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Homilía dominical
22 de abril de 2007
Tercer Domingo de Pascua
LA SEGUNDA LLAMADA
Tantas veces en la vida hemos tenido que volver a empezar, después de haber fracasado en el primer intento, sobre todo en los exámenes. A veces hemos estado tentado de tirar la toalla y dejarlo, pero la necesidad o el deseo se ha impuesto y lo hemos intentado de nuevo. Da la impresión de que los apóstoles, después de la muerte de Jesús, volvieron a su trabajo de pescadores pues creían que todo había terminado. El encuentro con el Señor resucitado será la ocasión para Pedro de experimentar lo que podríamos decir su segunda llamada. Aquí ya no hay la ingenuidad de la primera sino que está contenida toda la vida de Pedro con Jesús, con sus claroscuros.
Ni Pedro ni los demás reconocen al Señor resucitado, que ha facilitado una pesca milagrosa (Jn 21,1-19). Tan sólo el Discípulo Amado es capaz de decir: “Es el Señor”. Es la palabra que desencadena el reconocimiento por parte de los demás. Pedro se va a echar al agua para encontrarse de nuevo con el Maestro. Su presencia sigue teniendo el mismo poder de atracción del día que por Él dejo las redes y la barca. Con el ímpetu de siempre está dispuesto a hacer lo que Jesús diga. Vuelve a la barca para traer los peces para comer. Ahora ya no es necesario hacer preguntas. Tienen ante sí al Jesús de siempre, que compartía con ellos la mesa y les repartía el pan, después de haberlo bendecido. De nuevo un gesto sacramental sella la comunión de los discípulos con el Señor.
Jesús va pasarle a Pedro el examen definitivo: “en el atardecer de la vida te examinarán sobre el amor” (Juan de la Cruz). El examen es muy fácil pues se trata de responder simplemente “sí”, o “no”. Pero la pregunta era difícil: “¿Me amas más que éstos?”. La pregunta había dado en el clavo. Pedro no se atreve a compararse con los demás y afirma simplemente que Jesús sabe que lo quiere. Jesús parece estar de acuerdo y le confía su rebaño. Pero de pronto Jesús repite de nuevo la pregunta ya sin hacer comparaciones. Pedro dice lo mismo y Jesús sigue confiándole su Iglesia. Pero cuando Jesús pregunta por tercera vez, Pedro se da cuenta de que Jesús ha cogido el argumento por donde más duele. Su amor a Jesús no había sido capaz de superar sus tres negaciones. Ahora parece que el Señor le está pasando la factura. Pero Pedro responderá lo mismo y el Señor le confiará su Iglesia.
Queda ya poco del Pedro impetuoso y bravucón. Ha ido aprendiendo dolorosamente la lección. Eso le irá preparando para el futuro, para ser más fiel en el seguimiento. Un día será viejo y será conducido al martirio como prueba del amor por el maestro. Es ahora cuando Jesús pronuncia la palabra de siempre en sus llamadas: “Sígueme”. Pedro está ya listo para su segunda llamada y para seguir a Jesús, aunque esto le llevará al martirio, donde uno ya no tiene más la iniciativa de su vida sino los demás deciden por uno. En el fondo Pedro va aprendiendo que no es uno el que lleva las riendas de la propia vida sino que hay otro que nos va guiando. Probablemente se trata de hacer más y hablar menos.
Sin duda que en su misión, Pedro tendrá que hablar de Jesús, (Hech 5,27-32.40-41) y ser su testigo. Pero no es él el personaje importante sino el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Pedro ha ido aprendiendo poco a poco la obediencia. Pero se trata de obedecer antes a Dios que a los hombres. Su vida ya no va depender de sus propios impulsos sino de lo que Dios le vaya indicando. Pidamos en este Eucaristía encontrarnos con el Resucitado y responder a su llamada a seguirlo.
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