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www.marianistas.org/homiliadominical ¿Deseas recibir la homilía dominical en tu e-mail? ¡Suscríbete gratuitamente! ¡Pincha aquí! Lorenzo Amigo, sacerdote marianista de la Provincia de Madrid, y actual rector del Seminario Chaminade en Roma, comienza a ofrecernos su homilía de los domingos y días de fiesta en la Iglesia de Vía Latina, 22 en la Casa General de los religiosos marianistas. Comenzamos ofreciendo la homilía de la Misa del Gallo, en esta noche de navidad. HOY OS HA NACIDO UN SALVADOR Son muchos los que esperan que la lotería o un golpe de suerte les cambie sus vidas. Otros, en cambio, decepcionados por las esperanzas no realizadas, ya no esperan nada estas Navidades. Tratan de disfrutar lo mejor posible el presente. Hay, sin embargo algunos, los verdaderos creyentes, que no se resignan a una felicidad basada únicamente en los bienes de consumo. Sueñan con una vida de mayor calidad, más humana, no sólo para ellos sino también para los demás. Para todos los que mantienen viva la esperanza de un futuro mejor, el mensaje de la Navidad constituye la gran noticia, la buena noticia: hoy os ha nacido un Salvador. La Navidad no es, pues, un recuerdo nostálgico de algo que ocurrió una vez en el pasado y que ahora recordamos sentimentalmente poniendo el belén con el niño, los pastorcillos, los peces y las ovejitas. Todos, sin duda, llevamos con nosotros nuestro niño que necesita el calor familiar, ser amado y mimado. Pero la Navidad no puede ser sólo sentimentalismo de unos días. Tenemos que acercarnos al misterio de Dios a partir de la luz de la Pascua del Señor Resucitado, es decir, como creyentes que han visto sus vidas transformadas por el encuentro con el Señor. Por eso el P. Chaminade consideraba el misterio de la encarnación no como algo que ocurrió en el pasado, sino como una realidad actual. Hoy, en mí, Jesús tiene que nacer, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen. En efecto, no hay otro Jesús. A Jesús no lo podemos separar de la persona de María y del Espíritu. Son ellos los que forman a Jesús en nosotros, los que nos transforman en Jesús. Aparentemente, hoy como ayer, la historia parece determinada por los poderosos de este mundo, que controlan la vida de todos y deciden sobre nuestro futuro. Los demás apenas contamos para poder expresar nuestros deseos. Los libros de historia que hemos estudiados hablaban de reyes, batallas, y personajes famosos en el mundo de la cultura y del arte. En ellos no hay lugar para el pueblo llano. El proyecto de Dios, en cambio, es muy distinto. Para El, son los sencillos, como José, María y los pastores, que no aparecen en nuestros libros de historia, los que hacen la historia, esta historia de salvación. Todos soñamos con una organización del mundo mucho más participativa, que respete los derechos de todos los pueblos. La salvación, la ruptura de nuestros límites y cadenas, nos ha venido, no de la fuerza de un héroe libertador, sino de la entrega de Jesús a favor de nosotros. Dios se hizo niño para tener un rostro de hombre, para compartir nuestra aventura humana, para amar como hombre, sufrir como hombre e indicarnos el verdadero camino de la felicidad y la salvación. La salvación nos viene a través de un niño que reposa en un pesebre. Es en la debilidad humana del niño, de los pastores, donde brilla la salvación de Dios. Dios no es un ser omnipotente, infinito e inmutable, alejado de todo lo humano, sino que es uno de nosotros, solidario con nuestra historia de sufrimiento, confiado a los cuidados de los hombres. Es el mendigo de amor que llama a nuestras puertas. Dios se hace hombre para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Dios. La vida del hombre ha quedado transformada por la encarnación de Dios. Jesús es verdaderamente el centro y la meta de la historia humana. Una historia marcada sobre todo por la búsqueda de la libertad frente a todas las esclavitudes que no permiten realizar la vocación de hijos de Dios. La meta de la historia es el hombre en plenitud, el hombre tal como ha sido realizado en la persona de Jesús, es decir de manera divina. Dios toma mi debilidad para darme su gloria. Acojamos con fe a Jesús. Como los pastores dejémonos inundar de alegría y vayamos al encuentro de Jesús. Lo encontraremos con María su Madre. Que la eucaristía nos lleve a realizar este encuentro con la carne de Jesús, que es la carne de María, una carne que él tomó para la vida del mundo.
