para el creyente, es ahí donde se revela el verdadero Dios. No es un Dios fruto de la imaginación humana y de nuestros deseos insatisfechos, sino el Dios que está cuestionando constantemente nuestra historia y la somete a la subversión, a una verdadera inversión de los valores. La cruz de Cristo es la instancia crítica que debemos aplicar a todas las magnitudes humanas. Sólo así se produce la auténtica liberación del hombre.
Nuestra cultura individualista y secularizada, en su deseo de purificar la fe, ha querido barrer de nuestro mundo toda huella de la presencia de Dios y de sus exigencias comunitarias y sociales. Así se ha llegado a una fe intimista y privatizada que suele tener poco impacto en la vida de las personas y de la sociedad. En cierto sentido ha reducido la fe cristiana a un sentimiento interior que no se traduce en la vida. Ha olvidado la dimensión profética de la alianza con Dios. El Decálogo (Ex 20,1-17) formula en primer lugar las fronteras de esa alianza. Fuera de esas fronteras ya no vive uno en alianza con Dios sino que se ha forjado otros dioses que nos sacan de nuestra verdadera patria. Pero el Decálogo formula también los grandes valores que hacen posible vivir una vida conforme a la alianza y que nos sitúan ante Dios y ante nuestro prójimo. Sin esos grandes valores, no es posible la realización de la persona ni la implantación de un orden social justo. Que la celebración de esta eucaristía nos haga entrar en la nueva alianza en la sangre de Cristo.
Lorenzo Amigo
22-03-06, 09:00:19
26 de marzo de 2006
Cuarto Domingo de Cuaresma
DIOS NO MANDÓ SU HIJO AL MUNDO PARA CONDENAR EL MUNDO
Las relaciones de la Iglesia con el mundo moderno han estado marcadas por la oposición y por la pretensión de la Iglesia de querer seguir ejerciendo sobre el mundo un poder al menos espiritual. Se quiere decirle al mundo cuál es la verdad y, por tanto, qué es lo que tiene que hacer. La Iglesia se consideraba una realidad independiente del mundo, colocada enfrente de él. Tan sólo el Vaticano II cambió la perspectiva. No existe la Iglesia y el mundo sino la Iglesia en el mundo. El mundo deja de ser una realidad enfrentada a la Iglesia para ser una dimensión de la misma Iglesia. La Iglesia sólo existe en cuanto evangeliza el mundo. La Iglesia está al servicio del mundo para transmitirle el evangelio y acompañarlo en su peregrinación hacia Dios. La Iglesia no está para pronunciar anatemas sobre el mundo, pues Dio no envió su Hijo al mundo para condenarlo sino para que se salve (Jn 3,14-21).
El Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Dios es amor”, ha querido volver a esta verdad fundamental y animar a los cristianos a ser testigos del amor de Dios en el mundo y estar al servicio del mundo mediante las obras de la misericordia y del amor. No se debe, sin duda, olvidar las exigencias de la justicia, pero hay que ir siempre hasta el final, amar hasta el extremo, como Jesús (Jn 13,1). Fue en la escuela de Jesús donde los primeros cristianos aprendieron lo que significa el amor cristiano: “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él (1 Jn 4,16). Esta es la buena noticia que tenemos que dar al mundo, a todos los hombres de nuestro tiempo: “Dios te ama”.
Para los primeros cristianos la experiencia del amor de Dios era una realidad evidente. Lo habían experimentado en la vida de Cristo Jesús. En Él habían descubierto el gran don de Dios a los hombres, precisamente cuando éramos pecadores y enemigos de Dios. Es Dios el que había tomado la iniciativa de reconciliarse con el hombre, de suprimir la enemistad, enemistad existente tan sólo de la parte del hombre pues Dios había estado siempre con la mano tendida en signo de amistad. Era el hombre el que rehusaba estrechar esa mano. Tan sólo ante el “excesivo amor” (Ef 2,4-10) de Dios, el hombre se rindió definitivamente y lo acogió en su vida.
El hombre actual está muchas veces como impedido para descubrir el amor de Dios. Como es bien sabido, la manera de experimentar la realidad se configura en nuestra infancia. Cuando el niño se ha sentido amado de manera incondicional, será capaz más tarde de amar y de descubrir un mundo bien hecho, fruto del amor de Dios, a pesar de que tantas veces las circunstancias nos hagan ver que el mundo es un caos. Son los padres, los catequistas y educadores los que abren el horizonte de interpretación del niño a las dimensiones del infinito de Dios. Si el niño ha crecido en un ambiente de amor y ha recibido elementos de la interpretación cristiana de la vida, podrá experimentar el amor que Dios nos tiene. El pueblo de Dios sabía descubrir en todos los acontecimientos la mano de Dios. Dios les había castigado con el exilio, pero ésta no había sido la última palabra. Dios los va hacer regresar de nuevo a su patria (2 Cr 36,14-23).
El problema de la cultura actual es que sitúa al hombre, y a cada niño que viene al mundo, en una perspectiva achatada de la realidad, una perspectiva que excluye de entrada a Dios en el descubrimiento del mundo. Acostumbrado a percibir las personas y las cosas como realidades puramente unidimensionales, el hombre tendrá mucha dificultad para experimentar que Dios nos ama. A lo sumo experimentará que él quiere amar y ser amado, pero ese amor no tiene sabor de infinitud y eternidad. No le saca de los límites del mundo unidimensional.
Que la celebración de esta eucaristía nos haga experimentar el amor de Dios en Cristo Jesús y a hacerlo presente entre nuestros hermanos los hombres.
Lorenzo Amigo
29-03-06, 11:29:24
2 de abril de 2006
Quinto Domingo de Cuaresma
SI EL GRANO DE TRIGO MUERE, DA MUCHO FRUTO
Los avances de la medicina han prolongado notablemente la vida en nuestro país. Y todavía se nos promete seguir alargándola, aunque la cifra mítica de los cien años queda todavía reservada a unos privilegiados. Se alimenta el deseo de una perpetua juventud y la ilusión de que en un futuro incluso la muerte pudiera ser superada. Se hace así cada vez más un tabú de la muerte y se olvida que es el reverso de la vida, es decir el otro polo necesario. Vida y muerte forman una unidad inseparable. La muerte es la última posibilidad de la vida y la que en cierto sentido le da el toque final. Jesús lo sabía muy bien y por eso no rechazó ni temió morir joven. Lo que cuenta no es el número de años sino cómo uno ha vivido, qué sentido ha dado a su vida.
Con una sencilla parábola (Jn 12,20-33), Jesús explicó el sentido de su vida. Sólo muriendo y dando la vida por los demás, se produce fruto, es una vida fecunda. Querer vivir a cualquier precio, agarrarse desesperadamente a la vida, es condenarse a la esterilidad. La vida nos ha sido dada para darla y sólo así se llega a la vida con mayúscula, la vida que supera la muerte. Sin duda Jesús, experimentó la angustia que todo hombre siente ante la muerte, pero se puso confiadamente en las manos del Padre. A través de la angustia y del sufrimiento aprendió la obediencia filial. Todos los que intentamos hacer nuestra esa obediencia amorosa a la voluntad del Padre experimentamos a Jesús como nuestra salvación (Hb 5,7-9).
La muerte de Jesús muestra su fecundidad, ya antes de ocurrir. Incluso los paganos desean ver a Jesús. La muerte de Jesús es ya su glorificación anticipada. La fuerza del amor que Jesús nos mostró con su muerte nos atrae hacia Él. La cruz ya no es el signo de la muerte despreciable de un esclavo sino el símbolo del amor que nos atrae irresistiblemente hacia Dios. La cruz, alzada sobre el mundo, abraza la humanidad entera, y nos funde en ese abrazo entrañable con el Padre.
Tiene lugar así la nueva y eterna alianza que habían entrevisto los profetas (Jer 31,31-34). La relación del hombre con Dios había tenido su lado débil siempre en la incapacidad del hombre a la hora de realizar lo que Dios quería de Él. La causa estaba en que la Ley era visto por el hombre siempre como una fuerza que se le imponía desde fuera y que muchas veces por eso provocaba el rechazo del hombre, que quiere obrar desde su propio ser. La Ley sin duda revelaba al hombre el querer de Dios pero no le daba al hombre la fuerza para realizarlo. Tan sólo cuando la Ley esté en el corazón del hombre, el hombre amará cordialmente a Dios y su voluntad. Tan sólo el Espíritu de Dios, dado por Jesús, puede realizar esta operación tan delicada.
Es Dios el que tiene que adelantarse a perdonar nuestros pecados. Tan sólo así reconciliados en Cristo Jesús, podremos vivir una vida nueva. En esta nueva situación ya no se necesita de maestros que nos enseñen la Ley. La Ley está ya grabada en nuestros corazones y cada uno la conoce de manera natural y espontánea. Es el Espíritu de Dios el verdadero maestro interior que nos lleva a la verdad plena en Cristo Jesús. El cristiano ya no necesitará una Ley para saber qué es lo que Dios quiere de Él. El hombre ya no está situado ante la Ley sino ante Dios mismo que se ha manifestado en Cristo Jesús. Lo que Dios quiere de nosotros lo sabemos siguiendo a Jesús.
El que sigue a Jesús se convierte en su servidor. No en un esclavo sino en un servidor que estará siempre con su Señor y que recibirá la recompensa del Padre. Como Jesús, su servidor sabe que tiene que dar la vida. Unos la dan de manera cruenta, los mártires. Su sangre es semilla de nuevos cristianos. La mayoría tendremos que dar la vida en el día a día para que el mundo tenga vida. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de aquellos que necesitan que les infundamos vida en abundancia.
Lorenzo Amigo
05-04-06, 15:55:29
9 de abril de 2006
Domingo de Ramos
SABER DECIR AL ABATIDO UNA PALABRA DE ALIENTO
Cuando el dolor llama a nuestras puertas, queremos encontrar una persona amiga, que permanezca a nuestro lado y nos dé consuelo. Su presencia es la prueba de que Dios no nos ha dejado de la mano y que el mal no puede tener la palabra definitiva. Jesús se ha hecho solidario de nuestro sufrimiento y lo ha tomado sobre sí ( Filp 2,6-11). Pudiendo vivir como Dios, sin ningún problema, ha querido compartir nuestra aventura humana. Caminando a nuestro lado nos enseña que el sufrimiento y la muerte son el camino hacia la vida y la gloria.
Como el profeta de la primera lectura (Is 50,4-7), Jesús durante su vida supo decir al abatido una palabra de aliento. Su anuncio de la venida del Reino de Dios abrió un horizonte de esperanza para todos los desilusionados que no encontraban una respuesta a sus problemas en la política o la religión de su tiempo. Jesús ha sabido hablar al corazón de cada persona porque ha estado siempre atento a escuchar a Dios y al hombre. Jesús ha sido un verdadero “iniciado”, que ha descubierto la intimidad del hombre y la intimidad de Dios. Por eso conoce el misterio del hombre y es capaz de revelarlo al creyente.
Durante la Semana Santa que iniciamos con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, Jesús va a abrir totalmente su corazón a los discípulos, sobre todo el Jueves Santo, después de la celebración de la Cena Pascual, tratando de consolarlos ante su partida. Llegado el momento de la pasión, hablará lo indispensable para dar su testimonio ante los hombres. Y sobre todo, guardará silencio. Pero es un silencio elocuente. Es el silencio que habla a través de los gestos y de las acciones. En la pasión, Jesús es pasivo, ha perdido su posibilidad de actuar. Pero es precisamente ese sufrir lo que constituye su mejor mensaje. Como el profeta, “ofrecía la espalda a los que le golpeaban”. No huye del sufrimiento sino que le ofrece una resistencia activa y pasiva, que demuestra que los golpes no pueden quebrantarlo. El mal puede a veces destruir nuestros cuerpos, pero no puede vencer nuestros corazones. Jesús sabe que Dios le ayuda y que no va a quedar avergonzado. No se trata del heroísmo del superhombre, sino de la fuerza de Dios que se despliega en nuestra debilidad.
El triunfo pasajero de la entrada en Jerusalén, aclamado como Rey, anuncia la victoria definitiva de la Resurrección, la victoria del amor del Padre. La contemplación de la pasión es el mejor consuelo que podemos encontrar en nuestro sufrimiento. Al contemplar a Jesús no nos sentimos solos y hundidos con nuestra pena, sino que experimentamos que alguien a nuestro lado toma sobre sí nuestro dolor y lo transfigura. El dolor se convierte así en una revelación del amor de Dios al hombre. Dios ha tanto amado al mundo que le ha dado a su Hijo.
Delante de Jesús sufriente aprenderemos a asumir nuestra pasión y la pasión del mundo. Acción y pasión son dos de las varias facetas de nuestra vida. La cultura actual promueve un activismo sin límites y no nos deja experimentar los otros aspectos de la existencia. Cuando nos toca estar pasivos, empezamos a tocar el fondo de la existencia y descubrimos que es una existencia que nos ha sido amorosamente dada. De pronto nos damos cuenta de que no se trata de hacer o no hacer sino sencillamente de dejar actuar a Dios en nuestra vida. Es Él quien nos salva, quien salva al mundo. Aprendemos así a tener paciencia y respetar los ritmos vitales, los ritmos de Dios. La paciencia cristiana no es resignación pasiva ante lo que ocurre sino resistencia fuerte al mal. En la pasión de Jesús es Dios el que está empeñado en una lucha sin cuartel contra las fuerzas del mal. Él necesita que le echemos una mano. Nuestra colaboración a veces consiste simplemente en permanecer al pie de la cruz, al lado de los crucificados de nuestro mundo, sin desertar del puesto en que Dios nos ha colocado.
Lorenzo Amigo
12-04-06, 21:57:51
16 de abril de 2006
Domingo de Pascua de Resurrección
¡HA RESUCITADO!
Hay palabras que hacen historia. Son palabras-actos. La primera fue la que Dios pronunció en el momento de la creación. Por ella todo vino a la existencia. En la Vigilia Pascual y a lo largo de todo el tiempo de Pascua resonará el ¡Ha resucitado! (Mc 16,1-8). Esta palabra, pronunciada por el ángel, puso en movimiento de nuevo la historia que había quedado como paralizada por la piedra del sepulcro en que depositaron a Jesús. El mundo amenazó hundirse en un caos, pero, gracias a Dios, de nuevo fue la luz, la luz del Resucitado que iluminó nuestras tinieblas. Por eso la Iglesia canta al cirio pascual, símbolo de Cristo, luz sin ocaso.
Durante la Vigilia Pascual actualizaremos toda la historia de la salvación, desde la creación hasta la resurrección de Jesús que inaugura los cielos nuevos y la tierra nueva. Viviremos de nuevo agradecidos la aventura del Pueblo de Dios, con Abrahán, nuestro padre en la fe, con la liberación de Egipto que Dios realiza por medio de Moisés. Experimentaremos también nosotros el fracaso de las esperanzas humanas con la destrucción de Jerusalén y el exilio. Pero escucharemos a Dios por medio de los profetas abrir nuevos horizontes para la historia humana. En la resurrección de Jesús de Nazaret, Dios ha realizado su intervención definitiva en la historia. Ésta tiene ahora un nuevo dinamismo que brota de la energía nueva que le viene del Resucitado, Señor, centro y meta de la historia.
Algunos pueden tener la sensación de que nos “han robado al Señor y que no sabemos donde lo han puesto” (Jn 20,1-9). Su ausencia a veces se hace sentir y nos produce miedo. Es posible que algunos estén empeñados en eliminar a Jesús de la historia actual. No saben lo que se pierden, pues es la persona que pasó haciendo el bien (Hech 10,34-43). En realidad querer borrar la huella de Jesús en la historia es una empresa condenada al fracaso, pues Él está en el corazón de todo hombre y mujer que buscan el bien, el amor, la paz y la justicia. En Él tenemos la garantía de que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra en la vida de los hombres. Al final triunfará el bien, el amor y la verdad. En realidad han triunfado ya con Él y un día triunfarán también en nosotros.
No es el tiempo de correr al sepulcro ni de lamentarse. Es hora de caminar hacia la Galilea de nuestro mundo, pues Él va delante abriéndonos nuevos horizontes de esperanza y de sentido. Todo empezó un día en Galilea cuando Jesús empezó a predicar la venida del Reino de Dios. Ahora de nuevo la Galilea de los gentiles es el lugar donde tenemos que encontrarlo. Ese allí donde nos invita a la misión entre los gentiles de nuestro tiempo. No tengamos miedo. Lo único que tenemos que hacer es contar su historia y proclamar: ¡Ha resucitado! Será de nuevo una palabra-acción que tocará el corazón de las gentes. En contacto con su Palabra, acogida con amor en nuestros corazones, meditando las Escrituras, también nosotros comprenderemos los que significa que “Él tenía que resucitar de entre los muertos”.
Es en las Escrituras donde descubrimos el sentido del actuar de Dios y el sentido de nuestra propia vida. Sin ellas nos hundimos en la oscuridad del sinsentido y la resurrección se nos torna un cúmulo de dudas e interrogantes. No debemos extrañarnos que muchos de nuestros hermanos busquen una salida para sus vidas en la reencarnación. El hombre busca la vida, una vida sin fin, una vida en plenitud. Nosotros tenemos la garantía de que esa vida divina se hace presente en el Resucitado y Él la comparte con nosotros sus hermanos. Demos gracias a Dios Padre que resucitó a Jesús de entre los muertos confirmando así que había perdonado nuestros pecados y que finalmente somos hijos suyos.
Lorenzo Amigo
19-04-06, 22:11:04
23 de abril de 2006
Segundo Domingo de Pascua
SI NO VEO LA SEÑAL DE LOS CLAVOS, NO CREO
En nuestro mundo tan sólo aquello que viene confirmado por la experiencia adquiere carta de ciudadanía. Pero no se trata de la experiencia que otros han hecho en el pasado. Cada uno tiene que poder hacer la propia experiencia. A eso nos invita la cultura actual: a hacer siempre experiencias nuevas más excitantes. A menudo la fe cristiana aparece como algo totalmente aburrido que no permite hacer experiencias agradables. Al final se la considera como un conjunto de ideas pasadas de moda, con unas propuestas morales no satisfactorias para el hombre de hoy. Se acusa al cristianismo de ser dogmático y de no resistir la prueba de la experiencia.
En realidad fueron ya los primeros testigos de la resurrección los que cuestionaron el acontecimiento de Jesús y no quisieron ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31). Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?
La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar una de las otras. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.
La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria que tuvo al principio y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano. Lo que más llamó la atención es que “ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (Hech 4,32-35). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados. La misma realidad familiar quedaba así cuestionada para abrirse a la Iglesia, familia de Dios. Tenemos aquí los orígenes de lo que luego intentará hacer el estado social. La familia es el ámbito en el que uno es amado por lo que es y no por lo que produce. También el estado social se ha dado cuenta de que tiene que tomar sobre sí el cuidado de las personas que no son productivas y rentables.
Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades que hagan presentes el amor de Dios en el mundo (1 Jn 5,1-6). Si no formas parte de una comunidad de vida cristiana, date prisa a buscar una en la que puedas compartir tu fe, tus recursos y tu vida. Entonces las Eucaristías serán encuentros gozosos con el Señor Resucitado.
Lorenzo Amigo
26-04-06, 11:13:46
30 de abril de 2006
Tercer Domingo de Pascua
LES ABRIÓ EL ENTENDIMIENTO PARA COMPRENDER LAS ESCRITURAS
La Biblia sigue siendo el libro más vendido, el “libro” sin más. Todo lo que tiene que ver con Jesús y el evangelio sigue suscitando el interés de las personas y de vez en cuando no escapa al sensacionalismo de los que quieren hacer dinero manipulando la figura de Jesús. El Vaticano II ha querido poner la Biblia en el centro de la vida de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. A pesar de las ediciones con notas y de las homilías de los sacerdotes, la Sagrada Escritura continúa siendo difícil pues nos transmite la experiencia de unas generaciones que vivieron hace muchos siglos. Sin duda se trata de una experiencia siempre actual, la experiencia de la salvación en Cristo Jesús, pero presentada en una cultura muy distante de la nuestra.
Pero no es sólo la distancia cultural la que produce esa dificultad de comprensión de la Biblia. Es su mismo contenido, la manera de actuar de Dios, el que resulta desconcertante y a veces ininteligible para el hombre. Ya no se trata simplemente de palabras y conceptos difíciles sino de una propuesta de vida que abre el horizonte de comprensión del hombre a unas dimensiones que permanecerían desconocidas si Dios mismo no nos las comunica. Por eso, incluso los apóstoles que vivieron de cerca los acontecimientos de la salvación quedaron desconcertados ante la manera como Dios salvó el mundo. Las Escrituras que ellos leían no les ayudaron mucho en un primer momento a entender lo que estaba pasando. No debemos pues extrañarnos de que tampoco nosotros comprendamos muchas veces lo que la Biblia nos quiere decir.
Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,35-48). En realidad Jesús les dio la clave de comprensión de un lenguaje que parecía cifrado y sellado con siete sellos. Jesús mismo es la clave de comprensión de la Escritura. La Escritura habla de Jesús. En Él recibe su sentido y la luz que ilumina su comprensión. Toda la Escritura nos habla de la salvación de Dios en Jesús, muerto y resucitado. Las Escrituras no se entienden sin Jesús, pero tampoco podemos comprender a Jesús sin las Escrituras. Los apóstoles quedaron desconcertados ante la Pasión y Resurrección del Señor. Intentaron entenderlo a partir de la Escritura, pero ésta continuaba sellada. Tan sólo el don del Espíritu les hizo caer en la cuenta de que las Escritura anunciaba ya esa muerte y resurrección. Entonces todo apareció claro. El plan de Dios, que antes parecía unas galimatías, ahora se manifestaba en toda su lógica. En Jesús resucitado, Dios había reconciliado el mundo e invitaba a la conversión para recibir el perdón de los pecados. Ya no hay dudas. Ya no hay miedo a fantasmas sino que el Señor Resucitado sigue vivo en la comunidad.
Jesús les abrió el entendimiento de las Escrituras cuando estaban reunidos en comunidad. Tan sólo la comunidad eclesial es capaz de comprender las Escrituras. Cada uno por su cuenta se pierde de nuevo en los vericuetos de estos escrito. Es en la comunidad eclesial donde sigue presente y actuante Jesús Resucitado con su Espíritu. Él es la clave de interpretación de la Escritura. Pero ha sido la comunidad eclesial la que hizo la experiencia del Señor Resucitado y la que nos la ha transmitido en las Escrituras, de manera particular en los Evangelios. Nosotros podemos encontrarnos personalmente con el Resucitado, pero ese encuentro tan sólo será auténtico si refleja la experiencia eclesial de la Iglesia primitiva y de la Iglesia sin más en nuestro tiempo. Debemos, pues, contrastar nuestra experiencia del Resucitado con la experiencia de la comunidad eclesial para evitar el fabricarnos fantasmas que no pueden salvar.
Jesús no abrió el entendimiento de sus discípulos para que entendieran unos textos sino para que entendieran su vida. Él es el que también ahora abre nuestro entendimiento para que comprendamos y vivamos en la eucaristía su presencia de Resucitado que sigue abriendo para nosotros el futuro de la vida.
Lorenzo Amigo
02-05-06, 09:57:43
7 de mayo de 2006
Cuarto Domingo de Pascua
EL BUEN PASTOR DA LA VIDA POR LAS OVEJAS
En el Instituto de Teología, durante los exámenes, me he dado cuenta con vergüenza de que no conocía el nombre del alumno que tenía delante de mí. Tenía que pedirle su ficha y entonces podía decir su nombre, sobre todo al despedirse. No es de extrañarse porque, aunque los grupos no sean muy numerosos, apenas se tiene contacto con ellos una vez a la semana y en lo estrictamente académico. También he visto alumnos que al final del año no conocen el nombre de un profesor. Algo parecido puede ocurrir también en nuestras comunidades cristianas. El ideal de familia de Dios que nos propone el evangelio está lejos de ser una realidad en nuestras parroquias. Es verdad que también aquí muchas de las personas vienen tan sólo los domingos y a cumplir con la misa. Es muy difícil ser verdaderamente un buen pastor que conoce a sus fieles y que los fieles lo conozcan (Jn 10,11-18).
Los sacerdotes hacen esfuerzos por acercarse a la realidad de sus fieles, para conocerlos de veras, pero no siempre las situaciones se prestan a favorecer esos contactos cálidos en el interior de la comunidad cristiana. Y, sin embargo, son esas relaciones personales las que ayudan a vivir la fe. Tratamos, en efecto, de vivir el amor de Dios que ha hecho de nosotros sus hijos y, por tanto, hermanos entre sí. Es esta realidad la que verdaderamente alimenta la vida de los creyentes. Es esa corriente de amor que viene del Padre, a través del Hijo, la que anima la vida de la comunidad cristiana (1 Jn 3,1-2). Sin esa realidad, la Iglesia corre el peligro de convertirse en una agencia de servicios religiosos al servicio del consumidor. Pero en este caso no son esos bienes de consumo los que verdaderamente pueden alimentar la vida del cristiano. Jesús, Buen Pastor, da la vida por nosotros y vivimos de su propia vida. Sólo en Él podemos encontrar la salvación (Hech 4,8-12). Él nos nutre con su palabra, con su cuerpo y su sangre.
Los sacerdotes están llamados a hacer presente a Cristo, Buen Pastor, en la comunidad eclesial. Es una tarea pastoral de guía y de orientación al servicio de la comunidad cristiana. La Iglesia pertenece a su Señor, que le da los pastores que necesita para poder realizar su misión al servicio del mundo. El pastor de la comunidad tiene la misión de abrirla a las realidades de su entorno. Es necesario crear unas relaciones personales cálidas, no simplemente para encontrarse a gusto, sino para ser fermento de unidad de toda la familia humana. Todavía no existe esa única familia humana. Son muchos los miembros que se encuentran dispersos y excluidos. Es toda la comunidad la que debe salir a su encuentro, de manera que también los lejanos se hagan cercanos.
Sin esta perspectiva verdaderamente pastoral, la Iglesia se convierte en una sociedad de beneficencia y sus pastores en gestores y funcionarios. Por eso no puede perder de vista a su verdadero Señor y Pastor de nuestras almas. Él es verdaderamente el dueño del rebaño. Es hacia Él hacia donde tiene el pastor humano que conducir a los fieles que le han sido confiados. La única manera creíble es la de ir delante del rebaño, como el guía que nos va no sólo indicando el camino sino que nos va interpretando lo que vemos y vivimos. Tan sólo desde la experiencia personal profunda del Señor resucitado es posible orientar las personas hacia Él.
Pero en este ser guías, no debemos olvidar que todos los cristianos tienen su brújula y radar que les permiten esa orientación y ese encuentro personal con el Señor. El Espíritu de Cristo, que habita en nosotros, nos da sus dones y carismas para construir la Iglesia e impulsarla hacia el Señor. Por eso el pastor de almas tiene que estar muy atento a la acción del Espíritu en cada una de las personas que le han sido confiadas. Pero ¿cómo hacerlo cuando apenas somos capaces de llegar a aprender sus nombres? Que la celebración de esta Eucaristía nos ayude a construir una comunidad más unida y fraterna.
Lorenzo Amigo
11-05-06, 12:08:11
14 de mayo de 2006
Quinto Domingo de Pascua
PERMANECED EN MÍ Y YO EN VOSOTROS
Todos deseamos tener vida en abundancia y que sea vida de calidad. Muchos piensan que la fe cristiana, tal como se vive hoy día en la Iglesia, no permite un pleno desarrollo de la persona humana. Cada vez son más los que van desconectando de la realidad eclesial y se quedan con una vaga religiosidad, que da un cierto sentido a sus vidas. En esa religiosidad fluida, la persona de Jesús es una más entre tantas que forman parte de este politeísmo moderno, que fabrica dioses a nuestra medida.
Jesús nos promete su propia vida de Resucitado, que es la vida misma de Dios. Por el bautismo hemos sido injertados en Cristo, de manera que formamos uno con Él. Por nosotros fluye la misma vida de Jesús. La comparación de la vid y de los sarmientos intenta ayudarnos a comprender esta realidad indecible e inexplicable ( Jn 15,1-8). Los creyentes forman una unidad entre sí, vinculados a Cristo. Cada uno por su lado se separa del centro vital y muere. Es como si todos tuviéramos el mismo código genético, que es el del mismo Cristo Resucitado, que lo ha recibido de Dios Padre y nos lo da mediante su Espíritu. Nuestra vida es la vida misma de Dios. Esa vida, es sin duda, “el amor de Dios, que ha sido infundido nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Nuestra historia es historia de Dios. A través de nuestras pobres historias, Dios está realizando su historia de salvación, en la que va uniendo la diversidad de pueblos, de religiones de culturas. Todos tenemos ese código genético común.
Esta vida, claro está, no es una realidad puramente natural, que estaría garantizada por el mero hecho de haberla recibido. Es una vida que ha sido confiada a nuestra responsabilidad y que debemos cuidar con todo esmero. Es verdad que el trabajo principal lo hace Dios mismo. Él es el viñador que cuida su vid y la poda de manea que no le falte nada. Nosotros somos esos sarmientos, a través de los cuales, Jesús produce frutos. Es decir, Jesús no tiene hoy día otros medios de hacerse presente entre los hombres para continuar su obra que nuestras propias personas. Es así como Dios lleva adelante su historia de salvación. Tenemos que colaborar con Él y echarle una mano para que su plan siga adelante.
Jesús nos habla de cómo se realiza esa colaboración. En primer lugar hay que permanecer unidos a Él para que su vida pueda circular por nosotros. Pero no es un permanecer estático sino dinámico, que pone en juego todas nuestras posibilidades, a través de una escucha atenta. A través de la acogida con fe de su Palabra, Jesús nos purifica y nos limpia para que podamos producir frutos. Su Palabra tiene esa fuerza de salvación que se despliega en el creyente. Esa Palabra se hace vida y nos lleva a guardar su Palabra, sus mandamientos, sobre todo el mandamiento del amor (1 Jn 3,18-24).
La celebración de la Eucaristía nos permite participar en la vida misma del Resucitado. La vida para desarrollarse necesita del alimento que vamos incorporando a nuestra propia existencia. Necesitamos también alimentar nuestra fe con el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero aquí no somos nosotros los que asimilamos e incorporamos a Cristo a nuestras vidas. Es más bien Cristo el que nos incorpora y nos transforma en Él. Participar en la eucaristía significa participar en la vida y en el destino de Jesús, una vida que a través del don de sí ha llegado a ser Vida Eterna, Vida Resucitada, vida que ha triunfado ya sobre la muerte. Nuestro mundo necesita vida, que los cristianos seamos capaces de aportar ese germen de vida que regenere nuestro mundo y le devuelva la ilusión por la vida, por dar y transmitir la vida.
Lorenzo Amigo
18-05-06, 11:09:01
21 de mayo de 2006
Sexto Domingo de Pascua
VOSOTROS SOIS MIS AMIGOS
A lo largo de nuestra vida hemos estado siempre acompañados de un grupo de amigos con los que hemos ido compartiendo nuestras penas y alegrías. Son personas más o menos de nuestra edad y gustos con las que pasamos buenos ratos juntos, a veces con temas serios, otras simplemente disfrutando de la vida. No son muchos, sin embargo, los que se han dado cuenta que también Jesús quiere formar parte de nuestro grupo de amigos y que Él nos ha elegido para que seamos sus amigos. Jesús y sus discípulos formaban, en efecto, un grupo de amigos (Jn 15,9-17). Ellos, sin duda, le llamaban “Maestro”, pero era un maestro muy particular.
Lo importante en la escuela de Jesús no era la doctrina enseñada sino la persona misma de Jesús. Por eso en esa escuela uno era estudiante toda la vida. Nunca se llegaba a hacer el doctorado e independizarse del Maestro. Jesús reunió en torno a sí un grupo de amigos con los que no tenía secretos. No había una relación de profesor- alumno sino de amigo a amigo. En la relación de profesor-alumno las personas no se sitúan en un plano de igualdad y sobre todo de intimidad. Se parecen más a las de siervo y señor. El siervo no sabe lo que hace su señor porque éste no tiene que darle cuenta de nada. Jesús, en cambio, nos ha dado a conocer todo lo que ha oído de su Padre. Ha sido verdaderamente un amigo fiel. Nos ha mostrado el amor más grande que consiste en dar la vida por sus amigos. Ha compartido con sus discípulos, comparte hoy con nosotros, sus experiencias más íntimas que le relacionan con el Padre. Más aun, nos introduce también a nosotros en la intimidad de la vida misma Dios. Nuestra amistad con Jesús es también una amistad con Dios.
Ser amigos de Dios es algo que nunca se lo hubiera podido imaginar el hombre. Normalmente pensamos que Dios es tan distinto de nosotros que es imposible tener un trato de amistad con Él. La imagen de Dios que nos transmitió el catecismo anterior al Vaticano II era más bien la de un Dios-juez, un Dios-policía, incluso la de un Dios-padre autoritario. No es de extrañarse que muchos de nuestros contemporáneos no quieran saber nada de ese Dios ni de la Iglesia que administra todavía a veces esa imagen de un Dios rival del hombre, enemigo de nuestra felicidad. Jesús, por el contrario nos ha revelado un Dios cercano, un Dios amigo, que confía en nosotros y por eso podemos confiar en Él. Jesús quiere que tengamos su misma alegría y que nuestra alegría llegue a su plenitud. La gloria de Dios es que el hombre tenga vida y la vida del hombre viene por medio de Cristo en el que se nos revela el rostro de Dios (San Ireneo)
Podemos cultivar la amistad con Dios y con Jesús todos los días, pues todos los días está a nuestra disposición. Santa Teresa decía que la oración es un “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Es necesario, pues, dedicar tiempo al encuentro personal con el Señor. A través del trato frecuente con Él, vamos entrando en su intimidad y vamos descubriendo su proyecto respecto a cada uno de nosotros. De la misma manera que los discípulos iban asimilando, mediante el contacto diario con Jesús, su estilo de vida y sus valores, también nosotros a través de la oración nos dejamos impregnar de su Espíritu, que animará toda nuestra vida.
Los amigos se reúnen muchas veces para comer juntos. Compartiendo el mismo pan uno se nutre del mismo alimento. En la Eucaristía celebramos la Cena con los amigos de Jesús y sellamos nuestra amistad bebiendo del mismo cáliz. Que nuestra amistad sea cada vez más fuerte y que formemos un grupo de amigos de Jesús abierto, al que se vayan incorporando otros muchos.
Lorenzo Amigo
24-05-06, 10:53:35
28 de mayo de 2006
Ascensión del Señor
EL SEÑOR ACTUABA CON ELLOS
Vivimos en una cultura centrada en el hombre que verdaderamente ha llegado a ser la medida de todas las cosas. La cultura actual representa un reto para la tradición cristiana en el sentido de que pretende ofrecer al hombre de hoy una vida de mayor calidad que la que le ofrece la fe cristiana. A los ojos de muchos el cristianismo es una reliquia del pasado, que no está a la altura de las circunstancias. Es verdad que la creencia ingenua de que la religión iba a desaparecer con la llegada de una civilización científica y técnica no se ha realizado. Sin embargo los cristianos tenemos que repensar nuestra fe en el contexto de este desafío actual. Podemos hacerlo con toda tranquilidad pues también para la fe cristiana el hombre es el centro de la creación y todas las otras realidades creadas están en función de él.
La fiesta de la Ascensión de Jesús traduce de manera sensible la imagen cristiana del hombre. Creado a imagen de Dios, alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre (Ef 1,17-23). En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido el objeto del amor de Dios y sigue siendo el objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero (Mc 16,15-20).
La Iglesia camina junto con los hombres y con ellos discierne los signos de los tiempos a través de los cuales el Señor nos pone en alerta frente a la realidad del pecado y nos invita a acoger siempre su gracia. Como cristianos estamos llamados a ser fermento de vida y de liberación en nuestro mundo. Experimentamos en nosotros la fuerza y la energía del Señor resucitado que nos libra de todos los peligros y nos hace instrumentos de su liberación. Los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo (Hech 1,1-11). El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. Se traduce sobre todo en la lucha a favor de los derechos del hombre, reconocidos de manera teórica pero que no logran realizarse en la práctica.
La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva en que habite la justicia y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Esa dimensión tiene ambos polos, el cielo y la tierra. Desde el principio de la creación, ambos extremos están unidos por el amor y la presencia de Dios. Mucho más ahora que uno de nosotros ha entrado ya en la gloria de Dios e intercede constantemente por nosotros. Sólo manteniendo esa dimensión vertical adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. El polo terreno de nuestra existencia nos sitúa en la horizontalidad, en el horizonte absoluto abierto por Jesús, en elf uturo de Dios, que nos lleve a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.
En la Eucaristía experimentamos la presencia del Señor resucitado. Alegrémonos con su triunfo, que es también el nuestro. El no nos ha dejado solos sino que continúa a nuestro lado, actuando con nosotros y confirmando nuestras palabras con los signos de un testimonio creíble.
Lorenzo Amigo
30-05-06, 11:18:41
4 de junio de 2006
Domingo de Pentecostés
CADA UNO LES OÍA HABLAR EN SU PROPIO IDIOMA
La Iglesia y los políticos se suelen quejar de que la gente no comprende su lenguaje y no es capaz de percibir todo lo que están haciendo a favor de la sociedad. Las encuestas muestran que en general los jóvenes tienen poco aprecio por ambas instituciones. El problema no es sólo de lenguaje sino de contenidos. El hecho de que la liturgia sea ahora en español ha mejorado en parte la comprensión de la celebración del misterio, pero al mismo tiempo ha puesto al descubierto la dificultad de entender los contenidos. Estos nos transmiten la experiencia de la comunidad de discípulos de Jesús vividas en una época muy lejana de la nuestra y formuladas muchas veces en conceptos que no son los nuestros.
Estas experiencias son siempre actuales, gracias a la actuación del Espíritu de Jesús. Es Él el que hace posible que cada uno pueda entender el misterio de Cristo en su propia lengua (Hech 2,1-11). El Espíritu supera las barreras de las lenguas, las culturas, los pueblos, las religiones y actúa en el corazón de todos. A todos nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13).
En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen forman de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre. Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón (Juan 20,19-23). Ante las tendencias opuestas de unidad y diversidad debemos preguntarnos siempre si respetan los derechos de todas las personas, de cada persona.
El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre concreto el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe acercarse al hombre concreto en su situación concreta. Ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En realidad la Iglesia no existe al margen de este peregrinar juntos en la historia con los hombres. Ella, como especialista en las cosas del Espíritu, ayuda a los hombres a dar nombre a lo que sienten en lo profundo del corazón movidos por el mismo Espíritu.
Es este Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El transforme nuestros corazones de manera que reconozcamos al Señor resucitado, siempre vivo y presente en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
07-06-06, 10:23:20
11 de junio de 2006
La Santísima Trinidad
BAUTIZADOS EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO
Aunque la religión parece volver a nuestro mundo secularizado, no debemos engañarnos. Se trata de una religión líquida y fluida, enemiga de un Dios personal y de una institución comunitaria de la fe. Los cristianos seguimos confesando nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, no sólo como el dogma y misterio central de nuestras vidas, sino también como la experiencia fundante de nuestra existencia que ilumina nuestra realidad de hombres y mujeres. Por el bautismo entramos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu y esa comunión nos abre a la comunión con los demás en la Iglesia, familia de Dios (Mt 28,16-20). Dios es familia, la Iglesia es familia y el mundo está llamado a ser una gran familia en la que se mantienen lazos de solidaridad y de amor.
Para los primeros cristianos la experiencia del Espíritu era tan evidente y cotidiana que era el punto de partida de toda su vivencia de fe. Era esa experiencia del Espíritu la que los introducía en la intimidad con el Padre y con el Hijo. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la de ser hijos de Dios (Rom 8,14-17). Se trataba de una experiencia revolucionaria en un mundo dominado más bien por unos dioses, preocupados tan sólo de sus intereses y a los que había que tener contentos para que no castigaran con desgracias. La experiencia cristiana nos pone en relación con un Dios Padre y Madre a la vez, fuente y origen de la vida, del amor y de la felicidad. En contacto con Dios nuestro Padre descubrimos que nuestra vida es un don, que somos frutos del amor.
Los cristianos interpretaron esta experiencia a la luz de la vida de Jesús. Fue Jesús el que se dirigía a Dios Padre con el nombre cariñoso e infantil de Abbá, papá. Es Jesús el que nos ha enseñado a perder el miedo a Dios y a considerarlo como la realidad más cercana y amorosa. Contemplando la vida de Jesús, vemos cómo se deja guiar por el Espíritu. Es tan grande su confianza en Él que puede dejarle tranquilamente las riendas de su vida. Es en la vida de Jesús donde descubrimos su familiaridad con el Padre y con el Espíritu. Nos damos cuenta que Dios no es un ser misterioso y extraño, encerrado en sí mismo, sino una comunidad de amor de personas. Es una realidad familiar.
Nuestra relación con Dios no es una realidad abstracta sino que adquiere los matices que vemos en nuestras relaciones personales tan diferentes, según se trate del padre o la madre, el hermano o la hermana, la esposa o el hijo. Sin duda estas relaciones humanas tienen siempre sus limitaciones y crean sus complejos. Dios Padre, en cambio, no es ni la figura autoritaria ni la persona bonachona que todo lo consiente. Es sencillamente amor del que procede todo y que nos da su misma vida. El Hijo encarnado en Jesús nos muestra el camino de la verdadera fraternidad humana. Sólo a través del don de sí podemos reconocer al otro como hermano. El Espíritu es inspiración creadora, que no nos quita la libertad cuando nos dejamos guiar por Él sino que nos lleva a la meta deseada, la intimidad con Dios. De Él podemos fiarnos como del conductor experto. Uno puede estar tranquilo y hasta echarse un sueñecito durante el viaje. En ese diálogo de amor con las tres Personas vamos construyendo nuestras vidas y realizando nuestra verdadera vocación, porque estamos creados a imagen de Dios.
La señal de la cruz marca todas nuestras acciones y celebraciones, también la de la eucaristía. El Dios Padre, Hijo y Espíritu, nos ha manifestado su amor en la entrega de Jesús por nosotros. Acojamos ese amor que viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y seamos testigos de ese amor entre los hombres.
Lorenzo Amigo
14-06-06, 19:07:07
18 de junio de 2006
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
SANGRE DE LA ALIANZA, DERRAMADA POR VOSOTROS
Todavía no se ha logrado abolir la pena de muerte en todos los países. Las últimas horas de un condenado son terribles. Llama la atención el que Jesús en esos momentos tuviera la capacidad genial de inventar un signo que resumía su vida: la Eucaristía. Su muerte no será una condena sino más bien el don de su vida a favor de los demás (Mc 14,12-26). Este don es un sacrificio de sí mismo en el que lo que cuenta ante todo es el amor expresado bajo la realidad cruenta de la sangre. El cristiano debe participar en el destino de Jesús. Debe asumir la vida y la muerte de Jesús, una muerte acaecida de manera violenta y no simplemente como coronamiento de unos años. Es la vida de Jesús la que alimenta la vida del creyente. Éste tiene que asumir en su existencia el escándalo de la cruz, que representa el fracaso a los ojos de los hombres.
Es así como se realiza la alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres. Es así como los hombres entramos en comunión de vida con Dios. La manera privilegiada en el Antiguo Testamento para entrar en comunión era el ofrecer un sacrificio de comunión. A través de los sacrificios y ofrendas, el creyente expresaba su deseo y disponibilidad a entrar en la alianza que Dios le ofrecía. Esa comunión quedaba sellada con un banquete en el que Dios mismo participaba, pues Dios es el origen de la vida y del alimento que mantiene esta vida (Ex 24,3-8). También Jesús estaba celebrando la cena pascual. La vida viene representada por la sangre, que es el principio vital, con la que se realiza la aspersión del pueblo. El pueblo tiene vida entrando en la alianza con Dios. El cristiano tiene vida participando en la eucaristía porque en ella Jesús se nos da como alimento.
El creyente entraba en comunión con Dios a través del culto. El sacrificio de Cristo que nosotros actualizamos en la eucaristía nos lleva al culto del Dios vivo (Hebreos 9,11-15) y establece la comunión definitiva con el Padre en virtud del Espíritu. Esa comunión supone el perdón de los pecados que ha tenido lugar en el sacrificio de Cristo de una vez para siempre. Nosotros ya no ofrecemos sacrificios de animales para entrar en comunión con Dios. Jesús con su único sacrificio ha realizado esa unión definitiva entre Dios y el hombre. Nosotros celebramos la eucaristía como memorial del sacrificio de Cristo para no olvidarnos de Él y para hacer actual para cada uno de nosotros su sacrificio redentor.
Esta fiesta celebra de manera especial la presencia real de Jesús en la Eucaristía. No se trata de un simple hacer memoria o recordar sino de actualizar la vida y la muerte de Jesús para sumergirnos nosotros en ellas. El amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, se vuelca hacia los pequeños, haciéndose pequeño. Jesús nos deja presente su vida no en una gran obra o monumento sino en las realidades más sencillas de la vida cotidiana, el pan y el vino. En ellos se despliega todo el poder salvador del amor de Dios. Las personas, para expresar nuestro amor y nuestra entrega, nos servimos de nuestras palabras y nuestros pequeños gestos, un beso, un abrazo, una sonrisa, una flor, un regalo. Jesús dice: “tomad”, y nos da el pan y el vino como signos de la entrega amorosa de toda su persona. Es la fuerza de este amor la que sostiene a los creyentes en el camino de la vida y nos empeña a vivir como Jesús, a dar nuestra vida a favor de los demás. Por eso el cristiano no entra en comunión con Dios sólo a través del culto sino también a través del servicio a los más pobres.
Reavivemos nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía. Hagamos de ella el centro de nuestra semana, si fuera posible, de cada día. A través de ella estamos dejando que la vida de Dios en Cristo Jesús irrumpa en nuestras vidas y éstas se transformen en Cristo.
Lorenzo Amigo
19-06-06, 12:03:55
25 de junio de 2006
XII Domingo del Tiempo Ordinario
¿POR QUÉ SOIS TAN COBARDES? ¿AÚN NO TENÉIS FE?
La situación actual de la fe cristiana en el mundo, y en particular de la Iglesia católica, para muchos no creyentes anuncia una especie de naufragio. Desgraciadamente también muchos creyentes comparten esta impresión pesimista y añoran tiempos pasados en los que la frágil barca actual de Pedro era una nave potente y en los que reinaba una gran calma, casi una calma chicha. Para muchos el Vaticano II fue una especie de terremoto o maremoto que sacudió violentamente a la Iglesia, que ahora se ve expuesta a los fuertes vientos contrarios de la cultura posmoderna. El no creyente ve en la existencia de las catástrofes naturales e históricas la prueba de la no-existencia de Dios o de que el mundo está dejado de las manos de Dios. La humanidad parece sometida a los vaivenes de la historia, azotada por los poderosos, que tampoco logran mantener el control de la situación. Todo parecía más fácil durante la guerra fría en la que dos gendarmes mantenían el orden mundial. Ahora los conflictos estallan por doquier y el intervencionismo en vez de solucionar los problemas parece agravarlos. ¿Qué lectura debe hacer el creyente de esta situación?
Desde siempre también los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job en su querella contra Dios expresaba ya esa visión pesimista del mundo. Dios tiene que abrirle los ojos y mostrarle cómo Dios está continuamente luchando contra el mal. Éste, a pesar de su aspecto impetuoso y asolador como el mar, tiene ya establecidos unos límites. Dios trata al monstruo marino como a un recién nacido envolviéndolo con mantillas y pañales (38,1.8-11). No nos desanimemos, pues. El mal nunca tiene la última palabra.
Si, como nos recuerda San Pablo (2 Cor 5,14-17), en Cristo lo antiguo ha pasado y lo nuevo ha comenzado, entonces podemos estar convencidos de la intervención definitiva de Dios a favor del hombre. El mal ha sido definitivamente vencido aunque todavía tiene capacidad de dar algunos zarpazos peligrosos. La Iglesia, y con ella los cristianos, seguimos expuestos a las tormentas de este mundo. Pero no tengamos miedo. Muchas son tormentas en un vaso de agua. La frágil barca de Pedro ha tenido que bregar con tempestades más peligrosas, las provocadas, no por los elementos externos, sino por la propia infidelidad. Siguen resonando en nuestros oídos las palabras de Juan Pablo II: “no tengaís miedo, abrid las puertas al Redentor”. Las zozobras actuales, son signo de que estamos con vida, de que algo continúa moviéndose. Los miedosos temerán hundirse, los que tienen fe saben que Jesús está en la barca y que Él ha vencido el mundo (Mc 4,35-40). Podemos, como Él, descansar tranquilos, tomar fuerzas, para seguir remando, para continuar la misión que Él nos ha confiado.
La Iglesia puede ser una frágil barquilla, pero será siempre esa tabla de salvación que necesitan los náufragos de nuestro mundo. La mayoría de estos náufragos han perdido toda esperanza y no saben a qué agarrarse. Seducidos por los espejismos del progreso, creyeron ver en el mundo del consumo la tierra prometida y abandonaron la barca porque creían que podían llegar nadando. La tierra de promisión sigue estando lejos y uno necesita una tabla a la que agarrarse. Los cristianos debemos ser signos de esperanzas en el mundo, ayudando a tantos náufragos como encontramos en torno a nosotros.
Que la celebración de la eucaristía aumente nuestra fe en el Señor Resucitado, presente en su Iglesia. Él nos lleva siempre a la meta deseada, el encuentro con el Padre.
Lorenzo Amigo
26-06-06, 11:18:35
2 de julio de 2006
13 Domingo Ordinario
DIOS NO HIZO LA MUERTE
Aunque la muerte forme parte de nuestra existencia biológica, el hombre se ha interrogado siempre y continúa preguntándose por el sentido de la vida y de la muerte. Casi siempre se la ha visto como una amenaza y como la encarnación del mal. Tan sólo la contemplación de la muerte de Jesús ha permitido a los creyentes interpretar la muerte como el paso hacia la verdadera vida. La convicción profunda del creyente afirma que Dios no ha creado la muerte, que el hombre percibe como castigo del pecado (Sab 1,13-15; 2,23-25). Dios ha hecho todo bueno para que el hombre pueda ser feliz. Dios quiere la felicidad del hombre y se ha comprometido a fondo para que ésta sea posible.
Ha sido Jesús el que nos ha revelado de manera clara y manifiesta la acción de Dios a favor de la vida. Jesús en su acción liberadora luchó contra la enfermedad y la muerte como realidades que frustran el proyecto de felicidad del hombre (Marc 5,21-43). El evangelio de hoy nos muestra dos milagros de Jesús a favor precisamente de dos mujeres. La curación de la mujer que padecía flujos de sangre pone de manifiesto la fe profunda de una persona enferma durante muchos años, que cada vez se encontraba peor a pesar de los tratamientos médicos.
Fe fue lo que también pidió Jesús al padre de la niña que acababa de morir. Para el creyente la muerte es como un sueño, como el tiempo en que uno reposa. Los cristianos llamaron “cementerio” al lugar donde descansan en paz nuestros seres queridos en la espera de la resurrección. Los paganos en cambio tenían “necrópolis”, ciudades de los muertos. Nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Tan sólo la fe nos permite descubrir la irrupción del Reino de Dios en la historia del hombre. Los milagros de Jesús son el signo de que ese Reino ya está presente y por tanto la enfermedad y la muerte han sido ya vencidas y no tienen la última palabra en la historia.
La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Señor, se ha comprometido a lo largo de los siglos en la lucha contra la enfermedad y la muerte. El Espíritu de Dios ha ido suscitando diversas instituciones al cuidado de los enfermos. Los estados se han dado cuenta de lo importante que es el cuidado de la salud de sus ciudadanos. Es necesario que todos puedan tener acceso a los cuidados médicos, independientemente de la situación de riqueza o de pobreza.
También aquí el ejemplo de Jesús es elocuente: “siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros, con su pobreza, os hagáis ricos” (2 Cor 8,7-9;13-15). Desgraciadamente la mayor parte de la humanidad sigue sin tener acceso a unos tratamientos médicos básicos. La mortalidad infantil sigue siendo alta en África. También la media de la vida humana en este continente muestra la ausencia de tratamientos necesarios. Tan sólo en estos tres últimos años han muerto cinco hombres menores de 45 años, familiares de conocidos míos. En nuestro mundo sigue habiendo inmensos espacios en los que se necesita la presencia de la Iglesia actuando de Buen Samaritano.
Lorenzo Amigo
13-07-06, 12:35:30
9 de julio de 2006
14 Domingo Ordinario
CUANDO SOY DÉBIL, ENTONCES SOY FUERTE
Este fin de semana, la atención de muchos creyentes españoles estará orientada hacia Valencia y la clausura por el Papa del Congreso de la Familia. Todo sería mucho más feliz si no estuviera tan reciente la tragedia del metro que ha sumergido en la tristeza a tantas familias. Las presencias públicas del Papa serán siempre punto de contradicción, no sólo en el interior de la sociedad sino de la Iglesia misma. Aunque se trata de un hecho en teoría puramente religioso, es difícil sustraerlo a la manipulación del poder en uno u otro sentido. La Iglesia, en cuanto profética, es decir en su capacidad de decir algo en nombre de Dios, o sea de manera definitiva, chocará siempre con la incredulidad, no sólo del mundo sino también de muchos de sus hijos ( Ez 2,2-5). La incredulidad no está fuera de nosotros sino que convive con la fe en cada corazón de manera que todos tenemos que decir: “Señor, yo creo, pero ayuda a mi incredulidad”. Nuestra incredulidad y resistencias se manifiestan tanto ante las denuncias proféticas como ante los anuncios de esperanza.
Este fue el destino de los profetas y en especial el de Jesús, Profeta definitivo de Dios (Mc 6,1-6). Las resistencias de los paisanos de Jesús vienen del hecho de que les resulta una persona demasiado conocida y vulgar. Reconocen en Él una cierta sabiduría y milagros, pero eso no es suficiente para que Él sea el Profeta que trae la salvación de Dios. Dios tiene que salvar al hombre con medios más divinos. Jesús aparece a sus ojos como humano, demasiado humano. Ése ha sido el escándalo de la cruz, que Pablo formuló con tanta claridad. Dios ha escogido a los débiles para confundir a los fuertes (2 Cor 12,7-10).
Las sociedades en las que la Iglesia ha tenido un importante poder en el pasado siguen mirando hacia ella con desconfianza y temen en cada una de sus manifestaciones públicas un intento de recuperar el poder perdido. Es verdad que a veces algunos sectores de la Iglesia siguen añorando tiempos pasados en los que la Iglesia jugaba un papel importante en la vida de las personas y de la sociedad. El Concilio Vaticano II ha intentado situar a la Iglesia en la sintonía del evangelio, buena noticia para los pobres y los que no cuentan en la sociedad. La visita del Papa debe ayudarnos a todos a progresar en esa conversión y reorientación de nuestras vidas.
La familia cristiana experimenta su debilidad en la realidad de nuestras sociedades. La experimenta junto con las demás familias y con muchos de los sectores maltratados de nuestro mundo. A la sociedad actual no le interesa la familia pues ya no es fuente ni de producción ni de consumo. Lo que cuenta hoy día es el individuo consumista. Es verdad que ese individuo es cada día más débil pues le falta el apoyo familiar y social. En este sentido la familia ha sido la gran ayuda de salvación para muchos en los momentos de crisis económica por la que están atravesando nuestras sociedades. Algún día nuestros políticos se darán cuenta que apoyar a la familia, a todas las familias, es la mejor manera de servir a la persona.
Pero la debilidad de la familia cristiana no viene del exterior. Viene de la debilidad espiritual de sus componentes, de la falta de una fe auténtica, confesada y vivida. Esperemos que el Papa nos recuerde a todos la misión de la familia cristiana en la sociedad, pero también dentro de la Iglesia, para que se pueda producir una renovación auténtica de la que siempre ha sido considerada como “Iglesia doméstica”. En otras religiones es la familia la que asume verdaderamente la transmisión de la fe religiosa. Los cristianos hemos ido confiando cada vez más las cuestiones de la religión a los curas y catequistas y por eso no sólo la fe languidece, sino que languidece también la familia, por falta de una misión que le pueda dar sentido.
Lorenzo Amigo
13-07-06, 12:37:03
16 de julio de 2006
15 Domingo Ordinario
VE Y PROFETIZA A MI PUEBLO
Cada vez más en las sociedades modernas la religión se ve confinada a la esfera de la vida privada y se le niega el derecho de intervenir en la vida pública del país. Como argumento se suele esgrimir la laicidad del estado, indiferente en materia de religión. Es la antigua visión del liberalismo doctrinario que sigue vigente en nuestro mundo neoliberal. Como al profeta Amós, las autoridades repiten: “ no vuelvas a profetizar” (Am 7,12-15). El conflicto es tanto más llamativo en el caso del profeta, pues la prohibición viene del sacerdote encargado del santuario del palacio real. Está claro que en santuario real tan sólo se deben oír palabras que halaguen a las autoridades, que hagan la alabanza de la política reinante.
El profeta desgraciadamente suele poner en cuestión la situación política del momento porque suele ser profundamente injusta, sobre todo con los pobres y los marginados. El profeta se defiende mostrando que no son los propios intereses o los intereses del rey de Jerusalén los que él está defendiendo en Samaria. No es profeta por decisión propia, sino profeta a su pesar. Ha sido el Señor el que le sacó de su vida tranquila de pastor y cultivador de higos para destinarlo a confrontarse con las autoridades políticas y religiosas.
Jesús envió a sus apóstoles a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios. Esta Buena Noticia no es una doctrina espiritual que afecta tan sólo a la salvación del alma en el otro mundo. Es una fuerza que pone en cuestión la realidad presente y abre el futuro de Dios que quiere la felicidad del hombre. Para ello es necesario organizar la sociedad de otra manera. Sin duda los apóstoles no hicieron política partidista sino que siguieron las orientaciones de Jesús que muestran todo un estilo de actuación alternativo al de los políticos y poderosos de este mundo.