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Rafa Iglesias, religioso marianista Y yo religioso marianista, ¿por qué no? Vocación Última modificación: Álex, el 05-01-05 a las 11:21:03. |
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Domingo 26 de diciembre de 2004
LA FAMILIA DE NAZARET Jesús tomó nuestra carne y puso su tienda entre nosotros. No es un ser venido de otra galaxia sino uno de los nuestros. Cuando proclamamos que Jesús vino de Dios no hacemos de él un ser extraño a nuestra realidad y condición. Dios es lo más humano que podemos imaginarnos, es un Dios de hombres, un Dios con rostro humano. El hombre es tanto más humano cuando más se acerca y vive el misterio de Dios. El hombre es tanto más divino cuanto más se introduce en el misterio del hombre. Es lo que vemos en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, hombre para Dios y para los demás. El misterio de Dios y el misterio del hombre es el mismo, es el misterio del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu, que nos acoge en su intimidad. Dios no es una realidad cerrada en sí misma como tampoco el hombre es un ser aislado en sí mismo. Sólo existimos como un diálogo personal de amor. Por eso Jesús ha nacido en el seno de una familia humana. Como le gusta repetir al papa: la familia es la realidad donde somos amados por lo que somos y no por lo que hacemos o producimos. Somos amados incondicionalmente. Somos amados porque somos padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, hermano, hermana. Eso basta. El amor no necesita de otras razones o justificaciones. Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida. Jesús necesitó de José y María para crecer como hombre y aprender lo que significa ser hombre. Su familia fue la gran escuela de vida donde aprendió a conocer al Padre y a buscar su voluntad. Fue su pequeña iglesia doméstica. Con su familia, Jesús vivió la aventura humana, en realidad la aventura de toda la familia humana en busca de la gran liberación. Como la mayoría de las familias experimentó la pobreza, el rechazo, la necesidad de emigrar para escapar a las amenazas de los poderosos. De esta manera Jesús revivió toda la experiencia del pueblo de Dios, desde la esclavitud en Egipto hasta la entrada en la tierra prometida. Gracias a José y a María, Jesús pudo madurar y prepararse para su misión asimilando todos los grandes valores de su pueblo. También José y María maduraron en contacto con Jesús, aprendiendo a vivir para Él y abriéndose a los verdaderos valores evangélicos. Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, a la Familia Marianista a la que pertenecemos, nuestras familias humanas y nuestras familias religiosas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Estamos llamados como Familia Marianista a crear familia en torno a nosotros. Es la nueva manera de ser Iglesia, una Iglesia mariana. Una Iglesia que vive el misterio del amor de Dios como lo vivió María, como cercanía de Dios a ella a través de su maternidad divina, misterio de gracia y de salvación. Una Iglesia comunión, que une a los hombres con Dios y a los hombres entre sí. María acogió a Dios en su seno para darlo a toda la humanidad. Una Iglesia en estado de misión que engendra constantemente nuevos hermanos para su hijo primogénito. En la familia de Nazaret descubrimos el horizonte universal de la familia humana, ya que todos somos hijos del mismo Padre y de la misma Madre. Ahora en la Eucaristía estamos reunidos como familia de Dios para celebrar la salvación que él nos da en Cristo nuestro hermano. Que Jesús siga siendo el centro de nuestras familias y las conserve en la fidelidad y en el amor. Que Él ayude a todas las familias, sobre todo a las más necesitadas de amor, de techo, de trabajo, de comprensión entre padres e hijos.