La fuerza de la Iglesia viene del Evangelio y no del despliegue de medios humanos (Mc 6,7-13). En este sentido Jesús envía a sus apóstoles a la buena de Dios, totalmente desguarnecidos ante las instancias humanas, confiando tan sólo en Dios y en la bondad de la gente. Jesús cree en las personas y, aunque sabe que no siempre acogerán a sus mensajeros, está convencido que donde una puerta se cierra otra se abre. Por eso les da un consejo muy sabio: no hay que empeñarse en regar el asfalto con la esperanza de que broten flores. Donde el evangelio no es acogido, lo mejor es marcharse a otro lugar donde estén más dispuestos a acoger al Señor. Han sido los rechazos y persecuciones los que han favorecido la difusión del cristianismo, que ha buscado siempre nuevos destinatarios de la misión.
La Iglesia no está empeñada en el anuncio del evangelio por propio gusto o interés. Lo hace por mandato de Cristo. Lo hace convencida de que el anuncio de Cristo es buena noticia para todo hombre de buena voluntad que se abre al plan de Dios (Ef 1,3-14). Cristo no le quita nada al hombre sino que le ayuda a encontrar sus verdaderas dimensiones que lo introducen en la realidad misma de Dios, como hijos suyos. La Iglesia en su anuncio debe ser fiel a este evangelio que valora todo lo humano y lo lleva a cumplimiento. Desgraciadamente son muchos los que tienen la impresión de que, a veces, las intervenciones de la Iglesia no son Buena Noticia, sobre todo para los pobres y marginados. Más bien parecen malas noticias que quieren imponer leyes y cargas sobre las personas que están ya suficientemente agobiadas. Tan sólo si el evangelio es verdaderamente liberador y curativo será creíble. Que la celebración de la eucaristía haga de su Iglesia una comunidad que ha experimentado la liberación interior y la hace presente en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
18-07-06, 11:43:18
23 de julio de 2006
16 Domingo Ordinario
COMO OVEJAS SIN PASTOR
Las encuestas muestran la desconfianza de los jóvenes respecto a todo tipo de instituciones de masas. Por eso el asociacionismo es tan bajo. Estamos viviendo en la sociedad y en la Iglesia una crisis profunda de liderazgo debido a la ausencia de personas que puedan servir de punto de referencias, de guías de pueblos y de comunidades. Sin duda el desengaño producido por los regímenes autoritarios, ha llevado a la conclusión de que es mejor estar sin pastores y de que no hay que ser ovejas de un rebaño.
Así se ha creado la ilusión de que en un individualismo total uno no se expone a ser engañado por los líderes del momento, que te utilizan para sus fines. En realidad existen hoy día unos poderes anónimos que dictan los gustos y lo que hay que hacer, a través de una manipulación muy sutil. El resultado es esa dispersión de la que hablaba el profeta, echándole la culpa precisamente a los pastores, a las personas que tienen la responsabilidad de crear la unión y la comunión (Jer 23,1-6). No cabe duda de que los poderes de nuestro tiempo están interesados en mantener a las personas dispersas pues así se les maneja más fácilmente. Frente a esta situación, en muchos pueblos desesperados, como en épocas pasadas, se eligen caudillos fuertes, que planten cara a los poderosos de este mundo.
En la Iglesia hemos vivido una larga época marcada por el liderazgo indiscutible del Papa Juan Pablo II. Su personalidad ha creado una especie de vacío en las Iglesias particulares donde se nota una falta de ideas claras sobre cuáles son los retos del momento y cómo situarse ante los nuevos tiempos. Da la impresión muchas veces de que se está esperando a que venga de arriba una indicación de qué es lo que hay que hacer. Habría que volver a la colegialidad, redescubierta por el Vaticano II, pero que no se ha puesto en práctica en todas sus posibilidades y en todos los ámbitos de la vida eclesial.
Desgraciadamente el envejecimiento progresivo del clero en nuestros ambientes contribuye también a esa impresión de falta de pastor (Mc 6,30-34). El pastor ya no vive en medio de sus ovejas. Tiene a su cuidado varios pueblos, lo que está produciendo un incremento de la fatiga, que veía ya Jesús en sus apóstoles. Sin duda que esta situación está pidiendo otro tipo de pastoreo más colegial en el interno de la comunidad. Pero para ello es necesario que existan personas que sean capaces de asumir la hermosa tarea de trabajar a favor de la comunidad cristiana. Tenemos la misma necesidad de auténticos líderes políticos que vivan la política como un servicio a la comunidad.
Jesús tuvo lástima de aquella multitud abandonada y se puso a enseñarles con calma. De cara a la renovación de la vida y la sociedad, lo primero que se necesitan es nuevas ideas. Desgraciadamente estamos viviendo en un tiempo indigente en el que el pensar brilla por su ausencia. Los grandes avances tan sólo se dan en la tecnología. Tenemos el poder de hacer casi todo los que nos proponemos, pero nos falta la capacidad de reflexionar acerca de los fines. Se da por supuesto que esta civilización técnica hace más felices a las personas, aunque las realidades parezcan desmentirlo. Nadie creíble se atreve a cuestionar esta sociedad tremendamente injusta pues sería tachado inmediatamente de retrógrado. Los intelectuales se convierten en los apologistas de la política del momento y cierran los ojos ante las exigencias de la verdad de la persona y de la sociedad.
Jesús reúne a su pueblo disperso en torno a la Eucaristía para escuchar su Palabra y para participar en el sacramento de la unidad de manera que su Iglesia sea fermento de unidad en el mundo.
Emilio Maté Gómez
23-07-06, 11:33:48
En la HOMILIA de hoy, en la Misa de mi pequeño pueblo, el sacerdote ha dicho algo que me ha llegado, quizás por las circunstancias de mi vida.
" Señor, que mis manos no te las presente nI muy llenas, ni muy vacias, sencillamente que te las presente, "MUY GASTADAS TRABAJANDO PARA TI".
¿Están gastadas mis manos trabajando para EL?.
¿Se las presentaré llenas de callos, durezas, llagas.... por haber luchado para EL?
¿El denario que me dió se lo devolveré corroido, oxidado, gastado, viejo... por haberlo empleado solo para EL?
¿Señor, si toda la humanidad tuviera sus manos gastadas trabajando por la PAZ, por el AMOR, la COMPRENSION, el PERDON, y tan innumerables conceptos que nos parecen de utopia.... como tendriamos el mundo que nos dejaste?
Emilio Maté Gómez
Lorenzo Amigo
26-07-06, 16:11:14
30 de julio de 2006
17 Domingo Ordinario
¿CON QUÉ COMPRAREMOS PANES PARA QUE COMAN ÉSTOS?
Las riadas de personas emigrantes que vienen hacia las costas europeas del sur escapan del hambre que les amenaza en tantos países de África. Ellos consideran nuestros países como la tierra de promisión en la que existe la abundancia para todos los que encuentran un trabajo e incluso para los que saben aprovecharse de las migajas de nuestras mesas. La tierra, como decía Gandhi, produce sin duda todo lo que necesita el hombre para vivir, pero no todo lo que ansían nuestros deseos y caprichos.
En los pueblos antiguos, existe la convicción profunda que el alimento que produce la tierra es fruto de la bendición de Dios y que Dios da a todos lo que se necesita para la vida. Por eso se bendice la mesa y la comida, o mejor, se bendice y se da gracias a Dios que hace que la tierra produzca el alimento necesario para el hombre. El alimento es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, y sin duda, don de Dios que da el buen tiempo y la lluvia necesaria para que nazcan, crezcan y maduren los frutos.
Desgraciadamente las malas cosechas y las hambrunas eran frecuentes en la antigüedad y en la Biblia Dios por medio de sus mensajeros los profetas hace el milagro de multiplicar el alimento ( 2 Re 4,42-44). Es lo que escuchamos que hizo el profeta Elías. Ante las necesidades del número de personas, siempre tenemos la impresión de que disponemos de pocos recursos, pero el milagro se produce y todos pueden comer hasta saciarse e incluso va a sobrar.
La responsabilidad de asegurar el alimento de los suyos corresponde al padre de familia. Jesús ha venido a reunir la familia de los hijos de Dios dispersos y se siente responsable de su alimento. También Él se encuentra con masas hambrientas de seguidores a los que tiene que saciar. Él intentaba saciar su hambre espiritual de unas personas que buscaban en la palabra de Jesús un sentido para sus vidas. Pero también existe el hambre físico después de seguir a Jesús sin comer varios días. Jesús se siente responsable y sabe lo que tiene que hacer pero quiere la colaboración de los discípulos y al mismo tiempo enseñarles a confiar siempre en Dios (Jn 6,1-15).
Andrés, el hermano de Pedro, quiere colaborar pero se da cuenta de que sólo hay un muchacho con cinco panes y dos peces, pero con eso no se puede alimentar a cinco mil personas. Probablemente los números son exagerados, pero nos ponen delante a la impotencia que tantas veces nosotros experimentamos cuando hablamos de los grandes problemas de nuestro mundo. Da la impresión de que estamos totalmente desbordados. Sin duda tan sólo el Señor puede hacer el milagro, pero necesita nuestra colaboración. Jesús hará como el padre de familias que bendice el pan antes de repartirlo a los suyos. Es Él mismo el que lo distribuye a la multitud, porque tan sólo Él puede saciar los deseos de felicidad de todas las personas.
El milagro se produce. Se comprueba recogiendo lo sobrante. Entonces sí que intervienen los discípulos para que nada se desperdicie. Ésta debiera ser la preocupación de los creyentes en Jesús: que no se derroche, sobre todo que no se desperdicien los recursos que hay en nuestro mundo, sobre todo los recursos que se ponen a disposición de los pobres. A veces se pudren en los almacenes del primer mundo; otras veces desaparecen entre los manos de los funcionarios que hacen de intermediarios; otras acaban en los bolsillos de las autoridades de los mismos pueblos hambrientos. La corrupción es el gran cáncer que corroe nuestras sociedades y condena a tantos a la miseria. Hay que destinar más fondos al desarrollo y administrarlos bien.
El Señor nos alimenta a todos en la mesa de su Palabra y de su cuerpo y de su sangre. En torno al Señor Resucitado formamos la familia de los hijos de Dios que participamos del mismo alimento. Que nosotros seamos capaces de colaborar en la creación de un mundo más justo y fraterno.
*Belén*
30-07-06, 10:47:43
Vengo de Misa y me ha gustado mucho la homilía y los interrogantes que nos abría el sacerdote; paso a compartirlos escuetamente.
Multiplicación de los panes....y les dijo que recogieran las sobras, doce canastos llenos. Eso, una vez saciados los comensales. Saciados, satisfechos....llenos con el Pan de Cristo. Nosotros, una vez llenos del Pan y la Palabra, ¿compartimos o más bien dejamos que se eche a perder?
Me venía a la cabeza al meditarlo, la frase que aprendí aquí: Dad gratis lo que gratis recibisteis.
A su vez leía el evangelio comentado de Catholic.net y de ahí extraigo lo siguiente: "La desproporción se anula –como comenta un escritor contemporáneo– cuando lo poco que se tiene, lo nada que se es, se convierte en el todo que se da y que se pone al servicio del prójimo. “Tener fe –dice Pronzato– no significa tanto creer en los milagros, cuanto creer que Cristo, para hacer el milagro, tiene necesidad de nuestra alforja, aunque muchas veces se encuentre casi vacía. Tener fe no quiere decir solicitar a Jesús que cambie las piedras en pan –ésta es una tentación, rechazada por El de una vez por todas, ya desde el principio–. Tener fe significa aceptar que El transforme nuestro corazón de piedra, apto solamente para hacer cálculos exactos, en un corazón de carne, capaz de saciar a la gente con la irracionalidad de la pérdida y del servicio”.
También comentaba el sacerdote que después del milagro lo querían hacer Rey, ( .."Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo.").
Se va, huye de que se le reconozca ningún mérito, y acude al Padre.No quiere las glorias humanas.
¿Qué hacemos nosotros ante el aplauso?¿esperamos con cada una de nuestras acciones el aplauso?¿nos retiramos en oración para ofrecérselo a Dios? ¿Somos conscientes de que es con Él y en Él cunado todo lo podemos?¿o más bien creemos que es todo mérito nuestro?
Un abrazo y feliz domingo
Lorenzo Amigo
31-07-06, 19:23:27
6 de agosto de 2006
La Transfiguración del Señor
ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO
Nuestro mundo es un mundo de la comunicación, de la información, de las noticias. Los medios de comunicación han suprimido las distancias y han contribuido a crear esa aldea global en la que vivimos. La cantidad de mensajes que recibimos cada día es enorme y no es fácil discernir a quién debemos prestar atención y credibilidad. El creyente en la Biblia es invitado constantemente a escuchar a Dios y su Palabra. También en nuestros tiempos subyace un deseo profundo de verdad y el interrogante sobre quién tiene palabras de vida eterna. Nosotros sabemos que sólo Jesús tiene esas palabras de vida sin final, que nos descubren la verdad profunda de Dios y de nosotros mismos. Por eso Dios mismo nos invita a escuchar a Jesús porque es el Hijo Amado del Padre (Mc 9,2-10).
Jesús es el Hijo de Dios, el Verbo, la Palabra de Dios. Es Él el que nos revela de manera definitiva al Padre y nos introduce en su intimidad. En la transfiguración de Jesús tenemos anticipada su resurrección que es el acontecimiento definitivo no sólo de la vida de Jesús sino también de la historia humana. En la transfiguración contemplamos la transformación profunda que tendrá lugar en la resurrección y que se expresa a través de la luz. La persona de Jesús se manifiesta como hacía el mismo Dios a través de una luz deslumbrante que produce un gozo especial. Las tinieblas del error, de la ignorancia, de las dudas quedan disipadas y reina la paz y la alegría. Por eso Pedro experimenta al mismo tiempo la fascinación de lo divino y el miedo de estar tan cerca de esa radical transformación del ser humano. La fascinación le lleva a querer quedarse allí con Moisés y Elías, testigos de Dios en la historia de Israel, que hacen coro a Jesús, el Profeta definitivo de la revelación de Dios.
La transfiguración de Jesús recuerda las manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento (Dan 7, 9-14). Dios va a instaurar su Reino y va a dar el poder real y el dominio al Hijo del Hombre, Jesús, que comparte nuestra condición humana, hasta la muerte de cruz, y por eso será exaltado en la gloria. La contemplación del Señor glorioso debiera dar fuerza a los apóstoles para mantener su fe en el momento de la prueba, de la pasión. En realidad la conversación con Jesús que prohíbe hablar de lo que han vivido hasta después de la resurrección de los muertos, muestra claramente que los discípulos no entendían muy bien lo que significaba esto. Probablemente seguían pensando en una resurrección al final de los tiempos cuando en realidad ésta iba a tener lugar ya en la resurrección de Jesús.
La resurrección de Jesús, a la que remite la transfiguración es el acontecimiento fundante de nuestra fe cristiana. San Pedro, testigo de excepción, dirá que nuestra fe no se basa en fábulas fantásticas sino en una experiencia de testigos oculares (2 Ped 1,16-19). Es esa experiencia del resucitado la que nos han transmitido los apóstoles y es experiencia normativa para el creyente. Por eso tenemos que escuchar a Jesús que continúa hablándonos a través de su Palabra que nos convoca como Iglesia. Para ello tenemos que tener el valor de entrar también nosotros en la nube de la contemplación. En este tiempo de vacaciones, intentemos tener algún momento tranquilo para escuchar la Palabra de Dios y contemplar al Señor transfigurado para que también nuestras vidas se transformen y ayuden a transformar el mundo.
Lorenzo Amigo
01-08-06, 11:03:53
13 de agosto de 2006
19 Domingo Ordinario
YO SOY EL PAN DE LA VIDA
Hoy día la educación es la clave del futuro profesional de la persona y de la posibilidad de encontrar un buen puesto de trabajo. Las familias buscan los mejores colegios y universidades, gastando lo que sea necesario para asegurar una buena carrera. En la universidad uno busca los mejores profesores que te garanticen que vas a aprender. Después se exhiben los títulos que acreditan que uno ha estudiado en tal universidad famosa.
Lo que uno no podía imaginarse es que el mismo Dios fuera el maestro de la humanidad. Jesús lo afirma con una cita de la Biblia: “Serán todos discípulos de Dios”. Todos tienen, pues, la posibilidad de estudiar con este profesor excepcional. El que aprende del Padre no obtiene un título cualquiera sino una orientación para la vida: ir hacia Jesús. No se trata por tanto de aprender una doctrina más sino de establecer una relación vital con una persona que va a cambiar totalmente la propia existencia. Como nadie ha visto a Dios, sino sólo el Hijo, que procede de Él, en realidad es el propio Jesús el verdadero maestro que enseña en nombre del Padre. No en vano Jesús recibe en el evangelio el título de “Maestro”. Porque Jesús ha visto al Padre y viene del Padre, puede verdaderamente revelarnos la verdadera imagen de Dios.
La relación personal con Jesús, es decir la fe, es lo que el discípulo tiene que aprender y cultivar. Esa relación es la que alimenta la vida de la persona. Jesús es el verdadero pan de vida. Él es el que nutre nuestra vida de manera que pueda escapar de la muerte, no tanto de la muerte física, sino de la muerte espiritual de la perdición. Tan sólo Jesús puede saciar nuestra sed de Dios, nuestras inquietudes espirituales, nuestro deseo de amar y de ser amado. Un gran creyente como Agustín lo formuló diciendo: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
El pan con que Jesús nos alimenta es su propia carne. Se trata en realidad de su persona, de su vida, sus acciones y sus palabras. También por supuesto de la Eucaristía, que es el memorial o actualización de su vida, pasión y resurrección. Lo que alimenta al creyente, lo que nutre la fe del creyente es esa relación personal con Jesús que se nos hace presente en su Palabra de Vida. Tan sólo Él tiene palabras de vida eterna. Se trata de palabras que son al mismo tiempo realidades ya definitivas que nos permiten saborear de manera anticipada lo que será nuestra vida con el Señor. El cristiano vive no sólo de pan sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, inseparablemente unida en la Eucaristía a la realidad del misterio de Cristo, es luz para nuestro camino, viático que lleva a la vida eterna.
En todas la eucaristías el Señor nos alimenta con su Palabra y con su cuerpo y sangre. La eucaristía, como decían los Padres, es “medicina de inmortalidad”. Ella nos sumerge en la resurrección de Jesús y nos da la garantía de no morir, o mejor de morir con Cristo para resucitar con Él.
Lorenzo Amigo
01-08-06, 11:07:26
15 de agosto de 2006
Asunción de la Virgen María
¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO!
El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles se consideran creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental que se ha ido infiltrando en nuestra cultura.
Cuando el Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos en 1950 quería recordarle a sus contemporáneos, ya sumergidos en el materialismo, la realidad de la vida eterna. Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en este último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente. Y efectivamente la Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.
La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad. María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.
María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente. María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.
Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino, sino que nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el antirreino del dragón que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros. Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes. La propia historia de María nos lo confirma.
En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza de esa creación renovada que hacemos presentes en los humildes signos del pan y del vino.
Lorenzo Amigo
16-08-06, 13:19:38
20 de agosto de 2006
20 Domingo Ordinario
YO VIVO POR EL PADRE; EL QUE ME COME VIVIRÁ POR MÌ
Vivimos gracias a la comida. Cuando ésta era escasa, como ocurría todavía hace medio siglo, o sigue pasando en los países pobres, la edad media de la población apenas llegaba a los cuarenta años. Entre nosotros, gracias a la abundancia de bienes y de la medicina, la vida de la persona se ha duplicado. El hombre siempre buscó un fruto mágico que le permitiera vivir para siempre, que le diera la inmortalidad. Aunque la vida y los alimentos vienen de Dios, el hombre, sin embargo, es mortal a causa del pecado. Ni siquiera el maná con que Dios alimentó a su pueblo en el desierto pudo impedir que la gente muriera.
Jesús, en cambio, promete un alimento que garantiza la inmortalidad: su carne y su sangre ( Juan 6,51-58). Esto no puede menos que escandalizar a sus oyentes que probablemente pensaron en el canibalismo o en la imposibilidad de una vida sin fin. Pero Jesús nos explica cómo eso es posible. La vida viene de Dios que es la vida en plenitud, la vida inmortal. Jesús vive por el Padre, ha recibido la vida del Padre, la vida misma de Dios, que no tiene fin. Jesús alimenta su vida, como Él dirá, haciendo la voluntad del Padre, estando siempre en sintonía con Él, haciendo que la misma vida de Dios fluya por sus venas. Pero Jesús, además, tiene la capacidad de darnos esa misma vida que ha recibido del Padre. Por eso puede prometernos la inmortalidad, el vivir para siempre.
Jesús nos da su propia vida, la vida misma de Dios, alimentándonos con su carne y su sangre. No podemos menos que evocar la imagen de la madre alimentando con su seno al bebé. Al mencionar la carne y la sangre de Jesús, el evangelio piensa sin duda en la eucaristía, misterio del cuerpo y de la sangre de Jesús. Se trata, sin duda alguna, de la vida de Jesús. La Biblia llama “carne” a una vida en la debilidad. Jesús nos hace ver que lo que nutre al creyente no son los “alimentos fuertes”, sino precisamente la vida ordinaria de entrega que Él vivió a favor de nosotros. La “sangre” de Jesús evoca su pasión, su muerte cruenta, precisamente porque era débil como nosotros. El creyente que se sumerge en la vida y muerte de Jesús alcanza la inmortalidad, la resurrección. Entramos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo a través del bautismo y de la eucaristía. Ésta es sin duda la “medicina de la inmortalidad”, como la llamaban los Padres de la Iglesia.
Cuando comemos incorporamos los alimentos a nuestras células, los asimilamos y los hacemos nuestros. No es así como logramos la inmortalidad de la vida del Señor Resucitado, pues al hacerlo nuestro, nos encontraríamos siempre con nuestro ser mortal. Ocurre, más bien, al revés. Es el Señor Resucitado el que nos incorpora a Sí y hace de nosotros personas resucitadas que viven una vida sin final.
Que la participación en esta eucaristía nos transforme en Cristo y nos dé su propia vida, la vida recibida del Padre. Esta vida es, ante todo, amor, relación personal con Dios y con los demás, relación que nos lleva a salir de nosotros mismos, para abrirnos a la vida sin límites.
Lorenzo Amigo
22-08-06, 09:30:37
27 de agosto de 2006
21 Domingo Ordinario
¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?
Desde el final del Concilio hemos asistido en los países tradicionalmente católicos a un desenganche progresivo de los creyentes respecto a la realidad eclesial o a la fe cristiana. Esta erosión continua ha ido vaciando nuestras iglesias y ha ido bloqueando el acceso de los jóvenes a la fe. En el punto de partida, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que abandonaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69).
Las dificultades tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios. No debemos extrañarnos que nuestra cultura tan light, tan blanda, encuentre escandalosas las propuestas de Jesús y su persona. Aunque son muchos los que manifiestan su decepción ante la Iglesia, en realidad lo que está en cuestión hoy día es Jesús, Dios mismo. La crisis afectó a la comunidad de los discípulos de Jesús y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor.
Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”. Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.
También Josué al introducir el pueblo en la tierra prometida lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado.
Los creyentes seguimos experimentando en Jesús la salvación. Por eso permanecemos adheridos a Él. Probablemente los que se han ido nos dirán que ellos no experimentaban nada y que tampoco creen que nosotros experimentemos algo real en contacto con Cristo. El reto que la cultura actual lanza al cristianismo se sitúa en el plano práctico de cuál es el tipo de persona y de sociedad que crea la fe cristiana. A muchos no les ha convencido lo que ven. Por eso el P. Chaminade hablaba de la necesidad de ofrecer el espectáculo de un pueblo de santos. Los santos resultaron convincentes al comienzo de la Iglesia y siguen siendo creíbles también en nuestro tiempo. Jesús debiera seguir siendo atractivo también hoy día porque es el “Santo de Dios”.
Lorenzo Amigo
30-08-06, 09:53:50
3 de septiembre de 2006
22 Domingo Ordinario
EL CULTO QUE ME DAN ESTÁ VACÍO
El Vaticano II pidió una vuelta al evangelio para superar una vida cristiana un tanto lánguida y anquilosada, hecha de ritos y costumbres tradicionales que ya no encarnaban los verdaderos valores evangélicos. La religión necesita expresar la relación con Dios mediante ritos realizados en los espacios sagrados en el momento de las fiestas. Con el tiempo el peligro es que uno se quede en esos elementos externos, los identifique con Dios y se olvide de Dios. Al final se honra a Dios con los labios pero no con el corazón. El culto entonces se vacía de sentido y de contenido (Mc 7,1-23). En buena medida era lo que pasaba con la religión judía del tiempo de Jesús. Las tradiciones humanas habían ahogado el espíritu de la Ley que manifestaba la voluntad de Dios para con su pueblo.
La reforma de Jesús es una invitación a volver a una religión profética que tiene su centro en el corazón que trata de escuchar a Dios para hacer lo que Él quiera. Una religión del corazón no significa una religión sentimental cálida frente a una religión ritualista de prácticas externas. Más bien se trata de colocar a Dios en el centro de las preocupaciones y proyectos del hombre, hacer de Él el único tesoro, porque “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Una religión del corazón engloba toda la realidad de la persona y de la sociedad. Es lo contrario de una religión puramente privada. Interioridad y exterioridad son las dos caras de una misma realidad. Sin interioridad la religión y el culto se tornan vacíos. Sin exterioridad, la religión se hace invisible y acaba desapareciendo.
La fe en Dios genera toda una serie de valores que dan sentido a la vida de la persona y del pueblo (Dt 4,1-8). Esos valores crean actitudes profundas en la persona, que finalmente se traducirán en actos exteriores que dan origen a diversas normas y costumbres. Éstas tienen sentido mientras están en contacto con los grandes valores que les dieron el ser. Una religión del corazón debe traducirse en una conducta práctica que se hace cargo de la realidad. No basta con escuchar la Palabra, hay que llevarla a la práctica. Es el realismo cristiano. “La religión que Dios quiere es visitar a los huérfanos y viudas en sus dificultades y no mancharse las manos con este mundo” (Sant 1,17-27)
El P. Chaminade en su tiempo se dio cuenta de la necesidad de personalizar la fe y la práctica religiosa y repetía: “lo esencial es lo interior”. El espíritu interior, según él, es ante todo un espíritu de fe y de oración. La fe nos lleva a abrirnos totalmente a Dios y a descubrirlo presente en todos los acontecimientos de la vida. La oración nos ayuda a cultivar la fe y crear en nosotros las grandes convicciones de fe de manera que ésta no esté sólo en nuestras cabezas sino que pase al corazón y a la vida. El P. Chaminade dedicó su vida a defender la fe y proponerla de una manera creíble y vivible, creando comunidades de fe, en las que la fe es celebrada, vivida, compartida y transmitida.
La eucaristía es el verdadero culto cristiano. No es un simple rito que actualiza el misterio de Cristo sino que nos compromete también a nosotros a hacer de nuestras vidas una auténtica ofrenda de nuestro ser.
belaire
30-08-06, 16:51:26
Efectivamente la relación con Dios, como cualquier otra relación, necesita exteriorizarse por medio de ritos, pero en los ritos expresamos "el contenido" de la relación misma. Por el rito ponemos de manifiesto si nuestra relación con Dios pretende tenerlo a nuestro favor o por el contrario nos pone a su disposición para hacer su voluntad.
El culto vacío consiste en honrar a Dios con los labios pero no con el corazón. Ofrecer holocaustos que Dios mismo desprecia y aborrece porque, como nos dice claramente por medio de los profetas, Él quiere misericordia y no sacrificios.
El culto vacío pretende "manipular a Dios", ponernos a bien con Él, mientras que el verdadero culto es fruto de la conversión que nos lleva a hacer su voluntad.
El sacrificio que Dios quiere es un corazón arrepentido. Es la ofrenda de la vida. Es la autoinmolación. Es lo que celebramos en la eucaristía: "este es mi cuerpo que se entrega .... esta es mi sangre derramada".
Haced esto en memoria mía: entregad vuestras vidas como yo la entrego .... Este es el sacrificio que agrada a Dios porque hace su voluntad.
Lorenzo Amigo
05-09-06, 11:02:44
10 de septiembre de 2006
23 Domingo Ordinario
TODO LO HIZO BIEN
La presencia del mal en el mundo interpela tanto a creyentes como no creyentes. Sigue siendo el gran escándalo de la fe en la bondad de Dios. Jesús luchó sin tregua contra todo lo que impide la felicidad del hombre. No hizo una revolución mágica y milagrosa que hiciera desaparecer todos los males. Introdujo, en cambio, una revolución silenciosa que ha ido dando fruto a lo largo de los siglos. Se trata de vencer el mal con el bien. A través de sus milagros, hoy hemos escuchado la curación de un sordomudo, nos muestra hasta qué punto Jesús se siente tocado por las miserias humanas y actúa para poner remedio. Eso hace exclamar a las muchedumbres: “Todo lo hizo bien” (Mc 7,31-37).
Frente al sufrimiento, Muchos se preguntan: ¿”dónde está Dios”?, o ¿”qué le he hecho yo a Dios para que me trate así”? En vez de perdernos en preguntas con las que intentamos justificar nuestra pereza, debemos más bien pensar: ¿”qué puedo hacer yo para aliviar ese sufrimiento”? Se trata de inyectar constantemente el bien en este mundo plagado de males, poner vida en este estas realidades de muerte. En realidad, eso es lo que está haciendo Dios incesantemente. Si el mundo no se hunde en el caos, es porque Dios y los suyos están constantemente luchando para que exista el orden y la felicidad. El Pueblo de Dios vivió con la confianza en esa utopía de que Dios iba a intervenir inmediatamente para cambiar la situación del mundo (Is 35,4-7). Los escépticos dirán que son buenas palabras, pero que el mundo sigue siendo un desastre.
Desgraciadamente nuestros ojos y nuestros oídos están ya como condicionados y educados por los medios de comunicación para descubrir inmediatamente los males. No está mal si ese espíritu crítico nos ayuda a cambiar las cosas. Desgraciadamente, a veces, simplemente echamos las culpas a los demás y nos sentimos impotentes para hacer algo. Ingenuamente queremos una revolución instantánea que arregle inmediatamente el mundo. La vía seguida por el cristianismo ha sido más lenta, pero sin duda, invitando a cambiar el corazón, ha contribuido a cambiar la situaciones injustas. Han sido pequeños gestos, como los milagros de Jesús, que muestran que el Reino de Dios está irrumpiendo en nuestro mundo y creando unas relaciones nuevas entre los hombres.
El apóstol Santiago nos pone un caso concreto en el que la fe cristiana nos invita a actuar para cambiar las relaciones sociales (Sant 2,1-5). En el mundo son los ricos los que mandan y los que tienen voz. A los pobres se los silencia y se les ignora. A veces desgraciadamente también en la Iglesia nos hemos comportado así y hemos buscado el estar a bien con los ricos. En cambio, para Jesús, los pobres fueron los preferidos porque ellos eran los herederos del Reino. El camino de la Iglesia pasa a través de los pobres. La opción preferencial por los pobres, sin por ello excluir a los ricos, implica una conversión profunda de nuestra manera de pensar y de administrar los recursos eclesiales.
Que la celebración de esta eucaristía nos haga sensibles a los pobres de nuestro tiempo y nos lleve también a nosotros a hacerles todo el bien posible.
Lorenzo Amigo
08-09-06, 10:48:48
17 de septiembre de 2006
24 Domingo Ordinario
EL QUE QUIERA SALVAR SU VIDA, LA PERDERÁ
No debemos extrañarnos de que en este cultura del éxito la figura del Crucificado no esté de moda. A pesar de algunas películas, Jesús empieza a ser un desconocido entre los jóvenes. Las clases de religión no consiguen atraer su atención y la familia y la catequesis no permiten hacer la experiencia de un auténtico encuentro con Él. Desgraciadamente no parece inquietar demasiado el que desaparezca del horizonte cultural la persona que está a la base de la cultura cristiana, en la que hunden sus raíces los grandes valores que sostienen las sociedades democráticas: el respeto de la persona, la libertad, la justicia, la paz, la preocupación por los más desfavorecidos. Se cree ingenuamente que estos valores pueden sobrevivir sin la inspiración que está en sus orígenes.
Desde hace dos siglos la fe cristiana se siente llamada a ser contracultural precisamente para salvar lo mejor de nuestra cultura. Pero esta fe se irá anquilosando si se reduce a una serie de tradiciones e incluso valores morales y culturales, sin una relación vital con la persona de Jesús. Tan sólo el Resucitado y su Espíritu pueden animar y dar sentido a la intensa movida de los pueblos que estamos viviendo. La Iglesia debe huir de todo triunfalismo mesiánico y aceptar de corazón la realidad del Crucificado (Mc 8,27-35). Eso no le hizo ninguna gracia a Pedro ni tampoco nos gusta a nosotros que, como nuestros contemporáneos, queremos un cristianismo vistoso y atractivo, que cada uno define a la carta.
Jesús vio ya al peligro de convertirse en un Mesías populachero que atraía las multitudes y las hubiera podido manipular según sus intereses. Desde el principio, sin embargo, interpretó su destino a través de la figura enigmática del Servidor de Yahvé que aparece en el libro del profeta Isaías (50,5-10). Fueron los profetas los que denunciaron las falsas salvaciones que los hombres buscan a través de las políticas de alianzas, de poder, de imperialismo. Jesús, en su tiempo, tuvo también que confrontarse con las autoridades políticas y religiosas que mantenían sometido a su pueblo. Como todo profeta, huyó de soluciones simplistas de tipo revolucionario y confió que Dios traería su Reino. Tan sólo Dios es capaz de cambiar de raíz la situación del hombre y de los pueblos.
Esta fe en la intervención de Dios no nos lleva a cruzarnos de brazos. La fe, sin obras, está muerta por dentro, nos recuerda, con gran realismo, el apóstol Santiago (Sant 2,14-18). La fe cristiana a lo largo de la historia ha sabido encarnarse en las realidades culturales de los pueblos. Ha creado todo un universo artístico que todavía sigue hablando actualmente al corazón de los hombres. La gran tragedia hoy día es la separación de la fe y de la cultura. La fe no logra encarnarse en la realidad concreta de la vida de los hombres. La cultura, de espaldas a la fe, languidece y se pierde en el sin sentido.
Una cultura del éxito no logra, sin embargo, eliminar la figura del Crucificado. A pesar de todos los esfuerzos por transformar el mundo, los crucificados siguen estando presentes ante nuestros ojos. Pueden ir con su cruz a cuestas o sin carné en una patera. El Crucificado murió precisamente para que no hubiera más crucificados. Por eso el creyente que se ha adherido a Cristo, experimenta en sí la fuerza del Resucitado que tiene poder para cambiar nuestro mundo. Pero para ello tenemos que movilizarnos y estar dispuestos a dar la vida, porque “el que pierda la vida por el Evangelio, la salvará”. Ahora que estamos celebrando la eucaristía, renovemos nuestra adhesión al Señor muerto y resucitado y salgamos decididos a infundir vida en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
20-09-06, 21:25:39
24 de septiembre de 2006
25 Domingo Ordinario
EL QUE QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO DE TODOS
En esta sociedad competitiva en la que nos toca vivir, ya desde niños nos enseñan a que hay que estudiar mucho para poder hacer luego una buena carrera. Así se tendrá un buen puesto donde ganar mucho dinero y estar por encima de los demás. La vida es considerada como una especie de campeonato o competición y todos queremos que nuestro equipo gane. La sociedad democrática, en teoría, ofrece a todos una igualdad de oportunidades para subir en la escala social. Oficialmente no existen privilegios de sangre ni de familia. Aunque se hable de igualdad, en realidad, nuestras sociedades han consagrado la desigualdad. Y desde luego nadie quiere ser el último.
Ser el último en el evangelio significa ser el servidor de todos y hoy día nadie quiere ser el servidor de nadie. Sin duda se quiere ser útil, servir para algo, pero no tener que servir. Queremos que sean los otros, a poder ser los emigrantes, los que realicen esos servicios humildes y mal pagados. Esos trabajos no sólo comportan un cierto menosprecio social sino que además son trabajos que uno paga con la propia salud y a veces riesgo de la vida. Son los trabajos de las personas no estudiadas o de las que han estudiado y no tienen a nadie que les eche una mano.
Jesús en el evangelio se identifica precisamente con los últimos, con los que no tienen ni voz ni voto, con los que no cuentan a la hora de tomar las decisiones sino que sufren las consecuencias de las decisiones tomadas casi siempre por los que cuentan. Y las toman siempre a favor suyo. Jesús pone como ejemplo el niño. En realidad está hablando de la persona que necesita ser defendida y protegida porque no cuenta, porque todavía no tiene derecho a voto. Aunque en nuestra cultura los niños están cada vez más protegidos, en los países del tercer mundo muchas veces son las víctimas de la violencia, del trabajo explotado y de la explotación sexual. Jesús se identifica con todas las personas indefensas que no pueden defender sus derechos. En su vida, aunque fue llamado “maestro”, nunca rehuyó el trabajo del servidor, los trabajos serviles. Dejó de lado sus vestidos de señor y se ciñó el mandil para lavar los pies de sus discípulos y nos invitó a todos a hacer lo mismo (Jn 13).
Acoger a una persona indefensa es acoger al mismo Jesús; acoger a Jesús es acoger al mismo Dios. Porque Dios mismo curiosamente no es el primero de todos sino el que ocupa el último lugar en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Eso no le impide el seguir manos a la obra intentando que este mundo que creó no se nos vaya de las manos, sino que esté siempre al servicio del hombre. Para ello cuenta con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad que no tienen miedo a mancharse las manos metiéndose hasta al fondo en los subterráneos de nuestro mundo.
Así Dios hace avanzar el mundo con la ayuda de todas las víctimas y todos los descontentos del sistema actual. De los que siempre quieren ser los primeros no se puede uno fiar mucho pues se puede estar seguro que nos usarán para sus fines y sus intereses. Los que ocupan los primeros puestos no están interesados en que el mundo avance y cambie pues ven sus puestos en peligro. La codicia y la ambición corrompen la vida de los hombres ( Sant 3,16-4,3). En este contexto de corrupción social, querer ser honrado suena a tonto, y no ya a ingenuo o honesto (Sab 2,17-20). Pero precisamente, gracias a estas personas buenas y justas, el mundo sigue adelante sin hundirse en la maldad. Con esa esperanza y con el compromiso de estar al servicio de los demás, celebramos juntos la eucaristía este domingo.
Lorenzo Amigo
27-09-06, 17:53:30
1 de octubre de 2006
26 Domingo Ordinario
EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR NUESTRO
El diálogo religioso es una prioridad hoy día para todas las religiones, también para el cristianismo. Para poder entablar ese diálogo, hay que renunciar a la pretensión de que sólo una religión tiene toda la verdad, mientras las otras tienen poco o nada de bueno. En realidad no se trata de comparar teorías, sino de emprender un diálogo en el terreno práctico: un diálogo de la vida y de las acciones, de la reflexión y de la experiencia religiosa. Tan sólo el convencimiento de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere puede llevarnos a presentarnos desarmados ante los demás. Es lo que hizo Moisés cuando reconoció la acción del Espíritu en aquellos dos ancianos que no estaban en la lista (Nm 11,25-29). Para ello necesitamos tener ese espíritu profético, que nos ayuda a discernir la acción de Dios en nuestro mundo a través de la lectura de los signos de los tiempos. El deseo de Moisés de que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor se hizo realidad en Pentecostés. La comunidad eclesial es toda ella carismática y ministerial. Todos somos protagonistas en la construcción de la Iglesia al servicio del mundo.
Los diversos fanatismos existentes en nuestro mundo se basan en la teoría de la exclusión: el que no está con nosotros está contra nosotros; los que no son como nosotros son enemigos nuestros. Jesús, en cambio, formula el principio de inclusión: el que no está contra nosotros está a favor nuestro ( Marc 9,37-47). Más que mirar a qué grupo pertenecen las personas, debemos ver cuál es su conducta, si su conducta es liberadora porque hace el bien, o si por el contrario están causando sufrimiento a los demás.
Como ninguna religión tiene el monopolio de la verdad y sus miembros son pecadores, todos podemos dar y recibir de los demás. Eso supone que debemos dejarnos interrogar por los demás. No sólo por las religiones sino también por la razón. Las religiones no pueden atrincherarse en sus fórmulas reveladas y llevarlas al extremo del irracionalismo destructor. La historia europea muestra cuánto hubiera podido aprender la Iglesia del pensamiento moderno y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si no se hubiera opuesto a la libertad de las personas. Hemos tenido que esperar al Vaticano II para ver reconocidas todas esas libertades.
Curiosamente ese talante ecuménico y universal de Jesús aparece antes de formular toda una serie de exigencias para sus discípulos. Para no caer en el mal y no dar escándalo, es decir no hacer caer a los demás, hay que estar dispuesto a extirpar el mal de raíz en la propia persona, por más que eso pueda parecer absurdo. Sin duda que no se trata de cortarse el pie o la mano o sacarse uno ojo. Se trata de no firmar compromisos con el mal. Es al mal, que tiene sus cómplices dentro de nosotros mismos, al que hay que declararle la guerra, y no tanto a las personas buenas que son distintas de nosotros. Debemos aliarnos con todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdad, la bondad, la justicia y el amor.
En torno a la eucaristía construyamos esa comunidad abierta al mundo, que celebra la acción liberadora del Espíritu, y abramos nuestros corazones para acoger la gran diversidad de dones que el Señor nos está dando a través de la variedad de razas, religiones y culturas.
Lorenzo Amigo
05-10-06, 20:44:54
8 de octubre de 2006
27 Domingo Ordinario
LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE
El ideal cristiano del matrimonio encuentra cada vez más dificultades en nuestra cultura. El reconocimiento de diversos tipos de matrimonio en la legislación civil y sobre todo la facilidad para el divorcio crean un entorno poco propicio para la indisolubilidad y la fidelidad matrimonial. No cabe duda de que uno de los rasgos característicos del matrimonio, según Jesús, es precisamente el que es para toda la vida, sin posibilidad divorciarse. En el judaísmo tan sólo el hombre podía divorciarse. La discusión en tiempo de Jesús versaba tan sólo sobre en qué casos el hombre podía divorciarse. A los más liberales les bastaba que el hombre hubiera encontrado una mujer más guapa. No cabe duda de que esta situación era profundamente injusta con la mujer.
Jesús ha querido defender a la mujer y ha proclamado la igualdad esencial del hombre y de la mujer en el plan de Dios (Mc 10,2-16). Por eso ha cuestionado el divorcio, aunque esté permitido en la ley de Moisés. Hay alguien más importante que Moisés, Dios mismo. ¿Por qué entonces Moisés permitió el divorcio? Para que aparezca claramente la dureza del corazón del hombre que trata a la mujer como un ser inferior, como un objeto de deseo y de disfrute. La realidad del divorcio en la ley de Moisés pone de manifiesto que algo no está funcionando bien en el pueblo de Dios sino que huele a podrido. El divorcio era tan sólo un síntoma de esa profunda injusticia con la que se trataba y se sigue tratando a la mujer en muchas de nuestras sociedades. Es verdad que hoy día no siempre es la mujer la víctima del divorcio, sino que es ella la que muestra esa dureza de corazón.
Jesús dio una respuesta desconcertante a una pregunta con mala intención, que no estaba interesada en saber la respuesta, pues es evidente que según la ley de Moisés, el hombre podía divorciarse. Jesús adopta una postura profética de denuncia, volviendo al plan original de Dios en el momento de la creación (Gn 2,18-24). A pesar del ropaje literario del relato de la creación de la mujer, se afirman una serie de verdades fundamentales sobre la realidad del hombre y de la mujer. Hombre y mujer son personas en relación, que no existen aisladas en sí mismas. Sin la mujer, el hombre se encontraba solo perdido entre los animales. Con la creación de la mujer, el hombre tiene una compañía con la que se puede hablar cara a cara, lo cual supone la igualdad esencial en la diversidad sexos. Esa reciprocidad de hombre y mujer está expresada en el hecho de que la mujer ha sido creada de un lado, de un costado del hombre (no de una costilla). Hombre y mujer separados son tan sólo la mitad de la realidad global.
Hombre y mujer en el matrimonio forman un solo ser. La expresión “una sola carne” no se refiere a la unión sexual en el matrimonio. La carne indica la debilidad humana. Son un solo ser en el que se comparte toda la realidad humana de afectividad, cariño, proyectos y también la dimensión sexual. Esa igualdad fundamental pide esas relaciones cariñosas y no simplemente de disfrute sexual.
Jesús se declaró proféticamente contra el divorcio y no tanto como una fórmula jurídica. La Iglesia debe seguir defendiendo proféticamente el matrimonio cristiano en esta cultura que le es adversa. El matrimonio cristiano está llamado a ser una forma alternativa y contracultural a las diversas formas de parejas de hecho. Al mismo tiempo, como encarnación de la misericordia de Cristo, la Iglesia tiene que acompañar a las parejas cristianas que han fracasado en su matrimonio y han terminado divorciándose. Que la celebración de la eucaristía ayude a los matrimonios cristianos a vivir en la fidelidad y en el amor.
Lorenzo Amigo
11-10-06, 16:07:59
15 de octubre de 2006
28 Domingo Ordinario
SE MARCHÓ TRISTE, PORQUE ERA MUY RICO
Todos buscamos la felicidad. Ésta depende, en buena parte, de qué idea tenemos del hombre. La felicidad tiene sin duda que ver con la realización de nuestro ser. Consideramos un bien aquello que nos ayuda a ser feliz. El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Esta es una creencia popular de todos los tiempos. Es verdad que los sabios han intentado relativizar el dinero, el poder o la belleza y han puesto la felicidad en la sabiduría (Sab 25,6-10). Están convencidos que la sabiduría es superior a todos los demás bienes, más aún, con la sabiduría se obtienen todos los demás. En realidad la sabiduría es un don, un regalo, que no se puede alcanzar con el propio esfuerzo. No tiene nada que ver con la adquisición de conocimientos teóricos de los que el poeta decía: “hasta la sabiduría vende la Universidad”. Se trata de otro tipo de conocimiento vital que Dios da a los que se lo piden.
Para referirse a la felicidad plena el evangelio habla de “la vida eterna”. También aquí está claro que ésta no se puede adquirir mediante el esfuerzo. Se puede en cambio “heredar”, haciéndose uno creyente y, por tanto, hijo de Dios. Como hijos de Dios intentamos agradar a Dios nuestro Padre, haciendo lo que Él quiere, es decir, cumpliendo sus mandamientos. (Mc 10,17-30). Las personas que se encontraron con Jesús quedaron transformadas. Desgraciadamente el encuentro del joven rico con Jesús acabó frustrando la vida de una persona que se las prometía felices para el futuro. Había observado los mandamientos de Dios y podía esperar heredar la vida eterna. De pronto echa todo a perder y empieza a amargarse la vida por no ser capaz de dar un paso adelante.
Jesús sitúa la felicidad en seguirlo a Él y formar parte de su grupo. Para ello hay que desprenderse de las riquezas para encontrar el verdadero tesoro, Dios mismo o la persona de Jesús. Jesús es el único valor absoluto para el creyente. Ante esta exigencia, el joven ya no tuvo el coraje de seguir adelante y se marchó triste. Jesús nos coloca así ante la alternativa bíblica: o Dios o el dinero. No se puede servir a Dios y al ídolo de la riqueza. Ante la extrañeza de los propios discípulos, Jesús explicó en qué consiste el peligro de la riqueza. La riqueza, es sin duda un bien, pero un bien relativo. Desgraciadamente posee un dinamismo propio que coloca al hombre ante el abismo. En vez de ser el hombre el señor de su riqueza, las riquezas se convierten en el señor del hombre. Las riquezas son simplemente medios al servicio del hombre. No pueden ser la finalidad de una vida.
El hombre está llamado a ser hombre en plenitud y no simplemente a tener más cosas. Desgraciadamente las cosas, que debieran ayudarnos a realizar nuestra misión de hombres, acaban acaparándonos el corazón, el tiempo y la atención. Sucede lo que Jesús dijo: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Las riquezas se convierten muchas veces en la fuente de nuestras alegrías, de la misma manera que la pobreza es el origen de nuestros sufrimientos. Las riquezas se constituyen en una especie de falso dios en el que uno pone la confianza para poder realizar la vida. Eso es lo contrario de la fe, que es un poner toda nuestra confianza en Dios.
Los primeros cristianos muchas veces tuvieron que abandonar sus bienes para ser cristianos. Una familia judía o pagana que veía que un hijo se hacía cristiano, a menudo lo desheredaba. Aquellos creyentes, sin embargo, experimentaron que el dejar la familia y los bienes, por Jesús y el evangelio, les permitía encontrar el ciento por uno. Pidamos también nosotros en la eucaristía un verdadero espíritu de desprendimiento para que Jesús sea el centro de nuestras vidas.
Lorenzo Amigo
17-10-06, 09:46:35
22 de octubre de 2006
29 Domingo Ordinario
LOS JEFES DE LOS PUEBLOS LOS TIRANIZAN
La búsqueda del poder, como dominio sobre las personas o los pueblos, está inscrito en el corazón del hombre. Llega a su forma más tiránica cuando se quiere controlar incluso las conciencias de los demás. Los apóstoles vivieron con la ilusión de que Jesús era el Mesías político esperado por Israel y lógicamente algunos fueron tomando posiciones de cara al futuro reino. Santiago y Juan no tienen empacho en manifestar sus ambiciones a Jesús delante del grupo de los apóstoles (Mc 10,35-45). Piden los primeros puestos. No es de extrañarse que los demás discípulos se indignaran contra ellos, pues en el fondo tenían las mismas secretas esperanzas, que podían esfumarse si Jesús accedía a su petición.
Jesús en un primer momento parece seguirles la corriente y les hace un pequeño examen sobre sus capacidades. Se trata ante todo de la fidelidad a su persona, de ser capaz de compartir su suerte, que va a ser un destino doloroso. Santiago y Juan ya no pueden dar marcha atrás y se declaran dispuestos a ir con Jesús hasta el fin. Jesús acepta esa promesa, pero les hace ver que en el Reino de Dios las cosas son muy diferentes de las de aquí.
Con gran realismo Jesús describe la dinámica del poder. Por más que se insista en que es un servicio, el poderoso tiraniza y oprime a los súbditos, utilizándolos según sus intereses. Los tratados de filosofía y teología formulan el ideal la autoridad como un servicio del bien común, pero la realidad desmiente muchas veces esa ideología. Tan sólo Jesús, que es el verdadero servidor que da la vida en rescate por todos, ejerce una autoridad que no oprime sino que libera. La entrega de su vida le permite solidarizarse con todos los que sufren, con todos los oprimidos. Así puede compadecerse de nuestras debilidades (Hb 4,14-16), porque las ha experimentado en su propia carne. Jesús es uno como nosotros. No ha vivido una existencia idílica sin problemas, sino que, por el contrario, ha hecho suyos los problemas de los demás. Así ha tocado el fondo de la condición humana sufriente y doliente. Por eso puede echarnos una mano. Es capaz de descender hasta el abismo de nuestro pecado, sin abandonar su fidelidad a Dios.
Esta solidaridad con los que sufren es redentora (Is 53,10-11). No se trata de que Dios quiera el sufrimiento de sus hijos o que el hecho de sufrir sea en sí mismo redentor. Más bien hay que entender la palabra del profeta en el sentido de que Dios ha aceptado el sufrimiento de su siervo, o mejor ha acogido con amor a su siervo sufriente, figura de Jesús. Lo ha acogido con amor porque ha visto el amor solidario que existía en el corazón del siervo, en el corazón de Jesús. Es ese amor el que nos salva y nos redime.
Es la persona de Jesús la que debe ser el punto de referencia para la Iglesia para no caer de nuevo en la tentación de querer tener un poder sobre las personas o las sociedades, queriendo a veces incluso controlar sus conciencias. Tan sólo cuando tengamos una Iglesia solidaria con los pobres y con los que sufren seremos una Iglesia creíble. En la celebración de la eucaristía Jesús actualiza su entrega en rescate por todos. Que cada uno de nosotros sea capaz de ir hacia los últimos, hacia las víctimas del poder en nuestras sociedades para darles la liberación de Jesús.
Lorenzo Amigo
24-10-06, 09:14:13
29 octubre de 2006
30 Domingo Ordinario
MAESTRO, QUE PUEDA VER
En una época como la nuestra, en que las cosas se han vuelto tan complicadas, a todos nos gustaría ver claro hacia dónde tenemos que caminar y cuáles son las verdaderas soluciones a nuestros problemas. Dios ha concedido al hombre la razón para que pueda orientarse en el mundo y proyectar su vida hacia el futuro de manera realista y responsable. El hombre no es un adivino, que pueda anticipar con certeza lo que va a pasar. La ciencia y las técnicas nos han ayudado mucho a dominar la realidad y a conjeturar el futuro. Éste, sin embargo, sigue perteneciendo a Dios. Son infinidad las veces que vemos que las cosas no salen como las habíamos planeado a pesar de haber estudiado todas las variantes que nos parecían importantes. La evolución de la guerra en Irak muestra que los cálculos humanos son fruto muchas veces de nuestros deseos que nos impiden percibir la verdadera realidad de las cosas.
Bartimeo, el ciego del evangelio, se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista. Él no puede ver a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura.
El problema hoy día, como lo ha señalado el Papa, reside en nuestra facultad intelectual de ver, en la razón. Algunas culturas se han echado en brazos del irracionalismo que les impide discernir el verdadero bien y los peligros que nos amenazan. La tentación de la violencia para solucionar los problemas es la consecuencia de esa falta de racionalidad en la manera de abordar las situaciones difíciles. Al no creer en la razón, se niegan al diálogo como método para superar los conflictos.
En el otro extremo, la cultura occidental ha caído en una especie de racionalismo estrecho que reduce la razón a su funcionamiento científico y tecnológico y le niega toda validez en los otros campos de la vida humana. La razón débil sumerge al hombre en el escepticismo y relativismo respecto a las grandes cuestiones de la vida individual y colectiva. Al no poder alcanzar la verdad, es muy difícil llegar a tener unos valores compartidos que superen los mínimos exigidos por el funcionamiento de la democracia. Ésta, sin duda, se funda en la renuncia a la violencia, en el diálogo y sobre todo en unos valores compartidos.
Ésta razón débil debiera ser capaz de abrirse a la fe ya que se reconoce a sí misma como limitada. Pero curiosamente esa razón débil se convierte en razón fuerte en el uso de la técnica y la ciencia, sin unas orientaciones éticas claras, de manera que se impone un nuevo tipo de violencia. Sin duda no se trata de una violencia tan a las claras como el terrorismo, pero desgraciadamente produce una máquina de guerra, que de tiempo en tiempo estalla y siembra la destrucción. Si no se reconoce la dignidad de la vida humana, los intereses de las naciones o de los grupos prevalecerán sobre el bien común y de la persona. Necesitamos una razón abierta a la fe e iluminada por ella, que no dimite de su responsabilidad, pero que tampoco se erige en árbitro absoluto de la realidad, sino que se deja enseñar por ella. Abierta al misterio, como Bartimeo, también la razón alcanzará su curación y dejará de ser una razón débil, sin transformarse en razón fuerte, sino siendo sencillamente lo que es: apertura a la realidad total para acogerla con respeto. Nuestra familiaridad con el misterio de la eucaristía que ahora celebramos nos ayude a descubrir el misterio de la vida y de toda la realidad.
Lorenzo Amigo
30-10-06, 15:30:13
1 de noviembre de 2006
Todos los Santos
MIRAD QUÉ AMOR NOS HA TENIDO EL PADRE
El asesinato de algún sacerdote o religioso en países de misión o musulmanes hace que de tiempo en tiempo surja la pregunta sobre Dios en nuestro mundo secularizado y unidimensional. ¿Por qué han dejado estas personas la comodidad de nuestros países y se han ido a compartir la miseria de otras personas tan distintas de nosotros? Aquí no es posible sospechar intenciones egoístas ocultas y hay que rendirse a la evidencia de que es Dios el que les ha movido a acercarse a esos también hermanos nuestros que no gozan de nuestra situación privilegiada. Así de vez en cuando percibimos un destello de la santidad, de la santidad humana y de la santidad de Dios.
Es verdad que algunos tan sólo perciben en esas muertes una especie de heroísmo humano que pone ante nuestros ojos la realidad de un alma bella. Pero aún así no es fácil ahogar la señal que remite hacia Dios como origen de la entrega de la propia vida. Y es que la santidad, en contra de muchas cosas que nos han dicho, no es el resultado de nuestro propio esfuerzo. Algunos pueden pensar que se llega a ser santo renunciando a todo lo hermoso y atractivo de la vida. Y concluyen que eso no es para mí, que estoy tan enamorado de la vida y de todo lo que nos ofrece. Esa santidad ascética tiene poco que ver con el ideal cristiano de la santidad. A lo sumo esa renuncia y ese ascetismo pueden ser necesarios en algunos casos para acoger el don de Dios, que es el verdaderamente santo y el que nos santifica.
A veces también creemos que la santidad de Dios lo aleja totalmente de la realidad de nosotros pecadores. Al contrario. Dios, por ser santo, tiene la capacidad de entrar en nuestro mundo de pecado y de transformarlo. Él es el único que tiene el poder de suprimir la enemistad del mundo contra Él y hacer que se abra para recibir su amor y responder con amor. Eso es la santidad. La santidad es ante todo amor, amor de Dios que se derrama sobre los hombres. Los santos son personas que han amado mucho y han encontrado su felicidad en amar, hasta dar la vida por los demás, algunas veces de manera cruenta, la mayoría en la rutina diaria. La santidad es un don y una tarea. San Pablo recuerda constantemente a sus fieles que son santos y que tienen que vivir como santos. Lo mismo repite hoy San Juan (1 Jn 3,1-3). La santidad es la característica de Dios y de los hijos de Dios. Es ese aire de familia que distingue inmediatamente a los creyentes en su conducta. La conciencia de ser hijos de Dios nos lleva a un trabajo de purificación continuo para llegar a vivir esa santidad de Dios.
El camino hacia la santidad consiste ante todo en vivir las bienaventuranzas, que nos trazan un retrato de Jesús, el Santo de Dios (Mt 5,1-12). En esta perspectiva es muy importante la que proclama: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Esa pureza de corazón tan sólo de manera muy secundaria tiene que ver con la vivencia de la castidad cristiana. Es ante todo la rectitud del corazón, es decir de lo profundo del ser humano cuando hace sus proyectos. Nos lleva a preguntarnos sobre cuáles son los motivos profundos de nuestra conducta. Tan sólo si estamos movidos por el amor a Dios y a nuestros hermanos estamos en la vía de la santidad. Cuando se mezclan los motivos egoístas de la propia satisfacción, incluso el querer ser santo se convierte en un peligro.
La celebración de la Eucaristía nos reúne como la familia de los hijos de Dios que tienen ese aire característico que es la santidad. “Las cosas santas para los santos”, decían los antiguos cristianos. Que la participación en el cuerpo y sangre de Jesús nos ayude a avanzar en el camino de la santidad.
Lorenzo Amigo
02-11-06, 08:50:57
5 de noviembre de 2006
31 Domingo Ordinario
¿QUÉ MANDAMIENTO ES EL PRIMERO DE TODOS?
A muchas personas les gusta discutir sobre todo tipo de cuestiones para encontrar la verdad o por el placer de discutir. Otras más prácticas consideran inútil el hacer teorías y quieren que simplemente se solucionen los problemas. No cabe duda de que hoy día hay un deseo de ir a lo esencial y no perderse en puros detalles. Jesús perdió poco tiempo discutiendo cuestiones académicas e invitó sobre todo a hacer la voluntad de Dios. Ésta se manifestaba al pueblo de Dios sobre todo a través de la Escritura, y en particular la Ley de Moisés. Pero en la Ley hay muchos mandamientos. Los rabinos decían que 613, uno para cada miembro del cuerpo humano para que todos sigan la voluntad de Dios.
Algunos piensan que la pregunta sobre cuál es el mandamiento más importante es ya una muestra del olvido de la voluntad de Dios en la cual todo es importante (Mc 12,28-34). Sin embargo, a mi parecer, es legítima pues nos ayuda a tener como un hilo conductor en el descubrimiento e interpretación de la Ley de Dios. Aunque uno debe realizarla hasta en los mínimos detalles, no podemos olvidar que en cierto sentido la voluntad amorosa de Dios quiere simplemente una cosa que luego se concreta en la realidad de nuestras vidas. Pues bien, Jesús, y también algunos rabinos, dice que Dios quiere que amemos. Todo se concentra en el amor. El Papa ha hecho bien en recordárnoslo en su primera encíclica, “Dios es amor”. Sí, Dios es amor y por eso pide que amemos. El amor expresa la esencia y la vocación más profunda del hombre. Los mandamientos, que expresan la voluntad de Dios sobre el hombre, no son algo que nos cae de arriba y se nos impone. Expresan simplemente el camino de la realización de la esencia de la persona humana, creada por amor y llamada al amor.
Tanto Jesús como el letrado judío no citan los pasajes de la Escritura en los que se habla de los diez mandamientos. Ambos juntan dos textos separados, uno que habla del amor de Dios y otro del amor al prójimo. En cierto sentido esa ha sido la genialidad de Jesús, a la que también se adhirió el letrado. Se empezó la discusión preguntando por el mandamiento mayor y se terminó diciendo que hay dos mandamientos mayores. En realidad, es un único mandamiento, el mandamiento del amor. Amor que tiene dos dimensiones, amar a Dios y amar al prójimo. El amor a Dios es total e incluye todas las dimensiones de la existencia humana. Para el judío la facultad de proyectar la vida es el corazón, que debe estar orientado hacia Dios. El elemento más afectivo es el alma, que podemos considerar también con su dimensión más o menos inconsciente. Pues bien, tampoco esas realidades más o menos oscuras de nuestra vida pueden sustraerse al deber de amar a Dios y orientarse hacia él. El hombre realiza su vida con los recursos materiales que Dios a puesto a su disposición. También los bienes materiales que el hombre usa deben llevarnos hacia Dios.
El amor al prójimo tiene como modelo el amor a sí mismo. Normalmente nos amamos mucho a nosotros mismos. Con esa misma intensidad hay que amar a nuestros prójimos. Sin duda que cada uno es el más próximo a sí mismo y una buena autoestima es lo que nos posibilita el amar a los demás. Amamos a los demás con el amor con que Dios nos ama, que nosotros acogemos en nuestra vida y lo orientamos hacia nosotros mismos y hacia los demás.
Jesús introducía su explicación diciendo que “nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,2-6). Esa unicidad de Dios es como un río de amor que se difunde a través de todo un circuito amoroso al cual todos estamos conectados. El amor Dios nos llega a través de las personas próximas que Dios ha puesto en nuestra vida: nuestros padres, hermanos, familiares, amigos, escuela, parroquia, lugar de trabajo. A través de todas esas realidades descubrimos los signos del amor de Dios para con nosotros. Con esos mismos signos nosotros tratamos de expresar nuestro amor a Dios y a los demás. En la celebración de la eucaristía activamos ese circuito del amor de Dios que viene a nosotros a través de la vida y el misterio de Jesús. Acojámoslo en nuestras vidas.
Lorenzo Amigo
07-11-06, 11:16:35
12 noviembre de 2006
32 Domingo Ordinario
UNA VIUDA POBRE ECHÓ TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR
Algunos domingos me piden que celebre alguna de las misas en nuestra parroquia marianista de Roma. Delante de la puerta de la iglesia me encuentro a María, emigrante rumana, anciana, con un hijo paralítico y disminuido mental. Vive de la caridad. María forma parte de la comunidad parroquial, que trata de ayudarla. Asiste a la celebración de la eucaristía y cuando pasan la cesta, también ella echa sus monedas, que antes ha recibido de la caridad de sus hermanos cristianos. En medio de tantas dificultades, muestra siempre su resignación cristiana y su confianza en el Señor.
La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres. En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.
No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que nos sirve de consuelo en los momentos de aflicción, o ayuda a dar un sentido a la vida, o crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro inmundo injusto. En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.
Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. El último informe de la FAO muestra que los países ricos no toman en serio la lucha contra la pobreza en el mundo. Dan buenas palabras, pero no contribuyen con recursos a mejorar la situación. Ésta se va deteriorando cada día. En el fondo nuestros países hacen como cada uno de nosotros. A la hora de dar tenemos siempre dispuesta una cierta calderilla que pesa en los bolsillos. Aunque algunas veces seamos más generosos, siempre damos de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita.
Éste es el veneno que nos ha inoculado esta cultura de consumismo. No queremos renunciar a nuestro nivel de vida. Y, sin embargo, es evidente que si queremos que todos tengan acceso a lo necesario, no sólo debemos suprimir lo superfluo sino redefinir lo que se considera necesario para una vida digna. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo.
Lorenzo Amigo
21-11-06, 23:12:51
19 de noviembre de 2006
33 Domingo Ordinario
SABED QUE EL SEÑOR ESTÁ CERCA, A LA PUERTA
En torno al cambio del milenio, como ya sucedió también en el año mil, hubo diversas sectas que anunciaron el fin del mundo. Como siempre, se trata de grupos fundamentalistas que, ante la situación catastrófica del mundo, creen que ha llegado el fin anunciado por las Escrituras (Dan 12,1-3). En realidad la Palabra de Dios no se interesa por la destrucción física del universo, sino que anuncia la desaparición de una forma de existencia, al irrumpir el Reino de Dios, que cambia la vida de los hombres (Mc 13,24-32). Dios no quiere amenazarnos con el fin del mundo sino más bien mostrarnos que Él es el Señor de la historia y que ésta no es sucederse de acontecimientos sin sentido donde el pez grande se come al chico. La historia es el lugar de la salvación y de la liberación. La historia viene de Dios y va a Dios y en su centro está el acontecimiento de Cristo Jesús que le da su sentido. Vivimos en el tiempo privilegiado inaugurado por Él.
La transformación profunda de la historia en Cristo Jesús, la Iglesia la quiere mostrar situando al creyente en una forma de tiempo diferente. Por eso el final del año litúrgico no coincide que el del año civil. Vivimos sin duda en el mismo mundo de todos los hombres, pero no vivimos de la misma manera. La Iglesia, al acercarse el final del año litúrgico, nos recuerda que estamos viviendo en el tiempo definitivo o final. A partir de la resurrección de Cristo ha empezado esta nueva forma de vida, la vida cristiana, situada por medio de dos coordenadas. La línea de la encarnación nos hace estar con los pies en la tierra, comprometidos a fondo en la transformación del mundo según las exigencias del Reino. Nos lleva a luchar por la paz, la justicia y la integridad de la creación. La otra línea, la de la realidad definitiva, nos hace mirar hacia el horizonte de Dios, que está viniendo constantemente a nuestro encuentro, en cada situación, en cada acontecimiento, en cada persona.
Ese mirar hacia el futuro de Dios hace que no nos instalemos definitivamente en esta vida, que no creamos que la vida es simplemente para disfrutarla al día, sin pensar en el futuro de las demás generaciones que nos seguirán. Nos ayuda a leer los signos de los tiempos, que indican que el invierno ya ha pasado y es posible vivir la primavera del Espíritu. Él nos capacita para descubrir la presencia de Dios en las diversas provocaciones que nos interpelan en la historia cuando los otros hombres tan sólo ven más de lo mismo o creen ingenuamente en el progreso indefinido. Como creyentes, no podemos identificar lo provisional con lo definitivo. Ninguno de los progresos y avances tecnológicos de la humanidad pueden ocupar el lugar de Dios, Señor de la historia.
Jesús ha llevado la historia a su cumplimiento y realización, sin abolirla, sino dejando siempre un margen para nuestra espera y esperanza. Ésta es la virtud teologal que nos lleva a esperar que se realizará también en nosotros lo que ya se realizó en Cristo. Esperamos que la resurrección se muestre también de manera clara en nuestras vidas, llevando a plenitud el germen que hemos recibido en el bautismo y que cultivamos con tanto cariño, la vida de Dios en nosotros.
Nuestras vidas están orientadas y atraídas, no por un acontecimiento visible y espectacular, del mundo, sino por la persona del Señor Resucitado. Él es el centro de nuestro amor y de nuestra espera. Nuestra esperanza nos ayuda a descubrir ya los signos de su presencia misteriosa de manera que no nos hundamos en la desesperación ante los problemas de nuestro mundo sino que seamos capaces de trabajar con esperanza y creatividad. La esperanza cristiana no nos lleva a cruzarnos de brazos, esperando que Dios intervenga de manera milagrosa, sino que sabe que Dios actúa a través de los hombres que quieren colaborar con Él. Es en la eucaristía donde orientamos totalmente nuestras vidas hacia el Señor y gritamos: “Ven, Señor Jesús”.
Lorenzo Amigo
21-11-06, 23:14:11
26 de noviembre de 2006
Jesucristo, Rey del Universo
TODO EL QUE ES DE LA VERDAD, ESCUCHA MI VOZ
Parece ser que existen 22 países sin ejército. En tiempo de Jesús no sólo el emperador sino todos los reyezuelos sometidos al imperio tenían al menos su guardia personal. Parece difícil, incluso en la democracia, poder vivir sin una fuerza coercitiva del ciudadano. El estado es el que dispone legítimamente del monopolio de esa fuerza por voluntad de los ciudadanos. Las democracias, sin duda, intentan sostenerse sobre unos valores compartidos, que se imponen por sí mismos, porque ayudan a la realización de la persona humana. A pesar de todo, siempre habrá disidentes a los que hay que imponerles el respeto de las normas sociales por la fuerza.
Cuando Jesús dice “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no está pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Habla de otro tipo de reino que no necesite de una guardia para poder sobrevivir. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios. Prometía la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas (Dan 7,13-14). Nosotros creemos que ese ideal se ha hecho realidad en la propia persona de Jesús Resucitado.
Lo que diferencia el reino de Jesús de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo. El creyente reconoce que Cristo reina precisamente desde el madero de la cruz. Ese es su trono. Todo el que busca la verdad sabe bien hacia quién debe orientar su vida: hacia Cristo crucificado y exaltado.
La verdad que Jesús nos anuncia no es un conjunto de proposiciones abstractas que se pueden aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Cuando la persona entra en relación con Jesús, entra en un ámbito de gracia y de libertad que hace posible una vida plena. El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con el funcionamiento del engranaje social. No importa la verdad de las personas o de las cosas sino simplemente el que el sistema funcione sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley.
La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Como nunca buscó simplemente el éxito, su muerte en cruz no fue un fracaso humano, sino la revelación del amor del Padre, que hace de nosotros ciudadanos del Reino. Es ese Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.
Lorenzo Amigo
28-11-06, 08:58:48
3 de diciembre de 2006
Primer Domingo de Adviento
ALZAD LA CABEZA, SE ACERCA VUESTRA LIBERACION
Los cristianos empezamos este domingo el año litúrgico, que marca nuestra manera particular de situarnos en el tiempo, actualizando los misterios de Jesús. Con todos los hombres compartimos el calendario civil y estamos en el mismo barco y vivimos la misma aventura, pero la vivimos con un espíritu particular. Para muchos el tiempo es simplemente un sucederse de días y de años en lo que se desarrollan una serie de acontecimientos sin sentido, que aportan poca cosa a la realización del hombre y de la sociedad. En cambio los creyentes experimentamos siempre la perpetua novedad de Dios que viene a salvarnos, que ya nos ha salvado. Al inicio del año litúrgico actualizamos ya el final, no simplemente del año, sino el final de la historia pues estamos viviendo en los tiempos finales y definitivos.
El recuerdo del final de los tiempos no pretende meternos miedo sino más bien hacernos caer en la cuenta de que han irrumpido ya de una vez para siempre los tiempos definitivos, los tiempos del Reino (Lc 21,25-36). Esa era la gran promesa que Dios había anunciado sobre todo a través de los profetas y que había mantenido viva la esperanza de Israel en medio de todas sus aventuras históricas que políticamente habían terminado en un fracaso. Se perdió la tierra, se perdió la monarquía, pero nació la esperanza de un Mesías que instauraría en el futuro la justicia y el derecho (Jer 33,14-16).
Israel fue descubriendo que no es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro nos es dado por Dios. Dios, en realidad, es siempre el Dios del futuro, el que estará siempre al lado de su pueblo, compartiendo sus experiencias, buenas y malas. Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo está bloqueado, Dios es el que es capaz de abrir caminos en el mar y de encontrar una salida para toda situación desesperada.
Los cristianos sabemos que la promesa ha tenido cumplimiento en Jesús de Nazaret. Con Él la historia humana ha llegado a su plenitud. En Él Dios se nos ha comunicado definitivamente y ningún acontecimiento posterior, por más grandioso que sea, puede superar esa comunicación de Dios al hombre en la persona de Jesús. Esto no quiere decir que la historia, después de Jesús, haya perdido su importancia. Al contrario. En la persona de Jesús se ha realizado totalmente el plan de Dios. En nosotros todavía está por realizarse. El tiempo que tenemos a disposición se nos da para hacer nuestra esa oferta de salvación y liberación dada en Cristo. Es pues el tiempo de la misión, de anunciar a todos los pueblos la salvación en Cristo Jesús.
El amor pertenece ya al orden de lo definitivo. Por eso San Pablo exhorta ante todo al amor mutuo, porque es la señal inequívoca de que uno ha acogido el Reino en su vida (1 Tes 3,12-4,2). Es ese amor el que nos da la confianza para poder presentarnos ante Jesús cuando Él venga a recogernos, sea al final de nuestra vida, sea al final de los tiempos. La santidad a la que nos invita el apóstol consiste precisamente en el amor. No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida y sus exigencias, toda ella animada por el amor fraterno.
Es el amor el que nos mantiene despiertos, como la madre vela al pie de la cuna de su hijo. “Yo duermo, pero mi corazón vela”, decía la esposa del Cantar de los Cantares (Cant 5,2). Ese amor nos hará permanecer atentos a los mil detalles de la vida a través de los cuales Dios está viniendo a nuestro encuentro. La eucaristía es un momento privilegiado para celebrar el encuentro con Dios y seguir clamando: Ven, Señor Jesús.
Lorenzo Amigo
04-12-06, 09:32:13
8 de diciembre de 2006
Inmaculada Concepción de Santa María Virgen
ELLA TE APLASTARÁ LA CABEZA
En un mundo que ha perdido el sentido del pecado porque Dios no está en el horizonte de las vidas humanas, la celebración de la Inmaculada Concepción de María es una llamada esperanzada a la evangelización. El P. Chaminade vio en la Inmaculada la Mujer Prometida (Gen 3, 9-20), que debía vencer la última de las herejías aparecida en la historia y que sigue dominando la cultura de nuestro tiempo: la indiferencia religiosa. Se trata de una especie de apostasía general de tantos cristianos que se han desvinculado de la fe comunitaria o práctica eclesial. Los indiferentes, o que no practican, dan siempre la mayoría en las encuestas sobre la fe en nuestra sociedad. Forman un grupo compacto de personas que creen que la fe no es importante a la hora de orientar la propia conducta o la organización de la sociedad. Dicen que, para no herir los sentimientos de nadie, dicen la sociedad debe organizarse como si Dios no existiera.
La figura de la Inmaculada, de una mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios, nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al misterio de Dios que nos envuelve. Lógicamente no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios. Fue eso, gracia. Más que dedicarnos a cavilar como un bebé podía orientar su vida hacia Dios, debemos descubrir ese don de Dios en que estuvo sumergida la vida de María. De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el Señor la había elegido para ser la Madre de su Hijo.
María, sin duda, fue cobrando conciencia progresivamente del amor de Dios. Cuando fue una joven adulta y recibió el mensaje de Dios a través del ángel, ella supo dar un sí incondicional a Dios (Luc 1,26-38). Lo mantendría a lo largo de toda su vida. De esa manera se rompía aquella cadena de pecado que había sido la historia de la humanidad. No por culpa de Dios, sino por culpa del hombre. Dios había estado ofreciendo constantemente su gracia y su amor a aquella humanidad pecadora, pero nunca encontraba una respuesta a la altura de las circunstancias. El hombre, por más esfuerzo que hiciera, se debatía en una lucha interminable contra el pecado y casi siempre salía con heridas que dejaban cicatrices. Vivían en un mundo de pecadores y el pecado tenía sus aliados dentro del corazón del hombre. María vivió también en un mundo de pecadores, pero no conoció esa lucha interior contra el pecado que experimentamos todavía nosotros cada vez que viene la tentación. Ésta tiene sus cómplices en nuestro ser. María estaba de tal manera orientada hacia Dios que las realidades que podían constituir una tentación nunca pudieron empañar su respuesta de amor a Dios.
Dios ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor, una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios un día triunfará sobre el mal y el pecado, también en nosotros. Al final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá acoger ese amor. Con esa esperanza no debemos desanimarnos ante el espectáculo que ofrece a veces el mundo y la sensación que tenemos de que nuestro esfuerzo pastoral es inútil. La cultura actual encuentra muchos cómplices en el corazón del hombre y por eso tiene tanto éxito. Pero nosotros creemos que el ser profundo del hombre ha sido creado en sintonía con el amor de Dios y está orientado hacia Él como un imán que lo atrae. Nuestro mundo necesita tan sólo testigos creíbles que vivan de manera coherente como María una fe que asume riesgos y que apuesta por el futuro de Dios. Celebremos con alegría la fiesta de la Inmaculada y pongámonos a su servicio para dar a Jesús al mundo.
Lorenzo Amigo
04-12-06, 11:01:09
10 de diciembre de 2006
Segundo Domingo de Adviento
PREPARAD LOS CAMINOS DEL SEÑOR
En el variopinto mercado religioso de nuestro tiempo, abundan las ofertas de salvación de tipo espiritualista que escamotean la realidad de nuestro mundo, sobre todo la problemática humana y social en que éste está sumergido. También en tiempos de Jesús, abundaban estas filosofías o ideologías de huida del mundo y de refugiarse en experiencias religiosas interiores. El cristianismo, en cambio, va a ser una religión histórica. No hay manera de encontrar a Dios fuera de la historia concreta, porque Dios es el Señor de la historia, que actúa en ella a favor de la liberación del hombre. El centro de esa historia es un hecho histórico incontrovertible, el nacimiento de Jesús. El evangelio tiene mucho cuidado en fecharlo y lo escucharemos la noche de Navidad. Pero hay otros hechos históricos importantes asociados a ese acontecimiento. La proclamación de la Buena Noticia de la salvación por parte de Jesús viene precedida de la predicación de Juan el Bautista, cuyas coordenadas históricas espacio-temporales se nos presentan en el evangelio de hoy (Lc 3,1-6).
Juan es presentado como el predicador del desierto, de donde parte la aventura mesiánica. También Jesús empezará en el desierto. Juan invita a preparar el camino del Señor, como ya antes lo había hecho el profeta Isaías. Dios ciertamente no necesita que nosotros le preparemos el camino para venir al encuentro de la humanidad. Él es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar donde es imposible trazar una vía permanente. Por eso la Segunda lectura de hoy (Baruc 5,1-9) presenta a Dios dando órdenes directamente a los montes, a las colinas, a los barrancos para que se conviertan en una especie de autopista por la que pueda regresar el pueblo desterrado. No faltarán los árboles a uno y otro lado de la calzada y Dios irá por delante guiando a su pueblo. La manifestación de la gloria de Dios, de su justicia y de su misericordia será motivo de fiesta para el pueblo rescatado.
Aunque algunas veces lo hizo de manera milagrosa, Dios normalmente se sirve de sus enviados para hacerse presente en ellos y encontrar a los hombres en sus situaciones concretas. Él ha querido tener necesidad de la colaboración del hombre para realizar su misión de salvación. Es la presencia de cristianos convencidos la que ayuda a allanar los caminos de Dios en nuestra sociedad. Vivimos en un mundo con demasiadas desigualdades, con montes y colinas de ricos que sobresalen sobre los demás, y con tantas muchedumbres sumergidas en los barrancos de la miseria. Es necesario un trabajo a favor de la justicia y la igualdad.
No somos nosotros los que preparamos el camino del Señor. Más bien nos preparamos nosotros para entrar en el camino del Señor, porque muchas veces sus caminos no son nuestros caminos. Los caminos del Señor son rectos y llevan a la meta. Nuestros caminos a veces son vericuetos en el bosque que no llevan a ninguna parte porque estamos dando siempre vueltas en torno a nosotros mismos y nuestro egoísmo. Es necesario abrirse al Señor para que Él pueda llevar a cumplimiento la obra buena que ha iniciado en nosotros (Filp 1,4-11).
Se trata, como nos recuerda san Pablo, de crecer en penetración y sensibilidad para apreciar los valores evangélicos. Entraremos en los caminos del Señor cuando seamos capaces de entrar en sintonía con su persona y con los valores que Él vivió. También en nuestras vidas hay demasiadas montañas y barrancos. Pasamos fácilmente de la excesiva autoestima a la depresión. En vez de dar vuelta en torno a nuestros sentimientos, descubramos la realidad de los demás. El camino hacia Dios pasa a través de las personas concretas que Él pone en nuestro camino. Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos vaya preparando para su venida en Navidad de manera que nos encuentre serenos, no deslumbrados por los valores del consumismo, sino solidarios con los pobres.
Lorenzo Amigo
13-12-06, 12:25:59
17 de diciembre de 2006
Tercer Domingo de Adviento
¿QUÉ DEBEMOS HACER?
Espero que durante todo este Adviento nos estemos preguntando muchas veces: ¿qué debo hacer?, ¿qué quiere Dios de mí? También la predicación de Juan Bautista había creado esta buena disposición en la gente que lo escuchaba (Lc 3,10-18). Es una pregunta que se hacían incluso los publicanos y los militares, normalmente no muy bien vistos por el pueblo a causa de los abusos que cometían. Lo curioso de la respuesta de Juan Bautista es que no pide cosas llamativas o extraordinarias. No es necesario abandonar la profesión que uno tiene sino ejercerla de manera honrada y honesta. Dios no pide cosas que se relacionen con el culto y con la oración sino que tienen que ver más bien con las relaciones sociales. Es ahí donde se juega el futuro del Reino de Dios, que Juan Bautista anunciaba, como más tarde lo hará Jesús.
Son simples ejemplos, que cada uno tendrá que adaptar a su situación particular. Pero son ilustrativos porque tienen que ver sobre todo con los bienes materiales. A la gente en general, el precursor pide una actitud de compartir los bienes, tanto de comida como de vestidos. A publicanos y militares se les exige ante todo la práctica de la justicia. Justicia, solidaridad o caridad son los elementos fundamentales de la práctica cristiana, que el Papa ha recordado en su encíclica “Dios es amor”. Justicia y caridad se nos piden a todos y es la manera de abrirnos a la voluntad de Dios.
Se trata de tomar algo así como una opción fundamental en nuestras vidas, orientándolas hacia los demás y hacia Dios y no a la búsqueda del propio enriquecimiento a costa de los demás. Esta opción fundamental era propuesta en el momento del bautismo que realizaba Juan Bautista, y también los cristianos hemos asumido esa opción fundamental en nuestro bautismo. En él hemos renunciado al mal y nos hemos adherido por la fe a Cristo Jesús. Juan Bautista señala, sin embargo, la diferencia entre su bautismo y el bautismo de Jesús. El bautismo del Bautista era simplemente con agua. Con él se quería expresar simplemente la conversión profunda que la persona quería realizar en la vida. En qué medida sería capaz de realizarla no lo sabemos. El bautismo del Bautista, como la Ley de Moisés, formula claramente las exigencias, pero no ayuda a cumplirlas.
El bautismo de Jesús es muy distinto. Ya no es simplemente bautismo con agua sino bautismo con el Espíritu Santo. Aquí se formulan sin duda las exigencias, pero se nos da el don del Espíritu, que nos ayudará a realizarlas. Ese don es fruto de la resurrección de Jesús, que nos sitúa en los tiempos finales. Son el tiempo del juicio de Dios sobre la historia humana. Un juicio que todos esperamos que sea de salvación, tal como lo ha prometido, pero que purificará también con el fuego de su amor. La fe, como adhesión personal a Jesús, hace que podamos cumplir fácilmente las exigencias de la conversión, que también Jesús pedirá. Ello es posible porque por el bautismo hemos sido injertados en el misterio pascual de Jesús y tenemos un dinamismo nuevo en nosotros que nos permite realizar lo que Dios pide de nosotros.
Fruto de este Espíritu es la alegría cristiana, a la que nos invita tanto el profeta como Pablo. El profeta invita a la alegría mesiánica a causa de la presencia del Señor en medio de su pueblo, en Jerusalén (Sof 3,14-18). El mismo motivo aduce Pablo: el Señor está cerca (Filp 4,4-7). Esta alegría es siempre un don de Dios y no la podemos fabricar artificialmente confundiéndola con el bullicio y el jolgorio navideño. Esta alegría viene sobre todo de la ausencia de preocupaciones, no porque no existan, sino porque uno las presenta al Señor en la oración con confianza y acción de gracias. Es lo que hacemos en la eucaristía.
Lorenzo Amigo
19-12-06, 16:42:22
24 de diciembre de 2006
Cuarto Domingo de Adviento
DICHOSA TÚ, QUE HAS CREÍDO
Esta noche contemplaremos el nacimiento de Jesús. Tenemos todavía unas horas para tratar de entrar en su corazón y en el de María para descubrir los sentimientos profundos que los embargaban. Ambos buscan sin duda hacer la voluntad de Dios, acoger y manifestar el amor de Dios a los hombres. La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45). Pero el gran regalo que María hace a Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.
Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.
Es este acto de amor el que disipa nuestro pecado, es decir nuestra enemistad con Dios. Dios, sin duda, no es nuestro enemigo, aunque el hombre muchas veces se lo imagine así. Dios está siempre con la mano tendida de amigo. Somos nosotros los que rehusamos apretarle la mano. En la persona de Jesús, el hombre no sólo ha apretado de nuevo la mano tendida de Dios, sino que ha experimentado una unión definitiva de Dios con los hombres, que ya no podrá ser rota por ningún pecado del hombre. Estamos ya en una historia de gracia y no de pecado. Ciertamente cada uno individualmente puede salirse de esa historia o no querer entrar en ella si rechazamos a Jesús. Esta noche veremos que su venida no fue bien recibida. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.
La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza, está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo introducirá en la vida misma de Dios.
El amor inmenso de Jesús y de María cambió la suerte no sólo de Belén, la pequeña ciudad en la que tuvo lugar el nacimiento (Miq 5,1-4), sino toda la historia humana. Esta historia empieza a ser una historia divina porque el Hijo de Dios es el principal protagonista. Pero es un protagonista muy distinto de los héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos, que esta noche veremos representados en los pastores que vendrán a adorarlo. Tengamos también nosotros un corazón humilde, lleno de fe, para poder acoger a Jesús en nuestras vidas. Él será siempre el motivo de nuestra alegría.
Lorenzo Amigo
19-12-06, 16:44:14
25 de diciembre de 2006
Natividad del Señor
HA APARECIDO LA GRACIA DE DIOS
Todo nacimiento es una gracia, un don Dios. Sobre todo en estos tiempos en que en nuestros países europeos nacen tan pocos niños. Ellos son, sin embargo, el mejor signo de que la vida merece la pena y que la vida no es simplemente para vivirla y disfrutarla sino para darla. En el caso del nacimiento de Jesús se nos manifiesta de manera especial la gracia de Dios (Tit 2,11-14). Jesús es el regalo de Dios por excelencia. En ese niño se nos da Dios mismo. Se nos da con esa delicadeza que Dios tiene, que no nos abruma ni aplasta. Aparece como un niño, que tiene necesidad de ser cuidado para poder vivir y crecer. Dios continúa siendo ese mendigo de amor que llama a nuestras puertas buscando posada (Lc 2,1-14). Aparentemente cada vez lo tiene más crudo y parece que las puertas se le cierran. Sin embargo, Él sigue creyendo en el hombre y sigue arriesgándose a venir a nuestro mundo.
Su venida trae la salvación a los hombres. En Jesús hemos descubierto el sentido de nuestras vidas, el misterio que somos cada uno de nosotros. El hombre no puede vivir simplemente en el horizonte de las cosas materiales sino que su vida está llamada a entrar en la intimidad de Dios porque primero Dios ha entrado en la intimidad de nuestras vidas. Dios se hace hombre para que el hombre sea Dios, decían los Padres de la Iglesia. En Jesús se encarna un estilo de vida que lleva a la plena realización del hombre. Se trata ante todo de una vida orientada hacia la venida del Señor al final de los tiempos que ya han empezado. Esto da una gran seriedad a lo que estamos viviendo, no la seriedad aburrida sino un contenido valioso a nuestra existencia. El don que hace Jesús de su propia vida nos invita también a nosotros a dar la vida. De esa manera nuestras vidas se convierten en don, en gracia para los demás.
La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.
El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Nuestros rostros están ya demasiado curtidos por la vida, con demasiadas cicatrices que los zarpazos de la adversidad han ido dejando en ellos. Descubramos de nuevo el niño que todos llevamos dentro. No os invito al sentimentalismo ñoño sino a redescubrir los verdaderos valores con los que vibrábamos antes de que nuestros formadores nos hayan metido dentro esta sociedad de consumo, que promete tanto y que en realidad nos frustra constantemente. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.
Lorenzo Amigo
26-12-06, 09:09:24
31 de diciembre de 2006
La Sagrada Familia
NO COMPRENDIERON LO QUE QUERÍA DECIR
Los padres experimentan hoy día grandes dificultades en la educación de sus hijos. No es fácil saber cómo educar para la vida. Pasa lo mismo en la escuela. Estamos tentados de educar a los niños en los mismos valores que nosotros consideramos ahora importantes, pero los niños vivirán en otro mundo distinto al de ahora. Es verdad que los grandes valores no pasan nunca, pero la manera de vivirlos está cambiando constantemente.
A José y María se les confió la educación de Jesús. No debió ser fácil precisamente porque se trataba de un niño especial, aunque las cosas parecían desarrollarse con toda normalidad. Se sirvieron de sus pequeñas luces de personas religiosas no estudiadas pero que tenían una cierta familiaridad con la Palabra de Dios escuchada en la sinagoga y meditada en el corazón. José y María sabían que ese niño venía de Dios, pero todo parecía tan normal que casi lo olvidan. Cuando Jesús a los doce años se queda en el templo y se justifica diciendo que debe ocuparse de las cosas del Padre, no entienden lo que les quiere decir (Lc 2,41-52). Pero respetan la decisión del muchacho y no reaccionan violentamente.
Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida.
Jesús necesitó de José y María para crecer como hombre y aprender lo que significa ser hombre. Su familia fue la gran escuela de vida donde aprendió a conocer al Padre y a buscar su voluntad. Fue su pequeña iglesia doméstica. Con su familia, Jesús vivió la aventura humana, en realidad la aventura de toda la familia humana en busca de la gran liberación. Como la mayoría de las familias experimentó la pobreza, el rechazo, la necesidad de emigrar para escapar a las amenazas de los poderosos. De esta manera Jesús revivió toda la experiencia del pueblo de Dios, desde la esclavitud en Egipto hasta la entrada en la tierra prometida. Gracias a José y a María, Jesús pudo madurar y prepararse para su misión asimilando todos los grandes valores de su pueblo. También José y María maduraron en contacto con Jesús, aprendiendo a vivir para Él y respetando sus opciones, aunque no comprendieran su actuación.
Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, nuestras familias humanas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Que la celebración de esta eucaristía sea ante todo una celebración agradecida de lo que son nuestras familias.
Lorenzo Amigo
26-12-06, 09:10:54
1 de enero de 2007
Santa María, Madre de Dios
ENVIÓ DIOS A SU HIJO, NACIDO DE UNA MUJER
Empezamos un nuevo año, como siempre, con los mejores deseos de paz y prosperidad. El año que hemos terminado no ha sido bueno para la paz. La invasión del Líbano tuvo el mundo en vilo durante el verano. El tema de Oriente Medio no acaba de encontrar un camino de solución. El Papa en su mensaje para este Día de la Paz ha propuesto como lema “La persona humana, corazón de la paz”. El respeto de la dignidad de la persona humana es una condición esencial para la paz. Tan sólo reconociendo en ella la imagen de Dios descubriremos el destino común de la humanidad y el fundamento del amor a Dios y al prójimo.
La dignidad de la persona humana está hoy día amenazada por diversas ideologías aberrantes, por la propaganda y difusión de estilos de vida desordenados y contrarios a la dignidad humana. Toda amenaza contra la dignidad humana pone en peligro la paz y la convivencia social. La Iglesia promueve un humanismo integral y solidario que favorezca el desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres.
El ideal de la paz comporta no simplemente la ausencia de guerras sino una verdadera prosperidad y felicidad que la Biblia identifica con la bendición de Dios. En la bendición solemne del sumo sacerdote, en la primera lectura, se pide que Dios nos conceda la paz (Nm 6,22-27). Tenemos sí que luchar a favor de la justicia, la paz y la integridad de la creación, pero al mismo tiempo, pedir ese don, que Jesús nos prometió al partir.
La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida. Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas. María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos sitúa en un pueblo de hermanos, todos hijos de Dios, llamados a la libertad y a la paz (Gal 4,4-7). La guerra nos sumerge en un mundo de esclavitud, del cual Jesús vino a liberarnos.
En el evangelio se nos cuenta la circuncisión de Jesús y la imposición del nombre (Lc 2,16-21). El nombre en la Biblia traduce la esencia y la vocación de la persona. Jesús es el Salvador. Es con esta esperanza de salvación y de felicidad que empezamos el nuevo año. La verdad de la persona humana, corazón de la paz, se nos desvela en la persona de Jesús. Es Él el que nos manifiesta el rostro humano de Dios. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación.
María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad. Que Ella nos dé un espíritu contemplativo que sepa saborear la presencia de Jesús en nuestras vidas. Que sepamos conservar en nuestro corazón las experiencias de nuestros encuentros con Jesús. Que en unión con Ella contemplemos a Jesús que nace, crece, anuncia el evangelio y se entrega por nosotros. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser artesanos de paz en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
03-01-07, 10:11:13
6 de enero de 2007
Epifanía del Señor
VIERON AL NIÑO CON MARÍA, SU MADRE
Confío que todos hayas recibido algunos regalos de las personas queridas y en ellos hayáis descubierto el amor que os tienen, y en el fondo reconozcáis que ese amor viene de Dios. Después de disfrutar con esos regalos y con las personas que os los han dado seguro que habréis experimentado todavía el deseo de algo más grande, el deseo de Alguien que pueda llenar totalmente vuestras vidas. Somos eternos buscadores de Dios, que cada vez tenemos más dificultades en encontrarlo en este mundo secularizado y unidimensional en el que nos toca vivir.
¿Dónde encontrar a Dios? Al Beato Chaminade le gustaba repetir que “vieron al Niño con María, su madre”. Dios está donde está Jesús. A Jesús lo encontramos siempre junto a María su Madre. La Familia Marianista quiere ser una realidad eclesial mariana en la que sea fácil encontrar a Dios, porque en ella se viven las actitudes que agradan a Dios y hacen que Él se encuentre a gusto: la cordialidad, la hospitalidad, la acogida, la fe que asume riesgos, la cercanía a los pobres y necesitados. La Familia Marianista intenta encarnar una Iglesia creíble en nuestro tiempo en la que se puede hacer la experiencia de Dios.
Esta experiencia de Dios es sin duda personal, y por tanto, comunitaria. La persona no existe al margen de las relaciones interpersonales. El evangelio nos muestra una pequeña comunidad de los tres Magos a la búsqueda de Dios, a la búsqueda de Jesús (Mt 2,1-12). Ese viaje que realizan juntos les permite dialogar acerca de lo que buscan y de vivir juntos una aventura espiritual, que tiene sus trampas y peligros. Es fácil creer que el Rey de los judíos ha nacido en la capital, en Belén. Sólo dialogando con los hombres de su tiempo y tratando de buscar el sentido de los acontecimientos en las palabras de la Escritura llegarán por fin a encontrarse con Jesús.
Una comunidad eclesial no puede ser simplemente un grupo bien organizado donde se celebran bellas liturgias y funciona bien cáritas y la catequesis. Debe ser un lugar privilegiado donde se aprende a buscar a Dios y a descubrirlo, donde se realiza una verdadera formación en la fe. La Iglesia, como María, debe acompañar el crecimiento de cada uno de sus hijos, llevándolos a descubrir el sentido de la libertad y de la vocación personal. Tan sólo cuando llegamos a encontrarnos personalmente con Jesús y somos capaces de responder con entera libertad vamos realizando el sentido de nuestras vidas.
Una auténtica comunidad eclesial es misionera, está dando constantemente a Jesús al mundo. Se inspira en María, que no se reservó a su hijo para sí sino que colaboró en su obra de salvación. La fiesta de la Epifanía es la manifestación de Jesús a los pueblos paganos. En realidad la evangelización no va simplemente de un grupo, el Pueblo de Dios, que posee a Dios o la verdad para darlo a los que no tienen al verdadero Dios. Hay siempre un flujo y reflujo que ha llevado a la Iglesia al diálogo religioso. Los magos, paganos, interrogaron a los judíos, el Pueblo de Dios. Ésta es la oportunidad para que ese pueblo reflexione sobre el Mesías esperado, sobre sus ideas acerca de él, sobre su persona. En el fondo la pregunta de los magos no lleva a una respuesta exclusivamente dirigida a ellos sino también a aquéllos que responden. Tan sólo dejándonos evangelizar podemos también nosotros llegar a ser misioneros. Que la celebración de esta eucaristía renueve en nosotros el espíritu misionero y nuestro deseo de dar a Jesús a los hombres de nuestro entorno.
Lorenzo Amigo
03-01-07, 10:14:02
7 de enero de 2007
El Bautismo del Señor
TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO
Todavía ayer contemplábamos a Jesús niño adorado por los Magos. Un día más tarde la Iglesia nos invita a celebrar el bautismo de un Jesús adulto, que va a comenzar su misión de anunciar el evangelio. La liturgia no sigue un curso lineal de acontecimientos que se van sucediendo históricamente sino que nos sumerge en los misterios de Cristo para actualizar para nosotros la gracia de cada uno de ellos. El bautismo de Jesús actualiza la realidad de nuestro bautismo, que está en el origen de nuestra incorporación a Cristo y a su Iglesia.
El bautismo es un sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar. El bautismo de Jesús en el Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina manifestaba claramente su contenido. Con la inmersión en el río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua salía una persona nueva ( Lc 3,15-22).
Hasta entonces Jesús había vivido al lado de su madre en Nazaret dedicado a su profesión de artesano. Llamativamente no se había casado, sin duda porque intuía que algo nuevo estaba ocurriendo que iba a cambiar totalmente su vida. Cuando oyó a Juan Bautista hablar de la venida del Reino de Dios, vio claramente que su vida tenía que estar al servicio del Reino y que no podía dedicar su tiempo a una familia y a una profesión.
También el bautismo cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. En el bautismo lo expresamos mediante las tres renuncias, formulados de manera tradicional como el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de Jesús. Al salir del agua somos una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros miembros de un pueblo de sacerdotes y reyes. Se nos vistió un vestido blanco para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios. Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras vidas.
A través del bautismo acogemos la bondad de Dios y su amor al hombre manifestados en el acontecimiento de Cristo Jesús (Tit 2,11-14;3,4-7). Nosotros no habíamos hecho nada para merecerlos. Ha sido un regalo de su misericordia. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento realizado en el bautismo es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Empezamos así a formar parte de la Iglesia, de la Familia de Dios. Somos hijos de Dios en Cristo Jesús, y herederos de la vida eterna. Esa vida está ya en germen en nuestra existencia y se manifiesta en la vivencia de los valores evangélicos que Jesús proclamó sobre todo en las bienaventuranzas. Renovemos hoy con gozo nuestras promesas bautismales, que comportan un compromiso a favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que todavía en este mundo es presencia del anti-Reino.
Lorenzo Amigo
09-01-07, 20:50:27
14 de enero de 2007
2 Domingo del Tiempo Ordinario
HACED LO QUE ÉL DIGA
Nunca nuestro mundo ha ofrecido tantas oportunidades a los que tienen medios económicos para permitírselas. Para algunos la vida es un verdadero banquete. También hoy en el evangelio se nos presenta el Reino de Dios como un banquete de bodas. Entre los invitados asisten María, Jesús y sus discípulos (Jn 2, 1-12). Tan sólo María, atenta a la situación se da cuenta de que se ha acabado el vino y que la fiesta puede terminar en un desastre. Las carencias que hoy día frustran la vida de las personas son numerosas. En algunos países sigue existiendo el hambre, en muchos es imposible encontrar una vivienda digna o tener acceso a la educación. Todos nos quejamos de no tener dinero suficiente. A veces eso viene de la falta de un trabajo dignamente remunerado. Otras personas, que parece que lo tienen todo, no encuentran la alegría porque están solas, no aparece el amor de su vida, o han echado a perder su existencia a causa del alcohol o las drogas.
María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando. Pero una vez que uno ha descubierto lo que hay que hacer, hay que moverse. La tentación de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestra butaca, es muy grande.
Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. El vino que Él ofrece es verdaderamente el bueno. Lo que hasta ahora se ha bebido es un vino peleón. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar.
El Beato Chaminade leía en este evangelio la clave de la misión de la Familia Marianista. Se trata de “hacer lo que Él diga”. Y le gustaba fijarse en las personas de los servidores que obedecen en todo. Primero se fatigan para traer el agua y llenar las tinajas, creyendo que se trataba sencillamente de tener agua para lavarse las manos. Después obedecen cuando Jesús les manda sacar de las tinajas y servir a la mesa como vino. Sin duda tuvieron mucha fe para no pensar que Jesús les estaba tomando el pelo. Su obediencia produjo el milagro.
Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Es en la celebración de la eucaristía donde cada uno de nosotros ejerce sus carismas y ministerios, aunque no salgamos delante para hacer una cosa concreta. Nuestra participación activa de escucha de la Palabra y de comunión del cuerpo de Cristo es nuestra manera de construir su Iglesia.
Lorenzo Amigo
16-01-07, 11:39:13
21 de enero de 2007
Tercer Domingo Ordinario
HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÁIS DE OÍR
Hay lecciones o conferencias o discursos que hacen época. La intervención de Jesús en la sinagoga de su pueblo es como su discurso programático y marcará un antes y un después en la interpretación de la Escritura (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Jesús proclama abiertamente el cumplimiento de la Escritura que acaba de proclamar. Estamos pues en el tiempo final y, por tanto, tenemos la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura. Ahora podemos decir que tenemos acceso a la verdad, aunque lógicamente el tiempo final no es ya el final del tiempo. Tampoco nosotros tenemos ya la verdad absoluta.
Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del deseo de Dios de comunicarse al hombre y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.
La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, a través del cual la Iglesia alcanza la liberación prometida. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. San Pablo estuvo preocupado por el orden en las asambleas litúrgicas de su tiempo, a veces un tanto tumultuosas a causa de tantos dones carismáticos derramados sobre los creyentes por el Espíritu y que actúan en la asamblea litúrgica. Pablo no rechaza esos dones pero intenta dar unas orientaciones para que se manifiesten para el bien de la comunidad y la edificación de los extraños a ella (1 Cor 12,12-30).
Para Pablo no cabe duda de que todos esos dones maravillosos que se manifiestan en la comunidad son un regalo del Espíritu para construir el cuerpo de Cristo. En el cuerpo coexisten la unidad y la diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.
En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial, construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras acciones y palabras.
Lorenzo Amigo
24-01-07, 12:23:20
28 de enero de 2007
4 Domingo Ordinario
NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU PUEBLO
En la historia ha habido siempre personas que han sabido descubrir la verdad y la han anunciado a los demás, sin preocuparse de cuál iba a ser la reacción de la gente. Esa verdad no es nunca abstracta sino que se refiere a la vida del hombre y su situación ante Dios. Han sido sobre todo los profetas los que han sabido descubrir qué es lo que Dios quería del pueblo en una situación determinada. Han proclamado las exigencias de Dios sin miedo a tener que jugarse el tipo. Lógicamente, como todos, han experimentado miedo al tener que confrontarse con los poderosos. Su fuerza les ha venido siempre de su llamada divina. Nadie es profeta por gusto propio sino que Dios los obliga a serlo. Es lo que le pasó a Jeremías. Dios lo eligió consagrándolo con su Espíritu, es decir con la fuerza misma de Dios. Así será capaz de realizar la misión, que sin duda se presenta difícil. Al hablar en nombre de Dios, tiene que armarse de valor y no tener miedo a enfrentarse con las autoridades políticas y religiosas y con el mismo pueblo. Tenemos ya anticipados los conflictos de Jeremías, fuente de tantos sinsabores para el profeta. Si no se dio por vencido fue porque Dios estuvo con él para librarlo (Jr 1,4-5;17-19).
Ese rechazo por parte del pueblo, rechazo que puede llegar a la muerte, fue el destino de todo profeta. Lo mismo le ocurrirá a Jesús, el profeta definitivo enviado por Dios para manifestar su voluntad a los hombres (Lc 4,21-30). El rechazo por parte de sus paisanos de Nazaret, a los que había anunciado un tiempo de gracia y de salvación, anuncia lo que será el rechazo definitivo en Jerusalén y su condena a muerte. Aquí ya lo intentan despeñar, pero Él se abrió paso entre ellos y se marchó. La incredulidad de sus paisanos viene provocada por el hecho de que lo conocen demasiado bien y no pueden imaginarse que él sea un profeta enviado de Dios. Aunque se diga que ha hecho milagros en otras ciudades, ellos no han visto ninguno que legitime su pretensión de ser enviado de Dios. Los conciudadanos de Jesús conocían bien su historia, su familia, su falta de formación. No era posible que en aquella persona, tan humana, demasiado humana, Dios estuviera haciendo la oferta definitiva de salvación. Es difícil admitir que la salvación se encarne en las realidades cotidianas de la existencia. Esperamos siempre algún acontecimiento milagroso extraordinario para empezar a convertirnos.
Jesús comprende bien ese rechazo y lo interpreta a la luz de lo que habían vivido otros dos grandes profetas, Elías y Eliseo. La actividad de ambos profetas se concentra en sus milagros realizados a favor de personas extrañas al pueblo de Israel. De esa manera se da a entender que Jesús será rechazado por su pueblo y acogido por los paganos cuando les sea anunciada la buena noticia. Jesús es presentado en el evangelio de Lucas como el profeta definitivo que hace presente la salvación de Dios y que renueva los grandes prodigios y milagros realizados por los profetas del pueblo de Israel. El pueblo, sin duda, consideró a Jesús como un profeta, pero desgraciadamente siguió la tradición de rechazarlos porque eran personas incómodas, que le recordaban las exigencias del Dios de la alianza. Curiosamente Jesús es rechazado, no porque anuncie amenazas sobre el pueblo, sino por anunciar la presencia de la salvación de Dios en su persona y actuación. No cabe duda que esas pretensiones les parecieron exageradas a sus contemporáneos.
El Señor ha hecho de su pueblo un pueblo de profetas, a algunos les da más claramente este cometido, pero es difícilmente reconocido por la Iglesia. Nos cuesta trabajo creer que Dios nos hable a través de esas figuras, que no pertenecen a la jerarquía, pero que nos recuerdan la necesidad de reformar continuamente la Iglesia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga más conscientes de la dimensión profética de nuestras vidas, unas vidas que deben testimoniar continuamente a Dios y dar esperanza a nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
01-02-07, 19:09:06
4 de febrero de 2007
5 Domingo Ordinario
NO TEMAS; DESDE AHORA SERÁS PESCADOR DE HOMBRES
Muchos siguen creyendo que eso de la vocación es cosa de curas, frailes y monjas, pero no para todos los cristianos. Pues bien, todos hemos sido llamados a la vida, a la fe y a una misión en la Iglesia y en el mundo. Es verdad que no hay un teléfono directo con Dios, pero podemos escuchar su voz y su llamada en lo más íntimo del corazón. Dios unas veces habla a través de susurros casi imperceptibles, otras veces a gritos a través de las provocaciones del mundo en que vivimos.
Las circunstancias pueden ser diferentes pero la realidad es siempre la misma. Es Dios el que tiene la iniciativa y llama como manifestación de su amor que nos elige para una misión. Ésta no tiene tanto que ver con un trabajo concreto sino con una manera de vivir nuestro encuentro con Dios. Isaías descubrió su vocación de profeta en una visión en la que Dios se le manifestó con toda su gloria ante la que quedó sobrecogido (Is 6,1-8). La irrupción del Dios santo en su vida le hizo consciente de su pecado. Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser su profeta purificando sus labios de manera que sean instrumentos adecuados para anunciar la Palabra de Dios. En su encuentro con Dios, Isaías descubre que éste tiene necesidad de hombres para poder realizar su misión. Inmediatamente se pone a disposición de Dios para lo que Él quiera.
Pablo sintió su llamada y la misión que se le confiaba en una aparición del Señor Resucitado. Ese encuentro cambió radicalmente su vida y la orientó al servicio del evangelio que antes perseguía. Pablo se quedó maravillado de que Jesús no sólo le perdonaba el que lo hubiera perseguido en sus discípulos sino que lo llamaba para ser su apóstol. Era el signo de un amor preferencial que el apóstol va a anunciar continuamente en su predicación. Dios nos ha salvado gratuitamente en Cristo Jesús por nuestra fe en Él y no por las obras. La Buena Noticia de Jesús se concentra sobre todo en su resurrección. Jesús Resucitado es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación. En la resurrección de Jesús descubrimos que Dios verdaderamente ha perdonado a la humanidad y ha realizado el acto definitivo de su amor (1 Cor 15,1-11).
Los discípulos, a diferencia de Pablo, tuvieron la suerte de encontrarse con el Jesús histórico y escuchar su llamada. Ésta tiene lugar en la vida ordianaria, durante el trabajo de unos pescadores (Lc 5,1-11). No sería la primera vez que después de bregar toda una noche volvían con las barcas vacías. Esta vez, sin embargo, encuentran una persona que, sin saber de la pesca, les da la indicación segura. Haberse fiado de su palabra, haber tenido fe en Él, es lo que hizo posible el milagro. También Pedro, como Isaías, experimenta su ser pecador ante la santidad de Jesús y tiene miedo. Pero ni Dios ni Jesús están para meter miedo a los pecadores sino para acercarse a ellos y para llamarlos a colaborar con Él en la misión de salvar a los hombres. “Ser pescador de hombres” es la misión que Jesús les va a confiar a aquellos pescadores. La pesca será la imagen del Reino, en cuanto reúne y convoca a las personas, no para pescarlas sino para invitarlas a formar parte de la comunidad de los salvados. De esa manera la vocación no los desarraiga en sus vidas. Seguirán siendo pescadores, pero ahora pescadores de hombres.
Todos nosotros estamos llamados a colaborar con Jesús en la salvación del mundo, en hacer que las personas tengan vida en abundancia. Que la celebración de esta eucaristía nos haga descubrir nuestra llamada al servicio del Reino y que no tengamos miedo a dejar lo que haya que dejar con tal de estar en compañía del Señor.
Lorenzo Amigo
07-02-07, 09:48:07
11 de febrero de 2007
6 Domingo Ordinario
DICHOSOS LOS QUE AHORA LLORÁIS, PORQUE REIRÉIS
El hombre, a causa de su libertad, está siempre ante la encrucijada de caminos y tiene que elegir. No es fácil tomar las decisiones porque no poseemos el conocimiento del futuro. Lo construimos a partir de nuestro presente y apoyados en nuestro pasado. Éste ha ido acumulando toda una sabiduría de vida, que estamos sometiendo prueba en el momento actual. La tentación hoy día es de echar todo el pasado por la borda como inservible y elegir simplemente aquello que parece que nos va a favorecer más. La Palabra de Dios anticipa el futuro definitivo inaugurado ya en Cristo y nos ayuda a discernir los verdaderos valores, porque denuncia las falsas salvaciones que se proponen como espejismos atrayentes.
El profeta Jeremías describe los dos caminos como las dos actitudes fundamentales ante la vida (Jr 17,5-8). Hay unos hombres que construyen su vida sobre sí mismo y sobre los recursos puramente humanos, descartando a Dios como inútil. Para lograr tener confianza en sí mismo y en la vida intentan amasar recursos materiales para así asegurar el futuro. Al final son vidas estériles e infelices. El segundo tipo de personas intenta poner la confianza en Dios y no en sí mismos. Esta confianza fundamental en Dios, autor de la vida, es el suelo nutricio que nos alimenta y hace que nuestra vida sea fecunda y produzca frutos.
También Jesús ha formulado los dos tipos de personas en forma de bendiciones y maldiciones, de felicidad y de infelicidad (Lc 6,17.20-26). Lo llamativo es que Jesús propone un camino de felicidad que a todas luces parece ser lo contrario. En vez de una Buena Noticia, parece proclamar una Mala Noticia: la inversión de todos los verdaderos valores. Jesús llama felices a los que los demás consideran desgraciados y llama desdichados a los que todos creen afortunados. Esa nueva manera de ver la vida y las cosas viene de la irrupción del Reino de Dios en el mundo. Jesús experimenta ya este Reino como presente y cambiando radicalmente los valores. De pronto los valores que antes sostenían la vida de los hombres han quedado superados ante la nueva propuesta hecha por el mismo Dios. No todos perciben esa presencia del Reino y por eso nuestros contemporáneos, en vez de ser modernos, permanecen aferrados a valores que, para el creyente pertenecen al pasado: la riqueza, la saciedad, el divertirse, la buena fama. Estos valores actuales no aportan ninguna novedad, son más de lo mismo.
Jesús mismo se propone como modelo de felicidad a seguir. En medio de la pobreza, de las persecuciones, del rechazo, experimenta la venida del Reino, que le llena totalmente de alegría, que le llena totalmente de Dios. Seguimos las bienaventuranzas como camino de felicidad porque es el camino que siguió Jesús y le condujo a la meta, a la resurrección, a la comunión con Dios.
Es desde la perspectiva de la resurrección y de la presencia del Reino como el creyente juzga los valores de este mundo. La perspectiva de nuestra propia resurrección nos ayuda a poner cada cosa en su sitio, a no considerar absoluto aquello que es relativo, a no reducir nuestras esperanzas a esta vida sino a abrirnos a las dimensiones del Reino. Tiene razón Pablo: “Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados” (1 Cor 15.12.16-20). Sin la fe en la resurrección, los valores evangélicos de las bienaventuranzas carecen de fundamento. En la eucaristía celebramos y actualizamos la resurrección de Jesús y anticipamos nuestra propia resurrección. Es esta esperanza la que nos lleva a abrazar los valores evangélicos de las bienaventuranzas como fuerza transformadora de nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
14-02-07, 09:07:30
18 de febrero de 2007
7 Domingo Ordinario
AMAD A VUESTROS ENEMIGOS
De vez en cuando hemos escuchado palabras de perdón por parte de los familiares de las víctimas del terrorismo o de otro tipo de homicidios. La mayoría de las veces se pide justicia y sin duda una cosa no excluye la otra. El amor a los enemigos está en el centro del Sermón de la Montaña y caracteriza la enseñanza de Jesús y la práctica de sus discípulos (Lc 6,27-38). Las raíces de esta actitud se encuentran en la historia del Pueblo de Dios. El ejemplo de David, perseguido por Saúl, es bien elocuente (1 Sm 26,2-23) . El respeto profundo por la vida del “ungido del Señor”, muestra que David no identifica la persona con sus actos. Uno puede cometer crímenes, pero nunca es un “criminal”, como nosotros solemos decir, sino que es siempre un “hijo de Dios”, un elegido de Dios. La persona va más allá de sus actos y hay que darle siempre una oportunidad en la vida. Tan sólo cuando una persona se siente amada y perdonada puede abrirse al amor.