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Rafa Iglesias, religioso marianista Y yo religioso marianista, ¿por qué no? Vocación Última modificación: Rafa Iglesias, el 25-12-04 a las 19:05:53. |
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1 de Enero de 2005
Santa María, Madre de Dios AÑO NUEVO 2005: SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS Hace una semana nos deseábamos ¡Felices Navidades!, algunos simplemente ¡Felices Fiestas! En realidad todos buscamos lo mismo: la Felicidad. A los que vivían simplemente unos días de fiestas y vacaciones, las alegrías les han durado poco. Yo confío que la Alegría de la Navidad siga iluminando nuestras vidas de creyentes en estos momentos de tinieblas a causa del maremoto que se ha cobrado la vida de tantos hermanos nuestros y ha sembrado tanta destrucción. A pesar de todo, yo os deseo Feliz y Santo Año 2005. Todos queremos pasar rápidamente la página del calendario y olvidar el 2004 que ha terminado tan cruelmente y para los españoles ha quedado marcado por la tragedia del 11 de marzo ¿Podemos razonablemente esperar algo nuevo, algo mejor para este año que empieza? Desgraciadamente el nuevo milenio ha traído más de lo mismo, es decir de lo peor que ya conocíamos: guerras, terrorismo, miseria, tensiones internas de Iglesia-gobierno. Si una cosa ha mostrado el maremoto es que nuestra humanidad, a pesar de todos los adelantos técnicos, es incapaz de controlar la naturaleza. Estamos siempre en las manos de Dios. La felicidad no depende de nosotros sino que es siempre un regalo. Lo único que podemos hacer es extender nuestras manos para recibirlo. Nos abre las puertas de este Año Nuevo Santa María, Madre de Dios. María, una de nuestra raza, nuestra hermana mayor, nos da a Jesús el Salvador. Fue la experiencia de los pastores que se sentían tan pobres y necesitados de salvación. También nosotros necesitamos esa salvación en los tiempos en que nos tocan vivir. Anhelamos la paz, la justicia, la felicidad, la fraternidad y desgraciadamente el panorama aparece cada vez más sombrío. El Papa en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz nos recuerda que el objetivo de reducir a la mitad el nivel de la pobreza en el año 2015 no será posible alcanzarlo. Los recursos que debieran ser destinados a combatir la miseria se emplean para combatirse los pueblos entre sí ¿Qué hacer ante esta situación que crea en nosotros un sentimiento de impotencia? Ante todo no desanimarse, no cejar en el empeño, no dejarse vencer por el mal sino vencer el mal a fuerza de bien. La fuerza del mal está sobre todo en que hace más ruido que el bien y encuentra más audiencia en los medios de comunicación. Repasad los acontecimientos del 2004, que nos recordará la televisión. Apenas si se salvan las Olimpiadas. Y, sin embargo, yo sé que ha habido tantos millones de personas empeñadas en vencer el mal con el bien. Los acontecimientos vividos en España, en Ucrania, en el sudeste de Asia han movilizado a tantas personas creando una ola inmensa de solidaridad. ¿Cómo superar la visión pesimista de la realidad o la que expresaba aquella mujer superviviente del maremoto: ¿Qué le habremos hecho a Dios para que nos castigue así? No es Dios el que ha provocado el maremoto, pero sin duda nos habla a través de él. Es necesario tener la actitud de María que “conservaba todas estas cosas en el corazón y las meditaba”. ¿Qué nos quiere decir Dios a través de esta tragedia? Sin duda quiere sacudir nuestras conciencias tranquilas adormecidas por el suave bienestar del consumismo y abrir los ojos a la realidad del sufrimiento de tantos millones de hermanos nuestros. Lástima que tenga que ser una catástrofe de esta magnitud la que toque nuestros corazones para ir al encuentro de nuestros hermanos que sufren. En la celebración de la Eucaristía María nos da a Jesús como alimento de nuestras vidas. Él crea la comunión con todos los hombres, sobre todo con los más pobres, que fueron los que le acogieron en la primera Navidad. Demos gracias por todo lo bueno vivido en el año 2004 y pongamos en las manos de Jesús y de María este año 2005 que empieza. Que María sea la puerta que nos abre a un futuro de alegría y de esperanza.