Jesús nos sitúa en una dinámica espiritual que va más allá del mecanismo de acción-reacción, “me la has hecho, me la pagarás”. Freud criticaba no sólo que Jesús hubiera mandado amar a los enemigos, sino simplemente que hubiera mandado amar al prójimo, como también pide ya la Ley de Moisés. Freud ve normal que uno ame al que te ama, al que es simpático, pero ¿por qué voy a amar al que me es antipático?.
Tenemos dos palabras de Jesús que nos ayudan a ver el fundamento del amor a los enemigos. Clavado en la cruz dice “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús está convencido del fondo inagotable de bondad que existe en el corazón del hombre. Si éste hace el mal, lo hace sin saber lo que hace. Es la explicación del mecanismo que da origen a la enemistad. Una persona cree que la otra es una amenaza para su vida, para su felicidad e inmediatamente forja la imagen del enemigo. Se le identificará fácilmente con la persona de otra cultura, otra raza, otra lengua, otra religión, otro pueblo. En realidad todo es efecto de nuestros miedos y prejuicios injustificados.
Esa mirada distinta sobre la realidad del enemigo, que nos invita a tener Jesús, es la mirada misma de Dios. Jesús nos propone imitar a Dios que hace el bien a todos, sin hacer distinciones entre justos y pecadores. Así se derrumbaba una especie de dogma del judaísmo contemporáneo de Jesús, el que Dios hace el bien a los buenos y castiga a los malos. En realidad Dios hace siempre el bien, somos nosotros los que introducimos el mal en la realidad del mundo.
Al invitarnos a obrar como Dios mismo, el hombre va más allá de los límites aceptados de lo humano, de lo que parece lógico y normal. Más que hablar de acción meritoria se trata de una acción que hace presente la gracia y el favor de Dios que todos recibimos. La moral cristiana no puede ser una moral del deber, de dar a cada uno lo que le es debido. La moral cristiana apunta a hacer presente en el mundo la gracia, el favor y la compasión de Dios. Nadie es más digno de compasión que el que ha cometido un crimen.
Podemos decir que Jesús nos sitúa en la perspectiva de la vida nueva de su resurrección, presente en nosotros. En vez de traducir en nuestra conducta el aspecto humano, demasiado humano, heredado de Adán, tenemos que poner en marcha el dinamismo divino que hay en nosotros (1 Cor 15,45-49). Que la celebración de la eucaristía nos llene del amor misericordioso y compasivo de Jesús de manera que también nosotros seamos capaces de perdonar y de amar a nuestros enemigos.
Lorenzo Amigo
21-02-07, 16:36:19
25 de febrero
Primer Domingo de Cuaresma
NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE
No es fácil en la vida agitada y dispersa que llevamos poder concentrarnos sobre lo esencial y lo importante, que sería la manera de prepararnos bien esta cuaresma para celebrar la Resurrección de Jesús. El papa nos hace una propuesta muy marianista: permanecer al pie de la cruz con María y el discípulo amado y contemplar al que hemos traspasado con nuestros pecados. Fijar nuestra mirada en el crucificado y contemplar su amor y el amor del Padre revelado en la cruz nos ayuda a centrar nuestra vida cristiana en una persona y en una relación de amor agradecido.
El camino de Jesús hacia Jerusalén para vivir allí su misterio pascual es consecuencia directa de la opción de vida que tomó en el momento de su bautismo y reafirmó en el desierto enfrentándose al demonio. En el bautismo Jesús se solidarizó con los pecadores y eligió el camino del siervo de Yahvé. En el desierto va a rechazar el falso mesianismo de carácter triunfante que le propone el diablo. Las tres tentaciones describen de manera resumida las falsas salvaciones que se ofrecen al hombre y que también debieron de pasar por la cabeza de Jesús.
La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios. Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.
La segunda tentación y falso mesianismo espera la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto. El diablo se presenta como el señor del mundo y promete entregarlo al que lo adore. Jesús nos recuerda que el hombre debe adorar solamente a Dios, que es él único señor que nos constituye en personas libres.
La tercera versión de la falsa salvación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Se trata de querer acelerar la historia y de no respetar sus ritmos. En el fondo los revolucionarios han sucumbido a esta tentación y han sacrificado millones de personas a sus ideas y proyectos. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes.
Alimentemos nuestras vidas en esta eucaristía, acogiendo la Palabra de Dios y participando en la mesa del Cuerpo y Sangre de Jesús, para tener las fuerzas para caminar con Él hacia Jerusalén.
Lorenzo Amigo
25-02-07, 16:04:50
4 de marzo de 2007
Segundo Domingo de Cuaresma
HABLABAN DE SU MUERTE, QUE IBA A CONSUMAR EN JERUSALÉN
La historia humana no es una simple secuencia de acontecimientos que se suceden sin sentido, regidos por una especie de ley de la causalidad de tipo económico o social. Es Dios mismo el que dirige esta historia y realiza su historia a través de nuestras pequeñas historias. La meta es llegar a la intimidad y comunión con el mismo Dios, viviendo en plenitud la alianza realizada en Cristo Jesús, centro de esta historia y de donde recibe su sentido. Hacia la alianza nueva y definitiva en Cristo apuntaba la alianza con Abrahán. Es Dios el que lleva la iniciativa en todo y le promete una descendencia y una tierra donde habitar. Indirectamente se muestra que Abrahán se ha comprometido a tener al Señor como su Dios, no sólo obedeciendo ahora al mandato de ofrecer un sacrificio, sino sobre todo recordando que Dios lo hizo salir de su tierra nativa y él no dudó ni un momento.
De esa comunión con Dios habla también la escena de la transfiguración referida a la persona de Jesús en la que vemos anticipada su resurrección y la nuestra. Se trata nada menos que llegar a ser hombres nuevos en Cristo resucitado, dejando la vieja condición de hombres viejos a causa de las viejas estructuras del pecado. Consiste paradójicamente en morir para tener la vida. El horizonte de esa vida en plenitud, de esa vida eterna, es la vida misma de Dios.
Esta visión grandiosa del hombre no es una pura fantasía, pues la encontramos realizada en la persona de Jesús, el Hijo del Hombre, el Hombre Perfecto. Por su resurrección Jesús ha entrado en la gloria de Dios, sentado a la derecha del Padre, con todo poder y majestad. Esa es la meta de nuestro camino cuaresmal, que no debemos perder de vista en nuestras prácticas de penitencia y de conversión de nuestro ser. Sabemos que no son esas prácticas las que nos transforman sino el don de Dios en Cristo Jesús, que hemos recibido en el bautismo. Nuestro ser nuevo está presente ya en germen. Tenemos que colaborar para que se desarrolle hasta la plena madurez de hijos de Dios.
Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentamos más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos. Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos y nada en él traducía que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguno percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos. Lo difícil no es acompañar a Jesús en el monte de la transfiguración sino no abandonarlo en el monte calvario, como hicieron los discípulos.
La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual. Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder o su tener. Esa dimensión espiritual se cultiva a través de la contemplación, como diálogo con Dios y con los hombres. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a entrar cada vez más en el misterio de Cristo, de su muerte y resurrección para que nuestras vidas se transfiguren y colaboren a la transformación del mundo.
Lorenzo Amigo
07-03-07, 11:18:02
11 de marzo de 2007
Tercer Domingo de Cuaresma
SEÑOR, DÉJALA TODAVÍA ESTE AÑO
En la vida todos metemos alguna vez la pata. No pretendemos escapar a las consecuencias de nuestras acciones, exigiendo una especie de impunidad, pero al menos esperamos que se nos dé una nueva oportunidad. Desgraciadamente la sociedad implacable y justiciera en la que vivimos no siempre da una nueva oportunidad a muchos que han hecho el mal.
El evangelio cita dos casos, que debían ser bien conocidos, en los que los protagonistas no tuvieron una segunda oportunidad (Lc 13,1-9). El primero se lo contaron algunos a Jesús y parece un tanto premonitorio. Se trata de la matanza de galileos realizada por Pilato precisamente cuando estaban ofreciendo unos sacrificios. Sus contemporáneos pensaban que debían ser grandes pecadores ya que terminaron así. No se sabe si quieren poner en guardia a Jesús y también lo consideran un pecador. Jesús, en efecto, morirá a manos de Pilato, siendo tan inocente y más que los sacrificados por el procurador romano. Jesús de ninguna manera trata de justificar la injusticia existente en nuestro mundo como un castigo de Dios por el pecado. Los culpables son los asesinos. Jesús mismo cita otro caso, el desastre natural del derrumbamiento de la torre de Siloé, que aplastó a muchos. Tampoco aquí Dios es el responsable de lo que pasó. Dios no pretendía con estos acontecimientos castigar ningún pecado, pero a través de ellos nos invita a todos a la conversión. Sin la reorientación de nuestras vidas hacia Dios, todos podemos perecer, no simplemente perdiendo la vida física sino experimentando un día la muerte final y definitiva, la perdición lejos de Dios.
El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.
La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. El Señor puede estar tentado de arrancarla, pero siempre nuestra Madre la Iglesia está intercediendo por nosotros para que se nos dé una nueva oportunidad para convertirnos. Ella trata de poner a nuestra disposición todos los medios de los que dispone para hacer que nuestras vidas produzcan frutos. Ese es el gran criterio de la conversión. El cambio de vida no consiste sólo en cambiar nuestros proyectos, nuestra manera de pensar, de sentir y de hablar sino que al final debe reflejarse en nuestras obras. Serán éstas las que al final de la cuaresma nos harán ver si nuestro trabajo de conversión ha sido un trabajo serio o si hemos quedado a medio camino y estamos ocupando un terreno en balde. Los frutos no vendrán de manera automática o por el puro voluntarismo. Será necesario convertir nuestro corazón, nuestro ser profundo para que el árbol bueno dé frutos buenos. Sólo escuchando la llamada de Dios y oyendo el grito de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-159.Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.
Lorenzo Amigo
14-03-07, 12:20:17
18 de marzo de 2007
Cuarto Domingo de Cuaresma
SU PADRE LO VIO Y SE CONMOVIÓ
A la moda de marcharse de casa allá por los años ’80 tan pronto como se tenía alguna posibilidad de vivir independientemente ha ido sucediendo la situación de tener que aguantar cada vez más tiempo a los hijos en casa. Las dificultades de terminar los estudios y encontrar un trabajo, que permita tener acceso a un piso prolonga una situación no exenta de tensiones en las relaciones de padres e hijos.
Algo parecido cuenta Jesús en el evangelio de este domingo. La mal llamada parábola del hijo pródigo es en realidad la parábola del padre bueno y sus dos hijos. Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre. El hijo menor no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que lo coarte, saboreando la libertad.
En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.
Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Tampoco él conoce el corazón del padre. Es el hijo fiel, pero con una fidelidad triste de trabajador más que de hijo. No se ha dado cuenta de que todo lo de su padre le pertenece. No sólo las cosas materiales sino también toda la realidad espiritual que recibimos de un padre. Lo que es más grave es que este hijo fiel no quiere reconocer ya a su hermano al que trata como un extraño, como si fuera un hijo que el padre hubiera, pero que para él ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. También a él le hubiera gustado saborear esos momentos de libertad, pero no se atrevió a marcharse de la casa del padre. Ahora se produce una ruptura interior con el padre. Si el padre se comporta así con su hijo pródigo, ya no merece la pena vivir en la casa del padre.
El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Es natural alegrarse y hacer fiesta al recuperar a un hermano que estaba perdido y ha sido hallado, estaba muerto y ha vuelto a la vida. No sabemos cómo reaccionó al fin el hijo mayor y muchos novelistas se han divertido continuando la historia centrada en el hijo mayor.
El sentido de la parábola es claro. El padre es Dios. Él hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte y no digamos nada cuando es todo un pueblo. El hijo menor son las naciones paganas que estaban alejadas de Dios. El hijo mayor es el pueblo de Israel que, al ver admitidas las naciones paganas en la Iglesia, protesta contra Dios y se niega a entrar en el nuevo pueblo de la alianza. También hoy día “los buenos” podemos mostrar un corazón duro con los que han andado extraviados y quieren volver a la casa del Padre y les queremos poner muchas condiciones. Que la celebración de esta eucaristía nos dé un corazón comprensivo y acogedor.
Josefa.G
17-03-07, 23:34:05
Nunca había reparado tanto en la actitud negativa del hermano mayor, y menos que me podía ver en algunas ocasiones reflejado.
Lo más profundo para mi es saber que Dios en cualquier circunstancia de mi vida y si acudo a Él me recibe con alegria.
Gracias amirito
Lorenzo Amigo
21-03-07, 13:54:04
25 de marzo de 2007
Quinto Domingo de Cuaresma
TIRAR LA PRIMERA PIEDRA
La verdad es que desde Roma la situación española parece menos crispada de lo que algunos creen. No sé quién echó la primera piedra, pero a veces sí se tiene la impresión de que el cruce de acusaciones de unos a otros parece una pequeña batalla verbal. Felicitémonos de que las cosas no vayan a más, aunque siempre habrá grupos violentos que utilizarán las piedras en vez de las palabras. Siempre hay algunos que se creen justos y están dispuestos a lapidar al que consideran pecador. Sin perdón, sin embargo, como nos recordaba Juan Pablo II, no habrá nunca paz.
En el evangelio de la mujer adúltera, Jesús se desmarca de estos grupos violentos y les opone una resistencia no violenta a través del perdón concedido a esta mujer Jn 8, 1-11. A estos grupos violentos parece que más que la defensa de la Ley y la condena del pecador lo que les interesa es tratar de comprometer a Jesús para poder acusarlo. Aparentemente son desarmados por la manera en que interviene Jesús.
La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega. Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, aunque aquí no sabemos por qué no es acusado también el hombre sino sólo la parte débil. Jesús toma su defensa (y probablemente también hubiera defendido la vida del hombre) y se coloca decididamente contra la pena de muerte.
La argumentación de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin dar la posibilidad de enmendarse. Es lo que ocurre con la pena de muerte, que suprime toda posibilidad de enmienda. En cambio, la condena a prisión debiera tener esa función de hacer que la persona se dé cuenta de su crimen, se arrepienta y cambie de conducta. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas.
Ante el desafío de Jesús, optan por retirarse, empezando por los más viejos porque sin duda son los que han ido acumulando más pecados. Tan sólo Jesús, el hombre sin pecado, puede ser el juez. Pero curiosamente su juicio no es de condenación sino de perdón. Pero ese perdón debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta cuaresma para transformar nuestras vidas y vivir en delante de acuerdo con el Evangelio.
El ejemplo de Pablo puede ayudarnos en este camino (Filp 3,8-14). Pablo, enemigo de Cristo, se ha sentido no sólo perdonado, sino incluso llamado a ser su enviado. Ese perdón le ha venido por pura gracia de Cristo y no en virtud de las obras buenas que él hubiera hecho según la Ley (según la cual eliminar cristianos sería una obra agradable a Dios). Como él debemos olvidar nuestro pasado pecador para dedicarnos a correr hacia la meta donde nos ha precedido Cristo. Así recibiremos el premio: participar en su resurrección después de haberlo acompañado en su pasión. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a acoger el perdón del Señor. Acerquémonos también durante este tiempo al sacramento de la reconciliación para así tener la garantía de que Jesús nos perdona a través de sus ministros. Dios sin duda nos perdona siempre que se lo pedimos, pero algunas veces necesitamos hasta un signo visible que nos lo confirme.
Lorenzo Amigo
29-03-07, 10:14:02
1 de abril de 2007
Domingo de Ramos
BENDITO EL QUE VIENE COMO REY, EN EL NOMBRE DEL SEÑOR
Los grandes misterios de la salvación cristiana acontecen hoy día en un tiempo de vacaciones. Éstas constituyen una oportunidad y un peligro. Para algunos forman parte de la huida de Dios y de la dispersión en el anonimato y en la banalidad, del querer olvidar los problemas diarios. Para otros es la gran oportunidad de tener un tiempo libre para poder vivir a fondo la fe. La participación en la liturgia de estos días y en las celebraciones de la religión popular puede remover nuestras vidas y avivar en nosotros el deseo de la salvación.
El Domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa. En él vemos ya presente los dos grandes acontecimientos de la vida de Jesús, su muerte y su gloria. La entrada triunfal en Jerusalén anuncia su triunfo definitivo (Lc 19,28-40). No debemos perder de vista que caminamos hacia la resurrección, pero antes es necesario pasar por la pasión. El Reino de Dios, anunciado por Jesús, y hecho presente a través de diversos gestos proféticos, como el comer con los pecadores o sus milagros, se inaugura con su solemne entrada en la capital, aclamado por todos los que esperaban el Reino. En ese Reino entrará de manera inmediata el buen ladrón, que confiesa su fe y su confianza en Jesús.
La lectura de la pasión, hoy y el Viernes Santo, da una densidad especial al misterio de la cruz, con la que Jesús redimió al mundo. Vamos a contemplar la pasión del Señor no como simples espectadores, que permanecen fuera del juego, sino entrando también nosotros en ella. Metámonos dentro de los diversos personajes. Ante todo identifiquémonos con Jesús “que me amó y se entregó por mí”. Descubramos sus sentimientos profundos de amor al Padre y a los hombres. Siendo Dios, se despojó de toda gloria y compartió la condición de los pobres y humildes. Más aún, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Filp 2,6-11). Es ese vaciamiento de sí mismo, para poder ser solidario con los últimos de la tierra, el que le permitirá llenarse totalmente de Dios en la resurrección. A los ojos de la sabiduría humana, el misterio de la cruz es una locura, pero para los que creen en Cristo es la manifestación del amor, de la fuerza y de la sabiduría de Dios. Hay que entrar en el misterio de la cruz con un corazón de discípulo, que quiere aprender de su Señor, sin tener miedo a arriesgar la vida. En la Pasión de san Lucas, Jesús aparece como el justo inocente perseguido injustamente por sus enemigos (Lc 22,14-23,56). Su sufrimiento revela el amor y la misericordia del Padre para con todos sus hijos descarriados. La cruz de Cristo no tiene nada de trágico sino que encarna el amor con el que cada discípulo tiene que llevar en su vida las contrariedades y contradicciones a causa del seguimiento de su Señor.
Pero también la contemplación de los demás personajes de la pasión, nos ayudan a descubrir la realidad de nuestras vidas y de nuestro pecado. Judas, el discípulo que lo entregó, es para todos nosotros una seria advertencia de que también nosotros podemos traicionar a Jesús y hundirnos después en nuestra desesperación. También Pedro lo negó, pero supo llorar su pecado. Los otros discípulos lo abandonaron por miedo, pero volvieron a creer en Él cuando lo vieron resucitado. Pilato se lava las manos en signo de inocencia, pero condena al inocente para no perder la amistad con el emperador. Herodes, curioso por poder ver algún milagro, se reconcilia con Pilato que le envió a Jesús para que lo juzgara. Los sumos sacerdotes consideran a Jesús un blasfemo, porque ha anunciado un Dios de misericordia y de perdón. ¿Qué personaje eres tú en la pasión de Jesús que continúa hoy día? La pasión de Jesús se actualiza en la celebración eucarística. Al comulgar el cuerpo de Jesús participamos en su destino de muerte y resurrección. Empecemos con ánimos la Semana Santa y acompañemos a Jesús a lo largo de ella para llegar a la alegría de la Pascua.
Josefa.G
31-03-07, 21:46:22
¡¡¡Gracias amigo por la meditación de este Domingo.!!!
A mí me ayuda el pensar que también junto a Jesús en esos momentos tan dolorosos de su condena a muerte había incondicionales, que lo reconocen como el Mesías, y que no le dan la espalda, eso mismo nos pide a sus seguidores, que nos mojemos, que seamos valientes y demos testimonio de nuestra fe. Por encima de todo que vivamos como Cristianos comprometidos.
Amirito.
¡¡Feliz Semana Santa a todos. ¡!!
Lorenzo Amigo
01-04-07, 18:31:17
5 de abril de 2007
Jueves Santo
HACED ESTO EN MEMORIA MÍA
Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.
Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.
Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).
Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo.
Lorenzo Amigo
01-04-07, 18:33:47
6 de abril de 2007
Viernes Santo
HE AHÍ A TU MADRE
El Domingo de Ramos empezábamos la Semana Santa con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Rey. Pero inmediatamente pasábamos a leer la pasión de San Lucas pues el triunfo de Jesús fue demasiado efímero. Inmediatamente todo se volvió en contra suya y precipitó todos los acontecimientos que lo llevaron a la cruz. De nuevo somos invitados este Viernes Santo a vivir intensamente la pasión a través de los diversos personajes.
La narración de san Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, pero en una perspectiva diferente. Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Jesús es el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades.
Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos, pagados por Nicodemo.
En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, de su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.
Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.
Lorenzo Amigo
01-04-07, 18:36:16
8 de abril de 2007
Vigilia Pascual
¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?
Hay acontecimientos que uno no puede perderse sin tener que lamentarlo después. La dispersión actual que se provoca en las vacaciones de Semana Santa no siempre favorece la celebración de la Vigilia Pascual. No reunirse como Iglesia en esta noche santa es perderse lo mejor del año, el acontecimiento que da sentido a nuestra fe y por tanto a nuestra vida. La resurrección de Jesús es la realización de todas la promesas hechas por Dios a su pueblo y la anticipación del futuro definitivo de Dios. Es el acto fundacional de la Iglesia, convocada por el Resucitado.
Leemos algunos momentos más significativos de la historia de la salvación en la que Dios ha actuado a favor de su pueblo. Ya la creación, inicio de esa historia, es un momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). Ese amor misericordioso no abandona al hombre pecador ni deja esclavo a su pueblo en Egipto sino que lo libera de la esclavitud para llevarlo a su servicio. La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.
La resurrección cogió de sorpresa a todos, a empezar por sus discípulos y las piadosas mujeres que iban a cumplir un deber caridad para con el muerto, embalsamar su cuerpo, cosa que no habían podido hacer el día de su sepultura por falta de tiempo. El ángel les reprocha el que sigan pensando en un muerto entre los muertos cuando en realidad el Señor está vivo (Lc 24,1-12. El ángel les invita a penetrar en el misterio recordando las palabras de Jesús que habían anticipado el acontecimiento. Según Jesús, su muerte y su resurrección eran la realización de lo que las Escrituras anunciaban.
Las mujeres recordaron las palabras de Jesús y sin duda se abrieron a la fe pues se convirtieron en anunciadoras de la resurrección. Pero los apóstoles no las creyeron y pensaron que deliraban. Pedro, en cambio, fue al sepulcro y lo encontró vacío y se volvió admirado. Tan sólo el encuentro con el Resucitado hará que la fe de los discípulos vuelva a revivir y se reúnan de nuevo para ser los testigos de Jesús.
Existe el peligro de que nos pasemos la vida buscando al resucitado entre los muertos. Quizás a través de la religión popular hemos vivido intensamente en las procesiones la realidad de la pasión del Señor. Son tantos los sufrimientos del mundo que no puede uno menos que compadecerse del inocente que entregó la vida para que no muera ya más ningún inocente. Pero llega la Pascua y no sabemos cómo celebrarla. Tantos siglos de catolicismo triste han dejando una herencia y una huella demasiado pesada. Pero es aquí donde nos jugamos el futuro de nuestra fe como fuerza transformadora del mundo. Frente a las ofertas de felicidad barata que ofrece el mundo, los cristianos seguimos proclamando que el corazón del hombre tiene una sed de amor infinito y absoluto. Sólo si nosotros resucitamos en Cristo y llegamos a pertenecer totalmente a Dios, y Él nos pertenece totalmente a nosotros, nuestro corazón inquieto encontrará finalmente su descanso. Vivamos intensamente esta eucaristía y sintámonos también nosotros enviados a anunciar a nuestros hermanos la buena noticia: Jesús está vivo. Venid y lo veréis.
Lorenzo Amigo
01-04-07, 19:00:00
8 de abril de 2007
Domingo de Pascua de Resurrección
SE HAN LLEVADO DEL SEPULCRO AL SEÑOR
Los cambios acelerados que está viviendo nuestro país han cogido de sorpresa a muchos, que no han tenido casi ni tiempo para reaccionar. Se ha producido una verdadera revolución silenciosa y cuando nos hemos querido dar cuenta estábamos en un mundo que nos parece extraño y no lo reconocemos. Ha desaparecido una especie de mundo familiar e idílico, que quizás no era tanto, en el que la fe y los valores cristianos aparecían constantemente en el escenario que contemplábamos complacidos. Hoy día tenemos la sensación de que se han llevado ese mundo, nos lo han robado y no sabemos dónde ha ido a parar.
Si la sorpresa de la crucifixión fue grande, no menor fue la que experimentaron los discípulos ante la resurrección, ante la desaparición del cuerpo de Jesús. Encargados de verificar la verdad de lo que dicen las mujeres, y en particular María Magdalena, son Pedro y el Discípulo Amado. Ellos sí que pueden dar un testimonio válido. Tanto María como los dos discípulos ven el sepulcro vacío y las vendas y el sudario con el que habían amortajado a Jesús. Es difícil concluir de ahí nada. De hecho ambos discípulos no parecen sacar las mismas conclusiones.
Pedro parece un inspector de policía que toma nota de cómo están las cosas. La descripción parece sugerir que no se trata del robo del cadáver sino que ha debido suceder algo distinto, pues todo está demasiado en orden. El discípulo Amado concluye también su inspección pero creyendo en la resurrección. ¿Cómo llega a esta conclusión? Al comprender de pronto las Escrituras que anunciaban que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Antes de la resurrección no había manera de entender esos anuncios. Ahora todo parece claro y creen en lo que anunciaban las Escrituras.
¿Qué es lo que creen? Ante todo que Jesús está vivo. El Señor Resucitado es el mismo que ellos conocieron, al que prestaron fe y siguieron, con el que convivieron durante su vida pública, convencidos de que Él era el Mesías de Israel, la revelación definitiva de Dios. Eso supone que sin duda se encontraron con el Señor Resucitado. Los evangelios hablan de las apariciones de Jesús a sus discípulos. No son las apariciones las que fundan la fe de los discípulos. El fundamento de su fe es la persona misma del Resucitado experimentado como vivo y presente en la comunidad mediante su Espíritu.
En ese sentido la fe de los apóstoles tiene el mismo fundamento que la nuestra. No es la aparición del resucitado, sino su presencia activa que interviene en nuestra vida, llevando siempre la iniciativa. Nosotros tenemos conciencia de haber muerto y haber resucitado con Cristo porque experimentamos en nosotros el deseo del resucitado, el deseo de Dios. Aspiramos a los bienes definitivos a través del uso de los bienes de esta tierra. Mientras estamos en este mundo todavía no se manifiesta del todo claramente la realidad de la resurrección presente ya en nuestras vidas. Cuando Jesús vuelva glorioso, entonces también nosotros apareceremos triunfantes con Él.
¿Qué ha pasado con nuestra fe? Quizás estaba ligada a un mundo exterior de formas, símbolos, valores, que se sostenían por la presión social sin que hubiera una verdadera experiencia del resucitado que diera sentido a todas esas formas exteriores. Quizás nuestra fe se ha vuelto demasiado lánguida y ya no es capaz de generar valores que sean percibidos como tales por todos los conciudadanos. Quizás esto no sea hoy día posible. Vivimos en un continuo conflicto de interpretaciones y de valores. No por eso debemos desanimarnos y abandonar nuestra fe. Al contrario, cuanto más viva sea más atractiva resultará. Por eso tratamos de nutrirla en el sacramento de la eucaristía, en el encuentro con el resucitado para que se fortalezca ante los desafíos del presente.
Lorenzo Amigo
11-04-07, 12:54:51
15 de abril de 2007
Segundo Domingo de Pascua
NO SEAS INCRÉDULO SINO CREYENTE
No está de moda hoy día el ser creyente, quizás tampoco el de mostrarse incrédulo. Navegamos en una cultura que silencia las grandes cuestiones del hombre para hundirnos en la banalidad de la vida. Desde luego va desapareciendo una fe ingenua y convencional y va dejando paso a una fe, que el P. Chaminade quería “ilustrada”, puesto que su época vivía de la cultura de la Ilustración. Esa fe reclama una experiencia personal de aquello que se cree y no se deja llevar simplemente por la tradición, por lo que nos han contado.
¿Cuál es la experiencia histórica que está a los orígenes de nuestra fe? Sin duda la experiencia de Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, con el que vivieron sus discípulos y en particular los apóstoles. Esa experiencia es sin duda un proceso complejo y necesita que uno le vaya dando nombre a los diversos elementos. El evangelio de Juan muestra la unidad histórica del Misterio Pascual: muerte, resurrección y don del Espíritu. Jesús, al morir, entrega su espíritu.
Al anochecer del día de la resurrección, Jesús se aparece a los discípulos encerrados en el cenáculo. Les concede el don del Espíritu, que hace de ellos la comunidad de los salvados, a los que les han sido perdonados los pecados. Esa comunidad tiene el poder de perdonar o dejar sin perdonar. Así empieza la vida de la Iglesia y la misión. Jesús envía a sus discípulos, como Él había sido enviado por el Padre. Los discípulos harán presente al Señor, como Él hacía presente al Padre. La presencia del resucitado transforma a los discípulos, llenándolos de paz y alegría, y haciéndoles perder el miedo.
El apóstol Tomás no estaba durante aquel encuentro. Cuando se lo contaron sus compañeros, no los creyó. Exigió el tener él también una experiencia directa del resucitado, viendo y tocando. En realidad no es posible encontrar al resucitado fuera de la comunidad. Tomás tendrás la ocasión la semana siguiente cuando de nuevo Jesús se aparece a la comunidad reunida. Jesús manda a Tomás hacer lo que él había puesto como condiciones de creer, pero el apóstol no lo hace sino que simplemente confiesa al resucitado como su Señor y su Dios, quizás la confesión más clara de la fe en la divinidad de Cristo.
Jesús no se apareció por las buenas a Tomás cuando estaba solo. Sólo cuando está con la comunidad es posible hacer la experiencia del Resucitado. La fe es sin duda una experiencia personal pero tiene una dimensión comunitaria. Por eso no nos encierra en nuestra subjetividad sino que nos abre al diálogo y al compromiso en el mundo. Se trata siempre de una fe eclesial. Ha sido la Iglesia, personificada en los apóstoles, la que nos ha transmitido esa experiencia originaria del Resucitado, que cada uno de nosotros intenta asimilar en comunión con su comunidad eclesial. No es posible una fe por libre, hecha a la medida de la propia subjetividad e individualismo.
Aunque el mismo Jesús parece vincular la fe de Tomás al hecho de ver, en realidad ha sido la palabra de Jesús la que ha hecho posible esa fe. En el momento en que interviene la palabra, salimos del ámbito de la experiencia individual para entrar en el dominio de la comunidad, de la fe compartida. Felices nosotros que creemos sin haber visto, fiados totalmente de la palabra del Señor, que se hace presente en nuestras vidas. La celebración de la eucaristía es un momento privilegiado de encuentro personal y comunitario con el Resucitado, que cambia nuestras vidas y nos envía como testigos suyos.
Lorenzo Amigo
20-04-07, 21:10:57
22 de abril de 2007
Tercer Domingo de Pascua
LA SEGUNDA LLAMADA
Tantas veces en la vida hemos tenido que volver a empezar, después de haber fracasado en el primer intento, sobre todo en los exámenes. A veces hemos estado tentado de tirar la toalla y dejarlo, pero la necesidad o el deseo se ha impuesto y lo hemos intentado de nuevo. Da la impresión de que los apóstoles, después de la muerte de Jesús, volvieron a su trabajo de pescadores pues creían que todo había terminado. El encuentro con el Señor resucitado será la ocasión para Pedro de experimentar lo que podríamos decir su segunda llamada. Aquí ya no hay la ingenuidad de la primera sino que está contenida toda la vida de Pedro con Jesús, con sus claroscuros.
Ni Pedro ni los demás reconocen al Señor resucitado, que ha facilitado una pesca milagrosa (Jn 21,1-19). Tan sólo el Discípulo Amado es capaz de decir: “Es el Señor”. Es la palabra que desencadena el reconocimiento por parte de los demás. Pedro se va a echar al agua para encontrarse de nuevo con el Maestro. Su presencia sigue teniendo el mismo poder de atracción del día que por Él dejo las redes y la barca. Con el ímpetu de siempre está dispuesto a hacer lo que Jesús diga. Vuelve a la barca para traer los peces para comer. Ahora ya no es necesario hacer preguntas. Tienen ante sí al Jesús de siempre, que compartía con ellos la mesa y les repartía el pan, después de haberlo bendecido. De nuevo un gesto sacramental sella la comunión de los discípulos con el Señor.
Jesús va pasarle a Pedro el examen definitivo: “en el atardecer de la vida te examinarán sobre el amor” (Juan de la Cruz). El examen es muy fácil pues se trata de responder simplemente “sí”, o “no”. Pero la pregunta era difícil: “¿Me amas más que éstos?”. La pregunta había dado en el clavo. Pedro no se atreve a compararse con los demás y afirma simplemente que Jesús sabe que lo quiere. Jesús parece estar de acuerdo y le confía su rebaño. Pero de pronto Jesús repite de nuevo la pregunta ya sin hacer comparaciones. Pedro dice lo mismo y Jesús sigue confiándole su Iglesia. Pero cuando Jesús pregunta por tercera vez, Pedro se da cuenta de que Jesús ha cogido el argumento por donde más duele. Su amor a Jesús no había sido capaz de superar sus tres negaciones. Ahora parece que el Señor le está pasando la factura. Pero Pedro responderá lo mismo y el Señor le confiará su Iglesia.
Queda ya poco del Pedro impetuoso y bravucón. Ha ido aprendiendo dolorosamente la lección. Eso le irá preparando para el futuro, para ser más fiel en el seguimiento. Un día será viejo y será conducido al martirio como prueba del amor por el maestro. Es ahora cuando Jesús pronuncia la palabra de siempre en sus llamadas: “Sígueme”. Pedro está ya listo para su segunda llamada y para seguir a Jesús, aunque esto le llevará al martirio, donde uno ya no tiene más la iniciativa de su vida sino los demás deciden por uno. En el fondo Pedro va aprendiendo que no es uno el que lleva las riendas de la propia vida sino que hay otro que nos va guiando. Probablemente se trata de hacer más y hablar menos.
Sin duda que en su misión, Pedro tendrá que hablar de Jesús, (Hech 5,27-32.40-41) y ser su testigo. Pero no es él el personaje importante sino el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Pedro ha ido aprendiendo poco a poco la obediencia. Pero se trata de obedecer antes a Dios que a los hombres. Su vida ya no va depender de sus propios impulsos sino de lo que Dios le vaya indicando. Pidamos en este Eucaristía encontrarnos con el Resucitado y responder a su llamada a seguirlo.
Lorenzo Amigo
23-04-07, 11:44:27
29 de abril de 2007
Cuarto Domingo de Pascua
MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ
Estamos cada día tan bombardeados por una cantidad tal de mensajes que recibimos que al final nos defendemos dejando que nos resbalen los sonidos y las imágenes. Estamos haciendo un continuo zapping sin que prestemos atención a nada. El pueblo de Dios era el pueblo de la escucha y estaba siempre pendiente de que Dios hablara. Para la Biblia “escuchar” es “obedecer”. Hoy día no estamos demasiado interesados en escuchar y menos en obedecer. No esperamos que la felicidad y la salvación pueda venirnos de fuera sino que cada uno trata de buscarla por sus propios medios. Curiosamente son los paganos los que prestan atención a la buena noticia de la salvación en Cristo Jesús mientras los de su pueblo se cierran en banda y la rechazan (Hech 13,14.43-52). Tenían ya sus esquemas hechos y todo lo que se saliera de ellos no era aceptado. Los paganos, en cambio, están atentos a la novedad del Espíritu.
La capacidad de escucha supone una cierta sintonía entre el que habla y el oyente. Jesús se identifica de tal manera con el oyente que es uno de ellos. Jesús es el Buen Pastor y sus fieles son sus ovejas. Pero curiosamente ese pastor no se presenta como la figura tradicional del Rey, que recibe ese título porque gobierna a sus súbditos. Al atribuir al Cordero, es decir a Jesús muerto y resucitado, el título de Pastor, la comunidad proclama que nuestro Mesías, el representante de Dios, es uno de los nuestros. Más aún, es alguien que ha sido degollado, que ha dado la vida por nosotros (Ap 7,9.14-17). No es de extrañar que sus ovejas lo escuchen, lo obedezcan y lo sigan. Quieren vivir con Él porque así encuentran la vida.
Jesús mantiene con los creyentes una relación de amor y de amistad semejante a la que Dios mantenía con Israel en el seno de la alianza. Como Dios, Jesús tiene con sus ovejas una relación personal intensa, de conocimiento y amor. Es un amor de elección y de predilección. Sus ovejas, por su parte, corresponden a ese amor mediante la escucha y el seguimiento. La escucha traduce la actitud de obediencia típica del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. El seguimiento es la característica de los discípulos del Jesús histórico. Esa relación con Él, después de la resurrección, recibe el nombre de fe. En esa relación íntima Jesús da la vida eterna a sus ovejas, la vida misma del resucitado que es la vida de Dios.
Nada puede separar a los seguidores de Jesús de su Señor y en Él tienen asegurada la salvación. Es el Padre el que ha dado esas ovejas a Cristo. Las ovejas son del Padre, que es superior a todos, y por eso nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Los creyentes en Jesús, a través de Él, están en buenos manos, en las manos del Padre. El Padre y Jesús son uno. Por eso Jesús puede presentarse como el Pastor del pueblo, título que pertenecía a Dios mismo. El pueblo de los redimidos por Cristo tiene a Él como pastor. Él los conduce a las fuentes de agua vida, que son el Espíritu de Dios. Es Jesús el que nos da su Espíritu. Ese pueblo apacentado por Jesús habita en la casa misma de Dios, en su templo, dándole culto día y noche.
En la celebración de la eucaristía damos culto a Dios nuestro Padre. Le damos gracias porque nos ha salvado en Cristo Jesús, que es nuestro Pastor, que nos alimenta con su propia vida, con su palabra, con su cuerpo y sangre.
Lorenzo Amigo
02-05-07, 08:44:58
6 de mayo de 2007
Quinto Domingo de Pascua
OS DOY UN MANDAMIENTO NUEVO
En el testamento, las personas expresan sus últimas voluntades respecto a su herencia. Se nombran los herederos y se explicita qué es lo que se deja en herencia. Los herederos deben respetar lo que figura en el testamento. En la conversación que siguió a la última cena, Jesús hace como una especie de testamento en el que declara sus últimos deseos y sus últimas voluntades respecto a su herencia. La gran herencia que Jesús deja a sus discípulos es la comunidad cristiana y el mandamiento del amor. Ambos están íntimamente relacionados.
La señal de pertenencia a la comunidad de los discípulos de Jesús es el amor mutuo. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo. Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios nos da el mandamiento del amor.
Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Se trata de como Él estar dispuestos a dar la vida por las personas, y de hecho darla en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús.
En realidad es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado. Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.
Este mandamiento nuevo es la gran herencia que nos ha dejado Jesús. Ante todo porque hace presente a Jesús y su amor: “donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. Es un gran regalo porque Jesús nos ayuda a unificar nuestra vida y a centrarla en lo fundamental: el que ama ha cumplido ya toda la Ley. Los diversos mandamientos intentan explicitar lo que significa amar, amar como Jesús. Se trata de buscar el bien del prójimo y respetar su persona, su vida, su amor, sus bienes, su derecho a la verdad. Se trata, pues, de un amor concreto y no de buenas palabras. El papa en su Carta sobre el amor, recordaba cómo este amor cristiano se traducía sobre todo en las obras de caridad para con los pobres y necesitados. Esto atraía de tal manera a las masas del imperio, que el emperador pagano, Juliano el Apóstata, pensó crear un sistema caritativo en el imperio para que los pobres no se convirtieran al cristianismo.
En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.
Lorenzo Amigo
09-05-07, 17:55:26
13 de mayo de 2007
6 Domingo de Pascua
EL ESPÍRITU SANTO OS LO ENSEÑARÁ TODO
Ha habido grandes personajes en la historia que nos han dejado un importante legado espiritual, que muchas veces las generaciones inmediatas no han sabido apreciar y entender. Ha sido necesario el paso del tiempo y nuevos maestros para ir penetrando su mensaje. El mayor tesoro que Cristo nos ha dejado como herencia es su Espíritu. Vale más que todos los tesoros inimaginables y los contiene todos. El Espíritu de una persona es su realidad más valiosa. Jesús nos dio su Espíritu en el momento de su muerte. Es este Espíritu el que resucitó a Jesús de entre los muertos y nos confirma que Jesús sigue vive y presente en su Iglesia. Pero su acción gloriosa se manifestará sobre todo en el momento de Pentecostés.
El Espíritu es presentado como el Abogado, como el Defensor, como el Consolador, como el Paráclito ( Jn 14,23-29). Todo eso significa esta última palabra tomada del griego. No cabe duda que el gran Consolador de los discípulos, mientras vivió con ellos, era el mismo Jesús. Al marcharse, los discípulos se quedan desconsolados, pero se les promete un consolador en la persona del Espíritu. Él sabrá infundirles el consuelo que necesitarán en los momentos difíciles. Cuando un niño se cae y se hace daño, basta que la madre le dé un beso en la parte herida y le diga “ya sanó”, para que el niño deje de llorar. El Espíritu sabe poner esa caricia en nuestras heridas de manera que no nos hundan en la desesperación. El Espíritu es esa presencia espiritual de Jesús Resucitado en medio de la comunidad. Como los discípulos estarán sometidos a las persecuciones delante de los tribunales, el Espíritu es el Abogado Defensor, que habla a favor de ellos, de manera que éstos no tienen que preocuparse de la propia defensa.
En realidad en este pasaje el Espíritu aparece como el Maestro, como el profesor particular o de apoyo, que nos va enseñando todo y nos va recordando lo que Jesús nos dijo. Hay una continuidad entre la acción del Espíritu y la acción de Jesús. El Espíritu hace que las enseñanzas de Jesús no sean simplemente un libro cerrado sino una realidad viva donde el creyente encuentra vida. De esa manera la Iglesia no repite mecánicamente lo que recibió de Jesús sino que mediante el Espíritu va penetrando cada vez más en la revelación de Dios. No se trata de una comprensión puramente intelectual sino más bien de una realidad vivida según las exigencias de cada época, de manera que el Evangelio sea siempre Buena Nueva para cada pueblo, cada cultura y cada situación histórica. Cada uno de los creyentes, a través de su propia experiencia vital de encuentro con Cristo, va enriqueciendo la realidad de la fe cristiana, que es capaz de inculturarse en todas las culturas.
Curiosamente la partida de este mundo del Maestro de Nazaret permite el comienzo de la actividad de este Maestro interior que nos va a guiar en todas las circunstancias de nuestra vida. La acción del Espíritu es universal y no circunscrita en el tiempo y en el espacio como la de Jesús. Este Maestro interior actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Él es la garantía de la verdad que la Iglesia enseña y hace que ésta no se desvíe nunca de la Tradición que comienza en Jesús y a través de la misma Iglesia llega hasta nosotros. La presencia del Espíritu en cada uno de nosotros hace que la enseñanza de Jesús propuesta por la Iglesia no sea algo exterior impuesto, sino que encuentra inmediatamente su eco en lo que el creyente aprende directamente del Espíritu. Él crea esta sintonía entre el creyente y la Iglesia de Cristo.
El Espíritu nos enseña a través de las acciones de Jesús que actualizamos en la celebración de la Eucaristía. Pidámosle que Él nos introduzca en el misterio de Cristo para que lo podamos vivir y hacer presente en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
16-05-07, 11:38:07
20 de mayo de 2007
La Ascensión del Señor
SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS
Vivimos en una cultura centrada en el hombre, que verdaderamente ha llegado a ser la medida de todas las cosas. El hombre es visto de tejas a bajo, sin relación con Dios a la hora de buscar la propia realización y felicidad personal. Esta cultura actual representa un reto para la tradición cristiana en el sentido de que pretende ofrecer al hombre de hoy una vida de mayor calidad que la que le ofrece la fe cristiana. También para la fe cristiana el hombre ha sido creado por Dios como el centro de la creación y todas las otras realidades creadas están en función de él.
La fiesta de la Ascensión de Jesús traduce de manera sensible la imagen cristiana del hombre. Éste no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido el objeto del amor de Dios y sigue siendo el objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero.
Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo (Hech 1,1-11). Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Mc 16,15-20). El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.
La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.
El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo. Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.
Lorenzo Amigo
23-05-07, 21:43:39
27 de mayo de 2007
Pentecostés
DEJARSE LLEVAR POR EL ESPÍRITU
Las ideologías modernas quieren confinar la fe al ámbito de lo privado y pretenden para la vida pública y social un ordenamiento puramente laico en el que no aparezca la religión ni sus símbolos religiosos. Sería reducir la religión a la conciencia, a la vida privada o familiar, a la sacristía. Pero la Iglesia nació precisamente cuando tuvo el valor de salir de la sala donde estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas. El Espíritu da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús (Hech 2,1-11).
Y es que la Iglesia no existe en sí misma y luego sale a evangelizar. La Iglesia es convocación de gentes. Sólo existe proclamando el evangelio que reúne a los pueblos para preparar la llegada del Reino. Es el Espíritu el que abre el corazón y los oídos de las personas para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz. Por eso la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.
La acogida del evangelio contribuye a la realización de la vida de la persona. El Espíritu hace presente en la realidad del creyente el dinamismo del Resucitado y nos concede una vida que no termina (Rm 8, 8-17). La hemos recibido en el bautismo con el Espíritu. No se trata de una fórmula mágica, sino de un germen, que nosotros tenemos que cuidar, dejándonos guiar en nuestras vidas por el Espíritu. Si nos dejamos llevar en cambio por nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros resentimientos, lo que san Pablo llama “carne”, caminamos hacia la muerte ya en vida. Tantas veces hemos tenido que lamentar el habernos dejado llevar por nuestros impulsos. Antes de actuar es necesario discernir bien. Tan sólo el Espíritu puede orientar nuestras vidas según la verdad auténtica, que es Cristo y su evangelio ( Jn 14,23-26).
¿Cómo dejarse guiar por el Espíritu? Él es el maestro interior y no un guía turístico. Él habita en nosotros y nos da siempre la inspiración justa. ¿Cómo escuchar su voz? Es muy fácil descubrir la presencia y la acción del Espíritu en nosotros una vez que somos conscientes de ese sentido y sensibilidad especial que hemos recibido en el momento de nuestro bautismo. Piensa simplemente en algunas de las acciones o decisiones que has tomado durante esta semana. ¿Qué es lo que te ha movido a hacerlo? ¿Era simplemente tus cálculos humanos, tus intereses, tu búsqueda de una vida cómoda, o había una fuerza especial que se te imponía suavemente desde dentro y te llevaba a obrar? Cuando has sido capaz de perdonar a alguien que te ha ofendido, cuando te has acercado a un pobre, cuando has renunciado a aprovecharte de los demás, era el Espíritu de Jesús el que te estaba moviendo interiormente. Actuabas entonces como un hijo de Dios, que reconoce a sus hermanos. En cambio, cuando cedes a la venganza o al rencor, cuando te aíslas en ti mismo, cuando no quieres saber nada de los problemas de los demás, eres juguete de tu propio espíritu, de tus inclinaciones y pasiones.
El Espíritu es el gran protagonista en la celebración de la eucaristía. Es Él el que con su fuerza transforma nuestras pobres ofrendas del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Dejémosle actuar en nuestras vidas para que seamos transformados en Cristo y así podamos hacerlo presente en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
29-05-07, 09:38:17
3 de junio de 2007
Santísima Trinidad
EL AMOR DE DIOS HA SIDO DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES
La sensación de la ausencia de Dios invade en buena medida nuestro mundo. Los signos de su presencia que antes eran los templos, hoy día son visitados por los turistas con un interés puramente artístico. Pocos son los que saben leer el lenguaje religioso que se expresa en ellos. Para los primeros cristianos la experiencia del Espíritu era tan evidente y cotidiana que era el punto de partida de toda su vivencia de fe. Era esa experiencia del Espíritu la que los introducía en la intimidad con el Padre y con el Hijo.
La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la experiencia del amor, haber sido amados por Dios y poder amar a Dios y a los demás (Rom 5,1-5). Se trataba de una experiencia revolucionaria, que el Papa ha subrayado en su encíclica sobre el amor. El hombre, en las religiones antiguas, busca y ama a Dios, pero Dios no responde con amor. Él tiene otras cosas más importantes que hacer que ocuparse de los hombres.
Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.
El amor de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.
Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús (Jn 16,12-15). Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.
Esta verdad plena revela también la auténtica verdad del hombre. Nuestra relación con Dios no es una realidad abstracta sino que adquiere los matices que vemos en nuestras relaciones personales tan diferentes, según se trate del padre o la madre, el hermano o la hermana, la esposa o el hijo. Sin duda estas relaciones humanas tienen siempre sus limitaciones y crean sus complejos. Dios Padre es sencillamente amor del que procede todo y que nos da su misma vida. El Hijo encarnado en Jesús nos muestra el camino de laverdadera fraternidad humana. Sólo a través del don de sí podemos reconocer al otro como hermano. El Espíritu es inspiración creadora, que no nos quita la libertad cuando nos dejamos guiar por Él sino que nos lleva a la meta deseada, la intimidad con Dios. Este Dios que se nos hace presente en la Eucaristía y nos incorpora a su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.
Lorenzo Amigo
06-06-07, 09:02:21
10 de junio de 2007
El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
ESTO ES MI CUERPO, QUE SE ENTREGA POR VOSOTROS
La cultura actual muestra un gran interés por el cuerpo humano. En realidad cada uno se identifica con su cuerpo. Aunque a veces digamos “con mi cuerpo hago lo que me da la gana”, ninguno considera que simplemente tiene un cuerpo. La persona es su cuerpo, aunque no únicamente su cuerpo. Podemos decir que es un espíritu encarnado. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo.
El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.
La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.
Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad.
Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna.
El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.
Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Esa es la vida definitiva a la que aspiramos, la que buscamos siempre a través del hambre y sed que experimentamos a lo largo de nuestra existencia. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.
Lorenzo Amigo
13-06-07, 09:40:04
17 de junio de 2007
11 Domingo Ordinario
AL QUE POCO SE LE PERDONA, POCO AMA
Cada vez que somos perdonados, recibimos un gran regalo. Experimentamos lo que significa ser amados de manera incondicional. No somos amados porque nos lo merezcamos sino porque el amor fluye sobreabundantemente de las personas que nos aman. Esto es verdad, ante todo de Dios, pero también del amor de nuestros padres y de todas las personas que nos quieren auténticamente y no por puro interés, esperando que nosotros correspondamos con nuestro amor.
Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas (Lc 7,36-8,3). En el mundo del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias. En el mundo de Jesús se perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que la barbaridad que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).
De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora por parte de la gente bien. El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús los fariseos.
La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.
Las personas buenas, como los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. De enemigos que éramos de Dios, ha hecho de nosotros sus hijos.
En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Por la eucaristía se hace realidad el que no somos nosotros los que vivimos, es Cristo quien vive en nosotros. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.
Lorenzo Amigo
20-06-07, 10:24:10
24 de junio de 2007
Nacimiento de San Juan Bautista
LA MANO DEL SEÑOR ESTABA CON ÉL
En tiempos de transición y de cambio, siempre ha habido personas que han intuido hacia dónde caminaba la historia. Son los llamados precursores que se anticipan a su tiempo. Muchas veces viven un verdadero drama pues la intuición del futuro nunca es totalmente clara y definida. Entre los precursores están sin duda muchos de los profetas que vivieron grandes conflictos con las autoridades y el pueblo. Ellos veían claro hacia dónde apuntaba el obrar de Dios, mientras que sus contemporáneos estaban totalmente ciegos. Muchas veces esos profetas tuvieron la sensación de estar perdiendo el tiempo y que su misión respecto al pueblo estaba condenada al fracaso. Sin embargo Dios es siempre capaz de servirse de sus enviados para sacar adelante su proyecto (Is 49,1-6).
La figura de Juan Bautista es en este sentido sintomática. Está situada en la transición del Antiguo al Nuevo Testamento. Intuyó claramente la venida del Reino de Dios que venía a juzgar la tierra, a establecer la justicia. Era un acontecimiento que invitaba a la conversión ante la amenaza de lo que se venía. También Jesús está convencido de la venida del Reino de Dios e invita a la conversión. Pero no porque el Reino represente una amenaza sino porque es la gran oferta de salvación de Dios sobre todo para los pobres y los excluidos. Juan Bautista debió de sentirse un tanto desorientado por la figura de Jesús de manera que una vez le envió mensajeros a preguntarle si era el Mesías de Dios.
La vida de Juan Bautista está toda ella marcada por la mano de Dios. Hijo de una madre estéril, su persona será como un signo profético del amor de Dios que “hace misericordia” (Lc 1,57-66.80). Eso significa en hebreo el nombre Juan. Va a ser el último profeta, antes de la venida del Profeta definitivo, Jesús, al que deberá indicar entre los hombres. La propia figura de Juan fue tan colosal, que muchos lo tuvieron a él por el Mesías, y él mismo tuvo que aclarar esa confusión (Hech 13,22-26). Curiosamente pertenecía a la clase sacerdotal, pero no lo vemos actuar en el templo como su padre. Como otros profetas sacerdotes anteriores, Jeremías o Ezequiel, Juan escoge la plaza para interpelar a los hombres.
La misión de Juan, sobre el que reposaba la mano de Dios, era indicar con su mano quién era el Mesías de Dios, Jesús. Los hombres no deben mirar su dedo sino la persona que viene indicada con su dedo. Misión muy hermosa, que comporta, ir disminuyendo para que el Señor pueda crecer. Se trata de ser signos tan transparentes, que apenas se ven, pero que indican con claridad a la persona que buscamos. En Juan Bautista está como representada la misión de la Iglesia, que señala al Señor.
Todos los cristianos formamos parte de un pueblo profético que tiene la capacidad de leer los signos de los tiempos a través de los cuales descubrimos la actuación de Dios en nuestro mundo. Pero la Familia Marianista de manera especial es heredera del Beato Chaminade, profeta del laicado, como le llamó Juan Pablo II. Su intuición de que todos somos protagonistas en la Iglesia se ha ido desarrollando con fuerza sobre todo después del Vaticano II. Queda todavía mucho que hacer para que todos asumamos un papel profético en esta sociedad en la que ha desaparecido del horizonte de la vida la realidad del Reino de Dios.
Que la celebración de la eucaristía renueve en nosotros esta vocación profética de manera que seamos testigos de ese Reino que viene a establecer la justicia, la paz, la verdad y el amor.
Lorenzo Amigo
27-06-07, 10:24:15
1 de julio de 2007
13 Domingo del Tiempo Ordinario
VETE A ANUNCIAR EL REINO DE DIOS
Hace treinta años era todavía relativamente fácil encontrar el trabajo para el que uno se había preparado porque le gustaba. Entonces la profesión era una especie de vocación. Hoy día cada vez más hay que aceptar trabajos que no le acaban de satisfacer a uno. Es muy difícil poder tener la iniciativa y elegir. En la misión de Jesús, es Él el que llama e invita a seguirlo. No es pues un puro proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos ( Gal 4,31-5,13-18).
Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a seguirle (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirle. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.
El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.
La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más divinos. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia para quedar bien con ella es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.
Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino ( 1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios de manera que no volvamos la vista atrás.
Lorenzo Amigo
03-07-07, 11:11:30
8 de julio de 2007
14 Domingo Ordinario
ESTÁ CERCA DE VOSOTROS EL REINO DE DIOS
El diálogo interreligioso y el convencimiento de que todas las religiones son caminos hacia Dios está cuestionando profundamente la misión y las misiones. La Iglesia sigue convencida de que sólo en Cristo el hombre encuentra la salvación no sólo en la otra vida, sino también en ésta. Si sigue anunciando a Jesús a los que no lo conocen es porque está convencida de que el encuentro con Jesús aporta ya una plenitud de vida y de sentido hacia la que apuntan las diversas religiones. Tan sólo en Jesús se produce el encuentro definitivo del hombre con Dios que se nos hace presente en Él.
Hay una clara conciencia de la urgencia de la misión porque dos mil años después de la venida de Jesús, éste sigue siendo un desconocido, sobre todo para las personas de su propio continente. La primera generación cristiana justificaba la misión en el envío misionero que Jesús había hecho de los doce apóstoles. Pero al final del siglo primero los apóstoles habían muerto ¿Cómo seguir fundamentando la misión?
San Lucas muestra que Jesús no sólo envió a los doce sino también a un grupo de setenta y dos discípulos (Lc 10,1-12.17-20). Éstos representan el número de naciones paganas entonces conocidas. La misión así anticipa lo que luego Lucas contará en los Hechos de los Apóstoles, la evangelización del mundo grecorromano. Fue una iniciativa que tomará la Iglesia, pero prevista por Jesús. En cada época de la historia es el mismo Jesús el que sigue enviando a sus discípulos.
El contenido del anuncio es siempre el mismo: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Ésta es la buena noticia que porta la consolación a todos los oprimidos y afligidos (Is 66,10-14). La cercanía de Dios anuncia el final del sufrimiento y de la opresión. Dios va a intervenir a favor de su pueblo y a traerle la paz y la abundancia de bienes.
La manera de realizar la misión repite las enseñanzas que Jesús había dado a los doce y muestran el estilo propio de la misión de Jesús. Van de dos en dos para ser testigos creíbles de la experiencia que anuncian. La misión es siempre difícil pues uno se encuentra siempre indefenso como ovejas en medio de lobos. No se le permite al discípulo proveerse de los medios más necesarios para subsistir. Debe confiar en la Providencia y en la buena acogida de las personas a las que anuncian el Reino, que hacen presente mediante las curaciones. Pero no deben hacerse ilusiones, muchas veces serán rechazados.