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Lorenzo Amigo, sacerdote marianista Si sientes que Dios puede estar llamándote a la vida religiosa marianista ENTRA. Última modificación: Lorenzo Amigo, el 01-01-05 a las 11:23:03. |
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2 de enero de 2005
2º Domingo después de Navidad PUSO SU TIENDA ENTRE NOSOTROS La tragedia del maremoto ha sacudido las conciencias y de nuevo ha hecho que muchos se pregunten: “¿dónde está Dios?”. Dios está siempre entre las víctimas, entre los perdedores. Un turista que perdió todo durante el maremoto contaba “estas personas son las mejores del mundo. Me han dado las ropas y los zapatos que llevaban puestos”. Sin duda Dios se le hacía presente a través de las personas que son capaces de olvidarse de los propios problemas para pensar en los demás, en los que están en una situación más desesperada que uno, porque están fuera de su patria, porque no comprenden la lengua, porque no tienen a nadie junto a sí. Dios ha estado siempre presente acompañando la historia del hombre desde el momento de la creación. Su Palabra creadora es la Vida y la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo de tinieblas. Los pueblos profundamente religiosos han descubierto siempre a Dios como la fuente de la Vida y de la Luz, es decir del sentido de la vida. Hoy muchas personas y pueblos continúan encontrando a Dios en las cosas bellas de nuestro mundo, de nuestra historia, en lo que llamamos experiencias cumbres. En ellas parece que los cielos se abren y casi podemos tocar a Dios o, como dice el poeta, experimentamos que ”el mundo está bien hecho”. El problema está en cómo descubrir a Dios en los acontecimientos dolorosos, que ponen al descubierto la fragilidad humana. En esos momentos estamos tentados de pensar que Dios no quiere saber nada de nuestros sufrimientos. Sin embargo, la Encarnación proclama precisamente que Dios está en la debilidad humana: La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros. Proclama algo que aparentemente es absurdo y escandaloso: Dios, el Omnipotente, el Absoluto, la Vida y la Luz, se hace débil, relativo, sufriente. Toma sobre sí la miseria, el pecado y la muerte del hombre para transformarlos en fuente de vida y de felicidad. La debilidad del hombre, asumida por Dios, se convierte en salvación del hombre. Dios ha puesto su tienda entre nosotros. Por eso la historia está siempre en movimiento. Si hubiera construido un palacio de roca resistente a los embates de las olas de la historia, ésta habría quedado petrificada. Pero no, Dios acompaña la peregrinación de la humanidad en su camino hacia la realización del futuro del hombre, cuya meta es el mismo Dios. Jesús es la tienda del encuentro del hombre con Dios. En Jesús Dios se nos manifiesta y Jesús nos lo revela tal como Dios es: un Padre de todos, llamados a vivir como hermanos. A partir de la Encarnación, no sólo las experiencias felices nos revelan a Dios sino también las dolorosas. Dios está siempre presente en el sufrimiento de las víctimas como estuvo presente en la pasión de Jesús. Con Él, en los momentos de angustia, podemos clamar: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Quizás oiremos un hilillo de voz que dice en nosotros: “No temas, yo estoy contigo; no me abandones tú, que te necesito”. Ése es precisamnte el escándalo de la encarnación. No soy yo el que tiene necesidad de Dios. Es Dios quien me necesita. Tengo que echarle una mano para vencer en este mundo el mal con el bien. Jesús no tiene hoy otros ojos para ver el sufrimiento del mundo que los tuyos. No tiene otros labios para proclamar la Buena Noticia y besar que los tuyos. No tiene otras manos para acariciar y ayudar que las tuyas. No tiene otro corazón con el que amar a las personas que el tuyo. En la Eucaristía, Jesús nos alimenta con su palabra y con su cuerpo y su sangre. Es la Palabra hecha carne. Al acogerlo en nosotros, no soy yo el que lo asimilo y lo incorporo a mis células. Es Jesús el que me incorpora y transforma en Él. Dejémosle que a través de nosotros, Él siga viniendo a nuestro mundo.
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6 de enero de 2005
La Epifanía del Señor ENCONTRARON A JESÚS CON MARIA, SU MADRE La erosión constante de la religión en la sociedad actual ha ido corroyendo algunas de las experiencias religiosas más entrañables de nuestra infancia relacionadas con la Navidad, ante todo la de los Reyes Magos. Los regalos que recibíamos en esta celebración nos recordaban que Jesús es el gran regalo del Padre y de María; al mismo tiempo el mejor regalo que nosotros podíamos hacer a los demás es llevarlos al encuentro con Jesús. Ahora los regalos vienen de la mano de Santa Claus – San Nicolás- o de Papá Noel y así, sin darnos cuenta, nos van robando la Navidad, nos quedamos en unas puras fiestas de consumo y nos perdemos el encuentro con Dios. Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. La religión vuelve en nuestros tiempos, a veces de forma agresiva y fanática. Como creyentes debemos felicitarnos de que Dios esté a la vista y cuidarnos de no manipularlo según nuestros intereses. Dios se revela a aquellos que lo buscan, o como ponía san Agustín en la boca de Dios: “No me buscarías sino me hubieras ya encontrado”. ¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. El mismo Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados. Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista. Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se perdieron la oportunidad de encontrarse con el Salvador. Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios. En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.