Los discípulos volvieron muy contentos de aquella misión porque hicieron grandes prodigios en el nombre de Jesús. El anuncio del evangelio significa, según Jesús, la ruina de Satanás. Pero la alegría del discípulo no debe basarse en los milagros que realizará sino porque le espera una gran recompensa en el cielo. Participar en la misión de Jesús significa también tener parte en su destino glorioso junto al Padre.
La Iglesia se construye en torno a la Eucaristía como Iglesia misionera porque en ella pedimos al Padre que reúna a todos los hombres por medio de su Espíritu. En cada Eucaristía experimentamos que el Reino de Dios está cerca y que el Señor Jesús está viniendo a nuestro encuentro.
Lorenzo Amigo
11-07-07, 18:36:15
15 de julio de 2007
15 Domingo Ordinario
ANDA, HAZ TÚ LO MISMO
Todos hemos tenido alguna vez alguna discusión brillante sobre algún tema religioso. Al final quizás nos hemos quedado la mar de satisfechos de lo bien que lo hemos hecho porque hemos llegado a convencer al interlocutor. Pero probablemente todo se ha quedado en un despliegue de fuegos de artificios Lo curioso en las discusiones de Jesús sobre cuestiones religiosas es que nunca permanecen en el plano teórico. No se puede reducir la religión a una doctrina o una ideología. Es una práctica, una vida, al alcance de todos (Dt 30,10-14). Las charlas sobre la fe deben ser un verdadero compartir la propia experiencia de fe para invitar al otro a hacer lo mismo.
El maestro de la Ley estaba interesado en un ejercicio de agudeza intelectual (Lc 10,25,37). Al final se va a encontrar ante una invitación a salir de los estrechos moldes de la fe judía para acercarse a todo hombre sufriente y doliente. Jesús, mediante una historia inventada, va a poner patas arriba todos los planteamientos anteriores. En la Ley estaba muy claro quién era el prójimo. Era el perteneciente al pueblo de Israel. Es posible que algunos se abrieran tímidamente a los de fuera. Lo genial de Jesús es que define la proximidad no como un dato objetivo que está ahí presente ante uno. Ser prójimo depende no del otro sino de mí mismo. Si soy capaz de acercarme al otro, existe el prójimo. Si estoy cerrado en mí mismo y en mis propios intereses, el prójimo no existe. Es el peligro que puede ocurrir en Europa. Antes los africanos estaban relativamente lejos, y no digamos los hispanoamericanos, y no nos inquietaban como prójimos. Hoy día viven entre nosotros, pero es muy difícil reconocerlos como prójimos porque no queremos acercarnos a ellos
Los representantes de la religión judía, el sacerdote y el levita, ven al hombre en necesidad, pero dan un rodeo y pasan de largo. No son capaces de hacerse prójimos, de acercarse y quedarse al lado del herido. En contraste con ellos, Jesús describe la conducta del samaritano, del extranjero, como el modelo de cercanía a la realidad del hombre. El acercamiento a las personas viene de la capacidad de sentir compasión ante los males del otro. Es el corazón el que impulsa a acercarse a las personas y a hacer por ellas todo lo que está en nuestra mano. Los gestos de amor del samaritano se traducen en las diversas medidas prácticas que toma a favor del herido.
El maestro de la Ley entendió la lección. Ahora ya sabe quién es prójimo, quién es cercano, qué significa hacerse uno cercano a los demás. Es cercano el que practica las obras de misericordia con los demás. Él mismo se da cuenta de que se trata de un hacer y no de un pensar o definir. Por eso la escena comenzaba con una cuestión teórica y acaba, en cambio, con una conclusión práctica: anda, haz tú lo mismo. ¿Lo hará? ¿Lo haremos nosotros o seguiremos discutiendo de personas como si fuesen ideas abstractas? No existe el islamismo, existen creyentes musulmanes concretos. Cuando uno descubre a la persona concreta desaparecen los prejuicios ideológicos.
Tan sólo una persona como Jesús, que ha sido capaz de acercarse al hombre malherido y vendarle sus heridas, ha podido crear esta historia maravillosa. Jesús es verdaderamente el Buen Samaritano que se ha acercado a la humanidad doliente y sufriente. Siguiendo sus huellas también la Iglesia hoy día, quiere ser una Iglesia samaritana para tantos hombres que siguen cayendo en mano de los bandidos. Que la celebración de esta eucaristía haga de nosotros ministros de la compasión capaces de curar las heridas de nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
18-07-07, 10:03:25
22 de julio de 2007
16 Domingo Ordinario
MARIA HA ESCOGIDO LA PARTE MEJOR
Todos experimentamos un cierto conflicto entre el dedicar tiempo a la familia y el trabajar para ganar la vida de la familia. Cada uno, a su modo, intenta encontrar el propio equilibrio. Marta, María y Lázaro eran tres amigos entrañables de Jesús con los que pasaba sus buenos momentos. Las dos hermanas tienen un carácter distinto y sería absurdo oponerlas entre sí y querer quedarse con una. No se trata de la vida activa y la vida contemplativa sino de dos dimensiones de toda vida, que debemos cultivar.
Marta aparece como la persona activa y servicial, un tanto dispersa, que está inquieta e incluso nerviosa. Casi quiere contagiar el nerviosismo a los demás y se lamenta que su hermana no haga nada. María es un carácter tranquilo, que quiere disfrutar de la conversación del maestro. Marta sirve al maestro, María lo escucha. Marta pretende que María abandone su propio ministerio de escucha de la palabra a favor del servicio (Lc 10,38-42). Jesús no sólo la defiende sino que indica que la escucha de la palabra es lo único necesario y al mismo tiempo es lo mejor. Que sea lo único necesario no excluye la existencia de los otros dos ministerios. La vida eclesial no se rige por la ley de la necesidad sino por la riqueza de dones del Espíritu.
Anuncio de la palabra, servicio caritativo y liturgia son tres dimensiones constitutivas de la vida eclesial. Ninguna puede excluir a las otras y no sé si se puede establecer un orden de valor entre ellas. Tanto los sacerdotes como los laicos vivimos esas tres realidades, cuya integración sin duda nos creará conflictos interiores. Habrá que discernir en el caso concreto. Pero la orientación de Jesús es que no suprimamos de nuestras vidas ninguna de las dimensiones esenciales de la realidad eclesial. Cada uno en la Iglesia vive las mismas realidades pero de manea diferente según el carisma propio.
Jesús alaba a María porque ha sabido centrarse en su vida, buscando lo único necesario y escogiendo la parte mejor. No siempre la parte necesaria es la mejor. Pero en este caso sí. Escuchar la palabra del Señor es lo único necesario y lo mejor que uno puede hacer. Es el mejor servicio que uno puede prestar. Ciertamente el servicio práctico tiene también su valor, pero es un valor relativo. Probablemente el error de Marta es querer reducir todo unilateralmente al servicio práctico y pretender que es lo único que uno debe hacer y no perder el tiempo como su hermana. Probablemente es eso lo que le pierde a Marta. Quiere imponer su punto de vista a su hermana y para ello busca el apoyo de Jesús. Jesús no se lo da. María, en cambio, respeta lo que Marta está haciendo y no le pide dejar de moverse y venir a sentarse a los pies de Jesús para escucharlo.
El ejemplo de Abrahán (Gn 18,1-10) es muy elocuente. Da hospitalidad al Señor bajo la forma de los tres mensajeros. Los acoge en su tienda, les dedica tiempo y prepara todo lo necesario para servirlos. Da órdenes, pero también él se mueve y pone manos a la obra. Más tarde tendrá un sabroso coloquio con ellos. Ha sabido integrar la atención a las personas y el servicio concreto a su necesidad de comer.
En la celebración de la eucaristía se integran la escucha de la palabra de Dios, la participación en el banquete que el Señor prepara para nosotros, y el envío a hacer presente el amor de Dios que hemos experimentado. Así vivimos en plenitud toda la riqueza de vida eclesial.
Lorenzo Amigo
23-07-07, 10:50:24
29 de julio de 2007
17 Domingo Ordinario
PEDID Y SE OS DARÁ
Además de enseñarnos el Padre Nuestro, Jesús afirma que la oración es siempre escuchada. Es verdad que hay que insistir una y otra vez (Lc 11,1-13). Dios es un Padre bueno que está buscando constantemente el bien de sus hijos. Muchas veces tenemos la impresión de que la puerta sigue cerrada y no se abre. Kafka cuenta que una persona quiere entrar en la Iglesia y no es capaz de abrir la puerta por más que empuja contra ella. Sólo después de un rato se da cuenta que la puerta abre hacia fuera y no hacia dentro. Quizás también a nosotros nos pasa eso. Empujamos y empujamos para mover a Dios cuando sería tan fácil atraerlo hacia nosotros, no para que haga lo que nosotros queremos, sino para que nosotros queramos lo que Él quiere.
El Padre Nuestro nos introduce en la intimidad de Dios para ver el mundo con los ojos de Dios. Dios ve el mundo con amor y por eso establece su Reino. El nombre de Dios es santificado cuando con nuestras vidas manifestamos que Dios es santo, es decir que Dios nos ama y nos salva. Es entonces cuando se establece su Reino de santidad, de justicia, de amor y de paz. Se trata del don de Dios mismo que nosotros acogemos y hacemos presente en el mundo. Es un Reino de perdón, que crea la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Por eso somos ministros del perdón, perdonando a los demás. Al vivir todavía en este mundo, necesitamos el sustento diario y la protección de Dios frente a la tentación de abandonar la fe y vivir la vida simplemente de tejas abajo.
Debemos pedir ante todo el don del Espíritu Santo. Él contiene todos los demás dones y cosas buenas que pedimos a Dios. Pedir el Espíritu Santo significa pedir el amor de Dios. Dios lo ha puesto en nuestros corazones y es el Espíritu el que reza en nosotros. El hombre necesita muchas cosas, pero sobre todo busca ser amado y acogido por Dios. Y Dios nos ama y nos acoge dándonos su Espíritu.
A pesar de todo, algunas veces, quizás no somos escuchados. Darnos cuenta de ello es una gracia pues descubrimos que Dios es una persona libre, que nos ama libremente y que no la debemos ni podemos forzar. Hay que respetarla en su libertad. Gracias a Dios sabemos que Él está siempre de nuestra parte. Por eso para los que aman a Dios, todo coopera para su bien. En la oración de petición no se trata de querer vencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos. La verdadera victoria para el creyente consiste más bien en dejarnos vencer por Dios, en rendirnos ante Él, en aceptar su amor incondicional.
Abrahán es el amigo de Dios. Dios no le oculta nada de lo que piensa hacer (Gn 18,16-33). Incluso se aconseja con Abrahán cuando tiene que tomar una decisión grave, como la de castigar a toda una ciudad pecadora. Abrahán razona con gran sensatez, buscando el que Dios quede bien y no cometa una injusticia, castigando a justos e injustos. Su amistad es tan grande que Abrahán se atreve a sugerir que perdone a los culpables a causa de los justos.
Lástima que Abrahán en su regateo con Dios no se atreviera a rebajar todavía un poquito más el precio que Dios iba poniendo a la salvación de la ciudad. Un justo salva el mundo: “Quien salva un hijo de Israel es como si salvara el mundo entero”, recuerda un dicho rabínico. A Abrahán le pareció que ya había obtenido un buen precio. Desgraciadamente en la ciudad no había ni diez justos. Y, sin duda, Dios hubiera estado dispuesto a perdonar por un justo. Y quizás no era necesario que estuviera en la ciudad. Bastaba que su amigo Abrahán, un justo, se lo pidiera. De hecho cuando Jesús pidió el perdón para todos, el Padre lo concedió. Lo importante no es el número de los justos sino el que el amor de Dios encuentre una respuesta de amor. En la eucaristía acogemos ese amor y respondemos con nuestro amor hecho oración y servicio.
Lorenzo Amigo
30-07-07, 10:33:38
5 de agosto de 2007
18 Domingo Ordinario
LA VIDA NO DEPENDE DE LOS BIENES
Las herencias han sido siempre causas de conflictos. Siempre hay alguno que se considera perjudicado en la distribución de los bienes de este mundo (Lc 12,13-21). Jesús se niega a intervenir en un caso en que la injusticia parece evidente. El hijo mayor se ha quedado con toda la herencia. Con su negativa Jesús denuncia el que los bienes de este mundo sean más importantes que el amor fraterno. Eso es lo que tantas veces se pone de manifiesto cuando está por medio el dinero.
Todo proviene de la ilusión de pensar que la vida depende de los bienes, que con ellos uno tiene un seguro para esta vida y para la otra. Esa creencia lleva a la codicia y a querer acaparar los bienes para asegurarse el futuro. La parábola del hombre rico, que quiere darse la buena vida, pone al descubierto el engaño en que vive el hombre. No es posible asegurarse el futuro mediante los bienes. La vida del hombre está siempre pendiente de un hilo y depende de Dios.
¿Cómo asegurarse la vida? Se trata de ser rico ante Dios y no de amasar riquezas para sí mismo. Es rico ante Dios el que ha cultivado las relaciones personales, empezando por las relaciones familiares. Esa es la verdadera riqueza, la riqueza del amor, que no disminuye cuando se la comparte sino que por el contrario crece en el amor mutuo.
El peligro de la cultura actual es que nos lleva a buscar la felicidad en el tener, en las cosas que se pueden comprar con el dinero. El consumismo lleva a acaparar todas nuestras energías y nuestro tiempo y nos esclaviza. Trabajamos para tener. No tenemos tiempo para cultivar nuestras amistades, para compartir con las personas. De esa manera la persona humana se va empobreciendo cada vez más. La persona es siempre una relación personal. Cuando desaparecen las relaciones personales y quedan sólo las relaciones con las cosas, con los aparatos. El hombre mismo se cosifica.
El apóstol nos invita precisamente a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-5.9-11. Las cosas de arriba no están en otro mundo distinto. No son cosas materiales perecederas. Lo único que tiene garantía de eternidad es aquello que se ha amado. Se trata ante todo de las personas. Pero también las cosas que han sido verdaderamente amadas y que no han sido tratadas simplemente como objetos de usar y tirar podrán adquirir ese sabor de eternidad. Desgraciadamente son pocas las cosas que adquieren esa propiedad y que las conservamos a lo largo de la vida con amor.
El encuentro con Jesús en la eucaristía es la única garantía de vida. Sólo dando la vida como Jesús estamos seguro de poder tener vida en abundancia, vida eterna.
Lorenzo Amigo
03-08-07, 18:21:02
12 de agosto de 2007
19 Domingo Ordinario
TENED ENCENDIDAS LAS LÁMPARAS
Los tiempos que corren no favorecen la fidelidad y el compromiso definitivo. Todo se ha vuelto inseguro y parece que nada merece la pena de ser tomado demasiado en serio. Frente a este pensamiento débil dominante, el evangelio nos recuerda la fidelidad en la fe y en el servicio que nos ha sido confiado.
Aunque seamos un pequeño grupo, y lo seremos siempre, el Señor ha querido confiarnos el Reino (Lc 12,32-48). Debemos asumir esta tarea con responsabilidad, atentos al presente en el que nos toca vivir. Unamuno decía que la octava obra de misericordia era “despertar al que duerme”. La cultura actual ha abandonado todo horizonte de futuro para hundirse en un presente a disfrutar. No sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad.
El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado.
La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir.
El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti- Reino.
Hay que mantener encendida la lámpara de nuestra fe. Es la fe la que nos permite descubrir la presencia de Dios en cada acontecimiento de la existencia. Tenemos a nuestras espaldas toda una historia de testigos de la fe que debe animarnos a continuar adelante (Hb 11,1-2.8-19). En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. La celebración de la eucaristía alimenta nuestra fe y nos ayuda a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.
Lorenzo Amigo
13-08-07, 13:40:12
15 de agosto de 2007
La Asunción de la Virgen María
EL PODEROSO HA HECHO OBRAS GRANDES POR MÍ
El tiempo de vacaciones nos permite experimentar dimensiones de nuestra vida que durante el tiempo del trabajo quedan en la penumbra. La libertad respecto al horario y la disposición de tiempo libre nos ayudan a descansar y vivir una plenitud de vida y de felicidad. A veces hablamos de recargar las pilas. En realidad tenemos la sensación de que ésta es la verdadera vida y no la que estamos obligados a vivir en el día a día. La celebración de la fiesta de la Asunción de María nos permite entrever lo que significa la realización auténtica de la existencia. No es fruto del esfuerzo humano sino que es ante todo don de Dios.
La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad.
María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.
María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente ( Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.
Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.
Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
16-08-07, 13:56:21
19 de agosto de 2007
20 Domingo Ordinario
HE VENIDO A PRENDER FUEGO EN EL MUNDO
Estamos asistiendo a dos tendencias opuestas en nuestro mundo. De un lado está la globalización del mercado que hace que todos los pueblos sean interdependientes los unos de los otros. Así se crea una comunidad “sui generis”, que algunos consideran una globalización de la miseria. De otra parte los conflictos entre los pueblos, y dentro de los propios países, parecen agudizarse cada vez más. En esta situación ya suficientemente peligrosa, Jesús parece echar todavía más leña al fuego diciendo: “He venido a prender fuego en el mundo” (Lc 12,49-53).
El fuego en la Biblia es una imagen del juicio de Dios. Cuando Dios se manifiesta establece la justicia. Dios se manifestará sobre todo en la pasión y resurrección de Jesús, que está caminando ahora hacia Jerusalén. Va deseoso de sumergirse en el bautismo de sufrimiento. El bautismo cristiano en agua y Espíritu, representado también como un fuego, es una participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús podía haber optado por una vida sin complicaciones, sin embargo tomó sobre sí la cruz sin preocuparse del deshonor e infamia que comportaba. Fuego y agua serán los instrumentos de purificación y salvación del pueblo en el juicio de Dios. Éste se va a mostrar como un Dios de perdón y de misericordia.
El crucificado y resucitado será la bandera discutida ante la cual las personas tendrán que tomar postura y decidirse a favor o en contra de Él. Las primeras generaciones vivieron en su propia carne la división que producía en las familias la conversión del cristianismo y el abandono de la religión tradicional familiar. En ese sentido Jesús no ha venido a traer una paz fácil, como la que hoy día se busca en las familias. En nombre de la paz familiar se evita la confrontación sobre los valores que dan sentido a la convivencia familiar. Jesús es causa de división en el interior mismo de las relaciones familiares.
No se nace cristiano sino que se convierte uno en cristiano mediante una decisión personal muchas veces dolorosa porque cuestiona la herencia cultural recibida. La opción a favor de Jesús tendrá que soportar muchas veces la oposición de los pecadores, que pueden formar parte del mismo círculo familiar. Son muchas veces los padres los que disuaden a sus hijos de abrazar la vocación religiosa o sacerdotal y se la pintan como una vida aburrida o como una profesión sin relieve social.
Hay que mantener siempre fija nuestra mirada en Jesús, que inició y completa nuestra fe. Él es nuestra meta que no debemos perder de vista. No nos debe importar lo que digan nuestros familiares o nuestros mejores amigos. Nunca estaremos solos en ese seguimiento valiente de Jesús. Toda una nube ingente de testigos creyentes que han llegado ya a la meta nos contemplan y nos están animando (Hb 12,1-4).
Pertenecemos a un pueblo profético, que es capaz de descubrir la voluntad de Dios en cada momento. No siempre será cómodo el ponerla en práctica. Los profetas, buen ejemplo Jeremías, tuvieron que sufrir mucho de parte del pueblo por proclamar las exigencias de Dios en cada momento concreto de la historia (Jr 38,4-10). Su figura anuncia la de Jesús, rechazado también por el pueblo, del cual se verá excluido. Que nuestra participación en la eucaristía nos lleve a tomar partido a favor de Jesús y del evangelio.
Lorenzo Amigo
23-08-07, 10:48:42
26 de agosto de 2007
21 Domingo Ordinario
HAY ÚLTIMOS QUE SERÁN PRIMEROS
La preocupación por la propia salvación y la de los demás ha movido a lo largo de la historia a tantos cristianos, y de manera especial a religiosos y sacerdotes, a entregar su vida al servicio del evangelio. Ese pensamiento ha dejado paso a un deseo de vivir, de disfrutar de la vida.
El miedo a que sean pocos los que se salven ha llevado a entrar por la puerta estrecha, de la que habla Jesús, porque amplio es el camino que lleva a la perdición (Lc 13,22-30). Surgió así un cristianismo exigente de sacrificio y de renuncia con lo que se quería asegurar la salvación. Jesús insiste sin duda en el esfuerzo que hay que hacer para entrar antes de que la puerta se cierre. Ante todo quiere sacudir la confianza ingenua de los que piensan que basta pertenecer al pueblo elegido o estar bautizado para tener ya acceso al Reino. Uno puede llevarse el chasco de que el Señor no lo reconozca después de haber pasado toda una vida rezándole o sacrificándose por Él.
Lo más llamativo es que las puertas del Reino se abren a aquellos que parecían excluidos, a los paganos (Is 66,18-21). Se cumplirá aquello de que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros. Entonces ¿qué hay que hacer? Dejar las seguridades puramente humanas convertirse al Reino. El Reino no se le puede conquistar con la violencia ni con los esfuerzos humanos. Es un don de Dios. Pero hay que saber acogerlo. Para ello hay que vaciarse de sí mismo, dejar todos los títulos de propiedad y presentarse pobre ante Dios. Reconocer que sólo Él nos puede salvar. Pero el Reino no es una realidad abstracta. Es la persona de Jesús, que se hace presente en la vida de la Iglesia y del mundo. Entrar por la puerta estrecha es seguir a Jesús, vivir y encarnar los mismos valores que Él vivió y que le llevaron a la muerte y a la Resurrección.
No hay Resurrección, no hay salvación, sin esa comunidad de destino con Cristo crucificado. Buscar una gracia barata de garantías puramente humanas es permanecer ante la puerta cerrada por nuestra culpa. En verdad la puerta del Reino está siempre abierta. Quizás nos pasa como al protagonista de Kafka que quiere entrar en la catedral de Praga y encuentra la puerta cerrada. Empuja y empuja en ella sin que ésta ceda. Tras un largo forcejeo se da cuenta de que la puerta abre hacia afuera. Ese fue el error del pueblo elegido, creer que la puerta se abría tan sólo para los de dentro. La puerta se abre para todos los que están fuera o nosotros creemos que están fuera.
Para que no nos pase lo mismo que al pueblo elegido, el Señor nos corrige suavemente (Hb 12,5-13). La Palabra de Dios nos ayuda a volver al verdadero camino cuando nos hemos desviado con nuestro afán de justificarnos a nosotros mismos. A nadie le gusta admitir que nos hemos equivocado, sobre todo cuando son los demás los que nos lo hacen ver. En este caso es Dios nuestro Padre el que trata de enderezar nuestros pensamientos y nuestros caminos para que no pongamos la confianza en nosotros mismos sino en su gracia que nos salva.
La celebración de la eucaristía mantiene para todos nosotros abierta la puerta de la salvación. Esa puerta es Cristo. Por Él tenemos libre acceso al Padre. Participar en la eucaristía es tomar parte ya en el banquete del Reino junto con todas las naciones que Dios ha invitado para manifestar su amor con todos. Alegrémonos porque la salvación es universal y demos gracias a Dios que nos ha llamado sin méritos propios.
Lorenzo Amigo
29-08-07, 17:58:13
2 de septiembre de 2007
22 Domingo Ordinario
EL ÚLTIMO PUESTO
El evangelio pone siempre en cuestión nuestras vidas personales y nuestras costumbres sociales. Nada parece más normal que el deseo de tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.
Curiosamente Jesús recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos están siempre libres. En nuestras sociedades avanzadas los dejamos para los emigrantes. He leído una lista de veinticinco profesiones que necesitan mano de obra extranjera porque no queremos esos trabajos los españoles. Se trata de trabajos manuales pesados. También el trabajo intelectual exige su esfuerzo, pero hay trabajos que uno paga con su cuerpo y con su vida, que al final te pasan factura. No los queremos porque ponen en peligro nuestro físico, nos hacen tener callos o andar con las manos y el mono sucios.
Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo. El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29).
El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos.
Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder. La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Es lo que está pasando hoy día con África. Y, sin embargo, los países pobres nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.
La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otros.
Lorenzo Amigo
05-09-07, 10:27:27
9 de septiembre de 2007
23 Domingo Ordinario
RENUNCIAR A TODOS LOS BIENES
Las dificultades que hoy día experimenta el cristianismo en las culturas del bienestar no son del todo nuevas. Desde el principio el estilo de vida de los ricos apareció como un gran obstáculo para la fe cristiana. Lucas tiene un gran realismo a la hora de abordar los temas del dinero y de los bienes (Lc 14,25-33). Se ha dado cuenta de los peligros que representan a la hora de seguir a Jesús. El fundamento de la sociedad antigua era la familia y la propiedad. Ambos elementos eran inseparables. Constituían la base de la libertad personal y eran sagrados. En el mundo antiguo se hereda la religión de los padres como se heredan las propiedades. El evangelio de Jesús va a cuestionar los cimientos de esa sociedad al relativizar su dimensión religiosa y situarlos ante las exigencias de Dios y del seguimiento de su persona.
Hacerse seguidor de Jesús en los primeros tiempos suponía romper con la familia, perder la herencia, colocarse en unas condiciones sociales bajas. No hay que extrañarse que el miedo a perder esa posición social de bienestar bloqueara la conversión de muchas personas. Seguir a Jesús supone abrazar la cruz, es decir una posición casi de esclavo, que humanamente no tiene nada de atractivo. Nada de extraño que los primeros cristianos en general vinieran de la clase más baja, de los que tenían poco que perder. Es lo que constataba san Pablo. No había muchos aristócratas, ni ricos, ni intelectuales. Por eso no podemos dejar de admirar a las personas de buena posición social que se atrevieron a dar ese paso.
Una de ellas es sin duda Lucas. La tradición hace de él un médico. Lo que no cabe duda es que es una persona de gran cultura, que no se sintió humillado por unirse a un grupo de gente, la mayoría inculta, y por poner sus talentos al servicio del evangelio y de la fe de sus hermanos. Conoce bien la realidad de los ricos y por eso invita a la renuncia de los bienes. Es la única postura sensata del que quiere construir su vida y calcula bien cuáles son sus recursos. No se trata, pues, de un idealismo ingenuo sino del realismo cristiano en la manera de contemplar la persona, la sociedad y el mundo. El hombre sabio intenta adecuar los medios a los fines. Los cálculos necesarios en la construcción o en la guerra son necesarios también en el seguimiento de Cristo.
La Palabra de Dios nos aporta toda una visión del mundo, que nos descubre la verdad de Dios y del hombre. Sin esta sabiduría que viene de Dios, el hombre es fácilmente víctima de las ilusiones. El hecho de ser un espíritu encarnado hace que tendamos a razonar de una manera interesada en lo inmediato y en el horizonte de los valores materiales (Sab 9,13-18). Tendemos así a olvidar el horizonte de eternidad en el que vive el hombre. Sólo abriéndonos a la revelación de Dios podemos comprender el misterio que somos cada uno de nosotros y buscar los medios adecuados para realizar nuestra existencia auténtica. Muchas veces tendremos que tomar decisiones dolorosas que comportan una renuncia a realidades que parecen sagradas e intocables. Descubriremos así que el único absoluto en nuestra vida es Dios.
Pablo apela a esa manera de pensar cuando intercede a favor de un esclavo que se ha refugiado junto a él huyendo de su amo ( Fil 9-10.12-17). Pablo se le devuelve y pide el perdón para él, apelando a la condición común de cristianos, que está por encima de los intereses puramente jurídicos y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a avanzar en el seguimiento de Cristo, renunciando a todo lo que se interpone en nuestro camino.
Lorenzo Amigo
12-09-07, 09:00:46
16 de septiembre de 2007
24 Domingo Ordinario
SU PADRE LO VIO Y SE CONMOVIÓ
Lo mismo que una imagen vale más que mil palabras, también un gesto, una acción son más significativas que un largo discurso. Por eso Jesús combina acciones y palabras para hablar de Dios. A través del gesto profético de acoger a los pecadores y comer con ellos, creando una comunión de vida y destino, Jesús muestra que el Padre en el cielo hace lo mismo que Él en la tierra. Para los representantes de la religión judía de su tiempo esto resultaba escandaloso porque ponía en cuestión el lugar privilegiado de Israel como Pueblo de Dios (Lc 15,1-32). Aquellas personas buenas, que trataban de seguir la Ley de Dios, debieron de tener la impresión de que Jesús ofrecía una “gracia barata”, que no tenía en cuenta el esfuerzo del hombre.
En realidad Jesús se situaba en la mejor tradición profética de la elección de Israel por pura gracia, sin ningún mérito por su parte. Incluso la alianza es un gesto del amor de Dios, que no depende de la respuesta del pueblo. Dios es siempre fiel a su alianza, aunque sin duda denuncia al pueblo cuando éste la rompe (Ex 32,7-14). También Jesús ofrece el perdón de Dios, pero exige la conversión del pecador y el cambio de conducta. Esa conversión continua también la necesita el hombre bueno que trata de vivir la voluntad de Dios a través de la observancia de la Ley.
Las tres parábolas, llamadas de la misericordia, ilustran bien la oferta gratuita del perdón de Dios y al mismo tiempo el proceso de conversión del hombre. En las tres el pecador es representado como una situación de perdición, ya sea de la oveja, de la moneda o de un hijo. Sin duda el que se da más trabajo por recuperar lo perdido es el pastor, la mujer o el padre. Ni la oveja ni la moneda hacen nada. Es la manera de decir que en la situación de pecador, éste no puede hacer nada para salir de ella. Hay que ir a buscarlos. Pero la parábola del padre y del hijo perdido muestra que la perdición del hombre nunca es total. Siempre queda una lucecita en la conciencia que nos permite darnos cuenta de la situación desesperada y desear salir de ella.
Aunque el hijo se pone en movimiento, sabemos que el recuperarlo de la perdición depende totalmente del padre. Es él el que lo ve venir, el que se conmueve, el que corre hacia él y lo abraza, el que no de deja disculparse, el que le restablece en la dignidad de hijo con anillo y vestidos adecuados y el que prepara el banquete. Es el padre el que va a intentar la reconciliación de los dos hermanos separados por el pecado del que se fue de casa llevándose la mitad de la herencia.
El hijo que regresa tan sólo debe dejar hacer al padre. Ahora ha perdido toda iniciativa que antes había desplegado en búsqueda de una libertad sin límites. Lo que tiene que hacer ahora es estar en la casa paterna y disfrutar de la presencia del padre. Desgraciadamente es lo que no hace el hijo mayor, el hijo fiel. No ha usado su libertad para irse de casa a malgastar la herencia pero no ha comprendido el amor del padre y que todo le pertenece. Ahora su libertad se obceca en un no al hermano que indirectamente es un no al padre, un no estar de acuerdo con él y un no querer participar en el banquete. La misericordia del padre choca aquí contra un muro de incomprensión de alguien que se atrinchera en su justicia y en sus obras buenas y no deja que su padre pueda actuar con libertad y amor.
La misma experiencia de la misericordia de Dios tuvo Pablo cuando se sintió llamado a ser apóstol de Jesús, precisamente cuando era su perseguidor (1 Tim 1,12-17). Era algo que él nunca se hubiera imaginado. Es lo que también nosotros vivimos cada vez que nos acercamos a la eucaristía. Participamos en el banquete que el Padre ha preparado para todos nosotros para celebrar nuestra reconciliación con Él y con nuestros hermanos.
Lorenzo Amigo
17-09-07, 12:54:27
23 de septiembre de 2007
25 Domingo Ordinario
NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO
El desmantelamiento progresivo del estado social del bienestar ha destruido la estabilidad en el empleo, la jornada de ocho horas y el mes de agosto de vacaciones. La mayoría de las personas trabajan más que hace años y ganan menos. Como la propaganda consumista sigue excitando nuestros deseos, no hay más remedio que trabajar cada vez más. Al dios dinero se inmolan nuestras mejores energías. También el profeta Amós denuncia que en su tiempo, sobre todo los comerciantes, lamentan que no se pueda vender y explotar a la gente durante las fiestas y el sábado (Am 8,4-7). Hoy día las grandes superficies no tienen ya esas limitaciones.
Tanto Lucas como Jesús conocen realistamente la situación del mundo, en que unos administradores corrompidos llevan a la quiebra a las empresas. Jesús curiosamente en esta parábola, que refleja hechos de la vida social de su tiempo, parece alabar la astucia de un administrador injusto, que lleva una doble contabilidad (Lc 16,1-13). Digamos que la alabanza viene del amo al que sirve el administrador, y no de Jesús que inventa esta historia. El dueño alaba su astucia y no su injusticia. ¿Qué pensaban realmente Jesús y Lucas respecto al caso que cuentan? Mantienen sin duda una distancia crítica respecto al personaje del administrador en el que se mezclan el bien y el mal.
Todo este capítulo 16 está dedicado al tema del dinero, que preocupa mucho a Lucas, porque sin duda es un gran obstáculo en primer lugar para hacerse cristiano, en segundo lugar para vivir como cristiano. Ni Lucas ni Jesús van a condenar el dinero, pero invitarán a los cristianos ricos a no cerrar los ojos ante la realidad de la pobreza de muchos miembros de la comunidad. El peligro del dinero es que se convierta en un dios que nos esclaviza y nos impide servir al verdadero Dios a través de los hermanos.
Hay, sin embargo, algo que llama la atención en los servidores del dinero. Es su astucia y laboriosidad para conseguir sus fines. El creyente debiera desplegar tanta energía al servicio del Reino como los no creyentes al servicio del dios dinero. Lucas parece echarles en cara a sus lectores el que no son capaces de movilizar todas sus energías al servicio del Reino. Son sin duda personas buenas, pero no son lo suficientemente ambiciosas y responsables con la vida de la comunidad eclesial.
La única manera de redimir el dinero injusto es ponerlo al servicio del Reino. En cierto sentido todo dinero es injusto. Tan sólo hay ricos porque hay pobres. Esto vale también para los ricos de las comunidades cristianas. No somos los propietarios de los bienes sino tan sólo administradores de los bienes que Dios ha creado para todos. La única manera de redimir el dinero es administrarlo al servicio de la comunidad eclesial. Así lo hacían algunos ricos que vendían sus propiedades y ponían el dinero a disposición de los apóstoles para que éstos socorrieran a los necesitados.
Sin duda son pocos los ricos que se sitúan en esta perspectiva evangélica, de que todos deben tener lo necesario para poder realizar su vocación de hijos de Dios. Más bien todos se consideran propietarios de los bienes heredados o adquiridos con buena conciencia. Esto bloquea toda una serie de iniciativas posibles al servicio de la transformación del mundo porque se carece de recursos. Sin duda que no basta ni la limosna ni la llamada justicia social. Tan sólo un compartir solidario puede hacer que los bienes efectivamente estén al servicio de todos.
Nuestra participación en la eucaristía crea una auténtica comunión con los demás. Esta comunión no puede ser puramente espiritual sino que tiene que traducirse en compartir también los bienes materiales con los necesitados.
Lorenzo Amigo
27-09-07, 19:16:04
30 de septiembre de 2007
26 Domingo Ordinario
ENTRE NOSOTROS Y VOSOTROS SE ABRE UN ABISMO INMENSO
En los inicios de su predicación Jesús pronunció su bendición sobre los pobres y su maldición sobre los ricos. No hacía más que seguir la senda de los antiguos profetas (Am 6,1ª.4-7), que se distanciaron de la mentalidad simplista del pueblo, que creía que los buenos eran siempre recompensados con bienes en esta vida. La riqueza es, sin duda, una bendición de Dios, pero muchas veces acaba convirtiéndose en maldición. El mal no está en la riqueza misma sino en el corazón del que la usa. La tentación del hombre es la de buscar la bendición, la riqueza, y olvidarse de Dios. Desde el campo no cristiano se ha objetado que la ética cristiana de la renuncia, del sacrificio, de la solidaridad y de la austeridad sirve para las sociedades que viven bajo el signo de la necesidad, pero no para nuestras sociedades de la abundancia. Desgraciadamente existen sociedades de la abundancia porque existen sociedadades de la miseria. Predicar dos tipos de ética diferentes, una para ricos y otra para pobres no deja de ser un insulto a la dignidad humana.
El rico Epulón disfruta de la riqueza banqueteando cada día y vistiéndose de púrpura y lino (Lc 16,19-31). No se entera de que a su puerta yace el pobre Lázaro que no logra saciar su hambre porque no le dan ni las sobras de la mesa del rico. Esta parábola es una imagen elocuente de la situación de nuestro mundo en el que un pequeño grupo de personas acapara la mayoría de los bienes de la humanidad y no se preocupa de la suerte de tantos millones de personas azotadas por la plaga del hambre. Las ignoran y para ellos simplemente no existen. Tengo dinero luego existo. El que no tiene dinero no existe. ¿Cómo van a existir si para vivir es necesario tener mucho dinero? Pero la realidad es que existen, aunque no saben si podrán existir mañana.
El Reino de Dios viene a hacer justicia sobre todo a los pobres y a los oprimidos. Viene a cambiar la situación para que no existan esos desequilibrios de los que siempre disfrutan y de los que siempre sufren y sufrirán. Desgraciadamente esta es una de las pocas parábolas en las que el Reino aparece para el más allá, para el otro mundo, para después de la muerte. El peligro de que la religión se convierta en opio del pueblo es evidente. A los pobres Lázaros se les puede pedir que estén tranquilos, que no se rebelen, porque en el otro mundo recibirán la recompensa en el cielo mientras los ricos irán al infierno.
No es eso lo que quería decir Jesús ni el evangelista. Sin duda el juicio de Dios es escatológico porque es definitivo, pero estamos ya en los tiempos últimos. Hay todavía tiempo para la conversión, pero ésta urge. Lo comprende bien el rico cuando ha experimentado el desenlace de su vida y no quiere que sus hermanos corran la misma suerte. Confía que el milagro de ver a un muerto resucitado les lleve a convertirse, a superar ese abismo que existe entre ricos y pobres, abismo que existirá entre la salvación y la perdición. No cabe duda de que los hombres debieran convertirse ante el acontecimiento de la resurrección de Jesús, pero vemos que siguen tan tranquilos.
No son los milagros espectaculares, ni tan siquiera el de la resurrección los que llevan a la conversión. Es necesario un camino más normal y cotidiano. Se trata de escuchar la Palabra de Dios, que nos revela la verdad de la vida y de los bienes de este mundo. Tan sólo abriéndonos a la voluntad de Dios, que ha creado todos los bienes para todos y que ha hecho de los ricos los administradores de los bienes a favor de los pobres, podremos convertir nuestras vidas hacia Dios y hacia nuestros hermanos necesitados. Si queremos vivir de veras la comunión fraterna que celebramos en la eucaristía no podemos menos que trabajar por crear un mundo distinto donde todos podamos estar sentados a la misma mesa como hermanos.
Lorenzo Amigo
02-10-07, 10:08:32
7 de octubre de 2007
27 Domingo Ordinario
AUMÉNTANOS LA FE
El problema del cristianismo en Europa no es la disminución progresiva del número de creyentes sino la falta de intensidad de la vida cristiana. Cada vez vamos más, como vio el P. Chaminade, hacia una indiferencia religiosa, no sólo de los que no practican sino también de los que seguimos viniendo a la iglesia. Podemos decir que no es la fe la que marca la diferencia entre la vida de los creyentes y los no creyentes. Nuestras vidas se parecen demasiado, no porque los no creyentes vivan los valores del evangelio sino porque los creyentes no los vivimos con la intensidad suficiente.
Hoy día la fe no cambia la vida de las personas de manera que estén dispuestas a adoptar un estilo de vida alternativo y de contraste, en todos los dominios de la existencia, individual, familiar, social. Tenemos muy pocas señas de identidad, que permitan a primera vista identificar un creyente. Es verdad que ya un autor cristiano antiguo afirmaba que los cristianos no se diferenciaban de los paganos por la lengua o la cultura, pero los cristianos eran como el alma del cuerpo social, los que daban vida a aquella sociedad. La fe era verdaderamente una vida. Hoy nuestra fe es demasiado lánguida y mortecina.
El seguimiento de Jesús consiste en creer que en Él Dios está trayendo el Reino. La adhesión a Dios, que el Antiguo Testamento, presentaba en términos de fe y amor, es ahora la característica del discípulo en su relación con su Señor, sobre todo después de la resurrección. En cierto sentido el seguimiento del Jesús histórico anticipa lo que será la fe después de la resurrección. Ésta confiesa que Dios ha actuado definitivamente en Cristo para la salvación del mundo. En el evangelio se muestra muchas veces la falta de fe o la poca fe no sólo de las muchedumbres sino también de los discípulos. Ellos mismos se dan cuenta y por eso piden a Jesús que aumente su fe, su adhesión incondicional a su persona (Lc 17,5-10). La fe hace posible lo imposible, hace posible la irrupción del misterio salvador de Dios en la realidad de nuestro mundo sometido siempre a la voluntad de Dios para el bien de los que lo aman.
San Lucas vincula a la fe la actitud de servicio del discípulo. No se trata pues de una fe puramente teórica, que pudiera ser la tentación del mundo griego, familiarizado y fascinado por el conocimiento. Se trata de una fe bíblica que se traduce en entrega confiada a la voluntad de Dios que hay que realizar en la propia existencia. Como el servidor, el creyente tiene que hacer todo lo mandado. Y considerar que es lo más normal, que no tiene nada de extraordinario. El servidor está para hacer lo que manda su amo. Incluso cuando haya hecho todo muy bien, continuará siendo siempre un pobre servidor.
En nuestro tiempo esta perspectiva puede parecer alienante y en contra de la realización del hombre. En realidad es lo contrario. Cuando el hombre realiza lo que Dios pide de él, no se está sometiendo a una instancia exterior a sí mismo. Dios está presente en el hombre y hacer lo que Dios pide o sugiere es realizar nuestra esencia más íntima y preciosa de un ser creado libre para amar. Esa es la gloria de Dios el que el hombre tenga vida en abundancia.
También el Antiguo Testamento había comprendido esta realidad. El profeta lo formula diciendo que “el justo vivirá por la fe” (Hab. 1, 2-3; 2,2-4). Siendo Dios la vida y el origen de la vida, el hombre sólo tendrá vida en la medida en que se mantenga unido a Dios por una comunión de amor y de voluntad, de querer lo que Dios quiere para mí. Que esta Eucaristía nos haga entrar de verdad en el misterio de la fe de manera que nuestras vidas sean cambiadas por el encuentro con Cristo.
Lorenzo Amigo
09-10-07, 10:00:36
14 de octubre de 2007
28 Domingo Ordinario
¿DÓNDE ESTÁN LOS OTROS NUEVE?
Habituados a una cultura en la que todo se compra y todo se vende por dinero, queda poco espacio para la gratuidad y el agradecimiento. Todos nos creemos con derecho a todo y creemos que la abundancia de la que gozamos es natural y no el fruto de los esfuerzos humanos y de la bendición de Dios. Incluso los creyentes pensamos que podemos obtener todo de Dios a base de nuestras oraciones y méritos. Cuando recibimos lo que le pedimos, pocas veces nos acordamos de agradecérselo. Son cada vez menos los que hacen una oración antes y después de las comidas porque consideramos que todo es sencillamente fruto de nuestro trabajo.
El hombre creyente descubre la mano de Dios en todos los bienes que constantemente recibe en su vida. Nada más lógico que remontarse desde los bienes al Sumo Bien para darle gracias y alabar su nombre. Este tipo de oración aparece constantemente en los labios del salmista. Cada vez más su atención se centra en la fuente de los bienes y no tanto en éstos. En los salmos de acción de gracias se suelen enumerar los beneficios recibidos del Señor, en los himnos de alabanza uno se queda extasiado ante la grandeza y el amor de Dios. Al darle gracias por sus bienes, no es Dios el que saca ventaja de ello. Somos más bien nosotros los que nos enriquecemos. Dios continúa a hacer salir el sol sobre justos y pecadores.
Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús (Lc 17,11-19). Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.
Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.
La primera lectura nos presenta una escena totalmente paralela, la curación de Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.
Nuestra celebración de la eucaristía es una acción de gracias a Dios Padre por la salvación en Cristo Jesús. Esta salvación la experimentamos en todos los dones que constantemente recibimos de Dios en nuestras vidas. Pidamos un corazón agradecido al Señor y a las personas de las que estamos recibiendo también tantos favores.
Lorenzo Amigo
17-10-07, 12:14:40
21 de octubre de 2007
29 Domingo Ordinario
ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE
Todos tenemos la impresión de que muchas de nuestras oraciones no son escuchadas. Y quizás llegamos a la conclusión de que no merece la pena rezar. Dios no interviene en el mundo para cambiar el curso natural de los acontecimientos. El mundo está sujeto a una especie de ley implacable que Dios no va a modificar por nuestras oraciones. Ante esta realidad uno se desanima y se siente impotente ante este mundo sometido a las leyes económicas que nos vienen presentadas tan implacables como las leyes físicas. Al final todos somos un poco fatalistas.
Nuestra fe, en cambio, nos dice que para Dios nada es imposible y que Él se preocupa del bien de los suyos (Ex 17,8-13). La parábola de hoy pone un ejemplo tomado de la vida social (Lc 18,1-8). Desgraciadamente es siempre actual. Muchas personas se sienten frustradas en su búsqueda de justicia. Recorren a todas las instancias y le viene siempre denegada. Pocos, sin embargo, piensan en apelar a Dios y en encomendarle a Él su causa. La viuda del evangelio traduce bien la impotencia de los débiles ante el cinismo de los fuertes. Al final el juez hace justicia por quitársela del medio y no sentirse importunado cada día con una manifestación o una sentada.
El evangelio dice claramente que se trata de un juez injusto, todo lo contrario de Dios. Dios no puede menos que hacer justicia sobre todo a sus elegidos. Y la hará rápidamente. La convicción de que el Reino de Dios está irrumpiendo en la historia da esa certeza de que es posible instaurar la justicia. Sin duda no ocurrirá de manera automática sino que los hombres tienen que esforzarse en construir la justicia.
El evangelio señala una de las condiciones: tener fe. Hay que creer que este mundo puede cambiar, que se puede construir un mundo diferente. Sin duda eso es lo que expresaba la viuda con su constante reclamar justicia. No admitía ni por asomo que las cosas sean como son y que no haya manera de cambiarlas. Ese reclamar ante Dios se traduce en la oración constante y confiada. La confianza nos viene del hecho de que Dios está constantemente cambiando la historia, derribando a los potentados de sus tronos y exaltando a los humildes.
El problema es que la fe se enfría y nos olvidamos de Dios. Es necesario alimentar la fe y la confianza en la oración. El interrogante final del evangelio nos deja a todos en suspenso. ¿Seremos capaces de mantener la fe hasta la venida del Hijo del hombre? Él es el que establecerá definitivamente la justicia, pero la está instaurando ya poco a poco con la colaboración de todos los justos.
La mejor manera de avivar nuestra fe es transmitirla a los demás. Este domingo de las misiones nos recuerda lo que repetía el P. Chaminade: “Todos sois misioneros, cumplid vuestra misión”. El lema de la jornada de este año, “Toda la Iglesia para todo el mundo”, nos hace tomar conciencia de la globalización de la fe cristiana. Nuestra Iglesia es católica, es decir, universal. La Iglesia ha sido la primera realidad global en la historia. La Familia Marianista está intentando abrirse a ese intercambio de dones entre las Iglesias de siempre y las de reciente implantación. Está sin duda el hecho de tantos religiosos y religiosas marianistas en países de misión, pero también los laicos marianistas, a través del voluntariado internacional, se están haciendo presentes en otros países, llevando consigo el don de su fe. Ésta vuelve enriquecida después de esas experiencias misioneras. En esta eucaristía nos sentimos en comunión con todos los cristianos y pedimos por todos los misioneros en los países de misión, y por todos los que queremos ser misioneros en el lugar concreto en que nos toca vivir.
Lorenzo Amigo
24-10-07, 08:36:05
28 de octubre de 2007
30 Domingo Ordinario
EL QUE SE HUMILLA SERÁ EXALTADO
Nuestra oración es un reflejo de nuestra vida y ésta se expresa en nuestra oración. Ante Dios, en la oración, hay que situarse con todo realismo, presentarnos tal como somos. Querer parecer mejores hará que Dios no nos reconozca. Él conoce perfectamente nuestro ser. No es fácil conocerse a sí mismo pero, en cambio, es fácil compararse con los demás y creerse mejores o superiores a los otros. Lucas ha escenificado esta realidad en la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18,9-14).
El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, adelante donde lo vean. Parece una persona buena y respetuosa de los deberes para con Dios y para con los demás. Pero una sola cosa le pierde, el compararse con el publicano y considerarse mejor que él. De la misma manera que su relación con el publicano es una relación no auténtica, también su relación con Dios queda falseada. Se cree justo pero, en realidad, incluso en el momento de más intimidad con el Señor, que es la oración, está pecando contra el hermano. Como no se reconoce pecador, sino justo, no recibe el perdón y la justificación de Dios. Por eso vuelve a casa con su pecado, pecado que quizás no tenía cuando salió de ella.
En cambio el publicano reza como publicano, como pecador. Se mantiene atrás, se da golpes de pecho y pide humildemente perdón ante Dios. Esa relación realista con Dios hace que su situación se transforme. Al reconocerse pecador y pedir perdón, Dios lo perdona y lo justifica, hace de él una persona justa. Volvió a casa totalmente transformado. Su oración había sido escuchada por Dios, que acogió su petición de perdón (Ecco 35,12-14.16-18).
San Lucas saca una conclusión general para su comunidad. “El que se enaltece, será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Se trata sin duda de vivir la humildad que Santa Teresa definía como “caminar en la verdad”. La humildad tiene que ver con la percepción real de nuestra situación. No se trata de una humildad tonta sino del reconocimiento realista de que todo lo recibimos de Dios. Probablemente tengamos cualidades superiores a muchas personas, pero eso no debe llevarnos a despreciar a los demás. Ni nosotros hemos merecido los dones recibidos, ni los demás son culpables y por eso no los habrían recibido. Dios los da a quien quiere y como quiere, pero se complace de manera especial en derribar de sus tronos a los poderosos y en ensalzar a los humildes. Es la inversión de valores que trae consigo el evangelio.
Este Domingo la Familia Marianista celebrará la beatificación de cuatro de sus mártires de la persecución religiosa en España: P. Miguel Léibar, Joaquín Ochoa, Sabino Ayastuy y Florencio Arnaiz. Eran sencillos religiosos, dedicados a la educación cristiana de la juventud, cosa que en aquel momento no podían ejercer pues estaba prohibida la enseñanza a los religiosos. Los tres jóvenes no sacerdotes apenas tenían 26 años. No tuvieron apenas tiempo para correr el camino hacia la meta, pero supieron, como el apóstol, ofrecer su vida como ofrenda de reconciliación y de perdón (2 Tim 4,6-8.16-18). Su recuerdo no quiere abrir viejas heridas sino animarnos a vivir hoy día nuestra fe de manera coherente, sin avergonzarnos de ser cristianos, trabajando constantemente por la reconciliación y la tolerancia, evitando los enfrentamientos estériles.
Que la celebración de la eucaristía nos dé esa humildad de espíritu para no creernos mejores que los demás y estar dispuestos a trabajar con todos los hombres de buena voluntad para construir una sociedad justa y fraterna.
Lorenzo Amigo
30-10-07, 08:52:00
1 de Noviembre 2007
Todos los Santos
VERÁN A DIOS
La Beatificación de los 498 mártires españoles el fin de semana pasado ha sido un acontecimiento gozoso para toda la Iglesia, y en particular para la iglesia española y para toda la Familia Marianista. Las vidas de estos hermanos nuestros, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y hombres y mujeres seglares, son una llamada fuerte a la santidad. Ellos sin duda recibieron la gracia especial del martirio, pero nos recuerdan que todos, sea cual sea nuestro estado de vida, tenemos como vocación la santidad (Apoc 7,2-4.9-14).
La fiesta de Todos los Santos quiere celebrar a toda una multitud de santos que no figuran en el calendario de la Iglesia, que no son venerados como tales, que probablemente son recordados tan sólo de contadas personas que los conocieron. Hoy nos damos cuenta de que la santidad no está hecha de milagros y cosas extraordinarias sino de vivir con toda intensidad de fe la realidad de la vida cotidiana.
No somos nosotros los que llegamos a ser santos sino que es Dios el que nos hace santos, nos santifica. Sólo Dios es santo, el único, el totalmente otro que ha querido hacerse cercano al hombre haciéndonos hijos suyos. Es su Espíritu Santo el que nos hace santos desde el momento de nuestro bautismo. Él pone en nosotros su propia vida, su santidad que es amor. Por eso san Pablo llamaba santos a los cristianos de sus comunidades que no tenían nada de santurrones. Porque la santidad no consiste en ser personas buenecitas que no hacen daño a nadie. Consiste en dejarse transformar por Dios e intentar vivir conforme a la nueva situación. Por eso san Pablo exhortará siempre: sois santos, vivid como santos.
¿Hay un programa para llegar a la santidad? Son tantos los libros espirituales que se han escrito a lo largo de los siglos para ayudar a ser santos. En realidad el único programa es vivir seriamente el evangelio. Éste se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Como el mismo Dios, como la santidad, las Bienaventuranzas son al mismo tiempo algo tremendo y algo fascinante. Cuando vemos una persona como Jesús, que encarna a la perfección esas bienaventuranzas, nos sentimos fascinados de que un hombre como nosotros pueda comportarse así, encontrar la felicidad en ese estilo de vida. Y al mismo tiempo experimentamos respeto y miedo. Nos faltan las fuerzas para poder vivir cerca de Dios, que es un fuego devorador que nos purifica pero que también puede aniquilarnos. Lo maravilloso es que finalmente Dios se ha mostrado como un padre amoroso que nos da su misma santidad para que no sintamos miedo ante Él. Por eso los santos son los amigos de Dios.
Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación. Ser santo no está reservado a unos pocos privilegiados sino que es la vocación normal de todo cristiano. Todos estamos llamados a la santidad, a dejarnos transformar por el amor de Dios. Es el amor lo único que puede transformar nuestras vidas y hacernos salir de nuestro egoísmo.
Que la celebración de la Eucaristía nos abra a la acción del Dios tres veces Santo para que nuestras vidas sean transformadas y se preparen al encuentro gozoso con Él.
Lorenzo Amigo
01-11-07, 21:09:47
4 de noviembre de 2007
31 Domingo Ordinario
BUSCAR Y SALVAR LO QUE ESTABA PERDIDO
Nos cuesta trabajo aceptarnos tal y como somos, pero sobre todo el aceptar a los demás. Estamos convencidos de que si fueran, tal como a nosotros nos gustaría, sería mucho mejor para ellos (y sin duda alguna para mí). Tan sólo el amor es capaz de aceptar al otro tal cual es y considerar que es un don para mí a partir de su realidad irreducible a mis deseos. Tan sólo el amor es capaz de cambiar a las personas. Desgraciadamente la pedagogía predominante ha sido la del palo, que no nos ha mejorado sino que nos ha hecho más resabiados.
Tan sólo Dios y su enviado Jesús son capaces de aceptarnos y amarnos tal como somos, pecadores, invitados a la conversión. Zaqueo, como cobrador de impuestos al servicio del poder ocupante, era considerado un pecador, excluido del amor de Dios por su religión judía (Lc 19,1-10). Sin duda era una persona que se había enriquecido explotando a los judíos, pero se sentía solo y despreciado, tan pequeño que no alcanzaba a ver a Jesús entre la muchedumbre.
Trataba de ver a Jesús porque sin duda le habrían llegado noticias de su persona. Era alguien liberado de los prejuicios reinantes, con el que se podía hablar y confrontar su vida. Zaqueo se quedó de una pieza cuando, subido en el árbol, fue interpelado por su nombre. También Jesús estaba interesado en encontrarse largamente con Zaqueo. Las críticas de la gente bien pensante no se hicieron esperar y Zaqueo tuvo que sentirse abochornado pues él era el causante de esas críticas.
Por primera vez, ante alguien que le había aceptado tal como era. Jesús había sabido poner en práctica una pedagogía verdaderamente divina, que imitaba el comportamiento del mismo Dios (Sabid 11,22-12,2). Dios corrige poco a poco, con amor y sin casi hacerles daño, a los que caen. Les recuerda su pecado y los reprende, para que no se les embote la conciencia sino que se conviertan y crean en Él. Zaqueo se aprovechó de las críticas, que tantas veces le habrían dirigido, para convertir su vida. Su nueva vida se expresa en el gesto de dar la mitad de sus bienes a los pobres y reparar las injusticias cometidas de una manera mucho más generosa que lo que pedía la ley.
Jesús no pudo menos que admirarse de las maravillas que había producido su simple presencia en aquella casa, que había recibido la salvación. Zaqueo era un miembro del Pueblo de Dios, al que las circunstancias de la vida lo habían llevado a embarcarse por el camino de la injusticia. A pesar de todo él continúa siendo un hijo de Abrahán. El pecador, a pesar de su pecado, continúa siendo objeto de la misericordia de Dios, con más motivo que el justo. El pecador es una persona en vías de perdición y el Hijo del hombre ha venido a salvar precisamente a los que están en el camino de la perdición. En vez de rasgarse las vestiduras escandalizados, habría que alegrarse de que alguien salve finalmente su vida.
El drama de las personas que se consideran justas y critican a los pecadores y a los que se acercan a ellos consiste en creer que Dios está interesado sólo en la salvación de aquéllos que se la merecen por sus obras buenas. Olvidan que la salvación es un don, que sin duda hay que acoger en una vida digna de la gracia recibida. Que la celebración de la eucaristía en la que Jesús nos invita a su banquete pascual nos lleva a cambiar nuestras vidas y a producir verdaderos frutos de conversión.
Lorenzo Amigo
07-11-07, 11:46:41
11 de noviembre de 2007
32 Domingo Ordinario
UN DIOS DE VIVOS, Y NO DE MUERTOS
Es sorprendente la diversidad de creencias de los cristianos respecto a la vida después de la muerte. Tan sólo poco más de la mitad de los cristianos españoles cree en la resurrección. Son muchos los que se sienten fascinados por la idea oriental de la reencarnación. No falta quien piensa que con la muerte termina todo. Los no creyentes han argumentado contra la idea de la otra vida el que es una simple proyección de la de aquí, creada como consuelo para poder asimilar la muerte. Según ellos, si no existe nada después de la muerte, tampoco hay que temer nada.
Lo más llamativo es que en el mismo pueblo de Israel la idea de la resurrección apareció muy tardíamente, vinculada a la experiencia del martirio durante las persecuciones de los reinos helenísticos (2 Mac 7, 1-2. 9-14). Dios no podía sin más dejar que sus fieles murieran tan jóvenes sin haber podido realizar su existencia. Dios tenía que darles de nuevo vida. La creencia fue acogida por los fariseos, pero no por los saduceos, es decir, por la clase sacerdotal tradicional, que la consideraba una innovación.
Sin el horizonte de la resurrección, ni la vida de Jesús ni la de sus seguidores habría tenido sentido pues se jugaron el todo por el todo con la esperanza de encontrarse con Dios. Los saduceos niegan la resurrección, pues les parece una creencia absurda, como se pone de manifiesto en el caso de la mujer y los siete maridos. En el cielo ¿de quién será la mujer? Jesús no sólo desmonta la objeción sino que demostrará que la fe en la resurrección se basa en la Ley de Moisés, normativa para todo judío (Luc 20, 27-38).
Jesús curiosamente argumenta como nuestros contemporáneos, pero en sentido opuesto. Según Él, la objeción contra la resurrección proviene del hecho de que proyectamos nuestras categorías humanas en el más allá. Creemos que en el cielo siguen existiendo las instituciones de este mundo. Pero en el Reino ya no existirá el matrimonio. Habrá una transformación profunda de nuestras personas para poder vivir en la vida de Dios. Esto es posible al poder de Dios.
Pero lo más importante es que Jesús ha encontrado una prueba de la resurrección en los libros de la Ley de Moisés, que eran los únicos admitidos como canónicos por los sacerdotes. Dios se presenta como “el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Como Dios, es el Dios de la vida, no puede ser un Dios de personas muertas. Para Dios, todos están vivos. También debieran estarlo para nosotros y de hecho muchas veces los sentimos presentes, pero muchas veces tenemos dificultad para percibir las presencias espirituales de las personas ya difuntas. Ellas, sin embargo, ya no están sometidas a las limitaciones del tiempo y del espacio. Poseen en cierto sentido la capacidad de hacerse presentes que tiene el Señor Resucitado. La fuerza de la resurrección está ya actuando también en nuestras vidas mortales, preparándolas para poder entrar en la vida de Dios.
Dios es el Dios de la vida. La gloria de Dios es el hombre viviente. Quizás el problema del cristianismo actual es, como ya denunciaba Nietzsche, que los cristianos parecemos poco resucitados. No nos hemos tomado en serio las energías que la resurrección de Jesús ha puesto en acción en el mundo. No sólo han transformado la historia personal y social, sino el mismo universo. Han sido creados unos cielos nuevos y una tierra nueva en la que habite la justicia. Misión nuestra es colaborar con el Señor en la transformación de la historia y del mundo. Que la celebración de la eucaristía renueve nuestras vidas para dar un horizonte de esperanza a todos los que no encuentran un sentido a la vida y a la muerte.
Lorenzo Amigo
14-11-07, 11:01:10
18 de noviembre de 2007
33 Domingo Ordinario
EL FINAL NO VENDRÁ ENSEGUIDA
En los momentos de sufrimiento intenso, esperamos que una voz amiga nos diga, como solía nuestra madre: “ya pasó todo”. Anhelamos que llegue el fin. Algunas veces el sufrimiento de todo un grupo perseguido les ha llevado a desear el fin del tiempo, el fin del mundo. Se trataba de que pasase este mundo e irrumpiese finalmente el Reino de Dios, poniendo orden en la historia y empezando algo nuevo. Los cristianos perseguidos al final del siglo primero retoman el tema, que ya había estado presente en las primeras comunidades, que esperaban el retorno inmediato de Cristo. Su segunda venida coincidía con el fin del mundo, presentado ya por los profetas como el juicio de Dios (Mal 3,19-20).
El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. La destrucción de Jerusalén fue sin duda el castigo de la ciudad pecadora que no ha querido reconocer al Mesías. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).
Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es el tiempo de la persecución. El evangelio resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.
La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca.
La vida del creyente está orientada hacia el futuro de Dios. Ese futuro ha irrumpido ya en la historia presente en el acontecimiento salvador de Cristo Jesús. Ése es el acontecimiento central de la historia y que le da su sentido. La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.
En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.
Lorenzo Amigo
21-11-07, 09:25:12
25 de noviembre de 2007
Cristo, Rey del Universo
ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS
El llamado “título” de la cruz, “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, indicaba la acusación por la que Pilatos lo condenó a la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús crucificado es objeto de burlas por parte de las autoridades judías, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados con Él. Todos aluden a su pretendida realeza. Las autoridades evocan el título de Mesías de Dios, que es el nombre hebreo del Rey esperado, descendiente de David (2 Sam 5,1-3). Jesús había hecho algunos milagros que podían indicar su poder mesiánico de salvación, pero ahora no es capaz de salvarse a sí mismo. Los soldados aluden irónicamente al rey de los judíos y, siguiendo a las autoridades judías, le increpan que se salve a sí mismo del suplicio de la cruz. Lo mismo hace el malhechor, que irónicamente pide también que salve a sus compañeros de cruz. Asistimos a una especie de farsa a través de la cual, sin embargo, se va a revelar la verdad.
La verdad del mesianismo de Jesús la descubre el otro malhechor que se toma en serio el momento que están viviendo y la realidad de la persona de Jesús. El momento de la muerte no es para hacer burlas a propósito del Mesías de Dios y de la salvación. Es la hora de temer respetuosamente a Dios. El buen ladrón reconoce la diferencia del suplicio de Jesús y el de ellos. Ellos lo han merecido con sus acciones mientras Jesús no ha hecho nada digno de tal castigo. El buen ladrón reconoce que Jesús va a entrar en el Reino y le pide que se acuerde de él. Es la confesión de fe del mesianismo de Jesús, precisamente cuando todas las circunstancias parecen desmentirlo.
Jesús le promete le salvación inmediata en el mismo día. Esa salvación consiste en estar con Él. En cierto sentido el haber sido crucificado juntos anticipa ya esa salvación cuando uno sabe descubrir en el crucificado al Mesías, al salvador del mundo. De esa manera la salvación de Dios irrumpe en el presente angustioso y no queda aplazada para un futuro lejano. El momento de la crucifixión es como en san Juan la entronización de Jesús como Rey que empieza a distribuir sus dones espléndidos. El que cree en Él recibe la salvación. En su muerte en la cruz Jesús lleva a cumplimiento el misterio de su condición de hijo, que recibe todo del Padre, desde el momento de la encarnación por obra del Espíritu de Dios. Es un misterio de obediencia en el que se fía totalmente del Padre, que lo engendra de toda eternidad y ahora en el tiempo. En su muerte, que es al mismo tiempo el momento de su glorificación, se convierte verdaderamente en el Primogénito de toda criatura, en el que también nosotros llegamos a ser hijos de Dios (Col 1,12-20).
Los cristianos terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey. Su realeza tiene poco que ver con los sistemas políticos de este mundo. Su muerte en cruz es la prueba del fracaso de todo tipo de triunfalismo puramente humano. Pero al mismo tiempo la cruz manifiesta la venida del Reino de Dios, precisamente en la persona del crucificado. En la cruz Dios comienza a reinar y a hacer justicia. Su juicio es una condena del pecado, pero una oferta de salvación para el pecador que se convierte. En la cruz Dios ha reconciliado a los hombres consigo y entre ellos. Ese es el horizonte del Reino de Dios. Se abre la posibilidad de una nueva manera de vivir la relación con Dios, revelado como Padre amoroso, y con los hermanos.
La venida del Reino lleva la historia a su plenitud, pero no la suprime. El Reino está viniendo constantemente a nosotros y nos está invitando a acogerlo y a poner nuestras vidas a su servicio. Todavía estamos a la espera de la plenitud definitiva, pero tenemos ya las primicias de la salvación en Cristo, en cuyo misterio hemos sido sumergidos por nuestro bautismo. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros constructores del Reino de Cristo, Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.
Lorenzo Amigo
28-11-07, 11:54:34
2 de diciembre de 2007
Primer Domingo de Adviento
A LA HORA QUE MENOS PENSÉIS VIENE EL HIJO DEL HOMBRE
Nos estamos habituando a vivir en esta cultura de la precariedad, en la que es imposible hacer planes para el futuro, porque todas las coordenadas que daban estabilidad a la vida de las personas se han vuelto demasiado fluidas. Antes, una vez terminada la carrera y encontrado su trabajo correspondiente, se podía soñar con tenerlo hasta el momento de la jubilación. Se podía proyectar la propia vida, empezando por el fundar una familia. Hoy día todo se ha vuelto problemático y nos refugiamos en el presente del que intentamos sacar el mayor partido posible. Perdidas las referencias al pasado, que garantizaba también para nosotros el futuro, vivimos sin horizontes.
La Palabra de Dios, que nos anuncia la salvación de Dios en Cristo, continúa a abrir para nosotros el futuro de Dios, un futuro de esperanza. Es esta esperanza la que va a animar todo nuestro Adviento. El Reino de Dios no viene de manera espectacular sino que está viniendo en el vivir cotidiano. Dios irrumpe constantemente en la historia, de improviso, sin anunciarse ni pedir permiso (Mt 24,37-44).
Es lo que ocurrió con el diluvio. Tan sólo Noé y su familia se enteraron de lo que se venía encima. Los demás siguieron su vida tranquila que les llevó a la perdición. Lo mismo va a pasar con la segunda venida de Cristo, como Juez definitivo de la historia. Su juicio hará una separación entre los que lo han reconocido y los que se han cerrado a su gracia. Jesús vendrá y se llevará a los suyos, mientras dejará a los otros a su suerte, es decir, ir a la perdición.
La imagen del ladrón nos advierte la importancia de estar siempre preparados y vigilantes. No se trata de meternos miedo sino de hacernos cobrar conciencia de la seriedad del momento presente en el que nos estamos jugando la eternidad. Vivimos en una situación de riesgo en la que bajar la guardia es peligroso. Vivimos en una cultura que nos adormece en el suave bienestar y hace que se nos pase la vida disfrutando sin enterarnos.
San Pablo nos recuerda que ya es hora de despertarnos del sueño porque ya está amaneciendo la salvación (Rm 13,11-14) . Hemos dormido suficientemente y no se puede seguir adormilados. Durante el sueño y la noche uno baja la guardia. Se sumerge uno agradablemente en el alcohol y la diversión, que luego da resaca al despertar. No cabe duda que la cultura actual necesita este tipo de hombre adormilado e inconsciente, que es mucho más fácil de manejar que la persona lúcida y crítica.
Esta actitud de vigilancia no viene motivada únicamente por el miedo a lo que pueda pasar sino más bien porque se espera a alguien y uno no quiere perderse la oportunidad de encontrarlo e irse con Él. Es la esperanza la que nos lleva a mantenernos atentos y despiertos para sacar partido del momento presente. El profeta anuncia toda una utopía, que nunca vemos realizada, pero que sigue movilizando todos nuestros recursos (Is 2,1-5).
Se trata de esa paz imposible, pero sin la cual no podemos vivir. Se trata de la superación de los nacionalismos para confluir todos en la ciudad de Dios, dispuestos a escuchar su Palabra. Es ésta la que puede iluminar siempre nuestras vidas y ayudarnos a mantenernos despiertos. Es ella la que da la alegría de vivir, sin que tengamos que buscar estímulos superficiales para pasarlo bien y no dormirnos de aburrimiento. Que la celebración de la Eucaristía mantenga vivo en nosotros el deseo de la venida y del encuentro con Jesús, que celebraremos en la Navidad.
Lorenzo Amigo
05-12-07, 09:47:26
8 de diciembre de 2007
La Inmaculada Concepción de la Virgen María
LLENA ERES DE GRACIA
La cultura moderna está centrada en el hombre, en su búsqueda de felicidad en esta vida. Aunque se siga creyendo en Dios, no se siente la necesidad de Él para poder realizar la existencia. No necesitamos ser redimidos por Cristo porque la cultura moderna niega la realidad del pecado. En el subconsciente de la humanidad hay ese deseo secreto de llegar a ser como Dios. Ese fue el gran engaño de la serpiente (Gn 3, 9-15.20). Contenía, sin embargo, una parte de verdad. Dios no se ha guardado celosamente para sí sus privilegios, sino que quiere compartirlos con nosotros. Eso sí, como puro don, no como algo que le tenemos que arrebatar. El hombre de hoy ha perdido el sentido de la gratuidad y cree que tiene derecho a todo. Cree que lo puede conseguir todo mediante su esfuerzo y sus recursos técnicos.
La fiesta de la Inmaculada nos recuerda ante todo que María fue redimida del pecado en virtud de la redención de Cristo. En ella el triunfo de la gracia fue tal que se vio preservada incluso del llamado pecado original que introdujeron Adán y Eva en la historia de la humanidad. Venimos a un mundo de pecadores, en el que el pecado está por doquier y ejerce una gran fascinación sobre todos nosotros, que de hecho cometemos muchos pecados. La figura de la Inmaculada, de una mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios, nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al misterio de Dios que nos envuelve.
Lógicamente no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios. Fue eso, gracia. De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. Sobre ella viene el Espíritu Santo, que es el lazo de amor del Padre y el Hijo. En María se anticipa el Pentecostés que funda la Iglesia santa, aunque esté compuesta de pecadores. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el Señor la había elegido para ser la Madre de su Hijo.
María, sin duda, fue cobrando conciencia progresivamente del amor de Dios. Cuando fue una joven adulta y recibió el mensaje de Dios a través del ángel, ella supo dar un sí incondicional a Dios. Lo mantendría a lo largo de toda su vida. De esa manera se rompía aquella cadena de pecado que había sido la historia de la humanidad. María vivió también en un mundo de pecadores, pero no conoció esa lucha interior contra el pecado que experimentamos todavía nosotros cada vez que viene la tentación. Ésta tiene sus cómplices en nuestro ser. María estaba de tal manera orientada hacia Dios que las realidades que podían constituir una tentación nunca pudieron empañar su respuesta de amor a Dios.
Dios ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor, una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios un día triunfará sobre el mal y el pecado, también en nosotros. También nosotros hemos sido elegidos y llamados a la santidad desde toda eternidad (Ef 1, 3-6. 11-12). Al final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá acoger ese amor. Con esa esperanza no debemos desanimarnos ante el espectáculo que ofrece a veces el mundo y la sensación que tenemos de que nuestro esfuerzo pastoral es inútil. El Beato Chaminade estaba convencido de que María Inmaculada vencerá también esta indiferencia religiosa en la que está sumergida nuestra sociedad. Que la celebración de la eucaristía nos dé las fuerzas para seguir combatiendo los combates de la Inmaculada.
Lorenzo Amigo
05-12-07, 10:30:59
9 de diciembre de 2007
Segundo Domingo de Adviento
CONVERTÍOS PORQUE ESTÁ CERCA EL REINO DE LOS CIELOS
Existen dos pedagogías que ayudan a cambiar la conducta de los hombres. La vieja pedagogía del castigo ha desaparecido, gracias a Dios, totalmente de la educación, pues producía tan sólo un cambio exterior aparente, sin modificar las convicciones interiores. La otra pedagogía del estímulo, de la motivación, de la recompensa, es la que se intenta aplicar hoy, aunque muchas veces no se vean los resultados. Tan sólo mostrando a la persona la meta apetecible que puede conseguir es posible moverla a actuar y cambiar su propia vida.
Juan el Bautista es el último de los profetas del Antiguo Testamento que anuncia la presencia del Profeta Definitivo de Dios, Jesús. Es en Jesús en quien Dios mismo se hace presente y nos trae la salvación definitiva. Juan aparece en el desierto porque es allí donde se hace sentir más agudamente la necesidad de la salvación (Mt 3,1-12). El pueblo de Dios en su travesía del desierto, después de salir de Egipto, se dio cuenta de que su vida dependía totalmente de Dios. Tan sólo orientándose hacia Él podían vivir en un desierto inhabitable.
Juan el Bautista hace sentir a sus contemporáneos cómo sus vidas se parecen a un desierto, a pesar de estar viviendo en la tierra que Dios dio a Abrahán. El simple hecho de pertenecer al pueblo de Dios no es garantía de que las personas estén produciendo los frutos de conversión que Dios pide de ellas. Ante el juicio de Dios, que se avecina en la persona de Jesús, la amenaza del castigo debe sacudir las conciencias.
Juan invita a cambiar de vida y a sellar el comienzo de ese cambio con un gesto profético, el bautismo. A través de él, uno se reconoce pecador y necesitado de la salvación de Dios. Es el primer paso para poder ser salvado. Si uno se considera ya bueno por el hecho de ser cristiano, no se ve la necesidad de cambiar. Aceptar lavar el propio cuerpo expresa la disponibilidad a purificar la propia vida, situándola en el horizonte de la voluntad de Dios. Juan no se hace ilusiones sobre la eficacia de ese gesto. Su bautismo expresa tan sólo la voluntad de convertirse, pero la conversión es un proceso que dura toda la vida. Tan sólo la conducta concreta, los frutos que se van produciendo, dirá la verdad de ese gesto.
Pero al mismo tiempo Juan anuncia otro tipo de bautismo, el bautismo que realizará Cristo Jesús mediante el Espíritu y el fuego. El fuego es capaz de consumir todos nuestros pecados, pero es el Espíritu el que crea en nosotros una realidad nueva, configurándonos con la muerte y la resurrección de Cristo. El bautismo y la fe hacen de nosotros una nueva criatura, que responde verdaderamente al plan original de Dios sobre el hombre. Pero tampoco aquí caben las ilusiones. El bautismo cristiano no es un rito mágico. Comporta la fe y la apertura a la acción del Espíritu. Pero al menos el bautismo pone en nosotros un germen de vida nueva que debemos llevar a pleno desarrollo. Mientras Juan amenazaba con el juicio de Dios para invitar a la conversión, Jesús va a presentar el juicio de Dio sobre el mundo como el don definitivo de su perdón y de su amor al pecador.
Esa vida nueva nos sitúa en el horizonte de los tiempos mesiánicos anunciados por el profeta Is 11,1-10). La venida del Mesías comporta una efusión del Espíritu, no sólo sobre su persona, sino sobre toda la humanidad y toda la creación que vuelve a su estado original en el paraíso. Allí el hombre vivía pacíficamente con los animales y éstos no se hacían daño los unos a los otros. Era un reino de justicia en el que se respetaban todas las manifestaciones de la vida. Que la celebración de la eucaristía exprese nuestra conversión y nuestro deseo de vivir en ese mundo nuevo inaugurado por la venida de Jesús.
Lorenzo Amigo
12-12-07, 12:58:14
16 de diciembre de 2007
Tercer Domingo de Adviento
¿ERES TÚ, O TENEMOS QUE ESPERAR A OTRO?
En tiempos difíciles, los hombres esperan un salvador político que pueda transformar mágicamente la situación desastrosa de un país. No es de extrañarse que los judíos sometidos a la opresión romana, contra la que nada podían, anhelasen la venida del Mesías triunfador. Juan Bautista, ya en la cárcel, oyó hablar de los milagros de Jesús y esto le hace pensar en que probablemente Jesús era el Mesías que tenía que venir. Para saber a qué atenerse, pues se estaba jugando la vida, decidió enviar unos discípulos a preguntarle directamente a Jesús (Mt 11,2-11).
Jesús prefiere dar una respuesta indirecta, invitando a los enviados a contemplar las acciones liberadoras que estaban aconteciendo a través de la actividad de Jesús. Correspondían efectivamente a los milagros anunciados por los profetas para los tiempos mesiánicos (Is 35, 1-6a. 10). Jesús es pues el Mesías, o con otro título el que tenía que venir. No es necesario esperar ya a otro. Ha llegado el momento de la salvación de Dios. Juan puede estar tranquilo en la cárcel y si es necesario entregar su vida pues estamos en el tiempo de la salvación de Dios. La última palabra no la tienen ya los poderosos sino Dios que ha empezado a instaurar el Reino. Frente a los diferentes mesianismos que aparecerán en la historia, sobre todo de tipo político, los cristianos permaneceremos tranquilos. El Mesías, el Cristo, es Jesús.
Jesús no indicó tan sólo sus acciones milagrosas sino que dio como señal de la venida del Reino el hecho de que a los pobres se les anuncia el evangelio. La Iglesia, a través del anuncio del evangelio, continúa a hacer presente la salvación de Dios en su Mesías, Jesús. La venida del Reino es una Buena Noticia sobre todo para los pobres. Para los ricos y los poderosos constituye a menudo una amenaza porque el Reino de Dios pone en cuestión la manera en que los poderosos organizan la sociedad humana, basada en la opresión y la pobreza de las masas. El anuncio del evangelio denuncia las situaciones de injusticia de nuestro mundo. El valor para desafiar a los poderosos viene del mismo Dios que está implantando su Reino, derribando del trono a los poderosos y colmando de bienes a los pobres.
Pero Jesús añade una inquietante bienaventuranza: ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. La actividad de Jesús es signo de contradicción. Provoca la fe y el escándalo. Para el creyente cristiano se trata de la actividad mesiánica anunciada por los profetas, para el judío se trata de un impostor. ¿Qué pensó Juan el Bautista? Los evangelios han hecho de Juan uno de los creyentes en Cristo, pero los escritos cristianos documentan el hecho de que los discípulos de Juan seguían existiendo a finales del primer siglo en una comunidad no integrada en las comunidades cristianas.
Para los cristianos Juan era el profeta que anunciaba la venida de Jesús. Así lo proclama Jesús mismo. La atracción que ejerció Juan sobre las multitudes se debe no a motivos puramente humanos sino al hecho de que es un enviado de Dios, un profeta que prepara el camino de Dios, el camino de Jesús. Juan el Bautista representa una cima humana e incluso de la revelación de Dios en la antigua alianza. Pero en comparación con el creyente cristiano es poca cosa. El cristiano está viviendo ya en el Reino. Juan se ha quedado a las puertas. Juan vivió el drama de los precursores. Está intuyendo y viendo de manera visionaria una realidad nueva en la que desgraciadamente él no podrá vivir. Pero Juan fue coherente con su fe, y desde la espera del Mesías, fue capaz de entregar su propia vida como testigo de las exigencias de Dios sobre su pueblo.
Que la celebración de esta eucaristía avive en nosotros el deseo del encuentro con Jesús, cuya venida celebraremos ya mañana en la misa de medianoche.
Lorenzo Amigo
19-12-07, 13:02:31
23 de diciembre de 2007
Cuarto Domingo de Adviento
JOSÉ HIZO LO QUE LE HABÍA MANDADO EL ÁNGEL DEL SEÑOR
No debemos extrañarnos de que el mundo moderno se organice cada vez más de espaldas a Dios. Dios resultaba cómodo mientras no intervenía en los asuntos humanos. Pero si se le deja entrar en la propia vida, viene a complicarnos la existencia. Es lo que le pasó a José y María. Éste aparece como modelo de creyente, que sabe acoger en su vida a Jesús y a María. José tiene que vivir al lado del misterio que no comprende y, sin embargo, se abre a él y se pone a su servicio.
La fe es un proceso en el que uno va pasando por diversas fases. Todo se desencadena por el choque con la dura realidad, que cuestiona nuestras creencias ordinarias en las que estamos tranquilamente establecidos. José estaba desposado con María y esperaba con ansia el momento de poder recibirla en su casa como esposa. De pronto se da cuenta de que María está encinta. El evangelista nos aclara que es por obra del Espíritu Santo, pero eso José no lo percibe en una primera aproximación al misterio (Mt 1,18-24).
José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.
En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador. José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14).
Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. ¿De qué nos serviría que Jesús haya nacido en Belén si ahora no es anunciado en nuestro mundo? Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador.
Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
21-12-07, 10:33:10
25 de diciembre de 2007
Natividad del Señor (Medianoche)
LO ACOSTÓ EN UN PESEBRE
La Navidad corre el peligro cada vez más de convertirse en un cuento de hadas. En la imaginación de muchos niños la figura de Santa Claus desplazará a la del mismo Dios, tantas veces representado también como un abuelete, origen de todo don, de todo regalo, sobre todo de la vida. Jesús, el Hijo de Dios, entró en la cotidianidad de nuestra historia, haciéndose semejante a tantos millones de hombres que nacen en situaciones tan pobres como la suya. Los hilos de la historia parecen movidos por los poderosos de turno y los pobres son simplemente las víctimas de sus decisiones. Pero, a pesar de todo, Dios es siempre el Señor de la historia y hace que los acontecimientos se conviertan en Buena Noticia, en evangelio.
Estamos demasiado acostumbrados a contemplar a Jesús sobre las pajas del pesebre. Éste parece haber perdido el sentido de signo que los ángeles indicaron a los pastores para que pudieran reconocer a Jesús. Si se trata de un signo es porque llama la atención y porque hace referencia a algo conocido. Lo que menos se espera uno, si va a visitar a un recién nacido una noche fría es encontrarlo recostado en un pesebre y a los padres contemplándolo extasiados. Suponemos que lo menos que se le puede ofrecer a ese niño es el calor del cuerpo de su madre. El evangelista, sin embargo, sin concesiones al sentimentalismo materno, nos muestra a Jesús en el pesebre. Algo, sin duda, les quería recordar a los pastores y a todos sus lectores.
Los pastores debieron recordar aquellas palabras del profeta Isaías (1,3): «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”. Los pastores conocen bien las costumbres de sus animales. Éstos vuelven solos a casa porque saben dónde está su pesebre, dónde encontrarán comida. La tradición cristiana ha añadido inmediatamente al buey y a la mula junto a la Sagrada Familia. ¿Qué es lo que tenían que entender los pastores y los lectores actuales cuando se nos habla de Jesús reclinado en un pesebre?.
En realidad los ángeles habían revelado a los pastores el misterio de aquel niño. Se trata del Salvador, del Mesías, del Señor. Son títulos que hacían relación al emperador y también al Mesías Rey. Los poderosos de aquella época se vanaglorian de que sus súbditos viven gracias a ellos, de que los ciudadanos son felices gracias a ellos. El mensaje de los ángeles nos recuerda que sólo Dios es el origen de la vida y de la salvación. Pero Israel, como en tiempos del profeta, había olvidado esa realidad y buscaba la vida en los ídolos y en los recursos humanos. Por eso Dios se nos ha manifestado en Jesús, que ahora yace en un pesebre. María, sin revelaciones especiales, intuyó esa realidad.
En el pesebre encuentran los animales su alimento, el sustento de su vida. Los creyentes encontramos nuestro alimento en Jesús. “El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4, 4). Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Él es el que nos alimenta, el que nos da la vida misma de Dios. Sólo Él tiene palabras de vida eterna. Jesús está en el pesebre para “ser comido”. Él nos alimenta con su amor. En Él se nos hace visible y tangible el amor del Padre. Sentirnos amados por Dios mismo es lo que da sentido a nuestra vida y la hace crecer. Al amar, salimos de nosotros mismos y vamos al encuentro de los demás.
Jesús nos alimentará en la mesa de la palabra y en la mesa de la eucaristía. La eucaristía hace presente en el mundo la encarnación de Jesús. La carne de Cristo es la carne de María. Ella nos lo dio un día en Belén y ahora continúa a dárnoslo en la eucaristía. María es figura de la Iglesia Madre que alimenta a sus hijos con la palabra y el cuerpo de Jesús. Celebrar la Navidad es celebrar la vida, es celebrar a Dios. En cada vida que nace Dios está presente. Que la Navidad os inunde a todos de vida y de felicidad.
Lorenzo Amigo
21-12-07, 21:57:09
25 de diciembre 2007
Natividad del Señor (Día)
LA PALABRA SE HIZO CARNE Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS
La Navidad cristiana recibe su sentido de la Resurrección de Jesús. Sin esta luz pascual, las Navidades se convierten en sentimentalismo y consumismo. No evocamos simplemente el pasado sino que Jesús se nos hace presente en el hoy de nuestra historia de salvación. ¿De qué sirve que Jesús haya nacido en Belén si no nace en mí? (Orígenes). Para el Beato Chaminade, la encarnación del Verbo es un misterio que acontece en cada uno de los creyentes. Jesús nace en nosotros por obra del Espíritu Santo, de María Virgen. Es María la que continúa a dar al mundo a Jesús.
Nuestro Dios no es un Dios solitario y sombrío sumergido en su silencio. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.
Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva (Jn 1,1-18).
Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y se nos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo.
El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.
Pero sobre todo el Hijo ha realizado la obra de la redención mediante el perdón de los pecados. Se evoca así la aventura humana de Jesús que culmina en la muerte y la resurrección, mediante las cuales hemos sido salvados. Jesús ahora está glorioso, sentado a la derecha del Padre. Terminado el curso de su vida mortal vive como Dios, pues ese es el nombre con el que lo invocamos, con el nombre del Señor, que traduce el nombre de Dios en hebreo, Yahvé.
Jesús es el mediador definitivo de la alianza con Dios y está muy por encima de los ángeles pues mantiene una relación de intimidad con Dios, de Hijo con el Padre, que es exclusiva suya, aunque nosotros participemos de ella. Los ángeles pueden ser todo lo espirituales que queramos pero, como nosotros, son adoradores del Hijo. Es lo que hicieron la noche de la Navidad y es lo que nosotros hacemos hoy en la celebración de la eucaristía.
Lorenzo Amigo
26-12-07, 17:28:57
30 de diciembre de 2007
La Sagrada Familia de Jesús, María y José
LLAMÉ A MI HIJO PARA QUE SALIERA DE EGIPTO
Todos hemos nacido y crecido en el seno de una familia. Muchos han formado también una familia mientras otros han decidido vivir solos. Algunos pertenecen a una familia religiosa, unidos por los lazos de la fe y del amor a Jesús. Dios mismo ha querido nacer y vivir en una familia, la Sagrada Familia. Pero Jesús, que nació en una familia, ha sido el gran reformador de esta institución. En efecto, formó en torno a sí un nuevo tipo de familia, el grupo de discípulos, germen de la Familia de Dios, que es la Iglesia. Dentro de ella, la Familia Marianista quiere vivir un estilo de vida que se inspira en las actitudes de María.
La Sagrada Familia ilumina los valores de la familia humana y cristiana en la medida en que nos permite comprender la aventura humana de Jesús. Los padres no sólo traen los hijos al mundo sino que se desviven por ellos para ayudarles a ser personas adultas, que pueden asumir libremente su propio destino. Eso es lo que hicieron José y María con Jesús. En este caso, es el Hijo de Dios el que tiene necesidad de los cuidados paternales para poder sobrevivir y realizar su misión. Los padres cultivan ese amor por excelencia al necesitado, pues todo niño es una persona necesitada de afecto y de cuidados.
Sin embargo no son los padres los que deciden el camino de los hijos. Eso es verdad sobre todo en el caso de Jesús, pero debiera también serlo en los demás casos. El niño es ya una persona que hay que respetar. El camino de Jesús está marcado por la intervención de Dios, que manifiesta su voluntad a través del ángel y de las circunstancias de la vida. José y María obedecen la voluntad de Dios respecto a ese niño. También los padres debieran ser capaces de descubrir y ayudar al niño a descubrir cuál es el proyecto que Dios tiene sobre él (Col 3, 12-21).
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En Jesús se concentra toda la historia del pueblo de Dios (Mat 2, 13-15. 19-23). En cierto sentido tiene que revivir todas las experiencias de este pueblo para poder salvar al pueblo concreto que lleva sobre sí el peso de su pasado. El pueblo de Dios vivió en la opresión y en la persecución y Jesús va a revivir en su carne esa persecución. Siempre existirá el Herodes de turno que oprime al hombre. Pero siempre habrá un Dios dispuesto a liberar a su hijo. Todo empezó con la llamada que Dios hizo a su pueblo a salir de Egipto. Entonces salió de la esclavitud para pasar al servicio de Dios. Es este servicio el que lo constituye como pueblo libre. Es la relación con Dios la que hace que una persona sea un ser libre. Responsabilidad de los padres es ir preparando a sus hijos para esta libertad.
No es fácil vivir en libertad. Está siempre amenazada por los poderosos de este mundo. Abandonar Egipto no supone automáticamente encontrar la libertad. José tiene que hacer diversos tanteos para asegurar una existencia libre y en paz. De nuevo es Dios el que mueve los lazos de la historia de manera que se realice su proyecto. Para escapar del sucesor de Herodes que reinaba en Judea, José tiene que confinarse en los márgenes del país. Tiene que ir a la Galilea de los gentiles. Vivirá en Nazaret. Así Jesús puede incorporar a sí toda la historia mundial de todos los pueblos del imperio romano. De esa manera Jesús será llamado el “Nazareno”. En principio será un término despreciativo referido tanto a Jesús como a sus seguidores. Son personas marginales en la sociedad de su tiempo, pero son los que han cambiado la historia del mundo. Desde luego no es Nazaret el que ha hecho famoso a Jesús, sino más bien al contrario. Nazaret es conocido porque allí vivió Jesús. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a construir una Iglesia cada vez más mariana, más femenina, más acogedora, más familiar.
Lorenzo Amigo
28-12-07, 11:52:38
1 de enero de 2008
Santa María Madre de Dios
ENVIÓ DIOS A SU HIJO, NACIDO DE UNA MUJER
Al comienzo de este nuevo año, todos expresamos nuestros mejores deseos de paz y felicidad. También yo las deseo para todos ustedes. El año 2007 no ha sido bueno para la paz pues no ha logrado solucionar ninguno de los conflictos armados existentes. Al final el terrorismo ha dejado su firma con el asesinato de Benazir Bhutto. Nuestros deseos de paz chocan con la dura realidad regida por la lógica de la guerra. No podemos, sin embargo, renunciar a la realización de estos deseos, sino que queremos conocer cuáles son las condiciones que favorecen esa paz. El papa en su mensaje para esta jornada ha escogido como lema: “Familia humana: comunidad de Paz”. Tan sólo la convicción, inspirada en la fe, de que todo el género humano forma una sola familia puede ayudarnos a caminar por esa vía.
Las fiestas de Navidad ponen en el centro una familia humana y sus peripecias. Ella encarna el destino de toda la humanidad. En la familia se expresa la preocupación por el más débil, en este caso por el niño. Jesús durante su infancia y su adolescencia fue acompañado por María y José. Ellos fueron los que le dieron un nombre, el que el ángel había señalado (Lc 2,16-21). El nombre expresa la realidad única e irrepetible de cada persona. Pero en este caso el nombre de Jesús expresa su misión. Jesús es el Salvador de la humanidad, es el Dios-que salva. Cada uno es persona dentro de una comunidad humana más amplia que la familia. Con la circuncisión se expresaba la pertenencia al pueblo de Dios. Jesús fue un judío, nacido en una piadosa familia judía. Es así como es el Salvador de todos los hombres.
Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.
María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. En María la Iglesia aprende a conservar los acontecimientos de Cristo meditándolos en el corazón. Cristo murió para reconciliar a los pueblos. Él es la garantía de la tan anhelada paz. Nosotros queremos ser constructores de paz. Como Familia Marianista, queremos crear familia en la realidad de la Iglesia y de nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía afiance nuestros lazos de amor y de amistad con todas las personas con las que convivimos. Que María, que un día nos dio a Jesús, continúe a dárnoslo para que también nosotros podamos hacerlo presente en nuestro mundo y seamos de verdad una familia de hermanos.
martelo
01-01-08, 14:28:58
1 de enero de 2008
Santa María Madre de Dios
ENVIÓ DIOS A SU HIJO, NACIDO DE UNA MUJER
Al comienzo de este nuevo año, todos expresamos nuestros mejores deseos de paz y felicidad. También yo las deseo para todos ustedes. El año 2007 no ha sido bueno para la paz pues no ha logrado solucionar ninguno de los conflictos armados existentes. Al final el terrorismo ha dejado su firma con el asesinato de Benazir Bhutto. Nuestros deseos de paz chocan con la dura realidad regida por la lógica de la guerra. No podemos, sin embargo, renunciar a la realización de estos deseos, sino que queremos conocer cuáles son las condiciones que favorecen esa paz. El papa en su mensaje para esta jornada ha escogido como lema: “Familia humana: comunidad de Paz”. Tan sólo la convicción, inspirada en la fe, de que todo el género humano forma una sola familia puede ayudarnos a caminar por esa vía.
Las fiestas de Navidad ponen en el centro una familia humana y sus peripecias. Ella encarna el destino de toda la humanidad. En la familia se expresa la preocupación por el más débil, en este caso por el niño. Jesús durante su infancia y su adolescencia fue acompañado por María y José. Ellos fueron los que le dieron un nombre, el que el ángel había señalado (Lc 2,16-21). El nombre expresa la realidad única e irrepetible de cada persona. Pero en este caso el nombre de Jesús expresa su misión. Jesús es el Salvador de la humanidad, es el Dios-que salva. Cada uno es persona dentro de una comunidad humana más amplia que la familia. Con la circuncisión se expresaba la pertenencia al pueblo de Dios. Jesús fue un judío, nacido en una piadosa familia judía. Es así como es el Salvador de todos los hombres.
Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.
María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. En María la Iglesia aprende a conservar los acontecimientos de Cristo meditándolos en el corazón. Cristo murió para reconciliar a los pueblos. Él es la garantía de la tan anhelada paz. Nosotros queremos ser constructores de paz. Como Familia Marianista, queremos crear familia en la realidad de la Iglesia y de nuestro mundo. Que la celebración de la eucaristía afiance nuestros lazos de amor y de amistad con todas las personas con las que convivimos. Que María, que un día nos dio a Jesús, continúe a dárnoslo para que también nosotros podamos hacerlo presente en nuestro mundo y seamos de verdad una familia de hermanos.
feliz año, Lorenzo! me ha hecho mucha ilusión reencontrarte.Nos conocimos en el Postulantado de Segovia y Valladolid.Tú procedías de la sierra de Sanabria y yo de la meseta salmantina; éramos unos ingenuos pipiolos, y creo que en espíritu lo seguimos siendo.
Marcelo Hernández
Lorenzo Amigo
02-01-08, 10:42:41
También yo te deseo feliz Año 2008, Marcelo. Me alegra saber de ti. Yo estuve viviendo en Salamanca los años 1980-1990.
Un abrazo,
Lorenzo
Lorenzo Amigo
02-01-08, 10:55:22
6 de enero de 2007
La Epifanía del Señor
HEMOS VISTO SALIR SU ESTRELLA
Nuestro invierno, como alejamiento del sol, es una buena imagen de lo que está aconteciendo en el Norte respecto a la vivencia de Dios. Mientras tanto el Sur parece seguir en pleno verano, cercano a la fuente del calor y de la luz. En el Norte decimos: “¿dónde está Dios?”; en el Sur exclaman: ¿“dónde no está Dios?”. Ya no se trata por tanto de si existe Dios ni tan siquiera dónde se le puede encontrar sino de dónde estamos nosotros. Una buena parte estamos en el Norte y experimentamos lógicamente un influjo muy débil de parte de Dios. El problema no está en Dios sino en nosotros.
En la medida en que nos alejamos de un objeto, si queremos mantener la vista fija en él, es necesario un mayor esfuerzo de atención para no dejarnos distraer por los otros objetos que gradualmente van entrando en mi horizonte visual. Hoy día estamos tan dispersos entre tantos árboles que al final no vemos el bosque. Acabamos por no ver lo evidente. Como decía el poeta: “la estrella es tan clara que/ no todo el mundo la ve” (Rosales). Cuando hemos perdido de vista un objeto hay que volver a comenzar a buscarlo y enfocarlo.
¿Cómo encontrar Dios en nuestra cultura secularizada? De nuevo el mismo poeta nos da una respuesta: “que para encontrar la fuente/ sólo la sed nos alumbra”. Hay que tomar conciencia de la sed de Dios que existe en nuestro corazón y que no se deja satisfacer simplemente con los bienes de consumo. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrellaque brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.
Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero si uno se aventura por esos caminos, la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista. No es por ahí por donde se puede encontrar a Jesús.
Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se perdien la oportunidad de encontrarse con el Salvador.
Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Ofrezcamos al Señor en esta eucaristía nuestra sed de Dios. Él será feliz de poder calmarla. Esa sed de Dios es sed de justicia, sed de su Reino de paz y amor.
Lorenzo Amigo
09-01-08, 10:40:54
13 de enero de 2008
El Bautismo de Jesús
PASÓ HACIENDO EL BIEN
Las revoluciones y cambios profundos tienen sus signos, sus banderas, sus claveles, sus himnos, sus ritos. El rito que escogió Jesús para marcar el cambio que estaba ocurriendo con la irrupción del Reino de Dios fue el bautismo. Él lo tomó de Juan Bautista, que lo usaba ya en ese sentido, aunque como ablución ritual era practicado también por otros grupos. Haciéndose bautizar por Juan, Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. A partir del bautismo, Jesús se siente como el Mesías ungido para hacer presente el Reino.
El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.
El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.
Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.
La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
16-01-08, 08:36:53
20 de enero de 2008
Segundo Domingo Ordinario
ESTE ES EL HIJO DE DIOS
En el principio fue la vida, el encuentro inmediato con Jesús, la fascinación ejercida por su persona, el conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. El impacto de la persona de Jesús sobre ellos les llevó a dejarlo todo y a seguirlo. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.
Los apóstoles nos han transmitido diversas confesiones de fe en las que se intenta traducir lo inefable de la experiencia que tuvieron con Jesús durante su vida pública, que releyeron a la luz de su muerte y resurrección. De esa manera nosotros podemos hacer la misma experiencia del resucitado, que es el Jesús histórico con el que habían convivido los discípulos. Estas formulaciones sencillas de la fe son el fundamento de la teología y de la catequesis eclesial. El creyente y el teólogo deben volver constantemente a ellas para hacer la experiencia del Señor muerto y resucitado de manera que la experiencia cristiana no se convierte en una simple ideología abstracta o moralista, sino que es la salvación en Cristo Jesús.
La teología, sin duda, trata de profundizar y explicar esas fórmulas de fe, pero nunca las agota, como tampoco ellas agotan la riqueza infinita de la experiencia del Resucitado. Hay, sin duda, mucha más vida y experiencia en las fórmulas de fe que en una teología seca y desencarnada. Pero no podemos oponer las fórmulas de fe contra la teología y la vida de la Iglesia. La teología intenta actualizar la fe en cada momento histórico. Es verdad que se pueden producir desviaciones teológicas y vitales y por eso las fórmulas de fe nos sirven como norma de lo que debemos creer y vivir. Tanto la vida de Jesús, como su interpretación por parte de los apóstoles, que nos han legado el Nuevo Testamento, y su actualización por parte de la Iglesia de cada época, están siempre bajo la acción del Espíritu, que hace posible la salvación en cada momento de la historia.
El evangelio de hoy nos transmite tres fórmulas de la comunidad primitiva que muestran algunos aspectos de la inagotable riqueza de la persona de Jesús. No pretenden ante todo describir la persona de Jesús sino sobre todo su misión salvadora. La primera fórmula “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nos recuerda la misión de Jesús en la historia de la salvación. El se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.
Los discípulos de Jesús vieron en él una afinidad tal con Dios Padre que no dudaron en proclamar que Jesús era el Hijo de Dios. Por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.
Lorenzo Amigo
23-01-08, 20:43:33
27 de enero de 2008
Tercer Domingo Ordinario
DEJARON LA BARCA Y A SU PADRE Y LO SIGUIERON
Son muchos los que dicen “creo en Jesús, pero no en la Iglesia” y se imaginan que ésta ha surgido por las buenas, sin tener nada que ver con Jesús. La consideran una especie de institución puramente humana, que apareció en la historia después de la muerte de Jesús. Todo intento de separar la Iglesia de la persona de Jesús es quererle robar a su fundador algo que le pertenece. No es que la Iglesia dependa tan sólo de la persona de Jesús, pues está en relación directa con la Trinidad y su plan de salvación desde toda la eternidad. Pero ese plan se nos ha manifestado y hecho realidad en el acontecimiento de Cristo Jesús. Éste empieza su misión anunciando la venida inminente del Reino de Dios: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3).
Es Dios mismo el que está en misión y por ello se crea una Iglesia como instrumento al servicio del Reino. La llamada de los discípulos, en particular de los doce apóstoles, pertenece a los inicios de la misión de Jesús. En cierto sentido Él tiene conciencia de que la misión que le ha sido confiada le desborda en el tiempo y tiene necesidad de otros que continúen su obra. Los discípulos quedan asociados a su misión de enseñar, proclamar el Evangelio y curar las enfermedades y dolencias del pueblo (Mt 4,12-23). Jesús fundó una Iglesia, que es a la vez una realidad divina y humana, demasiado humana. Ese elemento humano con el que Dios quiso contar para salvar al hombre presentará sus fallos desde el comienzo (1 Cor 1,10-13.17) en forma de bandos y divisiones.
Los primeros discípulos de Jesús eran pescadores. Al seguir a Jesús, dejaron sus redes y sus familias y Jesús los hizo “pescadores de hombres”. Es decir, les cambió sus vidas, cosa que el evangelio indica con el cambio de nombre de alguno de ellos, como el caso de Simón, al que Jesús llamó “Pedro”. Sin duda lo que ellos sabían era pescar y Jesús aprovechó sus conocimientos, pero los orientó en otra dirección: ya no se trata de pescar peces sino de pescar hombres. Era una imagen conocida en el mundo judío, la cual hablaba de la venida del Reino de Dios, ese Reino que Jesús anuncia como inmediato. Mientras que en el caso de los peces, pescarlos con la red y traerlos a tierra significa para ellos la muerte, en el caso de los hombres traerlos hacia Cristo y la Iglesia comporta para ellos la vida.
La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.
La Iglesia primitiva fue una iglesia de pescadores, de personas que vivían a la intemperie y tenían que salir cada día a evangelizar a los hombres para atraerlos hacia el Reino. De esa acción evangelizadora dependía su supervivencia y su extensión en un mundo que ansiaba la salvación, pero encontraba con dificultad el camino que lleva hacia ella. Hacia esa Iglesia misionera dirigía su mirada el Beato Chaminade, cuya fiesta hemos celebrado el día 22 de enero. Que la celebración de la eucaristía renueve en nosotros nuestro espíritu misionero.
Lorenzo Amigo
29-01-08, 12:54:03
3 de febrero de 2008
4 Domingo Ordinario
DICHOSOS LOS SUFRIDOS PORQUE ELLOS HEREDARÁN LA TIERRA
Aunque nos sigan sonando a música celestial, hay que volver constantemente a las bienaventuranzas. Quizás algún día esta música nos resulte pegadiza y desplace a las que todavía hoy nos aturden. Curiosamente he leído en un periódico laico esta reflexión de una persona, de la que en principio no me la esperaba. “Considero todavía válido el método de lucha de Cristo, que es hoy el de Gandhi: la no-violencia, la mansedumbre, la persuasión; hace años que repito esto” (Pasolini, el director de cine muerto trágicamente). La Iglesia recomienda las bienaventuranzas desde hace veinte siglos. Es verdad que el ideal del sufridor tiene poco atractivo en comparación con el del triunfador.
Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Lo que cuenta no es la pobreza o la riqueza en sí sino el uso que el hombre hace de la riqueza. Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad eclesial, sobre todo de los necesitados.
Lo que cuenta, pues, es el sistema de valores que está en el corazón del hombre y que se traduce en las opciones concretas de cada día. Los valores evangélicos no son un sistema abstracto, producto de una filosofía moral. Son el resultado del encuentro con Jesús y su estilo de vida. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidariedad, en la igualdad, en el compartir. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.
La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.
Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y que Él haga de nosotros “hombres y mujeres de las bienaventuranzas”.
Lorenzo Amigo
06-02-08, 12:28:05
10 de febrero de 2008
Primer Domingo de Cuaresma
NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE
La cuaresma nos propone un auténtico camino de conversión en el que actualizamos nuestra condición de bautizados. Se trata de un verdadero camino catequético, que no hicimos antes de nuestro bautismo y que es siempre urgente hacer y rehacer. La Iglesia nos va confrontando con diversos momentos progresivos de la historia de la salvación, y en particular con Cristo con el que hemos muerto y resucitado en nuestro bautismo. En este primer domingo contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).
Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. Jesús experimentó el atractivo de un mesianismo puramente político, hecho de éxitos que llevarían a que la gente lo siguiera ciegamente. Pero lo rechazó porque así no se salva a la gente, respetando su libertad, sino que se la seduce y se la engaña.
Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.
En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.
A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe. A través de ella acogemos a Dios en nuestras vidas y sentimos el atractivo de Dios y del bien para el que fuimos creados. De esa manera el pecado se convierte en “feliz pecado” que nos mereció tal Salvador, porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”.
Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.
Lorenzo Amigo
13-02-08, 20:52:51
17 de febrero de 2008
Segundo Domingo de Cuaresma
ESTE ES MI HIJO, ESCUCHADLO
Bombardeados constantemente por los mensajes que nos llegan del exterior, nos defendemos desconectando la atención. Nos refugiamos en nuestro propio mundo virtual en el que resuenan tan sólo nuestros mensajes, muchas veces las voces de nuestros deseos insatisfechos. Se crea un estado de incomunicación de manera que muchas personas se quejan de que no las escuchamos, no les prestamos atención. Los discípulos vivían con Jesús, pero muchas veces no le escuchaban. Tiene que ser el mismo Dios el que les invite escucharlo. Tan sólo Jesús tiene la capacidad de decir una palabra que revele verdaderamente al Padre.
La segunda etapa en nuestro camino hacia la Pascua anticipa precisamente el triunfo del Resucitado, que se transfigura ante sus discípulos (Mt 17,1-9). Es a Él al que hay que escuchar. Para vencer las tentaciones, Jesús acudía a la Palabra de Dios. Nosotros tenemos que escuchar la Palabra de Cristo, que es el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne. A través de todas las palabras de Escritura descubrimos la única Palabra, que es el contenido de la revelación de Dios. Esa Palabra es realidad, acontecimiento, fuerza, y sobre todo es una persona. Nuestra vida está orientada hacia una persona y no hacia una realidad abstracta e impersonal. Es la persona de Jesús en la que descubrimos la meta y el sentido de nuestra existencia. En Él se nos manifiesta claramente la figura del hombre creado a imagen de Dios y que fue deformada por el pecado. Es necesario todo un trabajo de restauración para volver a tener la imagen original. Tan sólo Dios puede rehacer esa imagen mediante la acción de su Espíritu.
Celebrar el misterio pascual de Cristo es celebrar nuestro propio misterio, descubrir nuestra realidad más profunda. En Jesús se nos aclara el misterio que somos cada uno de nosotros. Es en Jesús en quien contemplamos el proyecto original de Dios sobre el hombre. Dios nos ha elegido desde toda eternidad en Cristo Jesús para que seamos uno en Él. En Cristo transfigurado descubrimos cuál es la auténtica vocación del hombre. El hombre está llamado a entrar en la intimidad de Dios, que nos concede su propia vida sin romper los límites de nuestra finitud. La meta del hombre es Dios. Sabemos que no podemos alcanzar esa meta, ese sueño de la humanidad de “ser como Dios”, mediante nuestra técnica. Sabemos que es un don de Dios.
Pero para poder acoger ese don de Dios en nosotros hace falta vaciarnos de nosotros mismos, salir de nosotros mismos. Abrahán salió de su tierra, de su parentela y fue a donde Dios le indicó (Gen 12,1-4). Así se convirtió en un gran pueblo y en bendición para todos los pueblos. Dios, origen de toda bendición, asocia a sí a Abrahán para bendecir a todas las naciones. También Jesús tuvo que vivir su propio éxodo, salir de su vida tranquila de Nazaret y embarcarse en la predicación del Reino. Tuvo que caminar hacia Jerusalén y desprenderse de su propia vida para recibir la vida misma de Dios. El creyente sigue a Jesús y su evangelio. Hay que tomar parte en los duros trabajos del evangelio (2 Tim 1,8-10). La vida del cristiano debe estar marcada por la evangelización. Dejarse evangelizar para poder anunciar a Jesús a los demás. . Que la celebración de la eucaristía transfigure nuestra vida a imagen del Señor Resucitado.
luisa_sancho
16-02-08, 18:29:31
Gracias por ayudarnos a prepararnos para la Eucaristía de este domingo.
Lorenzo Amigo
20-02-08, 17:37:24
24 de febrero de 2008
Tercer Domingo de Cuaresma
DAME DE BEBER
Hay encuentros que te cambian la vida. Casi todos los que encontraron a Cristo acabaron cambiados. La persona afortunada de este domingo no tiene nombre, es simplemente una mujer samaritana, una pagana (Jn 4,5-42). A través de la revelación progresiva de la persona de Jesús, llega a la fe que hará de ella una misionera en su tierra.
La irrupción de Jesús en su vida va a producir un profundo remolino en el interior de aquella mujer. Ella va a descubrir que ella es un ser sediento, como la generación del desierto (Ex 17,3-7). Experimenta una sed, que hace que todos los días tenga que ir a buscar agua al pozo y que su sed nunca esté saciada. Al escuchar la promesa de un agua viva, su corazón se abre y ve la realidad de su propia existencia. Una vida sedienta de amor que ha ido consumiendo maridos y ahora vive con uno que no es su marido.
En el diálogo, descubre que Jesús es un profeta y eso le hace dar el salto a la trascendencia, pero ¿dónde encontrar a Dios? ¿Dónde darle culto? Las contradicciones de las opiniones humanas crean una desorientación profunda. Jesús va a ayudarle a ver claro. Dios es Espíritu y hay que adorarlo en Espíritu y verdad. La cuestión ya no es “dónde” sino “cómo”. La sed de nuestra existencia tan sólo puede ser saciada por el Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones el amor mismo de Dios (Rm 5,1-2.5-8).
También ella esperaba la venida del Mesías, del Cristo, que lo aclararía todo. Su sorpresa es mayúscula cuando Jesús se presenta como el Mesías esperado. De pronto su vida cambia. Deja el cántaro y se convierte en misionera para su pueblo. Cuando se ha vivido una gran alegría, uno siente necesidad de contárselo a los demás. Sus paisanos no quieren perderse la oportunidad de encontrarse con el Mesías. Van donde Jesús y lo invitan a quedarse con ellos. También ellos van a creer en Jesús, unos a causa del testimonio dado por la samaritana, otros porque han hecho ellos mismos la experiencia. Ya no sólo han oído hablar de Él sino que han podido escucharlo directamente y descubrir que es el Salvador del mundo.
Ha sido todo un camino progresivo y laborioso el que hizo la samaritana y sus paisanos para llegar a creer en Jesús. Ha sido fundamental para ellos el acogerlo en sus vidas, el escucharlo y el poner sus vidas ante Él. En resumen es el proceso de la fe, que empieza con la sed de Dios que hay en el corazón de cada hombre que le lleva a buscar una respuesta a sus interrogantes. Cuando encuentra alguien que le aclara el misterio de su existencia y le da su Espíritu, uno se fía totalmente de Él y entra en su misterio. La persona de Jesús resulta inagotable. Es el profeta, el Mesías, el Salvador del mundo. Que el encuentro con Jesús en la eucaristía nos haga ir descubriendo progresivamente el misterio de su persona.
Lorenzo Amigo
27-02-08, 12:23:55
2 de marzo de 2008
Cuarto Domingo de Cuaresma
YO SOY LA LUZ DEL MUNDO
El aumento continuo de conocimientos científicos y técnicos no ha traído consigo un crecimiento de sabiduría y de saber vivir. Incluso se va produciendo una cierta ceguera e incapacidad de reconocer los verdaderos valores humanos. La cuarta etapa de nuestro itinerario cuaresmal está centrada en el bautismo como iluminación del corazón y de la mente, de la que habla la carta a los Efesios (5,8-14). La curación del ciego de nacimiento va mostrando las diversas fases de esa iluminación progresiva, desde las tinieblas a la luz. Al principio, no sólo el ciego sino también los discípulos de Jesús, están en la oscuridad. Éstos no comprenden la causa de la ceguera de aquel hombre y se dejan llevar de las opiniones imperantes o de las apariencias (1 Sam 6,1.6-7.10-13).
El milagro pone al descubierto la ceguera de los vecinos del curado, que ya no son capaces de reconocerlo y creen que lo confunden con otro. No sólo los vecinos estaban ciegos sino también sobre todo los fariseos que creen que ven bien. También ellos parecen interesarse por el milagro, pero el relato de lo ocurrido los deja perplejos. Algunos están tan obcecados en sus convicciones legalistas que descalifican a Jesús porque ha curado en sábado. Otros parecen abrirse a la luz y reconocer que un pecador no puede realizar tales milagros. Interrogado el curado sobre la persona de Jesús, empieza a ver claro y lo considera un profeta, un hombre de Dios.
Las autoridades judías, en su obcecación, en su voluntad de negar el milagro evidente, creen que el hombre no era ciego. Para ello llamaron a sus padres. Éstos confirman que era ciego pero no saben cómo ha ocurrido el milagro, o mejor, no quieren saber nada del milagro, pues sería reconocer a Jesús como el Mesías. Esto provocaba la exclusión de la comunidad judía, cosa que ellos no quieren. Por eso se lavan las manos y piden que interroguen directamente al hijo, que es mayor y no necesita que otros respondan por él.
Cerrados en su ceguera, las autoridades inician un segundo interrogatorio del curado, acusando a Jesús de pecador. Es la manera de descalificar su persona y su obra liberadora. El ciego, beneficiario de la obra salvadora, no puede admitir que Jesús sea un pecador. Más bien en el interés de las autoridades por escuchar de nuevo el hecho cree descubrir un deseo de parte de ellas de hacerse discípulos de Jesús. Ellos lo niegan categóricamente y se declaran discípulos de Moisés, el enviado de Dios. El ciego curado sostiene que también Jesús tiene que ser un enviado de Dios porque ha hecho este milagro.