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9 de enero 2005
El Bautismo de Jesús ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO Al comienzo de nuestra juventud, cada uno se hace una imagen de lo que quiere ser en el futuro. Hoy día los jóvenes necesitan muchos años para lograr definir sus vidas. Tampoco Jesús al empezar su juventud tuvo muy claro lo que quería hacer. Sabía, en cambio, lo que no quería ser: un hombre casado, con una vida basada en la familia, en las propiedades o en la profesión que había que transmitir a los herederos. Sólo más tarde, hacia los treinta años, en la mitad de la vida, vio muy claro cuál era el nuevo estilo de vida que iba a abrazar e inaugurar. Vivió sin duda una crisis que le llevó a romper con el modo anterior de vida y a abrazar un estilo distinto. Fue un acontecimiento imprevisto el que le provocó la crisis. La predicación y la vida de Juan el Bautista le hicieron tomar conciencia de la inminencia del Reino de Dios. Ambos se dieron cuenta de la crisis de su época, que los hizo entrar en crisis. Las manifestaciones de la crisis eran de carácter social, pero ambos comprendieron que la solución era de tipo religioso. Había que dejar unos valores y abrazar otros. No podía uno seguir tranquilo con la confianza que daba el saberse hijos de Abrahán. Pero Juan y Jesús no interpretaron de la misma manera la venida del Reino de Dios. Para Juan se trataba del juicio de Dios que pondría fin a este mundo pecador y por eso había que convertirse. Jesús, en cambio, ve el Reino de Dios como un acontecimiento de salvación, sobre todo para los pobres, los marginados y en general todos los que no encontraban una respuesta humana para sus problemas. Una imagen distinta de Dios les lleva a posiciones diferentes. El Dios de Juan Bautista es el Dios Juez; el Dios de Jesús, es el Padre bueno, del que Jesús se siente hijo amado. En tiempo de crisis hay que tomar decisiones para salir de la crisis y organizar de nuevo el significado de la vida. Jesús lo hará abriéndose a los valores del Reino. Es la meta del Reino la que permitió a Jesús orientarse en esa crisis y empezar a vivir en la transición. La crisis supone la desaparición de una forma de vida y la aparición de una nueva forma. En realidad es la novedad de vida la que hace desaparecer las formas anticuadas. Dos acontecimientos marcan la ruptura de Jesús, que se siente llamado a un estilo nuevo de vida: su bautismo y las tentaciones en el desierto. El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”. Jesús aparece como el siervo de Yahvé, al que Dios confía una misión liberadora, que realizará a través de la no violencia. Así nos lo presenta la primera lectura de hoy. Queda ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza. Las revoluciones y cambios profundos tienen sus signos, sus banderas, sus claveles, sus himnos, sus ritos. El rito que escogió Jesús para marcar el cambio operado en él por el Espíritu de Dios fue el bautismo. A partir del bautismo, Jesús se siente como el Mesías ungido para hacer presente el Reino. La venida del Reino abre un período de crisis que todavía no está cerrado. También nosotros estamos invitados a dejar los viejos valores de la cultura dominante, el poder, el tener, el consumismo, el placer, para abrirnos a los nuevos valores del Reino que Jesús formuló en las Bienaventuranzas. De hecho fue lo que prometieron nuestros padres por nosotros el día de nuestro bautismo. Hoy podemos nosotros hacer de manera libre y consciente esta opción. Así formamos parte de la comunidad de los salvados, reunidos en torno a la mesa del Señor, a la espera de participar un día en el banquete del Reino.