Las autoridades no se dejan dar lecciones de un pecador, castigado por Dios con la ceguera, y lo expulsan de la comunidad. Es entonces cuando es acogido por Jesús, que le pide una fe absoluta en su persona como Hijo del Hombre y Señor. Es lo que el ciego curado confesará, adorándolo como a Dios. De esa manera el ciego ha llegado a la iluminación plena. En cambio los que creen ver no tienen remedio. Están condenados a la ceguera para siempre. Que la celebración de la eucaristía ilumine nuestras vidas con el misterio de Cristo para que también nosotros podamos ser pequeños puntos de luz que indican el camino a los que lo buscan.
Lorenzo Amigo
05-03-08, 16:23:52
9 de marzo de 2008
Quinto Domingo Cuaresma
YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
A pesar de los avances de la medicina, la realidad de la muerte sigue y seguirá presente en nuestro mundo. Pero nosotros creemos que la muerte no tiene la última palabra. La quinta etapa en nuestro caminar cuaresmal anuncia la resurrección de Jesús, anticipada en la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). La vida triunfa sobre la muerte. Por el bautismo hemos resucitado con Cristo (Rm 8, 8-11). La muerte de Lázaro, amigo de Jesús, había sido precedida de una breve enfermedad, de la cual Jesús había tenido noticia por un mensaje enviado por las hermanas del enfermo. Jesús ante sus discípulos relativizó la gravedad de la enfermedad en la que vio una ocasión de manifestar la gloria de Dios.
Cuando finalmente decide ir a verlo, sus discípulos le recuerdan las amenazas que pesan sobre Él de parte de sus enemigos. Eso no parece inquietarle y puede comentar con sus discípulos la muerte de Jesús presentada como un estar dormido. Esa es la visión cristiana de la muerte. Ésta no es un final sino un descanso en espera de la resurrección. Tomás, como buen discípulo, expresa su disponibilidad a morir con el maestro. Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta se lo reprocha a Jesús. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.
También María, la otra hermana, fue al encuentro de Jesús que la llamaba. Le hizo el mismo reproche. Al ver llorar a todos, Jesús se conmovió mostrando claramente el amor que tenía por Lázaro. ¿Es capaz el amor de triunfar sobre la muerte? Uno que hace milagros ¿puede impedir que alguien querido muera?
Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.
El sepulcro se abrió y el muerto salió (Ez 37, 12-14). El milagro se realizó y tuvo como consecuencia el que muchos creyeran en Él. Jesús es el dueño de la vida y de la muerte. Nada va a impedir el que vaya libremente hacia la muerte porque confía que el Padre lo resucitará para siempre. La resurrección de Jesús ha irrumpido con toda su fuerza en nuestro mundo y ha transformado nuestra vida y nuestra muerte al creer en Él. La participación en la eucaristía nos da la garantía de la vida eterna.
María Luisa Potenza
10-03-08, 04:28:03
Agradezco las reflexiones de L.Amigo, por ayudarnos a saborear más la Palabra de Jesús de una manera clara, sencilla y precisa...Agradezco a Andrés el mandarme sus homilías, .
Lorenzo Amigo
12-03-08, 21:25:58
16 de marzo de 2008
Domingo de Ramos
CRISTO SE HIZO OBEDIENTE HASTA LA MUERTE DE CRUZ
Todos hemos tenido nuestros pequeños momentos de triunfo en los que nos hemos sentido rey o reina por un día. Hemos sido el centro de atención de todos, hemos recibido sus aplausos. Al día siguiente todo ha vuelto a la normalidad. Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, por lo demás un tanto desagradable, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.
El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.
Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.
El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. No vio en ella un castigo sino algo providencial en el plan del Padre. La muerte nos libra del peso de la vida y muestra que ninguno es indispensable. Pero Jesús aceptó una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.
Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad.Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra. “Señor” es la traducción del nombre inefable Yahvé. El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. En la eucaristía celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte y el odio.
Lorenzo Amigo
16-03-08, 12:17:13
20 de marzo de 2008
Jueves Santo
LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO
Cuando consideramos que resulta difícil entender una cosa importante, ponemos varios ejemplos para facilitar la comprensión. Nos resulta difícil comprender la muerte de Jesús. Por eso Él hizo dos gestos proféticos, que debían dejar claro el sentido de su muerte. Son la institución de la Eucaristía y el lavatorio de los pies. La Eucaristía actualiza el misterio de su muerte y de su resurrección, pero también el lavatorio de los pies habla de su entrega amorosa y de su servicio a los humildes.
El evangelio de Juan presenta el final de Jesús en conexión con la Pascua (Ex 12,1-14), en sentido de paso, paso de la esclavitud a la liberación (Jn 13,1-15) . Se trata en este caso del paso de Jesús de este mundo al Padre, misterio pascual de nuestra liberación. La vida de Jesús se resume en su amor por nosotros. Ahora va a manifestar el colmo de ese amor con su entrega a la pasión. Ésta comienza con una cena, que en Juan no es la pascua judía, pues es Jesús inmolado la verdadera pascua cristiana. Jesús hace un gesto profético, que pone bien de manifiesto lo que significa el amor. Lo hace a sabiendas de que Judas ha tomado ya la decisión de entregarlo.
El gesto profético es el del lavatorio de los pies de sus discípulos, que tiene como paralelo la institución de la eucaristía en los sinópticos. Ambos gestos significan lo mismo. Es el amor de Jesús manifestado en el servicio humilde, trabajo de siervo, en el que se da la vida por los discípulos. La acción provocó tal sorpresa en Pedro, que quiso oponerse y no dejarse lavar los pies. A pesar de que Jesús le prometió que un día entendería esta acción, Pedro siguió porfiando y sólo se dejó convencer cuando Jesús le amenazó con excluirlo de su compañía. Pedro entonces quiso corregir su metedura de pata y se mostró dispuesto a dejarse lavar también las manos y la cabeza. Jesús le indica que no es necesario, pero al mismo tiempo da a entender la situación irregular de Judas.
Jesús explica el gesto profético e invita a los discípulos a seguir su ejemplo, a hacer lo mismo. Es una especia de memorial como la institución de la eucaristía (1 Cor 11,23-26). Repitiendo el gesto hacemos presente al Jesús, Maestro y Señor de la comunidad, convertido en el servidor de todos. Probablemente es lo que de manera confusa intuía Pedro y no le gustaba nada eso de tener que estar al servicio de los demás.
Pedro manifiesta en este momento la incomprensión típica de los discípulos respecto al mesianismo de Jesús. También en los sinópticos, después de la institución de la eucaristía y del anuncio de la traición de Judas, surge una disputa sobre quién es el más importante (Lc 22,24-30). Jesús pondrá un ejemplo parecido. ¿Quién es el más importante, el que está sentado a la mesa o el que sirve? Pues bien, Jesús ha escogido el puesto del servidor, y ése es el puesto que debe elegir la Iglesia y los cristianos. Los cristianos debemos imitar al Jesús servidor y no tanto querer apropiarnos de sus títulos de Maestro y Señor. Son títulos que le convienen a Él y de los cuales no ha querido hacer ostentación. Ha sido Maestro y Señor en tanto que servidor. Lo mismo la Iglesia será Madre y Maestra en la medida en que sepa colocarse entre los últimos y al servicio de los últimos. Que la celebración de la eucaristía nos haga vivir el amor fraterno como servicio y entrega a los demás.
Lorenzo Amigo
16-03-08, 12:38:04
21 de marzo de 2008
Viernes Santo
MI SIERVO TENDRÁ ÉXITO, SUBIRÁ Y CRECERÁ MUCHO
Muchas realidades de la vida no son fáciles de comprender. Cuando queremos explicarlas tenemos que echar mano del lenguaje figurado. ¿Cómo explicar que la muerte de Jesús es su victoria? Tan sólo la paradoja nos permite acercarnos a este misterio. Ese mismo tiempo de lenguaje había sido empleado en el cuarto canto del servidor de Yahvé, que muestra su humillación y exaltación. Su triunfo seguro aparece anunciado ya por Dios en la primer línea: “mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Isaías 52, 13-53, 12). . Es esta convicción la que anima la pasión de San Juan, en la que la crucifixión es presentada como la elevación del Hijo del Hombre (Jn 18,1-19,42).
Pero antes hay que pasar por la humillación y el sufrimiento (Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9). Un grupo habla meditativamente del servidor y describe sus sufrimientos. Ningún texto del Antiguo Testamento parece anticipar tan claramente la pasión de Jesús. La vida del siervo de Yahvé parece estar marcada por el sufrimiento, el desprecio y el rechazo, ya desde el principio de su misión. Esa especie de coro meditativo se siente vinculado a la figura del servidor y a sus sufrimientos e intenta comprender su sentido, más allá de la explicación tradicional. Ésta ve siempre en la enfermedad y el sufrimiento el castigo del pecado de la persona o de la familia.
También ellos van a descubrir la realidad del pecado, pero no el del servidor, sino el pecado de la comunidad que el siervo ha tomado sobre sí. El siervo sufre no a causa de sus propios pecados sino de los de la comunidad con la cual se ha solidarizado. Dios ha hecho recaer sobre él el castigo merecido por el pueblo con sus pecados. El pecado del pueblo consiste en que hace lo que le da la gana y no presta atención al Señor. Es lo que siempre habían denunciado los profetas, la desobediencia e infidelidad de Israel.
Lo maravilloso del siervo es esa solidaridad con el pueblo pecador y el no oponerse al mal, sino vencer el mal a fuerza de bien. Lo quitaron del medio injustamente y para deshonrarlo para siempre lo enterraron entre los malvados y malhechores. Los enemigos del siervo lo trataron como si fuera un pecador y no comprendieron que el pecado que llevaba sobre sí era el pecado del pueblo. Él era totalmente inocente.
Al final se anuncia su triunfo. En vez de decir que “el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento”, dando la impresión de un Dios sádico, quizás hay que traducir “el Señor aceptó a su siervo triturado por el sufrimiento”. Delante del espectáculo horrible, Dios no lo consideró un pecador al que se rechaza, sino que lo acogió con los brazos abiertos. O simplemente entender que Dios no se opuso milagrosamente a la acción de los enemigos, pero con su amor fue capaz de cambiar el sentido de aquel crimen.
Lo que posibilitaba hacer de aquel crimen un acto de salvación era el hecho de que su siervo había ofrecido su vida en expiación de los pecados, es decir solidario con su pueblo, por el que intercede, pero solidario también con el amor de Dios. Eso explica la maravillosa fecundidad de un acto aparentemente destructivo. Su muerte es causa de vida, salvación y justificación, no sólo para él sino para todo el pueblo.
Lorenzo Amigo
16-03-08, 12:57:11
23 Marzo 2008
Vigilia Pascual de la Resurrección
HA RESUCITADO, COMO HABÍA DICHO
Hasta la muerte y la sepultura de Jesús, intentamos entender lo que pasó, teniendo siempre como punto de referencia la experiencia humana de la vida y de la muerte. Pero ¿cómo comprender la resurrección? Aquí nos fallan los paralelos humanos que quisiéramos aducir. Ninguno de los evangelios narra propiamente lo que pasó en el momento de la resurrección. Mateo es el único que aparentemente intenta una explicación del hecho (Mt 28,1-10). Lo presenta como una intervención de Dios en la historia mediante la figura de un ángel, que provoca una especie de terremoto al correr la piedra de la entrada del sepulcro.
Ante la acción divina, tanto los guardias como las mujeres quedan presos de pánico. El ángel trata de tranquilizar tan sólo a las mujeres, que son las destinatarias del mensaje celeste. Se proclama el mensaje cristiano: el crucificado, que buscan las mujeres, no está allí sino que ha resucitado, según lo había anunciado. Es, por tanto, un hecho que no debiera sorprenderlas. Ellas mismas pueden constatar que no está en el sitio donde yacía.
El ángel confía a las mujeres el anuncio de la resurrección a los discípulos. Éste contiene no sólo el hecho de la resurrección sino también su interpretación. Jesús tiene de nuevo la iniciativa. El resucitado, presente en la historia, les da cita en Galilea para encontrarse con ellos allí. También las mujeres deben recordar a los discípulos que todo esto había sido ya anunciado por Jesús y, por tanto, es la confirmación de sus palabras.
Las mujeres, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a dar la buena noticia a los discípulos. Para ellas había sido suficiente el escuchar el anuncio de la boca del ángel. Pero, de pronto, van a tener la confirmación al ver a Jesús que vino a su encuentro. Su saludo es una invitación a la alegría, como en otras apariciones es un deseo de paz. Paz y alegría es el saludo cristiano, fruto de la buena noticia de la resurrección del Señor.
Las mujeres, postrándose ante Él y abrazándole los pies, muestran su temor reverencial ante su persona. Por eso Jesús tiene que tranquilizarlas. Les da el mismo encargo que el ángel para sus discípulos, aquí llamados “hermanos”; les cita en Galilea. ¿Por qué en Galilea? Jesús había empezado su ministerio en Galilea. Allí había llamado a sus discípulos. La muerte había interrumpido aparentemente su misión. Ahora les va a mostrar que la misión continúa.
Empieza la misión de los discípulos, pero el Señor va a estar con ellos hasta el fin de los tiempos. No se trata simplemente de que la causa de Jesús sigue adelante, porque su mensaje sigue vivo, aunque desaparezca el mensajero divino, sustituido ahora por sus seguidores. No. El mensaje de Jesús se identifica con su persona. El Evangelio no es una doctrina, es la realidad de Jesús muerto y resucitado. Jesús está vivo y eso es lo que hace que su Evangelio siga siendo una fuerza de salvación para el que cree en él, en Jesús. Que en la celebración de la eucaristía experimentemos la presencia del Señor resucitado que nos envíe a anunciar esta Buena Noticia.
Lorenzo Amigo
16-03-08, 18:21:00
23 de marzo de 2008
Domingo de Resurrección
DIOS LO RESUCITÓ AL TERCER DÍA
Muchas veces nos cuesta entender la manera de actuar de una persona. De pronto sorprendemos en ella un hecho que nos hace ver claro todo. A lo mejor otras personas ni se enteran. Es lo que les pasó al discípulo amado y a Pedro cuando vieron la tumba vacía (Jn 20, 1-9). De pronto, al discípulo Amado se le revelaron las Escrituras que decían que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Pedro, en cambio, ante el mismo hecho, permaneció perplejo. Con la venida del Espíritu también Pedro comprenderá y será capaz de formular el llamado kerigma, es decir núcleo de la predicación apostólica sobre Jesús de Nazaret, muerto y resucitado (Hechos 10, 34-43).
La resurrección supone al mismo tiempo una ruptura y una continuidad. Como ruptura introduce algo nuevo en la persona de Jesús y en la comunidad de los discípulos. Tan sólo la resurrección permitió a los apóstoles superar el escándalo de la cruz en la que se quebró la historia del Maestro. La resurrección es presentada como un contraste entre la acción de Dios y lo que habían hecho los hombres con Jesús. Los hombres lo mataron colgándolo de un madero. Dios, en cambio, lo resucitó. La cruz lo mostraba como blasfemo y enemigo de Dios. La resurrección presenta a Jesús como el Hijo de Dios, siempre fiel a la voluntad del Padre.
La resurrección justificaba la vida y la actuación de Jesús como anunciador del Reino y la imagen que presentaba de Dios Padre. Al mismo tiempo mostraba que las pretensiones de Jesús durante su ministerio eran totalmente justificadas. Él va a ser el mediador de la salvación de Dios, la salvación misma. Por eso a la luz de la resurrección los apóstoles leen el ministerio de Jesús que había comenzado en Galilea con su bautismo. El bautismo lo había ungido con la fuerza del Espíritu Santo y lo había capacitado para realizar la misión que el Padre le encomendaba. Se resume en hacer el bien curando a los oprimidos por el diablo. Eso fue posible porque Dios estaba con Él. Le acompañó siempre en su misión y no lo abandonó ni siquiera en el momento de la crucifixión.
Los apóstoles habían sido testigos de todos los acontecimientos de la vida de Jesús, durante su vida mortal, pero también después de resucitado, pues reanudó su trato con ellos. Ha sido esa experiencia, presentada como apariciones del resucitado, la que hace de ellos testigos cualificados. Por eso pueden ahora dar testimonio válido de lo que Dios ha realizado en Jesús. La resurrección consiste en la exaltación del crucificado, que ha sido nombrado juez de vivos y muertos. De esa manera se indica que Jesús pertenece ya al ámbito de Dios, juez de la historia.
El testimonio apostólico concuerda con el testimonio de las Escrituras, que prometían el perdón de los pecados a los que creen en Cristo. Ése era el don escatológico, esperado para el final de los tiempos, junto con el don del Espíritu. Todo ello se realizó en la resurrección de Jesús, que inaugura los tiempos finales de la historia. La celebración de la Eucaristía anuncia la muerte y resurrección de Jesús y nos permite esperar su retorno glorioso.
Lorenzo Amigo
24-03-08, 12:11:29
30 de marzo de 2008
2 Domingo de Pascua
TOMÁS NO ESTABA CON ELLOS CUANDO VINO JESÚS
Son muchos los que dicen “yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia”. Desde luego no se cree de la misma manera en Jesús, Hijo de Dios, que en la Iglesia, que es una realidad, sin duda divina, pero al mismo tiempo humana. No creemos propiamente en la Iglesia sino que creemos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Pero los que dicen que no creen en la Iglesia niegan efectivamente que la Iglesia sea necesaria para encontrarse con Cristo. Creen que cada uno puede encontrarse por libre con Él y por eso se han alejado de la vida de la comunidad cristiana. Tomás fue el primero que empezó a faltar a las reuniones de la comunidad y por eso se perdió el encuentro con el resucitado. Tan sólo cuando se integró en la vida de la comunidad pudo también él encontrarse con Cristo. Es en el seno de la comunidad donde somos formados a semejanza de Cristo. El P. Chaminade era bien consciente de ello y se propuso crear unas comunidades de fe, animadas por el espíritu de María.
La vida de la comunidad cristiana de Jerusalén, al principio, no se distinguía de la de los judíos, aunque tenía elementos propios, que le fueron dando su identidad particular (Hechos 2,42-47). Los apóstoles jugaban un papel especial en la animación de la comunidad. Lo más probable es que en los primeros tiempos, la enseñanza de los apóstoles consistiese en transmitir las palabras del Jesús terrestre, ante todo las relacionadas con el significado de su destino a la luz de la Pascua. La comunidad se convierte así en una escuela del seguimiento de Jesús. La comunidad de bienes muestra que la comunión eclesial no era puramente espiritual. No es que hubiera una especie de caja común, sino que más bien los ricos ponían sus bienes a disposición de los apóstoles para que los distribuyeran a los necesitados.
La fracción del pan o eucaristía existió desde el principio de la comunidad que hace memoria del Señor muerto y resucitado en espera de su retorno. No hubo Iglesia sin eucaristía sino que se constituye en su celebración. En la Iglesia primitiva la eucaristía estuvo asociada a una comida ritual. Ésta última será suprimida ya en tiempo de San Pablo por los abusos que se producían en su celebración. Además de participar en las oraciones en el templo, los cristianos fueron creando sus oraciones, himnos y cánticos propios en los que expresan el misterio cristiano y una manera particular de rezar a Dios por Cristo en el Espíritu.
Los prodigios y las señales que realizaban los apóstoles producen en el ambiente un temor reverencial. Como Jesús, los apóstoles son personas carismáticas dotadas de poderes taumatúrgicos. A través de los milagros realizados se hace manifiesto que el Reino de Dios está llegando a los hombres. Cada vez más personas se van incorporando a esa comunidad de los salvados. Sin duda fue la fuerza de Dios la que sostuvo aquella pequeña comunidad en medio de las pruebas que tuvo que pasar (1Pedro 1, 3-9).
Esta comunidad, verdadera levadura en la masa, mantiene vivo el recuerdo de Jesús y actúa como alternativa y contraste a otras formas de organizar el mundo y la sociedad. Sin duda que su distintivo fue el amor cristiano en la perspectiva del sermón de la montaña. Un amor que derriba barreras y que llega incluso a amar al enemigo. Así se convierte en una instancia a la vez crítica y transformadora de la realidad. Demos gracias a Jesús en la eucaristía porque nos ha regalado la Iglesia en donde lo encontramos siempre vivo y actuante.
Lorenzo Amigo
02-04-08, 21:08:33
6 de abril de 2008
3 Domingo de Pascua
NOSOTROS ESPERÁBAMOS QUE ÉL FUERA EL FUTURO LIBERADOR
En el inicio de la transición muchos tuvimos la esperanza de que con el cambio político vendría también una transformación social y religiosa de nuestra fe cristiana. Se habían empezado ya a notar los efectos del Concilio en nuestro país. Desgraciadamente aquellas expectativas no se han realizado sino que la situación ha seguido otros derroteros distintos, quizás ni mejores ni peores de lo que esperábamos. O más bien, en algunos aspectos el cambio experimentado ha satisfecho muchas de las esperanzas, mientras ha creado también grandes frustraciones, sobre todo en la práctica comunitaria de la fe cristiana.
A los desesperanzados les viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 4,13-35). Es verdad que han pasado ya tres tipos de gobierno y la situación de la práctica cristiana, en vez de mejorar, parece empeorar cada vez más. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Es verdad que nuestra historia, en vez de ser maestra de la vida y ayudarnos a no repetir los mismos errores, parece condenada a repetirse. Por eso es necesario que Jesús nos explique de nuevo su propia historia y la de sus seguidores.
Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Esa fidelidad hace, como dice San Pablo, que “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).
Esa fidelidad al Señor nos debe llevar a continuar haciendo memoria suya, a no traicionar el evangelio con componendas humanas. Para mantener viva su memoria son necesarias comunidades que celebran al Señor resucitado y que siguen proclamando su muerte y su resurrección. Ese anuncio continúa siendo peligroso y subversivo, frente a todos los intentos de acallar la vida y el mensaje del Señor Jesús. El que se le abran los ojos a algunos de nuestros compañeros de viaje no depende de nosotros sino de la fuerza misma de la Palabra de Dios, que es capaz de caldear los corazones. Por eso son necesarios espacios donde se puede escuchar esa palabra que puede dar la esperanza a tantos desilusionados de la vida, empezando por tantos cristianos que han perdido su entusiasmo de antes.
Seguir hablando de lo que ocurrió en Jerusalén y de lo que Dios hizo a favor de los hombres, resucitando a Jesús de entre los muertos, es la manera de mantener viva la llama de la fe que puede prender en el corazón de tantos que buscan un sentido para su vida. Que la celebración de la eucaristía nos permite reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.
Lorenzo Amigo
07-04-08, 17:52:14
13 abril 2008
Cuarto Domingo de Pascua
YO HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA
Hace cincuenta años, las aventuras de los misioneros llenaban la imaginación de los niños. Ahora desgraciadamente otro tipo de aventuras violentas se están acaparando de la mente y del corazón de los pequeños. En la medida en que nuestras comunidades van perdiendo el sentido misionero, su vida se va empobreciendo y cada vez es más difícil que surjan vocaciones al servicio de las comunidades. El Papa ha querido recordarnos este año que las vocaciones están al servicio de la Iglesia-misión. El P. Chaminade lo repetía constantemente a sus discípulos: “Todos sois misioneros”.
El punto de partida es siempre la situación del mundo y estado de abandono en que se encuentran tantas personas, descarriadas como ovejas, esperando poder encontrar al pastor y guardián sus vidas (1 Pedro 2,20-25). Pedro aprendió del Maestro el oficio de pastor e intenta orientar las personas hacia Cristo para que tengan vida, viviendo en una comunidad de creyentes (Hechos 2,14a.36-41).
Era lo que Jesús había anunciado con dos parábolas, la del pastor y la de la puerta. En ellas se presenta como pastor del rebaño y la puerta de la majada donde pasa la noche el rebaño (Jn 10,1-10). En este caso el pastor de las ovejas es una persona diferente de la del guardián nocturno. Éste conoce sin duda al pastor y le abre la puerta de la majada. En la Biblia, tanto el pastor como el guardián de Israel es el mismo Dios. Con esta imagen se evoca sobre todo el éxodo y la travesía del desierto. Dios apacienta a su pueblo mediante pastores humanos.
Pero no todos los pretendidos pastores lo son de verdad. Los hay auténticos bandidos y ladrones. Éstos no entran por la puerta sino que, sin que se dé cuenta el guardián, escalan los muros para penetrar. Pero las ovejas no les han hecho caso porque han sentido una voz extraña, no conocida. Sólo Jesús es el verdadero pastor del rebaño. Él ha entrado verdaderamente por la puerta y no a hurtadillas. Las ovejas han escuchado su voz y él las conoce personalmente por su nombre y las saca fuera. Luego camina delante de ellas y las ovejas lo siguen. Existe una intimidad total entre las ovejas y el pastor.
Los oyentes parece que no entendieron de qué hablaba Jesús al presentarse como el pastor de su pueblo. Entonces quiso ser más explícito y añadió la parábola de la puerta. Jesús se había presentado como el buen pastor frente a todos los que habían venido antes, a los que considera ladrones y bandidos, que no han entrado por la puerta del aprisco, con conocimiento del guardián de las ovejas. Jesús es la puerta y los demás no han entrado por ella. Jesús ve en los pastores anteriores tan sólo salteadores que han sacado las ovejas por los muros para robarlas y degollarlas. Todos los pretendidos pastores de Israel, las autoridades político-religiosas, han obrado de propia iniciativa sin el consentimiento divino. Han irrumpido en el rebaño de Dios tan sólo para hacer destrozos.
Jesús es la verdadera puerta. Tan sólo a través de Él tenemos acceso a la majada de Dios. Las ovejas que salen y entran a través de Él, que es la puerta, se salvan y encuentran pastos, encuentran la vida. Jesús ha venido para que tengamos vida en abundancia. Tan sólo Él, enviado del Padre, puede darnos la verdadera vida. Él nos alimenta con el pan de su palabra y con el sacramento de la eucaristía.
Lorenzo Amigo
16-04-08, 19:01:50
20 de abril de 2008
5 Domingo de Pascua
YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
Algunos dicen que no sabemos qué hay después de la muerte, en el más allá, por que de allí nadie ha venido a contarnos nada. Otros hacen referencia a ciertas experiencias de personas en coma que vieron una gran luz y experimentaron una gran paz y bienestar. Los cristianos sabemos qué es lo que hay porque Jesús vino de parte del Padre a revelarnos la vida eterna y a indicarnos el camino hacia ella. Él mismo nos precedió para prepararnos allí una morada en la casa del Padre (Juan 14,1-12).
El apóstol Tomás se hizo el portavoz de todos los inquietos y declaró que no conocíamos el lugar de destino y por tanto tampoco el camino. Jesús hizo entonces la gran revelación que despeja todas nuestras dudas e incógnitas. Él es el camino, la verdad y la vida. Queda claro que nuestro destino es el Padre. La única vía de acceso es Jesús mismo. Lo es porque Jesús es la revelación del Padre, la verdad. En Él se nos desvela el misterio de Dios, que es a la vez el misterio del hombre, el misterio de su amor por nosotros.
Al revelársenos en Jesús la verdad auténtica del hombre, Él es la vida, la vida eterna. La persona de Jesús es pues la respuesta a todas nuestras preguntas e inquietudes. Como Él, también nosotros venimos de Dios y vamos a Dios con Cristo Jesús. Conocer íntimamente la persona de Jesús es conocer amorosamente la persona del Padre. La única manera de conocer al Padre, de tener trato íntimo con Él, es la persona de Jesús.
Pero de nuevo se manifiesta el despiste de los discípulos, en este caso de Felipe. Éste pide simplemente que le muestre a Dios y todo lo demás sobra. Jesús se da cuenta de que su vida y enseñanzas han ayudado poco a los discípulos. Todavía no han sido capaces de descubrir en su persona la persona del Padre. No se han dado cuenta de que la persona de Jesús tan sólo se entiende a partir de Dios, como revelación definitiva de Dios. Los discípulos hubieran debido darse cuenta de que a través de Jesús era el Padre el que estaba hablando con ellos. En la persona de Jesús era el Padre el que estaba actuando, realizando aquellas obras maravillosas y sobrehumanas.
Esta unión indisociable entre Jesús y el Padre implica también la unión entre Jesús y el creyente. Éste hará las mismas obras de Jesús, y aún mayores, pues Dios actuará en él, al irse Jesús al Padre. La gran obra de Jesús se prolonga en la Iglesia, una Iglesia carismática y ministerial, sobre todo al servicio de los necesitados (Hechos 6,1-79. En ella todos somos miembros activos, que contribuyen a su edificación para el bien del mundo (1Pedro 2,4-9). La Iglesia, para ser creíble, tiene que seguir realizando las mismas obras de liberación que hizo Jesús durante su vida mortal. Él actúa hoy a través de los creyentes que somos sus colaboradores en la obra de salvación de los hombres. De manera especial la Iglesia se construye en torno a la eucaristía porque en ella hacemos presente la salvación de Dios que irrumpe constantemente en la historia de los hombres.
Lorenzo Amigo
23-04-08, 21:12:11
27 de abril de 2008
6 Domingo de Pascua
NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS
Se ha hablado a veces de la orfandad espiritual de nuestro tiempo. No por la falta de los padres, que a veces están poco presente en la vida de los hijos, sino sobre todo por la falta de personas que puedan servir de puntos de referencia. En realidad la cultura actual rechaza cualquier punto de referencia normativa. Los discípulos experimentaron la ausencia de Jesús, arrebatado por la muerte en la cruz. Se encontraron desvalidos en la situación de un huérfano menor de edad (Juan 14,15-21).
La resurrección suponía la reivindicación de Jesús por parte del Padre frente a la condena de las autoridades judías. Pero ellos continuaban a estar solos pues Jesús se había ido al Padre. Surgió así una anhelante espera del retorno de Jesús, que vendría a recogerlos para llevarlos consigo al Padre. Esa espera se fue alargando demasiado pero les permitió descubrir que no se encontraban solos, que Jesús había vuelto a ellos en la persona del Espíritu que les había enviado desde el Padre.
Durante la presencia terrena de Jesús, éste era su defensor y consolador. Ahora será el Espíritu el que asuma esa misión. Se sigue suponiendo que los discípulos y seguidores de Jesús se encuentran en situaciones difíciles y conflictivas en las que es necesario la ayuda, la defensa y el consuelo. Todo eso lo hace el Espíritu. Él es el Espíritu de la verdad, frente al espíritu del error en que yace el mundo. La verdad se abre camino por sí sola. Es el Espíritu el que irá reivindicado ante el mundo la persona de Jesús y su causa, ahora vivida por sus discípulos.
Esta venida de Jesús en su Espíritu es una venida íntima, que acontece en el profundo del ser de la persona. No es un acontecimiento ostentoso visible para todos, aunque acontecía a través de la imposición de manos de los apóstoles (Hechos 8,5-8.14-17). Es el misterio de la inhabitación de la Trinidad en nosotros porque donde está el Espíritu están también el Padre y el Hijo. Se trata por tanto de esa presencia amorosa de Dios en nosotros que anticipa nuestra presencia definitiva ante Dios en la gloria.
Esta presencia de Dios en nosotros es fruto del amor a Cristo. El que ama a Cristo es amado por Dios. El amado está presente en el corazón del amante. Se trata de una presencia real, consoladora y transformadora de la vida (1Pedro 3,15-18). Así el creyente va cambiándose desde el interior, asimilándose cada vez más a la persona amada. Nos vamos transformando en Dios por la acción del amor de Dios.
Esta presencia de Dios no es un vago sentimiento. Es una realidad que se traduce en lo concreto de la vida. No existe amor a Jesús sin la observancia de sus mandamientos, sobre todo del mandamiento del amor fraterno. Al que ama, Jesús se le va revelando poco a poco a través de la acción de su Espíritu y lo va introduciendo en el misterio de Dios. En la celebración de la eucaristía el Espíritu es el que transforma nuestras ofrendas del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo y el que reúne a la Iglesia extendida por toda la tierra. Pidamos que también nosotros podamos experimentar su acción transformadora en nuestras vidas.
lORENZO:MUCHAS GRACIAS POR TUS COMENTARIOS. sON MUY INTERESANTES Y
ME SIRVEN PARA PROFUNDIZAR EN ALGUNOS ASPECTOS DEL EVANGELIO. cREO QUE SOLICITÉ ME MANDASEN SUS COMENTARIOS, PERO AÚN NO LOS HE RECIBIDO. pUEDES CONTAR CON UN ASIDUO VISITANTE. tRATO DE BUSCAR UN MAYOR CONOCIMIENTO INTERNO DE jESÚS. sIEMPRE ENCONTRAMOS ALGUNA NOVEDAD. zAQUEO.
Lorenzo Amigo
29-04-08, 12:18:04
4 de mayo de 2008
La Ascensión del Señor
YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS
Algunas películas y obras literarias se presentan ya desde el principio como trilogías o incluso auténticas series. Se trata de aprovechar el tirón que ha tenido la primera de ellas. Estas obras terminan siempre de manera abierta, sin matar al protagonista, para poder seguir sacando partido de él. El evangelio es una obra literaria en la que se presenta la historia y la muerte del protagonista, pero curiosamente termina en forma abierta. El protagonista da un mandato a sus amigos de continuar su obra y promete estar siempre con ellos ( Mt 28, 16-20). Se nos anticipa así la historia de la Iglesia en la que sigue vivo el Señor resucitado. La llamada ascensión es la exaltación del crucificado, al que Dios hace justicia, sentándolo a su derecha. Estando con Dios, no se ha alejado de la historia humana, sino que está más presente que nunca pues ya no existen para Él las barreras del espacio y del tiempo ( Ef 1,17-23).
No hay pues ruptura sino continuidad entre Cristo y su Iglesia, presente ya en su vida pública en la persona de sus discípulos, que reciben el testigo y lo van pasando a las generaciones venideras. Entramos en el tiempo de la misión, en el que no se puede estar mirando al cielo sino que hay que anunciar el evangelio (Hechos 1,1-11). La persona de Jesús se convierte en la clave de la historia universal y de cada una de las personas. En la acogida o el rechazo de Jesús cada uno se juega su destino. La Iglesia se siente por tanto investida de una misión muy seria. Está en juego nada menos la salvación o la perdición de las personas.
La Iglesia contempla la humanidad con el mismo amor de Dios Padre que tanto amó al mundo que le dio su propio Hijo, no para condenar al mundo sino para que se salve. La Iglesia quiere ser instrumento de salvación al servicio del mundo. En ella se anticipa esa salvación que es Cristo. La salvación no se refiere solamente a la otra vida, o a la vida del alma, sino que tiene que ver con la totalidad de la persona que experimenta ya ahora lo que significa ser salvada. Sin duda estamos salvados en esperanza, pero tenemos ya la garantía de lo que será la realidad definitiva que contemplamos ya en Cristo exaltado a la diestra del Padre.
La celebración de la Ascensión no puede menos que provocar una alegría en todos nosotros por el triunfo de Cristo, nuestro hermano, que ha coronado ya la existencia. Sin duda, su partida entristeció a los apóstoles como se entristece la familia que ve que el hijo tiene que ir a otra ciudad porque ha obtenido allí un buen puesto. Pero al mismo tiempo se alegra por él y con él. Es lo que hacemos nosotros. Nos alegramos con Cristo y por Cristo, sobre todo en este caso porque El no se ha ausentado de nosotros. En realidad Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. No se trata de una presencia puramente estática, como la del espectador que contempla impasible la historia humana. Se trata de una presencia dinámica comprometida con el futuro de la historia del hombre. Es la misma presencia de Dios que dijo: “yo soy el que soy”. Es una presencia que se muestra actuante en la historia, colaborando con el hombre, para llevarla a su plenitud.
Que la celebración de la eucaristía nos lleve a desear vivir con la mirada puesta en nuestra patria definitiva, siendo agentes de esperanza en nuestro mundo.
Lorenzo Amigo
07-05-08, 17:49:52
11 de mayo de 2008
Domingo de Pentecostés
CADA UNO LOS OÍMOS HABLAR EN LA PROPIA LENGUA
La diversidad de lenguas constituye una gran riqueza cultural y al mismo tiempo una gran barrera para la comunicación. Desgraciadamente, incluso cuando se habla la misma lengua, no está garantizada de por sí la comprensión entre las personas. Las diferencias culturales hacen que las mismas palabras e incluso conceptos signifiquen cosas muy distintas según los diversos contextos. Hoy día experimentamos una gran dificultad a la hora de transmitir la fe cristiana. Su lenguaje muchas veces se ha hecho ininteligible para el hombre de hoy. Pero no sólo el lenguaje, sino también el tipo de experiencia que comporta la fe cristiana. ¿Cuál es el lenguaje de la fe que puede entender todavía el hombre de hoy? Sin duda el lenguaje de las obras de misericordia, el lenguaje del amor y de la caridad. Es el lenguaje que entiende hasta el bebé.
Es precisamente el Espíritu Santo, el Espíritu del amor del Padre y del Hijo, enviado a la Iglesia el que hizo posible que la fe cristiana fuera comprensible para la diversidad de pueblos y culturas extrañas a la tradición judía, de la que procedían Jesús y sus discípulos. El Espíritu hizo el milagro (Hechos 2,1-11). Él da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús. Él abre el corazón y los oídos de los presentes para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz.
La Iglesia nace de la proclamación del Evangelio, del anuncio de Jesús. No es que primero existe la Iglesia y después empiece a predicar. La Iglesia tan sólo existe en la medida en que anuncia y hace presente a Jesús en el mundo mediante su palabra y sus obras. Esta acción no es una simple acción humana sino que es el mismo Dios el que está actuando mediante su Espíritu. No es que la Iglesia tenga el monopolio del Espíritu, que “sopla donde Él quiere”, pero podemos decir que en la Iglesia actúa con una intensidad especial.
En la comunidad eclesial todos somos protagonistas, porque todos hemos recibido el don del Espíritu, es decir, sus carismas (1 Cor 12,3-13). No tenemos que pensar sólo en dones extraordinarios, como el hablar lenguas extranjeras sin estudiarlas o hacer curaciones. Todos los dones y talentos que tenemos, sean de salud, de inteligencia, de arte y de bondad son dones del Espíritu. Cuando los reconocemos y los empleamos al servicio de la construcción del cuerpo de Cristo y de la comunidad humana, esas cualidades son verdaderos carismas. Cuando, por el contrario, las utilizamos para el provecho propio, para imponernos a los demás, las cualidades siguen siendo dones de Dios, pero no las usamos como Dios quiere.
Nosotros experimentamos que el Espíritu está presente en nosotros porque sabemos que nuestros pecados han sido perdonados ya en nuestro bautismo, antes de que nosotros pudiéramos hacer nada de bueno (Jn 20,19-23). El perdón de Dios ha sido el gran signo de su amor y ha tenido lugar con el don del Hijo y del Espíritu. Éste derrama en nuestros corazones el amor de Dios. Pidamos en esta Eucaristía que el Espíritu sigue renovando su Iglesia para que sea siempre joven y promueva iniciativas nuevas según las necesidades de estos tiempos.
Lorenzo Amigo
13-05-08, 12:06:23
18 de mayo de 2008
La Santísima Trinidad
SEÑOR, DIOS COMPASIVO Y MISERICORDIOSO
Desgraciadamente para muchos cristianos el misterio de la Santísima Trinidad sigue siendo eso, un misterio, no en el sentido de la fe, sino más bien como se utiliza en la literatura. El misterio es algo intrincado que hay que descubrir. En este caso no hay ninguna esperanza de explicar ese misterio de un solo Dios y tres personas. En realidad el misterio de la Trinidad no es otra cosa que el misterio del amor de Dios, que nos envuelve y acompaña, que se nos manifiesta y se nos da a lo largo de la historia de la salvación.
Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad y algunos como Moisés pudieron experimentar esa amistad de Dios que se manifiesta como el Dios de la Alianza, que crea una familiaridad de Dios con su pueblo (Ex 34,4b-6.8-9). Es un Dios compasivo, de entrañas maternales, a la vez padre y madre. San Ireneo dirá que Dios actúa en el mundo mediante el Verbo y el Espíritu, que son las dos manos de Dios. La Palabra creadora es una mano masculina. El Espíritu de amor es la mano de Dios que da un toque femenino a todo lo que Dios hace.
Ha sido el Hijo, enviado por el Padre, el que nos ha revelado el misterio de la Trinidad, el misterio del amor de Dios. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo (Jn 3,16-18). Dios ha enviado su Espíritu a nuestros corazones y con Él su amor, de manera que podemos participar en la vida misma de Dios. Desde esta realidad podemos incluso releer el Antiguo Testamento y descubrir varia figuras, como la Sabiduría y el Espíritu de Dios, que anuncian al Hijo y al Espíritu. Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad, después de haber ido preparando pacientemente a su pueblo para que pudiera acoger esa revelación.
Dios no es un ser aislado encerrado en sí mismo. Es una comunidad de personas que mantienen entre ellas una serie de relaciones de amor, que traducimos con nuestras experiencias humanas de Padre, Hijo y Espíritu. La persona es apertura, es relación y se constituye y realiza sólo en la relación. El Padre se da totalmente al Hijo. El Hijo acoge este don y lo devuelve al Padre. Y en ese dar y recibir se constituye el Espíritu como el lazo de amor entre el Padre y el Hijo.
Es el misterio de la Trinidad el que ilumina el misterio que somos cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Tampoco el hombre es un ser aislado, cerrado en sí mismo, sino que somos una apertura a los demás. Nos constituimos y realizamos como personas, precisamente en relación con los demás, sobre todo en esa relación privilegiada que es el amor y que consiste en dar y recibir.
Todos nosotros tenemos la capacidad de dar vida y amor, de salir de nosotros mismos para buscar el bien de los demás porque estamos hechos a imagen del Padre. Pero también somos capaces, como el Hijo, de acoger el don de los demás, su intimidad. Y en ese compartir nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, se constituye la comunidad humana y eclesial, verdadera familia de Dios. En ella el Espíritu anima la misión, haciendo que no nos quedemos encerrados en nosotros mismos como Iglesia sino que sea siempre una Iglesia misionera abierta y orientada hacia el mundo para salvarlo, para convertirlo en Reino de Dios. Eso es lo que queremos vivir en esta Eucaristía.
Lorenzo Amigo
21-05-08, 19:13:02
25 de mayo de 2008
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
TODOS COMEMOS DEL MISMO PAN
Vivimos en un país de la abundancia. Nadie recuerda o quiere recordar los años del hambre o de la escasez. Hoy se rinde un verdadero culto al placer de la buena mesa. Las imágenes de los países donde se pasa hambre nos inquietan, pero no hacen que cambiemos nuestro ritmo de vida.
El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano, que nosotros seguimos pidiendo al Señor (Deut 8,2-3.14b-16). No debe sobre todo olvidar que el hombre no vive sólo pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Además del hambre física, existen otras necesidades que saciar si queremos realizar la vocación humana. Como el hombre está destinado a vivir la vida de Dios, tiene que alimentarse de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.
Los alimentos humanos no pueden garantizar una vida sin fin. Tan sólo un alimento espiritual puede darnos la vida eterna. Jesús prometió ese alimento y declaró que era su persona. Un hombre acosado, condenado a muerte, en vez de resistirse o de maldecir a sus enemigos, se entrega libremente en sus manos, da la vida por los demás. Y anticipa esa donación en ese gesto genial que es la eucaristía, instituida en la Última Cena. Jesús nos alimenta con su persona, su vida y su palabra. Nos alimenta incorporándonos a sí y haciendo que circule por nosotros su misma vida. Esa vida que Él ha recibido del Padre, una vida divina que dura para siempre (Juan 6,51-58).
Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.
La Eucaristía es sacramento de comunión. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros.
Todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios (1Cor 10,16-17). La vida humana nace y se desarrolla en el seno de la familia. Que la celebración de la eucaristía construya nuestra Iglesia como Familia de Dios, comunión de personas que tienen la misma vida y comen en la misma mesa el mismo alimento.
Lorenzo Amigo
28-05-08, 21:33:37
1 de junio de 2008
9º Domingo Ordinario
EDIFICAR LA CASA SOBRE ROCA
Las oleadas sucesivas de secularización están suponiendo serios embates contra el cristianismo en los países occidentales. En todos ellos la Iglesia ha experimentado una pérdida de relevancia, pero de ninguna manera ha perdido su capacidad de seguir acompañando proféticamente la vida de las personas y los pueblos. La transición española nos ha ayudado a ver sobre qué tipo de cimientos se asentaba el edificio del nuestro catolicismo. A mi parecer, esos cimientos son suficientemente sólidos como para garantizar el futuro de la fe cristiana. Sin duda no todo en ellos era roca firme sino que también había arena, que se ha ido desparramando con las tormentas que han sobrevenido durante estos años (Mt 7,21-27).
Es fácil ver que la solidez del fundamento viene ante todo de una adhesión personal de fe a Dios y a Jesucristo. Es fruto de la escucha de la Palabra de Dios que el Vaticano II nos ha ofrecido en toda su riqueza. A través de la Palabra descubrimos la voluntad de Dios y la ponemos en práctica. Sin este poner por obra no existe auténtica fe bíblica. Precisamente la palabra fe en la Biblia tiene que ver con la firmeza del fundamento que ofrece confianza y sobre el cual se puede construir la propia vida.
El hombre para actuar necesita garantías de que esa acción tiene sentido y puede alcanzar su fin. De lo contrario permanecemos siempre en la duda sin saber qué partido tomar. La acción nos lleva a tener que decidir, que elegir entre la bendición y la maldición (Deut 11,18.26-28.32). La bendición está asociada a la obediencia a Dios. La maldición viene cuando se abandona al Dios vivo y se va tras los ídolos del tener, del poder y del placer. Aunque existe una opción fundamental que orienta decididamente nuestra vida en un sentido, cada día debemos renovarla para que despliegue toda su energía.
Esa fe vivida cada día forma parte de la vida de los cristianos que siguen celebrando su fe comunitariamente y tratan de empeñarse individual y comunitariamente en la transformación del mundo. El edificio cristiano, fundado sobre Cristo, Palabra hecha carne, mantiene su solidez en la medida en que todos nos incorporamos a Él como piedras vivas, encarnando los valores evangélicos (Rom 3,21-25a.28). Poner otro fundamento diferente de Cristo es condenarse al fracaso. Creer en Cristo es la clave de la justificación y reconciliación del hombre con Dios.
Las arenas movedizas estaban y siguen estando presentes en nuestro catolicismo en la medida en que seguimos identificando la fe cristiana con doctrinas puramente teóricas, con ritos vacíos de sentido profundo, con un moralismo opresivo. Estos tres elementos forman casi siempre parte de un cristianismo convencional y religioso que responde más o menos a las necesidades religiosas del individuo y de la sociedad. Característica fundamental de esa religiosidad es la ausencia de un actuar que transforme la vida de las personas y de los grupos. Ese actuar cristiano brota sin duda de la nueva vida del Señor resucitado que sigue presente en la Iglesia y en cada uno de los creyentes. Que la celebración de la eucaristía haga de Jesús el fundamento de nuestras vidas.
Lorenzo Amigo
04-06-08, 17:58:25
8 de junio de 2008
10 Domingo Ordinario
QUIERO MISERICORDIA, Y NO SACRIFICIOS
La imagen de la Iglesia que nos presentan ciertos medios de comunicación es, sin duda, una caricatura, pero no cabe duda que ésta exagera algunos rasgos que existen en la realidad. La Iglesia la identifican sobre todo como la jerarquía. Ésta parece empeñada en defender posiciones culturales del pasado en el que ella misma dictaba a las personas las normas morales de conducta. Parece no darse cuenta de que las costumbres morales cambian con los tiempos y que las personas hoy no admiten que otras les digan lo que tienen que hacer. No es de extrañarse del rostro poco atractivo de esta Iglesia y de que muchos se hayan alejado de ella.
El Vaticano II quiso revelar al mundo el verdadero rostro de la Iglesia, Madre y Maestra. Para ello propuso un nuevo tipo de pastoral, una pastoral de evangelización, una pastoral de alejados. La parroquia ya no es el centro de atracción de las personas que tienen múltiples intereses personales y sociales y solamente vienen circunstancialmente a la iglesia. Es la Iglesia la que tiene que salir al encuentro de los alejados. Esta nueva evangelización es obra de toda la Iglesia, pero de manera especial de los seglares. Son ellos los que están en contacto directo con los alejados en las diversas situaciones de la vida.
Jesús nos da un buen ejemplo de esa pastoral de alejados. Probablemente a Mateo nunca se le hubiera pasado por la cabeza ir al templo, ni siquiera ponerse en contacto con el grupo de Jesús. Es Jesús es que va a verlo en su puesto de trabajo, en su mesa de impuestos. Jesús sabe hacer esa pastoral de calle y encontrar a las personas en su realidad concreta (Mat 9, 9-13).
Se trata de una pastoral valiente que cree en la fuerza del mensaje y en la bondad profunda de las personas. Jesús no duda en hacerle a Mateo una propuesta exigente, dejar su puesto de trabajo y seguirlo. Jesús está convencido que su persona y su mensaje tienen la fuerza suficiente para hablar al fondo del corazón de las personas que buscan el bien, aunque se equivoquen a la hora de definirlo.
Mateo debió sin duda descubrir algo inesperado en la persona de Jesús y en su gesto de la llamada. Debió percibir al mismo Dios misericordioso que se acercaba al pecador y que proclama: “misericordia quiero, y no sacrificios”. Es ese mensaje de misericordia el que hoy día debe encarnar la Iglesia. Quizás la palabra “misericordia” no traduzca del todo lo que quería decir Jesús, retomando las palabras del profeta (Os 6,3-6). La misericordia es el amor solidario en el interior de la alianza con Dios y con los hermanos. Ese solidario se mantiene fiel a los compromisos asumidos. Todos estamos llamados a vivir en alianza con Dios y los alejados tienen derecho a saber que ésa es también su vocación.
Se trata en último término den crear una Iglesia de estilo mariano, que encuentra en María su modelo e inspiración, una Iglesia abierta a todas las necesidades humanas, que sabe caminar junto a los hombres. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros signos de ese amor misericordioso.
Lorenzo Amigo
11-06-08, 18:00:59
15 de junio de 2008
11 Domingo Ordinario
ID Y PROCLAMAD QUE EL REINO DE LOS CIELOS ESTÁ CERCA
Las noticias hoy día dejan de serlo en poco tiempo. Tan sólo en la medida en que sigue aportando novedades llamativas un hecho se considera noticia. El hambre en el mundo ha dejado de ser noticia. De la guerra de Irak tan sólo se habla si hay un nuevo acto terrorista. El mismo terrorismo necesita nuevas víctimas para ser noticia. Jesús daba la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. Trató de mantener viva esta noticia a través de su actividad liberadora que hacía visible la novedad del Reino.
Jesús anunciaba ese Reino con palabras y obras. Ya simplemente el hecho de anunciar la presencia del Reino es una Buena Noticia. Las palabras y mensajes crean realidad, aunque desgraciadamente muchos de los discursos humanos son simplemente una cortina de humo. El mensaje de Jesús era liberador porque proclama que Dios nos ama (Rom 5,6-11). Esa es la gran noticia. Dios nos ama y quiere nuestra felicidad, tanto para los justos como para los pecadores. Invita a todos a acoger el Reino mediante la conversión de vida.
Consciente de que hacía falta un grupo que continuase esa misión, eligió a los apóstoles (Mat 9, 36-10, 8). No se preocupó de que fueran los mejores ni que formaran un grupo homogéneo. Se dejó llevar del amor y de la intuición y mostró que en la Iglesia hay un sitio para las personas de todas las tendencias. No le importaba la eficacia. De eso se encargaría el Espíritu. El Reino contiene en sí mismo el dinamismo transformador de la historia. Su horizonte es la alianza de Dios con los hombres y de los hombres entre sí instaurando un nuevo tipo de relaciones humanas inspiradas en la solidaridad familiar. (Ex 19,2-6).
Jesús no cambió el mundo convirtiendo las piedras en pan o implantando otros sistemas políticos más justos, sino que invitó a todos, a través de pequeños gestos, a colaborar en la transformación de la sociedad. Invitó a crear un nuevo tipo de cultura al servicio del hombre y de la comunidad humana. Esos pequeños gestos indican en el fondo un programa para la Iglesia, pero un programa que puede ser compartido y realizado con todos los hombres de buena voluntad.
Donde se cura a los enfermos y se cuida de los ancianos, está presente el Reino de Dios. Cuando un desesperado redescubre el sentido de la vida y encuentra razones para vivir, está viniendo el Reino de Dios. Si limpiamos las lepras de la corrupción que afligen a nuestras sociedades modernas, estaremos dando un paso para la venida del Reino de Dios. Si expulsamos los demonios de la cultura moderna que seducen las personas para llevarlas hacia lo más fácil, hacia el egoísmo y el desprecio de los demás, hacia el ansia de tener y poder sin límites, hacia una vida de placer, entonces podrá irrumpir el Reino de Dios.
Si derribamos las barreras de la exclusión social por cualquier motivo, se creará una humanidad nueva, con una cultura nueva y una civilización del amor, donde los derechos de todos serán respetados, una civilización del amor donde lo importante serán las relaciones humanas y no el acaparar los bienes. En la Eucaristía celebramos la presencia del Reino con la esperanza de que un día llegará a su plenitud. Como los apóstoles pongamos manos a la obra para que el Reino siga siendo noticia entre nosotros.
Lorenzo Amigo
18-06-08, 11:17:01
22 de junio de 2008
12 Domingo Ordinario
NO TENGÁIS MIEDO A LOS HOMBRES
En los últimos siglos la Iglesia ha vivido a la defensiva y con las puertas cerradas, sintiéndose atacada del exterior. El Vaticano II quiso abrir esas puertas y Juan Pablo II se hizo eco de ello en su homilía de inauguración del pontificado: "¡No tengáis miedo! ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo!". El papa se daba cuenta de que también el mundo actual tiene un cierto miedo a la Iglesia y a Dios. Tiene miedo de que Dios y la Iglesia sean un rival del hombre en su búsqueda afanosa de libertad.
La Iglesia está al servicio del hombre. La Iglesia sabe que la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo y revela el misterio de la persona humana. La Iglesia se reconoce servidora de la verdad de Dios y confía que esa verdad es capaz de abrirse paso por sí misma en el corazón del hombre. No ignora, sin embargo, las resistencias que encuentra esa verdad a causa del pecado del hombre (Rom 5,12-15). Cree, sin embargo, en la fuerza de la gracia y de la verdad y por eso la anuncia con valentía y no la disimula. No trata de dorar la píldora ni hacer las exigencias del evangelio más llevaderas, porque sería traicionar a su Señor.
El anuncio del evangelio es peligroso porque pone en cuestión la situación de nuestro mundo y de manera particular de los poderes de este mundo que lo organizan de una manera tan injusta. La proclamación de la venida del Reino de Dios afirma que Dios va a cambiar la situación y hacer justicia a los que sufren. Ello supone derribar del trono a los poderosos. Nada de extraño que éstos reaccionen incluso con la persecución sangrienta (Mt 10, 26,-33). Ese rechazo lo experimentaron ya los antiguos enviados de Dios (Jer 20,10-13), y en particular Jesús. El poder para amordazar la palabra empieza con prohibiciones y amenazas. Si uno no se calla, el poder pasará a la acción violenta.
La existencia de amenazas o de persecuciones no debe atemorizarnos. Nada escapa a la providencia de Dios, que vela por sus hijos. Sin duda las situaciones de la Iglesia en nuestro mundo son muy variadas. Gracias a Dios en muchos países podemos practicar públicamente nuestra fe, aunque algunos se burlen de nosotros. En otros, por desgracia, proclamar las exigencias de la fe desencadena una persecución más o menos violenta. Existen, por desgracia, todavía regímenes en los que reina totalmente el silencio y la fe cristiana vive en las catacumbas. Nuestra solidaridad en la oración con todos ellos.
La fe nunca estará de moda. Por eso es necesario ser capaz de resistir y vivir a contracorriente. Es la manera de conservar nuestra fidelidad a Cristo. De esta fidelidad depende el destino de nuestro Iglesia y de nuestras vidas. Renegar al Señor con el respeto humano con una conducta tibia o miedosa es exponerse a que Él no nos reconozca en el día del juicio. Que la celebración de la eucaristía, “pan de los fuertes”, nos dé la fuerza que necesitamos para ser testigos valientes de Cristo en todas las situaciones de nuestra vida.
Lorenzo Amigo
24-06-08, 17:42:06
29 de junio de 2008
San Pedro y San Pablo, apóstoles
EL PODER DEL INFIERNO NO LA DERROTARÁ
Los dos mil años de historia de la Iglesia son un buen argumento a favor de su origen divino y de la presencia del Espíritu Santo en ella. El lado humano de la Iglesia, bien conocido de todos, y puesto de manifiesto en los escándalos dados por los sacerdotes, habría hecho ya desaparecer la Iglesia si ésta fuese un simple tinglado humano. Gracias a Dios, Éste es capaz de escribir derecho con renglones torcidos.
La fe de Pedro en Cristo Jesús, que la Iglesia sigue proclamando, es el fundamento de esa promesa de perpetuidad y de la eficacia salvadora de su misión, a pesar de los ministros humanos, tantas veces indignos. Dio sigue liberando su Iglesia de los peligros exteriores y sobre todo interiores, que son los más peligrosos. Un día la Iglesia triunfará totalmente sobre el pecado, también en sus miembros, y sobre todas las fuerzas del abismo.
La liberación maravillosa de Pedro se inspira en la escena de la resurrección de Jesús como liberación definitiva de las fuerzas de la muerte. Esas fuerzas amenazadoras están representadas por los poderes políticos y religiosos, una vez más aliados contra Jesús y sus seguidores (Hech 12,1-11). La cárcel representa ese reino de la muerte donde la Palabra de Dios es sepultada y hecha enmudecer. Pero la oración intensa de la Iglesia muestra como ésta no se calla, al menos ante Dios.