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16 de enero de 2005
Segundo Domingo Ordinario ESTE ES EL CORDERO DE DIOS, QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO Ser cristiano no significa simplemente creerse una serie de verdades, respetar la moral cristiana, ir a misa los domingos y colaborar al sostenimiento económico de la Iglesia. Ser cristiano es ante todo creer en Jesús. Se trata por tanto de un encuentro personal con alguien que nos abre el camino hacia Dios. De esta manera ser cristiano es la realización de la vocación del hombre, llamado a entrar en la intimidad de Dios y tener unas relaciones personales con el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, con la Virgen María y los santos. Todo ello es posible gracias a la fe en Jesús. La fe cristiana en Jesús se expresa también a través de lo que llamamos la “confesión de fe” o la “profesión de fe”, con la que la comunidad cristiana manifiesta ante los demás y ante sus fieles cómo Jesús es el centro de su vida. Ante todo la fe cristiana profesa que Jesús no es simplemente una persona del pasado, como las que estudiamos en los libros de historia: reyes, filósofos, artista y personajes famosos. Jesús es alguien vivo, hoy día, presente en la comunidad cristiana, animada por la fuerza del Espíritu Las comunidades cristianas han ido expresando su fe a través de varias fórmulas, que en el fondo significan lo mismo y dan cohesión a la comunidad: Jesús es el Señor, Jesús es Dios. El evangelio de hoy nos presenta tres fórmulas de la comunidad primitiva que muestran algunos aspectos de la inagotable riqueza de la persona de Jesús. La primera fórmula “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nos recuerda la misión de Jesús en la historia de la salvación. El se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. En su bautismo, Jesús, que era totalmente inocente, quiso solidarizarse con aquellas muchedumbres que se hacían bautizar por Juan Bautista y expresaban sus deseos de conversión. Jesús está dispuesto a solidarizarse con los pecadores, a tomar mi propio pecado sobre sí para suprimir ese pecado. En él tenemos la reconciliación con Dios y con los hermanos. Jesús ha destruido la enemistad existente con Dios a causa del pecado y en la cruz ha cargado con nuestros pecados y así nos ha hecho amigos de Dios. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre El. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una tal fuerza que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres. Jesús es una persona con carisma, con ese don de Dios que hace fácil lo que a nosotros nos parece casi imposible. Los discípulos de Jesús vieron en él una afinidad tal con Dios Padre que no dudaron en proclamar que Jesús era el Hijo de Dios. Su relación con Dios es tan única y especial que en el evangelio se muestra a Jesús dirigiéndose al Padre con la expresión “papá” ( que sus discípulos nos han conservado en la lengua original “abbá”), que es la palabra que el niño usa para dirigirse a su padre. Lo maravilloso es que Jesús ha querido asociarnos a su condición de hijo y nos ha dado su Espíritu. Este clama también en nosotros “abbá, Padre”. En Jesús encontramos, pues, la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza. La liturgia, que es la gran educadora del creyente, nos ha conservado esa confesión de fe que repetimos antes de acercarnos a la comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Que al proclamarlo expresemos toda nuestra confianza y todo nuestro agradecimiento a Jesús, que no sólo ha tomado sobre sí nuestros pecados, sino que los ha perdonado y quitado para que podamos vivir como hijos de Dios.
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23 de enero de 2005
Tercer Domingo Ordinario OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES Los primeros discípulos de Jesús eran pescadores. Al seguir a Jesús, dejaron sus redes y sus familias y Jesús los hizo “pescadores de hombres”. Es decir, les cambió sus vidas, cosa que el evangelio indica con el cambio de nombre de alguno de ellos, como el caso de Simón, al que Jesús llamó “Pedro”. Sin duda lo que ellos sabían era pescar y Jesús aprovechó sus conocimientos, pero los orientó en otra dirección: ya no se trata de pescar peces sino de pescar hombres. Era una imagen conocida en el mundo judío, la cual hablaba de la venida del Reino de Dios, ese Reino que Jesús anuncia como inmediato. La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres. Dios quiere traer el Reino y para eso tiene necesidad de la colaboración de los hombres. Jesús lo comprendió perfectamente e invitó a otros a colaborar consigo en esta misión. Tenemos ahí el germen de lo que será la Iglesia: la comunidad de los seguidores del Señor resucitado que han acogido el Reino en sus vidas. La Iglesia no es el Reino sino instrumento al servicio del Reino. La Iglesia hace suya la causa de Jesús, la causa del Reino. Trabaja para que venga el Reino de Dios, un Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz. Lucha contra los poderes del Príncipe de este mundo, que mantiene hoy como ayer a los hombres bajo el yugo de la opresión y de la injusticia, sin dejarles