Y Dios actúa enviando un ángel, figura de la intervención misma de Dios, como en el momento de la resurrección. Su presencia ilumina las tinieblas de la prisión y hace que las cadenas se le caigan de las manos. La obediencia total de Pedro a lo que el ángel le indica muestra su fe total en Dios. Es esa fe la que hace milagros. Era esa fe en Cristo Jesús, Hijo de Dios, la que Pedro había profesado ya antes de la resurrección de Jesús y que ahora profesa toda la Iglesia (Mt 16,13-19).
La misma liberación experimentó repetidas veces Pablo en su vida (2Tim 4,6-8.17-18). El apóstol, al hacer balance de su vida, descubre que Dios ha estado actuando a través de él para salvar al mundo. Es Dios el que le dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, sin traicionar el evangelio. Ahora que comenzamos este año paulino es una buena ocasión para nosotros para confrontarnos con la vida y el mensaje del apóstol. Es un mensaje un tanto incómodo al que han apelado todos los reformistas. También el Vaticano II ha querido hacer una reforma de la Iglesia en la Cabeza y en los miembros. Leamos y meditemos las cartas de Pablo y descubramos sobre todo su intrepidez apostólica para seguir nosotros anunciando el evangelio a todos los paganos de nuestro tiempo.
Pablo sigue ayudándonos a ponernos en cuestión ante Dios de manera que nuestras vidas no se justifiquen simplemente por lo que hacemos sino por la fe en Cristo Jesús. Su mensaje de libertad cristiana debe constituir una llamada para todos nosotros a vivir la libertad de los hijos de Dios en el amor y el servicio al prójimo. Que la celebración de la eucaristía en la fiesta de los Apóstoles renueve nuestras vidas y renueve a toda la Iglesia.
Lorenzo Amigo
03-07-08, 17:19:05
6 de julio de 2008
14 Domingo Ordinario
HAS ESCONDIDO ESTAS COSAS A LOS SABIOS Y ENTENDIDOS
Hoy día estamos a merced de la técnica y de los técnicos. El saber se ha convertido en un saber hacer y en poder sobre las personas y las sociedades. Esa capacidad de hacer no quiere muchas veces reconocer los límites morales de la conciencia humana. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Como mucho han intentando también conocer a Dios para poder tener poder sobre Él y utilizarlo al servicio de sus intereses.
Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber hacer, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.
Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escoigió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).
Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.
La ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.
Lorenzo Amigo
10-07-08, 11:14:34
13 de julio de 2008
15 Domingo Ordinario
ESCUCHAR Y ENTENDER LA PALABRA
El éxito en la enseñanza no depende únicamente de tener unos profesores bien preparados y con buena pedagogía. Cuenta también la capacidad, el interés y el trabajo del alumno. Jesús aparece en el evangelio como un excelente maestro que sabe ponerse al nivel de sus oyentes. Sin embargo no siempre se hace entender de sus discípulos, y menos todavía de las muchedumbres y de sus colegas. Es verdad que el tema del que hablaba era difícil: la venida del Reino de Dios. No sólo era difícil sino que también era peligroso pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.
No hay que extrañarse que Jesús, después de un cierto éxito, se sienta incomprendido y entre en una cierta crisis. Eso no le impide seguir anunciando la venida del Reino y enseñar que tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a germinar, crecer y madurar (Mt 13,1-23).
En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere.
Pero los frutos dependen también de la calidad del terreno y de los cuidados que le prodiga el agricultor. En este caso la misma persona es el terreno y el cuidador. La creación entera experimenta una gran frustración a causa del pecado del hombre que la ha sometido a la esterilidad, a producir cardos y espinas (Rm 8,18-23). Pero tenemos la esperanza de que un día la creación será de nuevo liberada y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.
Animados por esa esperanza la Iglesia sigue actualizando las parábolas de Jesús que se convierten para nosotros en un espejo. En ellas podemos descubrir si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.
¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros tierra buena que da frutos en abundancia.
Lorenzo Amigo
16-07-08, 16:48:38
20 de julio de 2008
16 Domingo Ordinario
EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A LA LEVADURA
Muchas veces la Iglesia siente la tentación de medir su eficacia simplemente a través del número de sus fieles. De esa manera se asimila a los poderes de este mundo en los cuales el funcionamiento democrático se rige por el número de votos. Sabemos que no podemos aplicar sin más los procedimientos democráticos en la Iglesia. Lo que cuenta en ella es su fidelidad a Cristo y a su evangelio. Jesús describe el Reino de Dios como una realidad diferente a las de nuestro mundo, pero que tiene una importancia decisiva para el hombre y la sociedad. La Iglesia no es el Reino, sino que está al servicio del Reino y debe dejarse también ella modelar por los valores del Reino.
Hoy día en los países de cristiandad nos desanimamos ante las dificultades que encontramos en la evangelización. Nos gustaría ver el fruto de nuestros trabajos y que nuestras iglesias estuvieran llenas de jóvenes, no sólo con motivo de acontecimientos excepcionales. Hay que tener paciencia y saber esperar, como Dios no se desanimó ante tantas negativas humanas. Supo usar siempre de moderación y no querer imponer su Reino por la violencia (Sab 12.13.16-19). Lo nuestro es sembrar. Ya otros recogerán los frutos. El Reino, como la siembra tiene sus ritmos, que hay que respetar. En el mundo de la técnica estamos, en cambio, habituados a apretar un botón y ver cumplidos nuestros deseos.
El Reino tiene siempre unos comienzos pequeños. Todo empezó con un pequeño grupo en torno a Jesús. Toda la fuerza del Reino le viene de Dios y de su Espíritu. Así también a la Iglesia. Su misión es ser levadura en la masa. Lo importante es la masa, el que la masa fermente (Mt 13,24-43). Uno no utiliza toneladas de levadura. Para que la levadura realice su efecto tiene que desaparecer en la masa, ciertamente sin perder su condición de levadura que le da eficacia.
Los cristianos no vivimos en un mundo aparte, ni tan siquiera habitamos en países cristianos. Vivimos con todos los hombres, utilizamos la misma lengua y cultura, aunque cultivamos una serie de valores que nos vienen del evangelio y que creemos que son importantes para todos los hombres y para la sociedad. Sólo conviviendo con los demás hombres, acompañando su peregrinar hacia Dios, la Iglesia puede realizar su misión. Ciertamente no todo en el mundo, pero tampoco todo en la Iglesia, es trigo limpio. Por eso es necesario un discernimiento continuo y un saber esperar y confiar en el hombre. La luz necesaria para ese discernimiento nos viene siempre del Espíritu (Rm 8,26-27) que viene siempre en nuestra ayuda. Él está actuando siempre en nuestro mundo y tenemos que saber discernir los signos de los tiempos.
La Iglesia está al servicio del mundo, al servicio del hombre, y debe evitar toda tentación de poder, de querer que los demás estén a su servicio. La Iglesia presta su servicio al mundo, ante todo anunciándole el evangelio. Éste es una fuerza de salvación para el que cree. Ante las miserias de nuestro mundo, no basta simplemente predicar, hay que dar trigo. Es verdad que la Iglesia no puede ser simplemente una institución caritativa más, pero el ejercicio de la caridad, sobre todo con los necesitados, forma parte integrante de su misión al servicio del hombre. Que la celebración de la eucaristía haga de nosotros fermento que transforme nuestro mundo en Reino de Dios.
Lorenzo Amigo
24-07-08, 12:36:58
27 de julio de 2008
17 Domingo Ordinario
REÚNEN LOS BUENOS EN LOS CESTOS Y LOS MALOS LOS TIRAN
La globalización actual está poniendo en relación las personas y los pueblos. Es verdad que siguen existiendo barreras sociales y políticas, pero sobre todo, de manera sorprendente, han reaparecido de manera aguda los nacionalismos y particularismos. Las personas se sienten amenazadas por una cultura dominante que despersonaliza y de pronto se están redescubriendo las tradiciones propias como signo de identidad.
El cristiano sabe de dónde viene y adónde va y por eso cuál es su identidad y sentido de la vida. La amnesia y olvido actual del pasado nos condenan muchas veces a repetir los mismos errores. La Iglesia es maestra en humanidad y puede ofrecer a nuestro mundo los elementos necesarios para integrar la globalización y el respeto de la diversidad como forma que enriquece la vida de todos. Sólo cuando consideramos que las demás culturas enriquecen la nuestra, y la nuestra enriquece las demás, es posible un verdadero diálogo y encuentro de personas y pueblos.
El Reino de Dios que anuncia Jesús viene a reunir a los hombres para que caminen juntos hacia Dios. Eso es lo que nos quiere decir la parábola de la red (Mt 13,44-52). Desde luego no se trata de pescar o engañar a nadie. En la situación real de la pesca, tienen más suerte los peces pequeños, si consiguen ser devueltos al mar con vida, que los grandes, que van a ser consumidos por el hombre. Sacar a los peces de su elemento, el agua, significa para ellos la muerte. En cambio el Reino viene a sacarnos del dominio del mal, personificado en la Biblia por las aguas que amenazan la vida de los hombres. Por eso las personas buenas son reunidas para entrar en el Reino, mientras los malos son arrojados a su elemento, que es el mal.
Son tantas las personas hoy día que quieren llegar a nuestras tierras, arriesgando sus vidas sobre las aguas. Para ellas el ser recogidas y reunidas representa también en cierto modo entrar en el Reino. Ante esta situación angustiosa, la Iglesia no puede olvidar su misión, que es la de reunir. Desde el principio la Iglesia se sintió con una vocación universal, al mismo tiempo que se encarnaba en las particularidades de los pueblos y culturas, las hacía suyas y contribuía a su florecimiento.
La Iglesia puede contribuir grandemente a una globalización del amor y de la compasión y al respeto de las tradiciones culturales. Mientras muchos han roto con las tradiciones, que consideran simplemente un lastre que no deja avanzar, la Iglesia sabe que ese lastre es el que da estabilidad a la nave. Es verdad que la Iglesia tiene que discernir entre la Tradición, que verdaderamente da vida, y las tradiciones humanas que muchas veces expresan nuestros prejuicios.
Es necesario tener un corazón dócil, que sepa escuchar a la tradición y una sabiduría que nos lleve a descubrir siempre los verdaderos valores humanos (1Reyes 3,5.7-12). Que la celebración de la eucaristía nos congregue para escuchar la Palabra de Dios que da sentido a nuestras vidas. Que la participación en un mismo pan realice en nosotros la comunión de corazones.
Lorenzo Amigo
30-07-08, 17:54:34
3 de agosto de 2008
18 Domingo Ordinario
¿POR QUÉ GASTÁIS EN DINERO LO QUE NO ALIMENTA?
Vivimos en una sociedad de la abundancia, orientada hacia el consumo por el consumo y no a las necesidades de la persona. Los objetos que compramos son más signo de nuestra posición social que cosas que necesitamos para vivir. La justificación de esos gastos nos la da la publicidad, mediante una promesa de felicidad, de ser distintos de los demás, de ser admirado por los otros. Se explota así la necesidad que tenemos de ser felices y reconocidos por los demás. Desgraciadamente la felicidad no se puede comprar a un precio tan barato. Gastamos dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal (Isaías 55,1-3).
¿Cuáles son los bienes que merece la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad? El profeta responde sin dudar. La gran realidad que puede saciar los deseos del corazón del hombre no se puede comprar sino que hay que recibirla gratuitamente como don. Se trata de acoger la alianza que Dios nos ofrece, invitándonos a entrar en su comunión de vida trinitaria. Sólo escuchando su palabra y poniéndola en práctica encontraremos la vida.
Nuestros deseos ponen al descubierto nuestro deseo de ser amados, de que alguien nos ame incondicionalmente, porque el cariño verdadero ni se compra ni se vende por dinero. Ese amor nos lo ha manifestado Dios en la persona de Cristo Jesús, en su entrega por nosotros. Nuestra vida tiene sentido y valor sin necesidad de tener comprar la felicidad y el reconocimiento humano. A los ojos de Dios tenemos un valor infinito, por eso Cristo murió por nosotros. Nada nos puede separar de ese amor (Rom 8, 35.37-39). No nos veremos libres de las pruebas, de los problemas, de los zarpazos de la vida, incluso de la misma muerte. Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará fácilmente triunfar de todos nuestros adversarios. Nada nos puede separar del amor de Dios, salvo el propio pecado, nuestra decisión de no acoger el amor de Dios.
El amor de Dios nunca es abstracto ni se queda en buenas palabras o puros sentimientos. Ante el hombre sufriente, Jesús siente lástima, pero sobre todo actúa y hace que los demás actúen (Mateo 14,13-21). Nosotros nos conmovemos muchas veces ante las imágenes de la miseria, pero quedamos como paralizados e impotentes. Jesús, no. Sabe encontrar soluciones. No se trata sin duda de soluciones milagrosas sino de los milagros de la solidaridad, del compartir, de poner a disposición de los demás los bienes que uno posee. Aparentemente tenemos poco, una gota de agua en un desierto sediento. Pero Dios puede hacer que los pequeños gestos toquen el corazón de los poderosos y se desencadene una auténtica globalización de la compasión y del amor. La celebración de la eucaristía hace realidad la multiplicación del pan de vida. Demos gracias a Jesús porque nos nutre con su cuerpo y su sangre, con su amor. Que nosotros seamos también fuente de vida para nuestro mundo necesitado.
Lorenzo Amigo
31-07-08, 21:42:44
10 de agosto de 2008
19 Domingo Ordinario
EL VIENTO ERA CONTRARIO
Tan sólo el desconocimiento de la historia de la Iglesia puede llevarnos a pensar que antes era más fácil ser cristiano o que las cosas iban mejor para la Iglesia. Algunos piensan que hoy soplan malos vientos en la cultura y sobre todo en la política. Nunca ha habido tiempos de bonanza con la política pues ésta siempre ha querido utilizar a la Iglesia para sus intereses. Pero tampoco la cultura actual es más pagana que la de otros tiempos. Hoy día incluso vuelve a existir una nueva sensibilidad religiosa que constituye al mismo tiempo un reto y una oportunidad para el anuncio del evangelio.
En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe. (Mat 14, 22-33). Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. La fe bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.
Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave. Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Yahvé, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.
Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos. El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado, los elementos del mal. Éstos, sin embargo, han sido ya derrotados por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía participar de su victoria contra los poderes del mal y de la muerte.
Lorenzo Amigo
11-08-08, 19:52:36
15 de agosto
Asunción de la Santísima Virgen
EL PODEROSO HA HECHO OBRAS GRANDES POR MÍ
Ha sido sobre todo en la época moderna cuando la Iglesia ha tenido la impresión de volver a sufrir las persecuciones de la primitiva Iglesia. Por eso ha visto en la mujer vestida de sol una imagen de María, pero sobre todo de la propia Iglesia y de su destino histórico. Ha descubierto en los diversos imperios humanos la figura del dragón y de la bestia que hacen la guerra a Dios y a su Iglesia (Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab). Muchas veces la Iglesia ha considerado persecución la simple pérdida del poder temporal y la disminución de su influencia en la sociedad y en la vida de los hombres.
En esa situación de persecución y de acoso, la Iglesia ha puesto siempre su confianza en María, la mujer triunfadora sobre la serpiente. Sabe que el poder de María no ha disminuido sino que tiene siempre la capacidad de aplastar las nuevas herejías que van surgiendo en la historia y que tratan de eliminar a Dios de la vida de los hombres. El dragón no puede nada contra Dios ni contra su Hijo Jesús, exaltado en la gloria de Dios. Tampoco puede nada contra la Madre de Jesús, también ella asunta en el cielo en cuerpo y alma.
Pero la ira del dragón se dirige hoy día contra los seguidores de Jesús, contra la Iglesia peregrina todavía en esta tierra. Por eso la Iglesia mira a María como signo de esperanza y confía que lo que se ha realizado en Jesús y en María se realizará también un día en nosotros. También nosotros triunfaremos sobre todas las fuerzas de la muerte y llegaremos a la patria definitiva. La palabra definitiva sobre la historia humana no la tienen los imperios de este mundo que vemos desfilar sin cesar, sino Dios y su voluntad de establecer el Reino.
Entretanto, la Iglesia trata de hacer suya la visión de la historia que María formula en el Magnificat (Lucas 1, 39-56). Aparentemente la historia humana es una cadena de acontecimientos en la que el pez grande se come al chico. En los libros de historia se recuerdan los grandes personajes y se olvida totalmente a las víctimas de la historia. Esto es tan sólo la historia aparente. Según María es Dios el que está poniendo constantemente la historia en movimiento y a través de las diversas figuras históricas realiza su propia historia de salvación, sin que muchos de los personajes se den cuenta.
El obrar de Dios está guiado por el principio de inversión de los valores y circunstancias mundanos. Dios arroja del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y hace pasar hambre a los ricos. El mejor testigo de esa historia es la propia María. Ella, la humilde esclava del Señor, ignorada totalmente por los historiadores de su tiempo, hizo la mayor contribución histórica inimaginable: dar al mundo al Hijo de Dios, centro y meta de toda la historia humana. Ella, persona sin importancia, es exaltada por Dios en cuerpo y alma en la gloria. Avivemos nuestra esperanza en la celebración de la eucaristía, al ver glorificada a nuestra Madre, que intercede por nosotros ante su Hijo.
Lorenzo Amigo
13-08-08, 12:18:26
17 de agosto de 2008
20 Domingo Ordinario
MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE
En muchos de nuestros pueblos, la religión se considera cosa de mujeres como personas más necesitadas de consuelo espiritual que los hombres. Es posible que efectivamente las mujeres sean más sensibles a las realidades espirituales. En los pueblos antiguos, en cambio, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso una mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos.
También hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos. Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.
La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. San Juan Crisóstomo podía decir: “el cristiano de Roma sabe que el cristiano de India es su hermano”. Es verdad que los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros pueden entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).
El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.
La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.
Lorenzo Amigo
21-08-08, 22:04:54
24 de agosto de 2008
21 Domingo Ordinario
TÚ ERES EL MESÍAS, EL HIJO DE DIOS VIVO
El supuesto hallazgo de la tumba de Jesús ha provocado el escepticismo de los especialistas pero ha atraído inmediatamente el interés de los directores de cine para lanzar una nueva película que aproveche el tirón que tiene siempre la figura de Jesús presentada de una manera un tanto manipulada. Nuestra fe tiene poco que ganar con este tipo de obras. En cambio ha resultado mucho más rica la discusión sobre la figura de Jesús a partir de alguna investigación reciente sobre su persona, porque nos invitan a cada uno de nosotros a decir quién es Jesús para mí. No es fácil condensar en un libro, por más voluminoso que sea, lo que significa Jesús para los creyentes. Unos se fijan más en unos aspectos, otros en otros, de la rica personalidad de Jesús, que resulta inagotable. En realidad la respuesta adecuada no es puramente verbal sino que implica totalmente nuestra vida, dispuestos a entregarla por Cristo.
Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.
La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.
No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.
Lorenzo Amigo
28-08-08, 19:03:55
31 de agosto de 2008
22 Domingo Ordinario
CARGAR CON LA CRUZ Y SEGUIR A JESÚS
El trágico accidente aéreo de Barajas ha puesto de nuevo ante nuestros ojos la terrible realidad del sufrimiento de tantas familias que siguen pidiendo una explicación sobre qué ha pasado. No era fácil soportar la visión de sus rostros llenos de lágrimas cuando llevábamos varios días habituados a las imágenes de los triunfos de la Olimpiada. La realidad del sufrimiento y de la cruz sigue ahí a pesar de que no le queramos prestar atención. Lo único que podíamos hacer era acompañar con la oración el dolor de esas personas y pedir por el eterno descanso de todos los fallecidos. La realidad de la muerte interpela siempre nuestra fe y nuestra esperanza y la imagen que nos hacemos de Dios.
Algunos testigos privilegiados de nuestra historia de salvación nos muestran cómo es posible transformar en fuente de vida el sufrimiento si lo vivimos con amor y nos abrimos al sufrimiento de los demás. Algunas veces no cabe más remedio que protestar ante Dios y quejarse de Él, dispuestos siempre a acoger su revelación y a descubrir que Él tiene la capacidad de transformar nuestras vidas aunque ello implique muchas veces el sufrir (Jeremías 20,7-9). Dios no quiere el sufrimiento y, sin embargo, no se lo evitó a su Hijo, al que tampoco le agradaba el pasarlo mal. La confianza amorosa en el Padre le daba la convicción de que Dios tenía la última palabra sobre la vida y la muerte y que esa palabra sería el amor. Amor que se manifestaría en la resurrección que hará que lo definitivo sea el estar felices con Dios, sin recordar los sufrimientos ni sentir frustración. Sin embargo las llagas de Jesús seguirán presentes en su cuerpo glorioso. Son heridas que dan vida.
Cuando Jesús anunció su pasión, Pedro se escandalizó y se opuso rotundamente (Mateo 16, 21-27). Mereció que Jesús le llamara nada menos que “Satanás”, es decir demonio tentador que se convierte en ocasión de tropiezo y escándalo. Poco antes Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios. En su perspectiva puramente terrena era muy difícil de digerir el destino doloroso y escandaloso de un Mesías sufriente. Por eso Jesús ahora, en vez de llamarle, “Roca”, le llama piedra de tropiezo.
Desde el principio la muerte de Jesús en la cruz fue la piedra de escándaloque echaba para atrás tanto a judíos como paganos. Anunciar a un crucificado era estar condenado al fracaso. Sin embargo la locura de la cruz se manifestó como la gran sabiduría a través de la cual Dios salvó al mundo. La cruz de Jesús ha transfigurado nuestras cruces pues ya no las llevamos solos sino que vamos en compañía de Jesús.
El destino de Jesús, el pasar a través de la pasión para llegar a la resurrección, nos muestra el camino para transformar nuestras debilidades y fracasos, nuestras heridas e incluso pecados, en fuente de vida. La cruz de Jesús no puede ser nunca la justificación del dolory de la opresión existentes en nuestro mundo. Al contrario, es la gran denuncia. Jesús asumió voluntariamente la cruz para que no haya ya más crucificados en nuestro mundo. Sólo perdiendo la vida, es decir, dándola, se llega a la verdadera vida. Cuando uno se empeña en perseguir la vida, en querer vivir a tope, muchas veces uno acaba echando a perder la vida. La vida está para darla. Que la participación en la eucaristía nos lleve a dar la vida al servicio de los demás.
Lorenzo Amigo
05-09-08, 11:00:46
7 de septiembre de 2008
23 Domingo Ordinario
HAS SALVADO A TU HERMANO
Todo en el cristiano está orientado hacia la persona de Jesús y al cultivo de una relación personal con Él. Jesús no nos sitúa ante la Ley y los mandamientos sino ante Dios. La búsqueda de la voluntad de Dios, el preguntarnos qué quiere Dios de mí, es lo que cuenta. En ese descubrir lo que Dios quiere, Jesús intentó resumir todos los mandamientos de Dios en el amor, amor a Dios y amor al prójimo. Aunque el fundamento de todo está en el amor de Dios, que nos amó primero, sin embargo en la realidad práctica, lo importante es el amor al prójimo (Rom 13,8-10).
Ese amor cristiano exige un discernimiento para no hacer pasar por amor lo que puede ser puro egoísmo. La primera exigencia de ese amor es no hacer daño al prójimo. En cada una de nuestras acciones tenemos que preguntarnos por las consecuencias que pueden tener, no sólo para nosotros sino también para los demás. No se trata tan sólo de una ética pública en el terreno de la economía, de la política y de la vida, sino también en lo que tantas veces consideramos nuestra vida privada, que parece que no afecta a los demás. En realidad no somos islas y todas nuestras acciones, incluso las más íntimas, pueden tener una repercusión en los demás, para el bien y para el mal.
Hoy día, en nombre de una tolerancia mal entendida, no queremos que nadie se meta en nuestras vidas ni nosotros queremos meternos en la vida de los demás. Todos denunciamos la corrupción existente, pero estamos tentados de pescar a río revuelto. La actitud cristiana, basada en el amor, es la de la corrección fraterna. El amor cristiano no sólo implica no hacer mal al otro, sino que pide de nosotros el buscar el bien de los demás. Cuando uno ve que una persona no vive de acuerdo con las exigencias cristianas que ha abrazado, con toda humildad, se le debe corregir (Mt 18,15-20). Hay que evitar querer que el otro sea como a nosotros nos agrada. No se trata, por tanto, de querer cambiar la manera de ser de una persona, de su ser auténtico. Tan sólo a partir de la aceptación incondicional del otro se le puede ayudar a mejorar o cambiar sus actitudes y sus acciones.
Uno de los problemas actuales, que urge abordar, es la de la educación de los niños y jóvenes. Si la familia y la escuela dimiten de sus responsabilidades, se corre el peligro de continuar teniendo grandes grupos de personas totalmente desorientadas en la vida.
En nombre del amor cristiano, debemos intervenir en la vida pública y contribuir a crear una cultura que posibilite una civilización del amor. Nuestra condición de profetas, que han hecho la experiencia de Dios, nos lleva a ser centinelas que advierten de los peligros que amenazan a nuestros contemporáneos (Ez 33,7-9). El evangelio denuncia las falsas salvacionesque nos fabricamos los hombres buscando nuestros intereses. Al mismo tiempo el evangelio hace presente en nuestro mundo la salvación de Dios. Es esta salvación la que ahora celebramos en la eucaristía y queremos que llegue a todos nuestros hermanos.
Lorenzo Amigo
07-09-08, 18:00:17
14 de septiembre de 2008
Exaltación de la Santa Cruz
TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO QUE ENTREGÓ A SU HIJO ÚNICO
Aunque la imagen de la cruz haya llegado a incorporarse como elemento decorativo, incluso para los no creyentes, su contenido continúa siendo un escándalo. Incluso los creyentes, ante la realidad del sufrimiento, reaccionamos pensando que algo no funciona en Dios. Si nosotros fuéramos los creadores y administradores del mundo, éste funcionaría mejor y no habría tantas desgracias.
El escándalo sube de tono cuando la fe nos proclama que Dios ha querido salvar al mundo precisamente con la cruz y no con un despliegue de sabiduría y de poder. El sentido de la cruz ha cambiado totalmente a partir de la muerte de Cristo. Ha dejado de ser el suplicio infame, propio de esclavos para ser la revelación del amor de Dios y de Cristo (Juan 3,13-17). La cruz ya no es instrumento de condena sino de salvación. La fuerza de la serpiente ha sido totalmente vencida. Sus mordiscos ya no pueden hacernos daño (Nm 21,4-9).
El amor auténtico, el amor cristiano, es un amor crucificado. Es un movimiento que nos lleva a salir de nosotros mismos y dar la vida por los demás. El valor salvador de la muerte de Cristo no viene de sus sufrimientos y padecimientos sino de su inmenso amor al Padre y a los hombres. Ni Dios ni Jesús querían los sufrimientos ni quieren nuestros sufrimientos, pero su amor es tan grande que es capaz de cambiar el sufrimiento en fuente de vida. El odio de los verdugos es vencido con la fuerza del amor.
Muerte y resurrección van estrechamente unidas. Querer llegar a la vida sin pasar por la pasión es totalmente ilusorio. Muerte y resurrección son las dos dimensiones inseparables, como las dos caras de una moneda, del misterio de Cristo. El misterio de Cristo es presentado como un doble movimiento, de descenso y ascensión, de humillación y exaltación (Filip 2,6-11). El segundo es consecuencia del primero, la resurrección es efecto de la pasión. Ésta es centro de ambos movimientos. En ella Jesús toca fondo en su humillación y al mismo tiempo experimenta la fuerza de la glorificación, como cuando una pelota da un bote y rebota hacia lo alto.
En el movimiento de humillación o vaciamiento de sí mismo el sujeto es Jesús que emprende ese camino de abajamiento marcado por tres etapas. Siendo Dios, se hace hombre, pero no un hombre rico y distinguido sino un hombre cualquiera. Como todo hombre se hace obediente hasta la muerte, pero en este caso una muerte infame, la de la cruz. De esa manera Jesús se ha solidarizado con todo hombre, incluso con el esclavo y el que aparentemente ha perdido su dignidad humana con una muerte infame.
En el movimiento de ascensión y glorificación ya no es Jesús el sujeto activo sino que lo es Dios Padre. Es Dios el que lo exalta y le concede la dignidad misma de Dios, el nombre de “Señor” con el que se traduce el nombre de Yahvé. Como Dios, también Jesús es adorado en cielo y tierra. Hoy nosotros adoramos una vez más su cruz gloriosa como manifestación de su amor por nosotros. Al anunciar su muerte proclamamos también su resurrección que transforma totalmente nuestras vidas.
Lorenzo Amigo
17-09-08, 21:55:04
21 de septiembre de 2008
25 Domingo Ordinario
NADIE NOS HA CONTRATADO
La actual recesión económica agita de nuevo el fantasma del paro. De hecho la desocupación ha afectado ya a los grupos más desfavorecidos que trabajaban en la construcción. Las recientes quiebras bancarias en el extranjero pueden provocar también en nuestro país pérdidas de puestos de trabajo de personas cualificadas. También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo (Mt 20,1-16). La invitación de Jesús es reconfortante porque sigue ofreciendo trabajo en su viña. En la viña del Señor, en su Iglesia, no hay paro. Al contrario, hay mucho trabajo y pocos trabajadores.
¿Qué es entonces lo que está pasando? Desde hace unos años los españoles ya no aceptan hacer cualquier tipo de trabajo. Los trabajos sucios y mal remunerados están siendo hechos por los emigrantes. Probablemente muchos consideran que el trabajo en la Iglesia es de ese tipo y sobre todo que está mal remunerado y sin perspectivas de ascenso y consideración social. El dueño de la viña no parece un buen pagador y desde luego hoy día habría corrido el riesgo de no convencer a ninguno a ir a trabajar a su campo.
El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros especuladores, que buscan únicamente el lucro. Nuestra manera de actuar está muy lejos del estilo de Dios (Is 55,6-9).
Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que preguntarnos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.
El ejemplo de Pablo es admirable (Filip 1, 20c-24. 27ª). Ha dedicado toda su vida a los demás para que sus fieles puedan llevar una vida digna del evangelio de Cristo. En la vejez pudiera pensar en un retiro cómodo e incluso considerar la muerte como una liberación de los trabajos y sobre todo como el ansiado encuentro con Cristo. Pero ahí lo tenemos dispuesto a seguir dando el callo porque sigue siendo necesario a los demás. Es lo que veo también en tantos de nuestros sacerdotes y religiosos que han superado ampliamente la edad de jubilación y siguen ahí en la brecha, porque consideran que su servicio a los demás es necesario para que los fieles puedan llevar una vida digna del evangelio. Pidamos en esta Eucaristía que el Señor siga enviando obreros a su viña.
Lorenzo Amigo
24-09-08, 23:25:42
28 de septiembre de 2008
26 Domingo Ordinario
HACER LA VOLUNTAD DEL PADRE
Dicen que el infierno está empedrado de buenas voluntades, de personas que nunca dieron una mala respuesta, pero hicieron siempre lo que les dio la gana. Es fácil dar buenas palabras, pronunciar bonitas promesas, pero luego no hacer nada. Todo se queda en palabras y sentimientos pero nuestros pies no se mueven ni nuestras manos actúan. Así resume Jesús la historia de los dirigentes del pueblo de Israel, a los que tantas veces los profetas habían exhortado a convertirse y hacer el bien (Mt 21,28-32). Los profetas son conscientes de que con nuestras acciones decidimos nuestro destino eterno. Los oyentes prefieren seguir anclados en las seguridades que da el ser miembros del pueblo elegido y critican a Dios, que ha hecho que cada uno sea artífice de su propia persona (Ez 18,25-28).
La fe cristiana es ante todo un encuentro con Cristo y no una ideología o una doctrina teórica. La fe es un puro espejismo si no actúa a través del amor. Lo que no se traduce en la vida no cuenta. Son las decisiones y las acciones las que cambian la realidad. Sin duda que las acciones son fruto de un pensar y un desear. A través de la parábola de los dos hijos se pone al descubierto la vida del hombre. El primero da buenas palabras a su padre, pero no hace lo que el padre quiere. El segundo empieza con una negativa pero al final hace lo que el padre le manda. Sólo él ha hecho lo que el padre quería.
Es verdad que a nosotros nos queda la sospecha de si su obediencia fue un mero hacer externo, una pura sumisión o si verdaderamente entró en el corazón del padre para querer lo que el padre quería. El evangelio da por supuesto que si hizo lo que el padre mandaba, éste estará contento de su hijo. De lo contrario habría sido una desobediencia deshumanizadora de simple imposición del más fuerte. No es eso lo que el padre quería. El padre quiere que el hijo se dé cuenta de que está buscando su bien y de que actúe en consecuencia por amor y no por temor al padre.
Sin duda que la verdadera obediencia aparece tan sólo realizada en la persona de Jesús, que al entrar en el mundo dice: “Vengo, Padre, a hacer tu voluntad” (Hb 10,9). Por amor y obediencia al Padre, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres. Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz (Filp 2,1-11).
La comunión de vida, de sentimientos y pensamientos entre Cristo y el Padre es total. La obediencia de Jesús es una expresión de su amor filial al Padre. No es simple realización externa de lo mandado sino que entra en una comunión de miras y sentimientos y descubre que el Padre quiere siempre lo mejor para él.
Nuestra obediencia muchas veces está hecha de buenas palabras, de rechazos y de aceptaciones, pues estamos marcados por el pecado. Pidamos en esta eucaristía entrar en la obediencia de Cristo para hacer la voluntad del Padre siempre con alegría.
Lorenzo Amigo
01-10-08, 19:18:57
5 de octubre de 2008
27 Domingo Ordinario
LA PIEDRA ANGULAR
La actual crisis económica pone de manifiesto adónde nos ha llevado el olvido del hombre y de los derechos humanos. Hemos hecho del dinero y del lucro la medida de todas las cosas. Hemos confundido los medios con el fin. Vivimos todavía en la ilusión de creer que el hombre es la medida de todas las cosas, pero en realidad el hombre, como valor absoluto a respetar, ha desaparecido de nuestro horizonte. Y, sin embargo, el hombre y los derechos del hombre, es la piedra angular de la historia. No se trata, sin duda, del hombre en general y abstracto, sino de los hombres dolientes y sufrientes que padecen la historia y que están pagando esta crisis, consecuencia de la desmesurada codicia humana.
La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).
El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Dios. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).
¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos. Y aquí llegan las ironías del destino. Para salvar la crisis creada por la codicia de los especuladores, los pobres tendrán que pagar las pérdidas si no queremos que se hunda el sistema. Un sistema a todas luces no sólo injusto sino que no funciona. Un sistema que sólo socializa las pérdidas pero no las ganancias.
Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre como hijos de Dios y hermanos en Cristo.
Lorenzo Amigo
08-10-08, 19:22:18
12 de octubre de 2008
28 Domingo Ordinario
VENID A LA BODA
El ritmo acelerado de la vida actual ha creado esa oposición entre trabajo y diversión el fin de semana, que se intenta sea lo más largo posible. Nada extraño que todos nos quejemos de que no tenemos tiempo. El tiempo ya no sólo es oro, es nuestra vida. Nuestro empleo del tiempo indica claramente la jerarquía de valores que tenemos. Dedicamos tiempo a aquello que nos parece importante para la realización de nuestra vida. No se puede uno extrañar del poco tiempo que se dedica a los valores espirituales pues éstos están de capa caída en nuestra sociedad. No tenemos tiempo para los demás porque dedicamos demasiado tiempo a las cosas porque el valor supremo de nuestra cultura es tener cosas, consumir y disfrutar cosas.
Es lo que también nos dice la parábola que hemos leído (Mt 22,1-14). Los invitados tienen negocios más importantes que ir a un banquete de bodas. Consideran que la invitación a entrar en la intimidad de Dios no merece la pena, no añade nada a lo que uno tiene, incluso puede resultar un tanto aburrida. Por eso se van a sus tierras y a sus negocios. Algunos incluso se sienten molestos con los que vienen a invitarlos y los maltratan hasta matarlos. En el fondo son personas incapaces de disfrutar con los demás. No quieren fiestas. Les parece que la vida es un asunto demasiado serio para dedicarse a celebrar. Y probablemente los cristianos seguimos siendo demasiado serios. Se nos ve poco resucitados y así nos va. Probablemente hemos olvidado que el cristianismo es una fiesta y nos hemos quedado tan sólo en las exigencias morales, en las leyes y normas. Jesús aparece constantemente en el evangelio comiendo con todo tipo de personas, celebrando la reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos. El Dios de Jesús hace siempre fiesta cada vez que un pecador se convierte.
Ante la negativa, Dios no se desanima y sigue invitando a todos al banquete, saliéndonos al encuentro en las encrucijadas de nuestros caminos. La mayoría de la humanidad sigue siendo religiosa y considera su relación personal con Dios como el fundamento de su existencia y de su felicidad. Dios sigue haciendo una llamada a nuestra libertad y responsabilidad, invitándonos al banquete del Reino (Is 25,6-10). Tan sólo Él puede saciar nuestras inquietudes profundas y realizar nuestros deseos más auténticos.
La Familia Marianista celebra hoy de manera especial la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Nuestro Fundador, el Beato Chaminade, llegó exiliado a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Probablemente no venía con muchas ganas de fiestas, pero la presencia de María en su vida confortaría sus tres años de destierro. Y sobre todo allí creemos que recibió su inspiración: crear la Familia Marianista como medio de reconstruir la Iglesia, no sólo en Francia sino en el mundo entero. Nos consideramos felices de haber recibido la invitación a vivir el carisma marianista que es un don de Dios para el bien de toda la Iglesia y damos gracias a Dios en la Eucaristía.
Lorenzo Amigo
16-10-08, 07:40:59
19 de octubre de 2008
29 Domingo Ordinario
PAGAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR,
Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS
Aunque algunos durante esta crisis económica habrán dicho “que Dios nos coja confesados”, los mercados financieros, sin embargo, por primera vez en muchos años, han apelado a los gobiernos. Todos consideramos normal que se deje de lado a Dios y a la religión al buscar una solución para este problema. Es la consecuencia lógica de la separación del poder religioso y del poder político. Jesús, en cambio, estuvo atrapado por una realidad monolítica constituida por Dios, la religión, el estado y el dinero. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella realidad, que al final le condenará a muerte.
En la cuestión de los impuestos, Jesús no se dejó atrapar en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.
Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Poder romano y poder judío estaban de acuerdo en explotar al pueblo para sus propios intereses. Jesús denunciará a los fariseos, a los herodianos, a los sacerdotes y su feudo el templo, convertido en una especie de banco de transacciones económicas. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.
Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres. El dinero actualmente ha apelado al estado para funcione el sistema. El estado debiera aprovechar la ocasión para recuperar una verdad que todavía hace cincuenta años nos parecía evidente: el estado no está al servicio de unos pocos sino de toda la sociedad. Tiene que ser un estado social. Está muy bien que el estado sea independiente de la religión, pero no puede ser independiente del hombre, de los derechos humanos y de una ética social. Es aquí donde el diálogo del estado con las religiones puede ser fructífero al servicio del hombre concreto. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir una sociedad más justa y fraterna.
Lorenzo Amigo
23-10-08, 08:05:52
26 de octubre de 2008
30 Domingo Ordinario
ESTOS DOS MANDAMIENTOS SOSTIENEN LA LEY ENTERA Y LOS PROFETAS
En nuestro mundo demasiado complicado necesitamos de respuestas sencillas. Buscamos la información rápida en Internet, que nos dé de manera condensada lo que creemos que es más importante. No queremos perder el tiempo reflexionando personalmente y muchas veces aceptamos sin crítica lo que allí se dice. La Biblia debía parecer ya los judíos demasiado compleja, incluso para los doctores de la Ley. Nada extraño que se intentara buscar un hilo conductor en ese inmenso laberinto. La pregunta sobre el mandamiento principal no es simplemente un intento de concentrar la moral bíblica en él, sino que en él se resume toda la historia de la salvación.
La respuesta de Jesús es fruto de su reflexión e interpretación ya que no corresponde al texto del llamado decálogo o diez mandamientos, sino que toma otros textos de la Escritura, en particular el “shema Israel”, confesión de fe tradicional entre los judíos del tiempo de Jesús. En ella se la profesa la unicidad de Dios y la obligación de un amor total (Mt 22,34-40). Se supone sin duda que ese Dios es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo.
Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto. Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.
Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita el mandamiento principal sino que menciona dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).
En esas relaciones de amor, hay también un sitio para amarse a sí mismo sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo comentaba alguien significa: amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.
Amigo Lorenzo: me llena tus mensajes y amplía mis sentimientos más profundo por Cristo. Es cierto que nunca llegaremos a conocer y vivir todo el evangelio, pero es una alegtía ir descubriendo su gran tesoro.
Creo que estás haciendo un buen trabajo. Y es interesante el que tus mensajes aunque profundo son expresados con sencillez. Saludos.Zaqueo.
Lorenzo Amigo
28-10-08, 11:33:05
1 de noviembre de 2008
Todos los Santos
UNA MUCHEDUMBRE INMENSA QUE NADIE PODÍA CONTAR
Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.
La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.
Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos (1 Jn 3,1-3). Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.
Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos. Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día. Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.
Lorenzo Amigo
29-10-08, 12:58:55
2 de noviembre de 2008
Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
NO MUERO, ENTRO EN LA VIDA
Nota: La celebración de todos los Fieles Difuntos no tiene unos textos propios sino que permite elegirlos entre los diversos textos propuestos para las misas de difuntos. Aquí comentamos Job 19,1.23-27; Rom 5,5-11 y Juan 6,37-40.
He tenido que acompañar en la hora de la muerte a parte de mi familia y varios de mis cohermanos religiosos. Ha habido al menos dos religiosos que nos han dejado un recuerdo imborrable porque ante un cáncer bastante rápido, hasta el último momento han estado dando gracias a Dios y a los demás por el don de la vida y todo lo que hemos recibido con ella. También ellos, como Teresa de Lisieux poco antes de morir podían decir: “No muero, entro en la vida”.
Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida. Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (G. Marcel). Eso es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40).
Cuando se está convencido de que “la vida no termina sino que se transforma”, como dice el prefacio de difuntos, uno no tiene miedo a dejar la vida. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.
Incluso el mismo Job que se pasa la vida debatiéndose con Dios, experimentando ya la muerte en vida, eleva su protesta porque está convencido de que su estado de miseria no puede ser la última palabra de Dios sobre él. Si así fuera sería un Dios irreconocible. Por eso desde su postración hace una profesión de fe en la vida con Dios (Job 19,1.23-27). “Sé que mi redentor está vivo”. Pues mientras hay vida hay esperanza. Si mi redentor está vivo, no dejará que yo me hunda en la muerte. El redentor es la persona de la familia que tiene que responder por ella, que tiene que salvarla y liberarla. Cristo nuestro Redentor ha respondido por todos nosotros. Ha respondido con su vida. Por eso nosotros podemos vivir con esperanza. Nuestra vida ha sido ya rescatada de la tumba.
Al celebrar la eucaristía, memorial de la salvación, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros seres queridos difuntos. La oración nos permite relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.
Lorenzo Amigo
05-11-08, 09:36:34
9 de noviembre de 2008
Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán
ÉL HABLABA DEL TEMPLO DE SU CUERPO
Aunque habrá siempre ateos, en estos tiempos en los que prolifera todo tipo de religiosidad el problema más importante no es el de si existe Dios sino dónde está Dios. La tentación constante es la de querer ligar a Dios a determinados lugares, tiempos y prácticas, que sin duda son necesarios, pero que no deben ser un obstáculo sino ayudarnos al encuentro con Dios.
Para el judaísmo y las religiones antiguas, el templo es un lugar privilegiado de encuentro con Dios pues es la casa de Dios. El conflicto con las autoridades religioso-políticas a propósito del templo fue probablemente decisivo a la hora de la intervención para arrestar a Jesús. La actuación de Jesús en el templo ponía en entredicho la actividad que en él se realizaba. Jesús aparecía como persona peligrosa para la estabilidad social y política (Jn 2,13-22).
El templo como casa de Dios era el lugar del culto que permite el encuentro con Dios y asegura su bendición para el pueblo (Ez 47,1-12). Era sin duda también el lugar de oración como medio también de relacionarse con Dios. Pero el culto exigía todo un montaje económico y comercial, que los sacerdotes habían utilizado para sus intereses, sin separar lo religioso de lo profano. De esa manera se había convertido en un mercado, en una cueva de ladrones, dijo ya Jeremías.
Jesús interviene como profeta que quiere restaurar el uso cultual del templo y echar fuera lo que tenía de mercado. Pero así chocaba directamente con los intereses de los sacerdotes, que vivían de los beneficios del templo. Toda la economía de Jerusalén estaba centrada en el templo. Atacar ese sistema era atacar los fundamentos económicos del país.
¿Quién era aquél que se atrevía a intervenir en el templo y a dictar lo que se debía o no se debía hacer en él? La respuesta de Jesús legitima su intervención en nombre de su propia persona de Resucitado que tiene autoridad sobre todo. Con la resurrección de Jesús ya no es posible tener un templo, una casa para Dios. Dios ya no habita en una casa donde se está quietecito sin inquietar mucho a las personas sino que despliega constantemente su acción a través de Jesús resucitado. Dios habita en Jesús y en Él lo podemos encontrar. De esa manera quedaba abolido todo el sistema cultual judío y se introducía un nuevo culto en el que se celebra la salvación en Cristo.
Algunos cristianos siguen aferrados todavía a la imagen del templo morada de Dios y creen que nuestras iglesias son sin más los templos de Dios. El cristianismo no tiene templo sino iglesias, es decir, asambleas de creyentes convocados para escuchar la Palabra de Dios. Mientras el templo evoca un edificio estático, la iglesia es una realidad dinámica que acontece al reunir a los creyentes para escuchar la Palabra. El memorial de ese culto será la eucaristía. Un culto que debe llevarnos a descubrir a Dios en el hombre (1 Cor 3,9-17), pues por la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto sentido a cada hombre.
Lorenzo Amigo
12-11-08, 17:28:20
16 de noviembre de 2008
33 Domingo Ordinario
LOS DEJÓ ENCARGADOS DE SUS BIENES
Son muchos los que han confiado la administración de sus ahorros a diversas instituciones financieras. Sin duda esperaban que unos empleados fieles y cumplidores les sacaran rendimiento. Ante la crisis financiera actual la primera tentación ha sido echarle las culpas a estos especuladores. Más tarde se ha ido admitiendo que también éstos son las víctimas de un sistema que es esencialmente especulativo y que no se sustenta en una economía real. Más aún se basa no tanto en la satisfacción de las necesidades del hombre y de la sociedad sino más bien en la creación de necesidades artificiales.
Jesús no intentó bendecir con este evangelio el sistema del máximo lucro hoy imperante, pero describe la situación de su tiempo con una gran agudeza. Hoy día, para nosotros esa realidad es todavía más evidente. Los ricos son cada vez más ricos y los que no tienen se ven despojados de lo que tienen (Mt 25,14-30).
Jesús no quería hablar de economía sino de la vida, de lo que uno tiene que hacer para darle un sentido. Y con toda la tradición bíblica Jesús cree que es a través de nuestras acciones como damos un sentido a la vida. Está totalmente alejado de la mentalidad griega que recomienda la contemplación y desprecia la acción y el trabajo manual. Los modelos de vida que presenta el Antiguo como el Nuevo Testamento son hombres y mujeres de acción (Prov 31,10-31). La acción, sin duda, comporta una reflexión que precede a la toma de decisiones. Por eso es necesario estar siempre despejados y vigilantes (1 Tes 5,1-6). Son las decisiones y las acciones las que cambian la vida y la historia de los hombres.
Esas acciones se rigen por el principio de responsabilidad. Todos somos responsables de los dones que hemos recibido de Dios, el primero de ellos la vida. Somos administradores de esos dones que se nos han confiado y tendremos que dar cuenta de su uso. En el sentido de la parábola, la vida no nos ha sido dada simplemente para disfrutarla y consumirla. La vida nos ha sido dada para darla, para que produzca vida. No se la puede enterrar bajo tierra. Desgraciadamente el hombre actual, que es tan listo para hacer producir al dinero, ha ido olvidando la sabiduría de la vida y muchas veces no sabe qué hacer con la vida más allá de disfrutarla y consumirla en sensaciones agradables y excitantes. De esta manera estamos creando una cultura contra la vida.
Los autores espirituales, que en general han sido hombres y mujeres de acción, recomiendan toda una serie de medios para alcanzar los fines que uno se propone en la vida cristiana. Sin los sacramentos, la oración y el examen diario, la dirección espiritual y el proyecto personal de vida es muy difícil avanzar en la vida espiritual. Sería como el que hoy día quisiera administrar una empresa sin hacer unos presupuestos y llevar una contabilidad rigurosa. Que la celebración de la eucaristía nos dé ese caudal de gracia que necesitamos para hacer de Jesús el centro de nuestras vidas.
Lorenzo Amigo
19-11-08, 17:55:49
23 de noviembre de 2008
Jesucristo, Rey del Universo
SE SENTARÁ EN EL TRONO DE SU GLORIA
El deseo de una sociedad más justa está presente en el corazón humano y es uno de los motores de la historia que impide que ésta se pare creyendo que ya hemos llegado a la meta y que vivimos en un mundo feliz. El sentimiento de la justicia denuncia constantemente las realizaciones parciales de nuestro mundo que nunca hace justicia a todos. Hoy día esperamos de las autoridades que hagan justicia y construyan un mundo más justo.
En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.
El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. Existe la gran convicción de que, ya que no es posible la justicia perfecta en el mundo, al menos Dios debe hacer justicia a todos los que han sido víctimas de la injusticia. Por eso el examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.
El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.
Curiosamente ni los que tuvieron en cuenta a esas categorías de excluidos ni los que no les prestaron atención se dieron cuenta de que allí estaba Jesús. Pero lo grave es que no descubrieron que allí se estaban jugando el Reino, en este mundo y en el otro. Desgraciadamente las ilusiones sobre lo que es el Reino de Dios siguen dominando el corazón de los hombres. Algunos siguen identificando el Reino con los poderes de este mundo. No tiene nada de particular el que no lo descubran en los que no cuentan a los ojos del mundo. Pero el Señor Resucitado, que ahora contemplamos como juez del mundo, es Jesús que vivió como las categorías de personas que él describe en la parábola. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.
Lorenzo Amigo
27-11-08, 09:25:20
30 de noviembre de 2008
Primer Domingo de Adviento
VIGILAD, PUES NO SABÉIS CUÁNDO ES EL MOMENTO
Como todos los años la invitación al consumismo navideño ha empezado ya hace un mes. Pero esta vez la crisis reinante hace que nadie compre. Algunos porque no tienen recursos, otros porque temen no tenerlos en el futuro, y no pocos porque esperan que bajen los precios. Para nosotros cristianos, el comienzo del Adviento es una buena ocasión para intentar cambiar de onda. Se trata de orientar nuestro deseo, no hacia el consumo, sino hacia la persona de Jesús y su Evangelio. Trabajo nada fácil pues también nosotros somos prisioneros de esta cultura del producir y consumir, del usar y tirar.
El Adviento intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Es la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Pero precisamente el Evangelio es Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran soluciones en las políticas humanas.
La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre para rescatarlo (Is 63,16-17; 64,1-8). Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los muertos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios. La vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.
La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso. La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos.
El Señor que vino un día en Belén y esperamos que vendrá al final de los tiempos a establecer completamente la justicia está viniendo a nuestro encuentro cada día en cada persona, en cada acontecimiento, también en la crisis actual. Esta crisis será positiva si nos hace entrar en crisis, es decir a discernir los signos de los tiempos y a tomar las decisiones necesarias para construir un futuro de justicia y de paz. La celebración de la Eucaristía aviva en nosotros el deseo del retorno del Señor y nos lleva a preparar su venida.
Lorenzo Amigo
03-12-08, 21:43:27
7 de diciembre de 2008
Segundo Domingo de Adviento
UNA TIERRA NUEVA, EN QUE HABITE LA JUSTICIA
En los últimos cuarenta años lo único que hemos esperado es que el progreso material continúe indefinidamente y que cada vez podamos consumir más y mejor. Tan sólo algunas voces más alertadas han hablado de un desarrollo sostenible. La crisis actual destruirá esta confianza ingenua en el progreso y que éste se reduzca tan sólo a usar y tirar objetos. Confiamos que el hombre sea capaz de redescubrir la verdadera relación de respeto con las cosas. El convencimiento de que todas las cosas son sustituibles ha creado también el comportamiento de que también las personas son sustituibles. La verdad auténtica es que incluso los objetos fabricados son únicos y debemos tratarlos con todo cariño. Forman parte de nuestra historia personal.
El trato despersonalizado con las cosas ha ido creando un desierto espiritual en torno a nosotros en el que Dios no cuenta a la hora de hacer nuestros proyectos humanos y sociales. Como consecuencia el mundo es cada vez más injusto, precisamente cuando tenemos un sentido de la justicia cada vez más agudo. Ante la impotencia de poder cambiar esta realidad, se producen las reacciones violentas y terroristas. Sin duda que éstas no tratan de instaurar la justicia sino de que todos sufran y no haya algunos privilegiados que vivan en las islas bienaventuradas.
¿Cómo abrirse a la esperanza de un mundo nuevo en el que habite la justicia? (2 Pedro 3,8-14). Hay que sin duda preparar los caminos del Señor. Lo primero que hay que hacer es consolar a tantas personas afligidas con las que la vida ha sido y es tan cruel. Probablemente es más fácil de hacer de lo que nos imaginamos. Todo empieza con ese sentimiento de compasión que nos lleva a acercarnos a los demás, a estar junto a ellos, a escuchar sus quejas y a dar una palabra de esperanza. La situación presente no es la última palabra de Dios sobre el mundo. La palabra de amor que Dios ha pronunciado en Cristo Jesús es su palabra definitiva, a la que Dios es fiel. Podemos tener la impresión de que nada cambia, de que no es posible cambiar nada y, sin embargo, todos sabemos que otro mundo es posible.
Hacen falta sin duda pequeños gestos que muestren que se puede avanzar en ese camino hacia la tierra nueva. El profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar (Is 40,1-5). El contraste entre pobreza y riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando suena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.
¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Que la celebración de la Eucaristía, que anticipa ya esa tierra nueva de la fraternidad, nos lleve implicarnos seriamente a favor de la justicia y de la paz.
Lorenzo Amigo
05-12-08, 21:36:31
8 de diciembre de 2005
Inmaculada Concepción de Santa María Virgen
SANTOS POR EL AMOR
La cultura de la sospecha en que vivimos nos hace dudar de lo más evidente, sobre todo de la bondad de las personas. Incluso en las más santas y caritativas sospechamos intenciones ocultas, que en el fondo hacen que sean como las demás. La realidad del pecado acompaña de tal manera nuestra vida que no podemos ni siquiera imaginarnos qué tipo de vida puede ser la de una persona sin pecado. Nos parece una especie de cuento de hadas. Esa cultura de la sospecha nos ha hecho perder el sentido de la inocencia y de la belleza.
Muchos, al oír hablar de María Inmaculada, libre de todo pecado, se imaginan una persona de otro planeta y no una de carne y hueso como nosotros. Nosotros somos pecadores y Ella es tan santa, que parece inmensamente alejada de nuestra realidad y de nuestros problemas. Como la mayoría de los santos, sería más admirable que imitable. Sin embargo, María, pertenece a nuestra raza, es nuestra hermana mayor. Ella no vivió en un paraíso idílico, en un mundo sin pecado, habitado por personas inocentes. Vivió en un mundo como el nuestro, en un mundo de pecado, resultado del pecado original de toda la humanidad anterior. Ese mundo de pecadores acabaría liquidando a su hijo Jesús.
En María descubrimos el fondo auténtico de la persona que Dios creó buena. Ni el pecado del mundo, ni el pecado personal pueden destruir esa realidad del amor de Dios en nosotros ni nuestro deseo de encontrar a Dios. Antes de crear el mundo Dios nos eligió también a nosotros para que fuéramos santos e inmaculados por el amor (Ef 1,3-12). Por eso lo que ahora proclamamos de María, su santidad sin sombra de pecado, será también realidad un día en nosotros.
Los santos no son solamente modelos a imitar sino también a admirar. Ante ellos experimentamos la misma admiración de Dios cuando contempló su creación y vio que todo era muy bueno. Esa admiración le llevó a comunicarse totalmente al hombre para compartir con él su intimidad. Esa admiración de parte nuestra es una invitación a acoger el amor de Dios y responder con amor. El amor es el nombre concreto de la santidad. Cuando una persona volcada totalmente al amor y servicio del prójimo, entonces descubrimos un santo y nos sentimos atraídos por él hacia Dios.
María está toda llena de la gracia y del favor de Dios (Lc 1,26-38). Ella vive una relación de amor inmediata que le permite llamar a Dios su hijo y que Dios la llame su Madre. En ese ámbito de relación, todo es santo y ni tan siquiera se puede pensar que a Ella le pasara por la cabeza traicionar esa amistad. Ella no experimenta la tentación que nos acecha cada día de olvidarnos del favor de Dios y de ser desagradecidos, de no entender la gratuidad. A pesar de todo, también nosotros vivimos rodeados de la gracia de Dios en la redención de Cristo Jesús y estamos llamados a ser agradecidos.
El P. Chaminade veía en María Inmaculada el símbolo de la santidad y de la victoria. En ella encontró la invitación y la fuerza para combatir lo que él llamaba la “herejía de su tiempo”, la indiferencia religiosa. Esta hace que la vida de las personas se plantee de espaldas a Dios, como si Dios no existiera. Esa fue la ilusión que la serpiente inoculó en el corazón del hombre y de la mujer (Gen 3,9-15). Demos gracias a Dios en la eucaristía porque en María la Iglesia descubre que la llamada a la santidad no es un imposible sino la fuerza de atracción que está llevando la historia hacia Dios.
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