realizar su dignidad humana de hijos de Dios y hermanos entre sí. El Príncipe de este mundo tiene también sus colaboradores a través de los cuales crea una cultura que enfrenta a los hombres, unos contra otros, impidiendo la realización de la fraternidad humana. La Iglesia primitiva fue una iglesia de pescadores, de personas que vivían a la intemperie y tenían que salir cada día a evangelizar a los hombres para atraerlos hacia el Reino. De esa acción evangelizadora dependía su supervivencia y su extensión en un mundo que ansiaba la salvación, pero encontraba con dificultad el camino que lleva hacia ella. Muy pronto ya en el siglo II, la Iglesia se convirtió en una Iglesia de pastores. Hasta entonces todos eran protagonistas de la misión, todos daban testimonio de Jesús y trataban de atraer a los demás hacia Jesús. Con una Iglesia de pastores, ya no se sale a pescar cada día, sino que uno se dedica a administrar y cuidar el pequeño rebaño que uno posee. Como mucho, se sale a veces a buscar la oveja perdida para que vuelva al redil. Así hemos llegado a la situación actual en la que son noventa y nueve las ovejas perdidas y nos queda sólo una en el redil. Nos quejamos de la falta de pastores, pero en realidad lo que faltan son las personas a las que pastorear. No nos queda más remedio que volver a empezar como Jesús y de la misma manera que Jesús: invitar a formar una nueva familia y ser todos pescadores de hombres. El Beato Chaminade lo tuvo muy claro al final de la Revolución Francesa que había destruido las estructuras de una Iglesia de pastores. Era necesario que cada cristiano fuese un apóstol, cada comunidad una misión permanente. Los primeros jóvenes de las Congregaciones de Burdeos venían a cada reunión con nuevos compañeros hasta formar un grupo nutrido: la Familia Marianista. Es lo que intentamos vivir hoy para reconstruir no una Iglesia de pastores sino una iglesia de pescadores en la que todos somos protagonistas en la misión. Encontramos la fuerza en la celebración del misterio de Jesús que nos alimenta con su Palabra y con su cuerpo y nos envía como testigos suyos en el mundo.
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30 de enero de 2005
Cuarto Domingo Ordinario DICHOSOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE LA JUSTICIA Estamos invitados a expresar, dentro de pocas semanas, la opinión sobre la Constitución de Europa. Es una obligación insoslayable que debemos ejercer con responsabilidad. Para ello es necesario una buena información sobre sus contenidos, información que, por desgracia, no está recibiendo el ciudadano, al que se le bombardea con una cierta retórica de tópicos, que sin duda consagran la situación actual. Comparada esta citación con la de otros países no europeos o no pertenecientes a la Comunidad Europea, son muchos los que se sienten a gusto en esta sociedad neoliberal. La Constitución sanciona este modelo y excluye otras alternativas que pudieran mejorarlo en el futuro. Las víctimas actuales del sistema, las que ya están dentro y las que llegarán a través de la emigración, difícilmente podrán gozar de las bendiciones de este estilo de vida, pues sus intereses no son tenidos en cuenta. La Constitución utiliza la retórica de la democracia, la libertad y los derechos humanos, herencia sin duda del cristianismo, pero no indica los medios para llevar a la práctica esos derechos para todos. Por eso es bueno el que en la Constitución no se hable del cristianismo pues podríamos pensar que representaría una manera cristiana de organizar la sociedad. Hay en ella sin duda elementos cristianos, pero hay también bastantes que reflejan una sociedad de la exclusión. No hay más que confrontarla con la carta magna del cristiano que son las bienaventuranzas. Jesús anunció unos valores alternativos a los del imperio de su tiempo. Proclamó felices a los que el imperio consideraba unos desgraciados y proclamó desdichados a los que el imperio consideraba afortunados. Sin duda Jesús no pretendía consagrar la pobreza, el sufrimiento, el llanto, la persecución o el insulto. Desgraciadamente en su tiempo y en el nuestro son muchos los que vivían esas situaciones contra las que sin duda tenemos que luchar estimulados por el hambre y sed de la justicia. Jesús proclamó que son estas categorías de personas las que tienen futuro, precisamente porque no tienen presente. Son ellos los que cuentan a los ojos de Dios porque no cuentan a los ojos de los hombres. Jesús anuncia, pues, una gran transformación, una gran revolución, lo que alguno ha llamado la inversión de todos los valores. El problema está en que hoy día, dos mil años después de esta proclama, los valores del imperio siguen siendo los valores dominantes, consagrados también en la Constitución Europea. Los valores de las bienaventuranzas aparecen como marginales, incluso en la vida de los que nos consideramos seguidores de Jesús. En la práctica son los valores de la cultura dominante los que dan sentido a nuestras vidas y a nuestros trabajos. Por eso necesitamos una conversión profunda, darnos cuenta que se puede vivir de otra manera, de que se puede ser feliz en una cultura distinta de la del consumismo. Cuando salimos de esta jaula de oro occidental y nos acercamos a nuestros hermanos de Africa, de América Latina, de Filipinas, descubrimos con estupor que ellos son felices sin los bienes de consumo que a nosotros nos parecen indispensables. Es verdad que la cultura del imperio intenta convencerles también a ellos de que aquí está el paraíso hacia el que ellos tienen que caminar. Nosotros sabemos que el paraíso del consumo es en realidad una esclavitud. Los que tienen mantienen esclavizados a los que no tienen. El cristianismo, como nos lo recuerda san Pablo, arraigó entre las clases menos favorecidas. Entre los cristianos de la primera hora no había muchos sabios ni muchos poderosos ni muchos aristócratas. La composición de nuestras comunidades ciertamente ha cambiado, pero no podemos olvidar nuestros orígenes. No podemos olvidarlos sobre todo en estos momentos en que vemos a nuestro alrededor los pobres, los marginados, los que sufren, los que buscan que se les haga justicia y no encuentran una respuesta a sus peticiones. Nosotros sabemos que el Reino es para los pobres y son los pobres los que deben recibir los primeros la Buena Noticia del Reino. En torno a la mesa de la fraternidad pongamos los cimientos de una civilización del amor, de una cultura de la solidaridad, que coloque en el centro la persona humana. Esta encuentra su felicidad en las relaciones interpersonales y no en el disfrute de los bienes de consumo. Jesús hizo de su vida un don a fin de que todos nosotros seamos capaces de continuar luchando por la paz, la justicia y la integridad de la creación.
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Josefa.G (30-03-08) |
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#10 |
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¡Somos una familia!
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6 de febrero de 2005
Quinto Domingo Ordinario VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO Las diferentes encuestas sobre la situación religiosa de España presentan un progresivo desenganche de la juventud respecto a la Iglesia. Basta simplemente mirar nuestras asambleas litúrgicas para darse cuenta que la mayoría de los participantes son personas más bien mayores. Pero lo más preocupante es que esas mismas encuestas muestran que muchos de los cristianos practicantes, tanto jóvenes como mayores, en sus opiniones y conductas, no siguen las orientaciones de la Iglesia. Parecen existir como dos iglesias paralelas. Son muchos los que piensan que la Iglesia jerárquica representa una voz del pasado, incapaz de iluminar las situaciones actuales. Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Sospecho que son muchos los encuentran esa sal sosa y esa luz mortecina. La Iglesia, que durante tantos siglos fue un faro de referencia para el sentido de la vida de los hombres, a pesar de los esfuerzos de renovación del Vaticano II, o ha dejado apagarse la luz o la ha metido debajo del celemín. La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy tiene que entrar en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz, la integridad de la creación. El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos. No podemos pretender tener una respuesta dogmática para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad. Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesia. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en los signos de los tiempos a través de los cuales el Espíritu de Dios habla a su Iglesia. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Por el momento da la impresión de que están volviendo a la escena las tradicionales posturas dogmáticas que el Vaticano II intentó superar. La Iglesia tiene la tentación de no ver en el mundo más que un cúmulo de errores y de tinieblas que ella tiene que iluminar con la verdad. No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizar siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. No se trata por tanto de que venzamos nosotros o nuestra verdad sino que el hombre de hoy encuentre un sentido a su vida sin hundirse en la banalidad de la existencia. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana. Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Como decía el P. Chaminade debemos ofrecer el espectáculo de un pueblo de santos y mostrar que se puede vivir el evangelio hoy con todas las exigencias de la letra y del espíritu. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización de la plenitud del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. No podemos disipar la oscuridad del mundo, pero al menos podemos encender una pequeña lámpara que muestre el camino, que es Cristo. La celebración de la Eucaristía ilumina nuestras vidas con la escucha de la Palabra, y con el pan compartido crea una comunidad que discierne los signos de los tiempos de manera que no dejemos desvirtuarse ese gran tesoro que nos ha sido confiado: ser la luz del mundo y la sal de la tierra.
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Lorenzo Amigo, sacerdote marianista Si sientes que Dios puede estar llamándote a la vida religiosa marianista ENTRA. |
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